miércoles, 25 de noviembre de 2009

TRILLO


Tomando como mirador la barandilla que hay sobre el puente de Trillo, uno piensa que, tanto por su emplazamiento natural como por su distribución, aquél es un pueblo difícilmente superable a la hora de fijar un valor para sus encantos. Al pasar por Trillo, el Tajo ofrece al visitante uno de los espectáculos más serenos y románticos que haya podido contemplar en ningún otro rincón de esta tierra. A su paso por Trillo, el Tajo trae a la memoria su manso discurrir por los jar­dines de Aranjuez, solo que aquí más agreste, más natural, más bello.
Para mi uso -que es el uso de quien se acerca a Trillo por primera vez-, el pueblo tiene dos partes perfectamente diferenciadas: una que se inicia en la Plaza de la Vega, con sus casonas centenarias, sus puertas de valioso herraje y sus arcos evocadores; otra, que, tomando como paso las márgenes del río, continúa calle arriba por una costanilla ca­mino de la iglesia o se estira a lo largo del Tajo por lo que allí llaman la Tajonada. Los pescadores de caña al pie del puente tienen algo de consustancial con la vida de Trillo; pescadores de caña que conocen el oficio y que acostumbran a subir al pueblo cada tarde cargados de trofeos, que a la sombra de los árboles consiguieron en noble y pa­ciente lid.
Con las manos apoyadas en sus muletas ortopédicas, don Felipe Pérez se toma un quinto de cerveza junto al muro lateral de la calle que corre paralela al río. Don Felipe Pérez me dio la impresión de que lleva muchos años, si no pescando, viendo pescar desde su propia casa.
-Mire: aquí lo que más se saca es la boga y el barbo. Luego hay otra clase pequeña que se llama gobio y que la andan sacando para cebo del lucio. Bogas salen muchas, y los barbos se sacan bastante grandes.
-¿De dónde viene todo ese murmullo de agua que se oye?
-Eso es de la cascada que está ahí detrás. ¿N o la ha visto?
-No; no la he visto. La verdad es que acabo de llegar.
-Vaya usted y ya verá. Lo hace el río Cifuentes, que muere ahí, al lado del puente. Hay una cascada donde está el Mesón y otra un poco más arriba, que se ve desde la carretera. Toda esa parte es muy bonita; yo creo que es lo más bonito que tiene el pueblo.
Por la pasarela que hay en el hondo que va al Mesón, tres jovencitas se ríen de nadie a carcajada limpia; llevan los labios pintados y flores en el pelo, como las hawaianas. Al pie de la cascada con la que el Ci­fuentes dice adiós a su corto correr en este mundo, el agua despide a su caída un polvillo imperceptible y húmedo que refresca la piel. A los lados de la chorrera hay casas colgadas, árboles colgados que meten como pueden sus raíces entre la pared salitrosa y pájaros que vuelan de un lado para otro escondiéndose entre los líquenes y la hiedra. Lo que en el pueblo conocen por El Mesón debió ser hace tiempo lavadero municipal y hoy es merendero o bar arrendado por el Ayuntamiento. En el Mesón sólo hay cuatro ancianos que juegan en una mesa; en el verano dicen que la cosa cambia. Sentado sobre una rueda de molino que hay entre la fronda y teniendo alrededor una docena de chopos gigantescos, uno contempla extrañado la instalación inverosímil de otro bar sobre la roca, y con el rumor del río como fondo, se da cuenta de que está solo, más solo que la una, dentro de un pueblo que se le antoja tendrá mucho que ver y que contar.
Al subir de nuevo hacia la carretera me pareció ver a un viejo co­nocido con el que hace años compartí mi tiempo militar, al pie del cañón, en un Regimiento de Artillería.
-Perdona. Si no recuerdo mal, tú eres Ochaíta, ¿verdad?
-Y tú, Serrano, ¿no?
Tomás Ochaíta, a quien no había vuelto a ver desde hace casi veinte años, es maestro de Trillo, su pueblo, prácticamente desde que comenzó en la profesión, siendo muy joven. Con él entré en la vida del pueblo y, desde luego, fui testigo por añadidura de alguna vivencia costum­brista y amable en el correr de sus días.
-El pueblo tendrá ahora unos 650 habitantes, más o menos, obre­ros en su mayoría. El campo aquí no es bueno y por eso no hay apenas nada de agricultura. Un ochenta por ciento de las familias viven del sanatorio, donde trabajan en los servicios del centro, y algunos otros en la construcción.
Hijo ilustre de Trillo lo fue el arzobispo don Luis Alonso Muño­yerro, a quien el pueblo le ha dedicado una de sus mejores calles. En la Plaza de la Vega nos encontramos con don Pablo Gutiérrez, noventa años a la espalda y cuerda para tirar. Don Pablo Gutiérrez es pescador donde los haya, buen hortelano, según él, y cantaor por el estilo que le pidan.
-Yo empecé a cantar a los doce años y lo hago mejor que ningún español. En San Isidro le canté a la Virgen del Campo. He cantado mucho en Zaragoza, y en Melilla, cuando estuve en 1912 tres años sin venir a casa. Allí cantaba yo para que bailasen los andaluces. Ahora quiero cantar en la radio para que me escuche mi hijo, que está de mi­sionero en América.
-Y la pesca, ¿qué?
-¿La pesca? Hoy he sacado dos barbos. No crea que sale mucho ahora, no. La pesca está todavía aletargada y es porque el río baja agua de nieve, pero cuando empiece a salir bien se sacará mucho. Mire: la boga es el pez más ligero que hay; a ése no le coge ni el lucio ni nin­guno.
-El lucio dicen que es peligroso, ¿no?
- ¡Qué va! Yo los he cogido hasta de 15 kilos ya mí no me han mordido nunca. En la gravera se sacan al pez vivo por arrobas.
-¿Qué hace usted con lo que pesca?
-Lo que pesco lo doy o lo tiro. Yo no puedo ya comerme eso.
-Pues, muy bien, señor Pablo. ¡Cuánto me alegro de haberle co­nocido!
-¡Ah! ¿No quiere usted que le cante una rondeña?
-Sí, hombre; no faltaría más, si es su deseo. . .
Después de cantar la rondeña que él mismo se había acompañado simulando sonidos de guitarra, don Pablo continuó adelante por el Camino de la Barca. Desde las eras del Castillo, se contempla abajo toda la zona residencial del pueblo nuevo, aunque uno, ésa es la verdad, prefiere la parte antigua, con sus rumores de agua que se despeña, sus cataratas y sus pescadores de caña debajo del puente.
-¿Qué? ¿Tomáis un traguillo?
En la bodega de Salvador llegamos a catar tres clases de vinos diferentes: guardados en tonel de madera, en botellón de cristal y en vasija de plástico. A la hora de opinar, uno reconoce su incapacidad en la materia, fruto de la inexperiencia, tal vez, y se marcha de allí con la remota sensación de haber desempeñado un mal papel. En la de Máximo probamos el churú, un extraño licor exótico, dulzón y de buen paladar, que pega a poco que se le pierda el respeto. El churú es ori­ginario de Morillejo y viene a ser como una mezcla de aguardiente y mosto de uva. La bodega de José Hernández, Joselete, está provista de luz artificial, altavoces, cocina de fuego bajo y servicio de bar. Es una bodega confortable y meticulosamente cuidada, un pequeño paraíso mo­runo abierto en las entrañas de la tierra. En la bodega de Joselete caímos a la hora justa de la merienda: conejo frito con ajos, pan y vino añejo en porrón recién sacado de la cueva, es un menú sin protocolos que suele sentar bien en cualquier momento. La gente de Trillo es ge­nerosa y hospitalaria, invita siempre con el corazón en la mano y es de buena educación aceptar sin condiciones; un detalle, al fin y al cabo, que les honra y que marcha a la par con todo lo bueno que en el pueblo hay y que nunca debiera pasar desapercibido.

(N.A. Junio, 1980)

martes, 24 de noviembre de 2009

TRIJUEQUE


Salva Trijueque la obligada ordinariez de los pueblos de paso con unos miradores de verdadero ensueño y con una plaza hermosa. Cuando se ha dejado atrás la carretera de Barcelona por la ermita de la So­ledad, Trijueque se abre al visitante con todas las galas, y algunas más, de las añosas villas castellanas. Me ha parecido que el munici­pio vive un poco al margen de la general que le lame la espalda, y tengo la impresión de que ha sabido aprovechar lo bueno de tan excelente medio de transito y despreciar lo malo.
He dado en caer en medio de una plaza llena de luz, pese a la seria estampa de la mañana. Una plaza grande, cercada por distinguidas viviendas de otros siglos, de soportales y columnas la mar de anti­guas, y presidida por el majestuoso edificio concejil originario del XVI con los consiguientes retoques posteriores. En el centro mismo hay una elegante farola capitalina, alzada sobre triple pedestal de roca viva que en tiempo no lejano debió servir de base a la picota, signo y señal de su condición de villazgo.
Al pie de un torreón que todavía persiste, legado de alguna vie­ja muralla, me cuelo por una callejuela solitaria y desangelada que, sorprendentemente, se llama Calle Mayor. Pienso que pudo haberlo si­do en época remota mientras voy por estos andurriales buscando las afueras, pues igualmente sospecho que el espectáculo desde allí de­be ser sencillamente grandioso. Paredones en ruina y corrales soli­tarios me acercan al mirador sobre las cuencas del Badiel y del He­nares, abajo, en una extensión total que los ojos no dominan en un solo golpe de vista. Ahora distrae mi atención, más que el paisaje, el aspecto insó1ito del camposanto, con su paredón que da al levan­te desplomado de plano sobre el terraplén. Adentro se ven las lápi­das mortuorias y las cruces de mármol, solas y sin amparo.
- ¿Cómo ha sido?
- Pues no lo sé. Se conoce que ha cedido el terreno con las llu­vias y se ha venido abajo. Se ve que estaba sobre tierra.
-¿Es usted de aquí?
- No. He venido a recoger unas herramientas y no hay nadie en casa.
La antigua iglesia de Trijueque, a la que le cuesta convertirse en ruinas, dada la solidez y la excepcional fortaleza de sus muros cuatro veces centenarios, muestra al que llega la artística concep­ción de su portada renacentista, descarnada y maltrecha por los ma­los tratos que sufrió en tiempos lejanos. El viento frío que sube de las vegas man­tiene fija la veleta de la espadaña señalando al poniente. Me procu­ro guarecer tras un pedazo de pared que se asoma al barranco. El pa­norama desde aquí es francamente grandioso. Lástima que el celaje nublado y áspero no acompañen la contemplación desde aquella recogida atalaya, ante uno de los espectáculos más sublimes de todas las tie­rras guadalajareñas. La. Campiña, íntegra y sin tapujos; la Serranía en su cara meridional, y casi toda la primera Alcarria, quedan al descubierto, con sus miles de olivos minúsculos punteando los campos ondulantes y plomizos de aquel colosal anfiteatro; los innumera­bles senderos de herradura que las entretejen; los pequeños pueblos diseminados sobre las vegas y los declives, con sus torres y sus tejados alrededor de un siena rojizo; los cerros más característicos de la co­marca en mitad, dibujando sus siluetas en la mañana turbia: La Muela de Alarilla, el Colmillo rival, la tremenda prominencia a pico de Hita la Grande, y mucho más allá las moles legendarias que anudan el espinazo de Castilla: el Pico Ocejón, la Peña Bodera, el Santo Alto Rey de la Majestad, Somosierra, etéreas y confusas, difuminadas con el cielo.
Un anciano anda vagando por allí pese al tiempo desapacible. Un pe­rro ladra bajo la empalizada de una casuca frente a la iglesia. El anciano viste con un curioso gabán que le llega casi hasta la rodilla, y del cuello le cuelga una bufanda a manera de estola talar.
- Qué lástima, verdad, lo del cementerio.
- Nada; si llevaba qué se yo el tiempo que si me caigo que si no. Le pasa lo que le tenía que pasar.
- Habrá que arreglarlo en seguida. Eso no puede estar así.
- Pues qué se yo. A nadie le gusta, claro. Yo mismo me tendré que ver ahí cuando me llegue la hora. Si es que los Santos se mueren.
Me pareci6 el abuelo desde el principio un hombre extraño. Un an­ciano simpático y atrayente, que sabe mucho.
- Pues no crea que lo que sé lo he aprendido en la escuela, que apenas si fui un mes; ni he salido para el caso de la Alcarria. Y ahí me tiene, que estoy escribiendo un libro con mis memorias.
- ¿Ah, sí? ¿.Es usted de Trijueque?
- Qué va. Yo soy de Trespueblos. Como se puede ser de Dos Hermanas o de Cincovillas.
- ¿Por qué provincia cae eso?
- Por Guadalajara. Mira éste.
- Pues no señor. Por ahí si que no paso. En Guadalajara, no.
- ¿Y usted qué sabe? Mire: nací en Torija, me crié en Brihuega, y viví en Valdesaz. ¿Se va enterando?
- Un poco, sí señor. Y a la vejez en Trijueque...¿Cuántos años tiene?
El buen hombre se echa las manos a la cabeza
- En este momento tengo setenta y ocho, y seis hijos y lo que venga. Me llamo Santos Villa, para servirle.
- ¿Habla usted muchas veces en serio?
- Algunas. Casi siempre hablo en serio.
- Qué bonita es la vista desde aquí, ¿verdad?
- Hoy no es bonita. Por la noche es cuando mejor está. Se ven las luces de treinta y cinco pueblos. En un día claro, esto es divino. Des­de aquel cerrete se ve con prismáticos la ciudad de Alcalá.
Estamos en otro punto diferente del mismo mirador. El abuelo Santos Villa me dice que aquello es El Espolón. Hay media docena de olmos en línea agarrados al camino. Un poco más adelante se ve un pedestal con medio fuste de columna estriada. Junto a los olmos hay otro fragmento igual.
- Era la picota. Antes estaba en medio de la plaza. Mire donde se ve. Este pueblo era villa en tiempos, igual que yo.
Otro señor bajito, con gafas y boina, está mirando a la vega desde aquel mismo sitio. Se llama Pepe. El abuelo Santos y Pepe discuten si en el torreón estuvo o no recluida la Beltraneja. Al final se ponen de Acuerdo. El abuelo Santos parece que sabe más.
- Yo es que voy muchas veces a mirar cosas a la biblioteca del In­fantado, por eso lo sé. La Beltraneja estuvo en el torreón sólo una noche. El resto del tiempo que estuvo en Trijueque lo pasó en las ca­sas que había por donde ahora está el cementerio. Aquellas casas ya no existen.
- Y una sinagoga judía, creo que también tuvieron.
- Sí, pero nadie da detalles de dónde pudo estar.
Volviendo hacia la plaza, el abuelo Santos me cuenta detalles míni­mos de su vida. Me dice que ha sido vendedor ambulante, poeta, mata­dor de toros y comadrón en Valdesaz. Que en el libro que esta escri­biendo cuenta todas esas cosas y se titulará “Miseria y compañía”, a modo de compendio de los sucesos que él ha vivido y que merece la pena contar.
- Por ejemplo, mi abuelo tenía una fábrica en Brihuega y pagaba setenta céntimos diarios a las empleadas con la condición de que trabajasen en cueros.
- ¡Vamos, ande!
- Ya lo creo que sí; y las pobres, como sus maridos no tenían en qué ganar una gorda, tuvieron que aceptar. Cuando se presentaron en el tajo se decían unas a otras: “y cuando nos desnudamos” .Mi abuela, que también trabajaba con ellas les dijo: “Aquí siempre estamos ves­tidas, ¿para qué os vais a desnudar? Y claro, tenía raz6n, porque era una fábrica de curtidos y cosas de piel.
- ¿Todo eso lo pone usted en el libro?
- A ver. Cuando yo era chico, me compró mi padre una borrica por treinta reales para que fuera a los pueblos a vender cosas, y se me daba bastante bien. Un día hice de caja treinta pesetas y dos céntimos: ­un billete de papel, una moneda y dos centimillos de aquellos. Enton­ces, el zapatero de Valdesaz me sacó una poesía:

Santos con su borriquilla
se va a Romancos y Archilla,
y se sube en la jornada
papel, plata y calderilla.

- ¿Y lo de comadrón, cómo fue?
- Eso también me pas6 en Valdesaz. Resulta que el médico era un se­ñor viejo que venía de Brihuega. Se puso una mujer de parto y no había quien le echase una mano. La tuve que asistir yo. Un par de mellizos bien hermosos le saqué, a tiro de cordero. Así que, no me diga que no hay cosas que contar, y otra vez maté un toro de quinientos y pico de kilos. La remonda, ya 1e digo.
Supe después que en el pueblo hubo una cerámica y un telar en e1 que hicieron una capa a un obispo. La señorial plaza de Trijueque fue también en época pasada sede semanal de un importante mercadillo.
- Vamos a tomar una cerveza en la tienda de mi hijo; esa de ahí.
El hijo del señor Santos se llama Máximo. Tiene un supermercado en la plaza repleto de todo. Allí conocimos a Gonzalo Gonzalo, “inspec­tor de trabajo”- me aclaró el abuelo.
- Gonzalo de nombre y Gonzalo de apellido; por si se me pierde el uno que me quede el otro.
- ¿Son muchos habitantes en Trijueque, ahora mismo?
- Cuatrocientos y alguno, puede que seamos.
- Agricultores casi todos, claro.
- Pues sí. El campo es mayormente el medio de vida.
- Y de industrias nada. Los bares de la carretera y nada mis.
- Hay también una fábrica de secar bacalao.
- ¿Ah, sí? Pues eso da prestigio al pueblo. No lo sabía. ¿Podemos ir a echar un vistazo? Siempre que los dueños quieran, naturalmente.
- Mía, y por qué no van a querer! Vamos antes de que cierren.
De la fábrica de bacalao sólo podemos contar que lleva instalada en Trijueque cerca de dieciocho años, que se dedica al lavado, salazón y secado, y que desde allí se distribuye el producto a toda España. Ciertamente que nos hubiera gustado saber más, y verlo con nuestros propios ojos como hemos hecho siempre que nos salió al paso alguna pequeña indus­tria afincada en la provincia. Pero la verdad es que, una vez conoci­da nuestra personalidad e intenciones, y acompañado por señores del pueblo para mayor garantía, el encargado no se prestó a enseñarnos las instalaciones y nos tuvimos que volver como habíamos llegado.
El fin de fiesta fue de mucho mejor recuerdo. Mis amigos: el abuelo Santos, Gonzalo Gonzalo, y algunos más que al final fueron acudiendo al bar de Los Villas, entre los que estaba para dar fe uno de los mellizos que nuestro improvisado comadrón hubo de sacar en Valdesaz a tiro de cordero, hicimos tertulia ante el mostrador con alguna que otra cañita de cerveza que nos sirvió una señora joven que se llama Loly.
­- ¿Tiene algo que ver el bar con usted, señor Santos?
- Claro que tiene que ver: es de un hijo mío.
- Pues se está muy bien aquí, ya ve. Viendo a los que pasan por la ca­rretera.
- En esas mesas es donde se pegan los baños de guiñote estos granu­jas. Como si fuera su cuartel general.
Ha debido pasar casi un mes desde aquel fin de semana. Cuando lo recuerdo, lo hago con cierta añoranza. Trijueque queda a quince mi­nutos de la capital por vía de primer orden. Hombres abiertos y de corazón grande y amable como su Plaza Mayor, como su paisaje, desde donde se divisa, por el simple placer de ver y deleitarse en la grandiosidad de esta Castilla madre, un sin fin de pueblecitos y de tierras onduladas y austeras de las que mamó su mejor néctar nuestra raza.

(N.A. Marzo, 1985)

TRAID


Pasadas tres horas de viaje sin descanso desde la capital, los pinares de Terzaga se suavizan en recogida vega al cruzar por Pi­nilla. Vuelven de pronto los ribazos adustos de chaparral y sabi­na para dar vista no muy tarde al pueblo de Traid; un lugar donde manda la fragosidad y las tierras vírgenes.
El viajero, que salió de su casa con las primeras luces, se encuentra con que llegó a su destino demasiado pronto. El sol inunda con una inmensa calma los bajos molineses. Queda el pueblo como hundi­do en un repliegue. Al pasar por una de las primeras calles me sa­le al encuentro una señora muy dispuesta y me dice que si soy yo por casualidad el médico. Le digo que no y continúo calle abajo buscando una sombra para dejar el coche.
He hallado cobijo al pie de una olma maternal donde caigo muy a gusto. Desde mi butacón de cemento a la sombra de la olma se ven los tejados marrones de las casas en las orillas, el chato campanario de la torre y un cabezo peñascoso por detrás en cuya cima abre sus brazos a los cuatro vientos una cruz de palo. Los vencejos bu­llen en singular algarabía por encima de las viviendas extramu­ros. Un gallo canta en la barda de un corral próximo y el reloj municipal da las diez a nuestra espalda.
- Perdone que le haya interrumpido antes. Es que avisé al médico que viene de otro pueblo y lo estamos esperando aún.
La señora pasa con una cesta en la mano hacia la Plaza del Frontón, donde hace unos instantes plantó sus reales un frutero ambu­lante. La mujer se explica con un marcado acento valenciano.
- Por lo que oigo, usted no es de aquí, señora.
- Soy valenciana, señor; de Manises, la ciudad de la cerámica. Mi marido es de aquí. Está jubilado y nos venimos todos los años desde abril hasta noviembre.
- Pues es una lástima que no esté su marido para que se hubiera venido conmigo a dar una vuelta por el pueblo.
- También le hubiera gustado a él, ya lo creo. Es medio poeta y muy aficionado a la caza; se llama Zoilo Usero. Bien tempranito se levantó y se fue a tapar cabos de zorra.
- ¿Y eso qué es?
- Pues tapan las bocas, y las crías que están dentro se mueren. Son unos bichos muy dañinos.
Lo que me acababa de decir doña Mercedes fue sólo un avance de lo que luego descubrí. En Traid, amigo lector, donde la gente todavía ríe, son los hombres poetas y cazadores de pura casta.
- Pero no se preocupe. Si no tiene quién le acompañe, yo le pre­paro uno en seguida, el más mozo del pueblo. ¡Santiago..!
Y apareció Santiago, el Borlilla, al sol mañanero de una esqui­na en la Plaza de la Fuente. Es un hombre de corta estatura, de largo humor como la gente sana, alguacil, setentón y soltero.
- Bueno, pues si no tiene inconveniente y se quiere venir con­migo seguro que haremos buenas migas.
- Sí señor; lo que usted quiera. Si yo no tengo otra cosa que hacer.
- Buen pueblo debió de ser éste, ¿no?
- Bueno. Aquí hubo siempre gente muy lista y muy famosa. El más tonto del pueblo es el que ahora va con usted.
- ¡No me diga! Pues no lo parece.
- Sí le digo, sí. Aquí mismamente vivió un señor que se llamaba el tío Pablo Lorente Samper, El Romo, que un día le habló la zorra Aquel señor hacía poesías y todo. Si nos veía hablar a usted y a mí, enseguida hacía una poesía, pero sin pensarlo. Era muy listo.
- ¿Y qué le dijo la zorra?
- Le dijo:

Cuando se muera el Tío Pablo
gran fiesta celebraremos,
zorros, garduñas y gatos,
águilas, buhos y cuervos,
y la señora urraca
que también la invitaremos.

- Pues qué mal lo quería, ¿no le parece?
- Muy mal. ¿No ve que se pasaba la vida cazando? Luego le contes­tó él.
- ¿Ah, sí?
- Hombre, claro, y le puso la cosa fea:

Te estás burlando de mí
porque soy un bisabuelo,
mas no debes de olvidar
que tengo escopeta y perro.

- ¿Usted conoció a ese señor?
- ¿Cómo no lo voy a conocer? Aquel chalé negro es de un nieto suyo.
Por las afueras del Picorzo está la ermita de la Soledad. Como escalón de entrada hay una lápida sepulcral de un cura que murió en ­1875. Dentro se ven por el ventanillo unas cuantas imágenes con la de la Virgen vestida de negro en el retablo frontal.
A la vuelta, subiendo la leve costanilla que nos devolverá hasta al pueblo, vemos en el lleco de La Llanilla una mula negra que mordis­quea aburrida la hierba de los baldíos.
- Aquí estaba la plaza donde antiguamente se metían las vacas y luego se toreaban, una por una, en el trinquete. El mozo más valiente se tiraba a ella con un saco de paja delante, hasta que conseguía sujetarla de los cuernos.
-¿Vacas bravas?
- Eran vacas del campo, pero algunas arremetían bien. Las hacían bravas aunque no quisieran.
-¿Qué tal se vive en Traid, Santiago?
- Aquí lo que más da es el campo. Un buen oruga que preparara la tierra, sería lo mejor.
Pero uno de los motivos que me llevaron a Traid fue el conocer in situ el famoso cuadro de San Francisco que, según la tradición, sudó abundantemente el día en que los austriacos entraron en Molina, el l de noviembre de 1705, y cuyo documento de fidelidad relacionado con el hecho, parece ser que se encuentra, o al menos lo estuvo antes, en la Biblioteca Nacional. Pues bien, la cosa fue sencilla, pero no tan­to como yo creí, puesto que encontrar en Traid la llave de la igle­sia lleva implícito buscar de acá para allá, de casa en casa, hasta que por fin aparece. Toda aquella operación de búsqueda fue la causa por la que después tuve ocasión de conocer a dos señoras que luego nos acompañaron con absoluto desinterés: doña Sagrario, simpatiquísima, que es la esposa de Domiciano Usero, el alcalde, y doña. María San­tos, sacristana y con un envidiable buen humor. Santiago, el Borlilla, puntualizó.
- A la María, nada de señora, es señorita.
- Ah, pues mira qué bien. ¿Y qué hacen los dos, solterones así?
- No, eso no puede ser. Ese es mucho más viejo que yo.
Antes de entrar en la iglesia., los cuatro que formábamos la comitiva nos colocamos en el minador que tiene al respaldo para ver, con toda la diafanidad de la mañana, el grandioso espectáculo de la Ve­ga.
- ¿Cómo le llaman ustedes..?
-Aquí se le dice El Valle. El camino que va por mitad es el del pueblo de Otillas.
- Y los cerros de allá arribuchas -dice Santiago- son los de Hombrados y toda esa parte.
- Lo que resulta curioso es el peñasco que tenemos detrás.
- Pues sí. Si se sube a él verá unas vistas mejores aún.
En un sillar de la esquina me enseñan la fecha grabada en que se supone se acabó la construcción de la iglesia. Dice: 1714.
- La verdadera fiesta de Traid es el 17 de septiembre,”La impre­sión de las llagas de San Francisco”, aunque ahora se celebra el 12 de agosto. El 14 nos comemos los toros, por aquí donde estamos ahora.
La iglesia en su exterior, aparte de la garbosa espadaña y el romántico atrio que precede a la puerta de entrada, no tiene demasia­do interés. La verja del camposanto la tenemos al fondo en el mismo atrio, orlada por la inscripción "Lo que hoy soy yo, mañana serás tú". A su través refulgen las cruces blancas y los lirios, solita­rios y fríos igual que la muerte, al pie del peñón del Castillo.
Por dentro tiene el templo, si no valor material por cuanto a lo que podemos ver, sí originalidad y riqueza evocadora. Se completa con una nave central y dos capillas, una a cada lado del crucero. Sagrario, Santiago y María, quieren contarme a la vez la historia de una imagen de San Isidro que hay colocada sobre la repisa de un retablo en la capilla de la derecha.
- Antiguamente no se celebraba en el pueblo, pero hizo un milagro el día quince de mayo de no sé que año, y desde entonces se celebra.
- Resulta que había un albañil en una obra y estaba comentando con los otros por qué no se celebraría en Traid San Isidro.
- La cosa es que se desplomó la obra y a ninguno le pasó nada. Entonces, uno de ellos que se llamaba Miguel Sabio y era un poco car­pintero, hizo ese santo y desde entonces es fiesta.
El famoso cuadro de San Francisco, al que ya nos hemos referido, está en la capilla del lado opuesto, guardada por una fuerte reja y en cuyo retablo de un cargadísimo barroco, se puede ver como único motivo el milagroso lienzo, en el que está representado el santo de Asís orando de rodillas delante de una cruz, de un libro y de una cala­vera, mientras que la llaga del costado le traspasa con asombrosa crudeza las ropas del hábito. Las medidas aproximadas pueden ser de un metro de base por uno y medio de alto.
- Dicen que ha sudado en dos ocasiones, por lo menos. Si se fija bien, se nota como si la pintura hubiese estado mojada.
- Lo importante, creo yo no es que sudase o dejara de sudar, sino que Traid tiene un buen intercesor y no deben desaprovecharlo. Así que, amigo Santiago, todos los días a rezarle un poquito a San Francisco, ya lo sabe.
Mi amigo se ruborizó. No esperaba que el forastero le iba a salir por ahí. Luego se fue por los Cerros de Úbeda contándome una historia la más de curiosa, acerca del día en el que su maestro le preguntó el credo.
- La cosa es que no me lo sabía. Entonces, los chicos que estaban más cerca me lo quisieron decir, pero tan bajito los puñeteros, que yo no entendí más que la mitad. ¿Quién hizo el Credo?, el maestro otra vez; y yo: los sapos. Decir aquello y se me vino la tormenta de palos encima con la vara que gastaba el ilustre profesor. Si yo llego a decir :los Apóstoles, pues no me había pasado nada.
- Claro; pero eso había que haberlo estudiado antes.
- Ahí está el asunto. A los chicos del pueblo yo se lo he contado siempre, para que no les pasara lo que a mí:

Al Borlilla de mi pueblo,
por no saber las lecciones,
el ilustre profesor
le arreaba pa1izones.

-¡Vamos, que también es usted poeta!
- Nada, ni hablar, eso sólo. ¡Qué quiere que sepa hacer yo! Para lo que es don Juan, con doña María basta.
Cuando, pasado un mes de mi viaje a Traid recuerdo estas cosas, vuelvo a creer que la paz es posible, y la alegría, y el entendimiento también, y la amistad, y el bagaje todo de circunstancias que ha­cen la vida francamente hermosa; pero que este infeliz mundillo nuestro se lo dejó arrebatar a cambio de nada. Ahí queda Traid, en el Bajo Señorío, un puñado de hombres y de mujeres que conservan todavía el añoso brebaje de la convivencia, que uno tuvo la suerte compartir con ellos en el transcurso de una mañana que se me hizo fugaz.

(N.A. Agosto, 1984)

lunes, 23 de noviembre de 2009

TORTUERO


Un grato recuerdo, sí; pero tan sólo una vaga imagen guardaba de mi visita anterior a este pueblecito al que volví hace solo unas semanas. El mes de abril, que anima a salir de casa y tirarse al monte buscando el sosiego del campo apenas brilla el sol, me puso en camino. Así ocurrió, y aquí me encuentro contando a mis lectores el resultado de aquella experiencia.
En circunstancias normales se llega a Tortuero en poco más de media hora desde la capital. Si el viajero siente curiosidad al atravesar los pueblos o se detiene a contemplar el paisaje, que por aquellos caminos siempre resulta tentador, el tiempo se puede duplicar a poco que se descuide, sin que por ello resulte tiempo perdido, sino más bien todo lo contrario.
Cuando se ha dejado atrás el revoltillo de curvas que separa a los llanos de Casa de Uceda del valle del Jarama propiamente dicho, el campo se muestra distinto completamente; es un cambio brusco el que se experimenta en la disposición del terreno en tan corto espacio; la Campiña concluye de manera radical y aparece la Sierra con todas sus particularidades orográficas y de todo tipo, para gozo y deleite de quien por allí va.
El camino hacia Tortuero sale a poco de atravesar el puente sobre el Jarama. En una y otra ribera hay pescadores de caña mojando el sedal en la corriente. La carretera sube hasta Valdepeñas, pero el camino a Tortuero sigue paralelo al río en dirección contraria al correr de las aguas. Cuando se han subido las cuestas del canal, desaparecen los chopos de la ribera, los olivos de los bancales, y hasta los robles y los carrasquillos de la ladera para dar paso al paisaje ceniciento y gris del jaral y de la piedra de pizarra. Enseguida otro valle más en el juego de contrastes, el valle del arroyo Concha, en cuyo fondo aparece recogido al sol al volver de una curva el pueblo de Tortuero; uno más de los perdidos paraísos que salpican esta tierra nuestra y de los que allá de muy tarde en tarde la gente tiene noticia.
Lo descubrí en mi primer viaje, hace ahora una docena de años, y he querido comprobarlo a mano derecha apenas dar vista desde el mirador de la carretera. Me ha sido fiel la memoria. Al fondo del barranco, mínimo, cercado por cuatro tapiales, adornado de lirios silvestres, se ve bajo los chopos el solitario camposanto, punteado de crucecitas blancas de piedra escondidas entre la maleza. La muerte, fuera de todo lujo y vanagloria, es en estos cementerios pueblerinos sinónimo de descanso, de paz eterna, sin epitafios ni frases gélidas como la misma piedra. Tengo para mí como el más romántico y el más piadoso de los que conozco, aquel cementerio chiquito de Tortuero perdido en el barranco.
Acabo de entrar en las calles del pueblo. Esta que conduce hasta la torre de la iglesia es la calle Mayor. Hay un anciano sentado sobre un banco a la sombra del nuevo edificio del ayuntamiento. El ayuntamiento de Tortuero es nuevo; de la puerta penden algunos papeles que ponen al corriente a los vecinos del horario de consulta médica. El pináculo de la casa consistorial es un bonito carillón con su correspondiente campanil para dar la hora, pero que no la da porque no hay reloj; hay, eso sí, el espacio redondo en donde colocarlo, pero con el muro tapiado de momento. Adolfo, el alcalde, me contará enseguida la razón.
-Sólo hay una razón -me explica-. Que no tenemos dinero para comprar uno, y andamos pensando a quién se lo podemos pedir, y que nos lo quiera dar.
Adolfo Gamo ha cumplido ya veintitrés años como alcalde de Tortuero. Es un hombre activo, atento, trabajador, y por razones de oficio también viajero.
-Qué remedio. Soy cartero de casi todos estos pueblos de la zona, y mi misión es la de andar de acá para allá con la correspondencia, pues casi a diario.
El pueblo apenas supera hoy el medio centenar de habitantes de derecho. De hecho son muchos más, sobre todo los fines de semana y los dos o tres meses de verano en los que se ven llenas todas las casas; las casas nuevas en su mayoría, después de las muchas obras y restauraciones llevadas a cabo por los vecinos durante los últimos años.
A eso del medio día entra al pueblo sonando el claxon la furgoneta del panadero de Tamajón, que monta su establecimiento sobre ruedas en la plaza de la Fuente. La plaza Mayor queda más arriba, junto al campanario. La fuente de la plaza arroja su chorrillo fresco sobre un pilón que tiene al respaldo el típico abrevadero de las fuentes públicas de los años veinte.
En Casa Alfonso, calle perpendicular a la Mayor que acaba en la plaza de la Fuente, preparan el cordero asado con sabiduría y arte, según me han dicho. Vi meter los trozos en el horno, provistos de su correspondiente brebaje en las cazuelas de barro. Donde Alfonso se sirve el cordero o el cabrito asado -pues ambos platos son especialidad de la casa- siempre por encargo. No lo llegué a probar, pero me han dicho que es obra de pura artesanía. Lo que sí apetece a la hora del aperitivo son los vasos de cerveza fresca con colitas de sardinas en escabeche y aceitunas negras.
-Bueno; en algo hay que pasar el rato en estos pueblos -dice uno- ¿No le parece a usted?
El puente del Peñón sobre el arroyo Concha es en Tortuero la enseña local, algo así como el Palacio del Infantado en Guadalajara o las Casas Colgadas en Cuenca. Por las tardes es aquel un rincón sombrío, tajado entre laderas abruptas de piedra oscura, que en el pueblo han aprovechado para instalar su piscina de verano. El puente es de viejo trazado románico, está reforzado en su interior con un muro a modo de columna, que a buen seguro alargará su duración en algunos siglos.
Isidoro, Alfredo, y el propio Adolfo, el alcalde, me acompañaron gentilmente a recordar imágenes ya vividas por las afueras del pueblo. En las tierras de los Cañamares, los hábiles hortelanos preparan los surcos mullidos del regadío. La tierra de las huertecillas de Tortuero en el arroyo Concha, me recuerdan aquellos tablares comedidos y fecundos que, como maestros en el oficio, disponen cada otoño y cada primavera los huertanos de Pastrana en su vega del río Arlés.
No vimos las truchas en el arroyo; sí, en cambio, algunos pececillos que corrían endiablados por debajo del puente. Repoblaron de truchas el agua de la presa los del ICONA hace años, y alguna se suele ver de tarde en tarde, dijeron mis acompañantes. Las horas corren lentas en Tortuero. Cuando salgo de allí, dejo al pueblo tostándose bajo el sol de las dos en el fondo de la vega, entre los cerros del Campillo y de la Cresta, sus guardianes.
(N.A. Mayo, 1997)

TORTUERA


Volvemos de nuevo, amigo lector, a tierras de Molina. Es posi­ble que la distancia excesiva desde la capital haya hecho que uno llegue a acoger con verdadero entusiasmo cada expedición, oportu­nidad magnífica que, de tarde en tarde, viene a dar con su perso­na en aquella entrañable comarca de la provincia por donde sale el sol. Los pueblos de la paramera tienen para el viajero una cu­riosísima particularidad, un acicate impalpable que le obliga de hecho a dejar cada uno de aquellos lugarejos con el previo propó­sito de repetir la aventura tan pronto como le sea posible. Y así, en esta cadena de viajes y de promesas que al final se cumplen, la casualidad nos ha puesto en camino de uno de los pueblos más im­portantes del Señorío.
Tortuera es un pueblo hermoso, una pequeña ciudad que empieza a interesar ya desde su entrada. Resguardado al abrigo del viejo pairón de las Ánimas, resulta impagable el ser testigo allí mismo de aquella paz que se va filtrando poco a poco por los sentidos, de aquel silencio profundo que se inhala de una naturaleza en lucha por sobrevivir, abriendo paso a la primavera inminente. En los cho­pos del barranco no hay hojas todavía, ni pájaros, que a buen seguro se fueron a invernar en las rendijas tantas veces centenarias de los aleros de Tortuera o bajo las tejas de la iglesia allá en lo alto. A través del ramaje del barranco se alcanzan a ver lade­ras seccionadas, pedregosas, y cuevas por las que acude hacia el pueblo un señor bajito, con aspecto meditabundo y una alforja y mu­chos años sobre sus hombros.
A la plaza se entra después de haber cruzado, también casi desiertas, algunas calles señalizadas con indicadores de dirección. La plaza conserva un sabor rancio de historia, presente en sus piedras. La circundan casonas de noble factura haciendo gala de su sobriedad y de su resistencia perdurable, como si los siglos no fue sen para ellas motivo suficiente para marcar su vejez. Palacetes blasonados que hoy son recuerdo, sólo recuerdo, de familias hidal­gas cuyos nombres dejaron de lucir en el candelabro de la historia, y ahí están, enhiestas en su viejo solar, manteniendo mortecina la luminaria de sus pasadas glorias a la espera, quién sabe, de un nuevo renacer que no llegará nunca, o de integrarse al fin y para siempre en el prosaico vivir de los tiempos que corren.
No es, ciertamente, la hora más oportuna para llegar a un pue­blo. En Tortuera, cuando llega la hora del medio día, só1o se ven niños jugando por la plaza. Una señora pasa repartiendo de casa en casa el correo que acaba de llegar. Los simpáticos chavales de Tortuera piden al forastero que les saque una foto andando por allí, y el forastero lo hace con muchísimo gusto. Al grupo de chiquillos de la plaza se une otro mayor, que baja co­rriendo como desesperado a punto de caerse. Viene comiendo pan y no dice nada.
- Este es Melchor, pero no le pregunte usted, porque no habla. Entender sí que entiende todo lo que le digan. ¡Anda Melchor, dile ­a este hombre que te haga una foto!
-¿Sois todos de aquí?
- Unos sí y otros no. Yo soy de Zaragoza, y este también, pero mi padre es de aquí y mi madre de Cubillejo.
- Ah, claro. Y os venís al pueblo a pasar el fin de semana.
-Venimos muchas veces. ¿Oiga, y usted quién es?
- Pues mira, yo soy un señor que viene a ver el pueblo ya llevarse alguna foto de todas estas casas tan bonitas que hay por aquí.
- Un turista, ¿verdad? En Zaragoza hay muchos turistas.
- Sí, más o menos eso que tú dices: un turista.
- Pues si quiere le enseñamos todo. Hay muchas casas que tienen escudos. Dicen que son palacios, pero, vaya palacios; ni palacios ni nada. A lo mejor, antes sí que eran palacios.
Uno piensa que no faltan a la verdad cuando le dicen que, exclu­yendo a Molina, es Tortuera la pequeña capital del Señorío. Aquí nacieron personajes de la talla de los López de la Vega, entre los que destacan don Diego, obispo de Badajoz, y don Álvaro, poeta. De nuestro pueblo fue el insigne teólogo Fray Lucas de la Madre de Dios, y toda una serie de eclesiásticos y jurisconsultos que de alguna manera son el fruto sazonado de toda una casta de hidalgos y familias de noble linaje cuya presencia aun prevalece. Tortuera albergó, en ocasiones históricas como lugar de paso, a los monarcas Borbones Carlos III y Carlos IV en sendos viajes de Cataluña a Madrid. Apoyado en el pretil de la iglesia, la vista se llena de prade­ras y de chopos en el barranco; son los mismos que nos salieron al entrar, más acá del pairón de las ánimas. Lejos, simulando una cor­tina plomiza dibujada en el horizonte, la Sierra de Caldereros, con los picachos abruptos que alguna vez recorrimos y que nos sitúan en tierras de Campillo y de los Cubillejos.
Don Lucio Abánades, natural de Rueda, es el secretario del Ayun­tamiento de Tortuera. Don Lucio ejerce aquí su misión administrati­va desde hace dieciocho años. Nadie mejor para informar con exacti­tud sobre datos, detalles y cifras, referentes al pueblo tal y como lo encontramos hoy. Don Lucio me ha recibido en su casa con extraordinaria amabilidad.
- Sí; yo creo que con mucho es éste el mejor pueblo de la comarca Actualmente somos 330 habitantes, pero en verano, seguramente que pasarán de 1500. La gente se fue, mucha de ella a Zaragoza, y vienen con frecuencia por el pueblo. Si quiere comprarse aquí una casa como ésta que yo vivo, por ejemplo, no se extrañe si le piden cua­tro millones. Hace diez años las tenía usted medio regaladas.
- ¿Y el campo?
- El campo es lo mejor que hay en el pueblo. Tortuera tiene un término muy grande y muy bueno. Con el pueblo y la finca de Guisema son 8.400 hectáreas, cultivables en su mayoría. Hay agricultores que llevan más de doscientas hectáreas. Sin que esto pueda servir de polémica, para nosotros siempre ha sido el pueblo más triguero de la provincia; incluso por encima de La Yunta que anda a la par.
- ¿Qué se echa de menos en Tortuera?
- Se echan de menos muchas cosas, como en todos los pueblos, pero dentro de lo malo no nos podemos quejar. Tenemos escuela, hasta sex­to curso que se llevan los chicos a Molina; dos panaderías que abastecen a toda la zona; tres tiendas de ultramarinos; dos cafés, y mucha agua. De la red municipal salen 230 enganches para viviendas y servicios, y la mayor parte de las calles están arregladas.
Otra vez en la calle, el pueblo se ha quedado solo. Mis amigos, los niños, debieron desistir de tanta espera. Mucho tiene de pla­centero caminar a tus anchas entre tanto silencio. Apenas la pre­sencia de un gato despavorido, que corre por una esquina de la plaza, ha robado por un momento nuestra atención. La casona de los Romero de Amaya, la vieja mansión de los Moreno, y el palacio dieciochesco, arriba, de los L6pez de la Vega, cuna, que fue de gloriosos nombres y de la que hoy deben quedar tan sólo las piedras, enseñan los re­lieves grises de sus blasones en honor y en recuerdo de nadie. Acierta uno a encontrar cobijo y compañía en uno de los dos ca­fés de los que don Lucio, el secretario, le había dado cuenta. Es un salón espacioso, con marcada y acogedora traza rural. En el centro del establecimiento se alza sobre una plataforma circular de chapa brillante la estufa de leña encendida. No hay más que un hom­bre sentado en torno a la estufa. Es el dueño del bar, se llama Salvador y está esperando, con la cafetera a punto, los primeros clientes de la so­bremesa. Por encima de los estantes se ven botellas de licor, enseres del oficio y unas barajas extrañísimas que los hombres de Tortuera usan para jugar.
- ¿No las ha visto nunca? Estas tienen ciento ocho cartas. Son dos barajas completas con ochos, nueves, dieces, y dos rabinos. Es una cosa parecida al poker que aquí se juega mucho.
- ¿Hay suficiente clientela?
- No mucha. Lo que más vienen son gente mayor; echan su partida, ven la televisión y así se distraen.
- Pues se está bien aquí, ya ve usted.
- Cuando hace frío sí que se está bien. Aquí es que tenemos seis meses de invierno. No se fíe de los días de abril, que los hay muy fríos, así que, hasta junio no quito la estufa. ¿No conocía usted esto?
- No, no señor; es la primera vez que vengo. Yo conozco a uno de aquí que es practicante. Hace mucho que no lo veo. Ahora debe andar con los catalanes, creo yo.
- ¡No será Moisés!
- Sí señor: Moisés Román Aynos. Fuimos muy amigos cuando yo era un muchacho. Luego, ya sabe, la gente se va y se olvida todo.
- Sí hombre, ahora viene mucho. Se ha hecho aquí una casa y todo. Cuando tenga algo de vacación seguro que viene. La gente acude a su sitio cuando se cansa de dar vueltas por el mundo.
- Pues ya sabe: un abrazo muy fuerte de mi parte y lo invita us­ted a un café cuando llegue.
En Tortuera se reza por tradición y por patronazgo a San Nicolás de Tolentino, cuya fiesta celebran el diez de septiembre y días si­guientes. San Nicolás tiene dedicada una de las ermitas del térmi­no. La ermita de San Nicolás fue en otro tiempo lugar común de ro­merías para la gente del pueblo, pero que la tal costumbre, como tantos más valores del pasado, se perdió, quizás para siempre.
- Pues mire, lo que son las cosas: ahora llevamos dos años que traen música, y yo creo que es una costumbre que se puede recuperar.
Con unas cuantas notas en su cartera como recuerdo de sus horas en este maravilloso pueblo molinés, y manteniendo todavía intacta en la retina la imagen centenaria de las casas solar, el viajero, -el turista para los niños de Tortuera- deja con el mismo silencio con el que llegó a ellas, las nobilísimas tierras del Señorío, con nuevos propósitos, con otros proyectos para un viaje que cabe no se haga esperar.

(N.A. Marzo, 1982)

domingo, 22 de noviembre de 2009

TORTONDA


La villa de Alcolea sirve como de costumbre de núcleo divisorio por el que el caminante suele detenerse, igual que en cada viaje, para poner en orden la brújula de sus apetencias. La desviación que me ha de llevar a Tortonda nace exactamente aquí, en la misma carretera general de Barcelona a su paso por Alcolea del Pinar. En el indicador sólo se anun­cia Villaverde del Ducado, mínimo lugarejo recostado en la ladera al que de inmediato nos ha de aproximar la estrecha pista de asfalto que corre, de banda en banda, por mitad de zopeteros descarnados y pe­dregosos, a cuyas márgenes se da la encina menuda y el carrasquillo agreste. El celaje, como los tiempos mandan, aparece turbio y el ambiente helador.
La carreterilla por donde voy corre tierra adentro, la quietud de los campos conmueve en estas soledades de fingido páramo. No hay ser vivo, salvo las plantas y algún pájaro perdido entre la maleza, que se mueva. Los charcos de las últimas lluvias y los balsones son una masa de hielo enroquecido. Después una curva, y como fondo Tortonda, pueblo gris aplomado, del color de sus campos. Tortonda se precede por una chopera deshojada y las copas muertas de los olmos surgen por en­cima de las casas, como penachos marañosos de algún mítico general en derrota. La iglesia se muestra en la distancia monumental, y el pueblo, antes de haber llegado a él, se advierte desparramado y suelto, con las consabidas naves para almacén en las afueras encapuchadas con placas de uralita.
Hago la entrada a Tortonda lentamente, cuidadosamente, mantenien­do al cruzar la dirección sujeta entre los ventisqueros de nieve vieja, apelmazada y cenizosa, que todavía no se ha podido derretir. Ya más de cerca, la torre de la iglesia se ve almenada como los torreones de los castillos, y en su cara norte las románicas arcadas de la galería que más tarde me acercaré a otear desde su misma planta.
Ahora la plaza, amplísima, abierta al mediodía a las breves lla­nuras de las eras. Una fuente de sillar, de concepción reciente, alza sobre el canto del muro una antigua vertedera de tiro. El detalle pue­de servir al mismo tiempo como motivo de ornamentación y como homenaje al sufrido labrador de antaño, que regó los campos de sudor agarrado al puño de la esteva. Dos troncos descomunales de olmo, el uno desmo­chado y el otro con todas sus ramas secas, toman parte del tremendo maremagnum que es la plaza de la fuente, donde hay, además, en sitio destacado, un casillo de aperos y mucho solar que para poco sirve. Las re­cias casonas del pasado muestran su balconaje roído y sus piedras la­bradas alrededor.
- No se quejarán ustedes por falta de terreno en la plaza.
-No señor; aquí hay bastante anchura.
- Qué fuente más original tienen, ¿no le parece?
- Sí, se hizo el verano pasado. Son piedras de aquellas de antes, de las que había en los poyos de las casas.
Basilio Rojo me ha dicho que todo aquello, más que la plaza es co­mo si dijéramos la Calle Real, que la plaza está más hacia la iglesia. Una anciana sale al momento de su casa. La casa donde vive la anciana tiene marcada sobre la clave del dintel la fecha de 1907.
- Oye Basilio, ¿quién es este señor?
- El de la “Nueva Alcarria” que viene por los pueblos.
- Ah, pues muy bien. Tiene usted que poner que el agua que tenemos no es buena, que en verano se revuelve con otra y sabe a cieno.
- Puede estar segura de que lo diré ¿Cómo se llama usted?
- Me llamo Teodora Huerta. Digo yo que si no conocerá usted por ca­sualidad a un sobrino mío que vive en Guadalajara. Se llama Jacobito.
- No señora. Así por ese nombre no lo conozco. A lo mejor de vista sí sé quién puede ser.
- Trabaja en el Instituto de Previsión, donde llevan la cosa de los viejos. A mi sobrino lo conoce mucha gente.
- Pues no lo sé, de verdad. Lo siento, pero no caigo en este momento.
La anciana es una mujer adorable, que sabe mucho. A uno, para qué decir, le gusta encontrarse con hombres y con mujeres como doña Teodora, que vacían con gusto el saco de sus saberes sobre el oído de quien los quiera escuchar y, en casos como éste, para que no desapa­rezcan irremisiblemente alguna vez sin haber dejado constancia. Mi nue­va amiga me aconseja que no me vaya de allí sin haber visto la iglesia.
- Descuide, que no me marcharé sin echarle un vistazo. Por fuera ya me lo he propuesto, por dentro, si sale la ocasión también lo haré. Basilio lamenta no poderme acompañar él en persona, pero asegura que cualquiera del pueblo lo puede hacer, que no me preocupe.
- Es que, resulta que aquí detrás han matado el cerdo en casa de un vecino y seguramente que ya me están esperando para almorzar. Si no, yo mismo hubiera ido.
- Mire usted -corta doña Teodora. De aquí era nacido don Julián Bermejo, que fue el confesor de la reina doña María Cristina y del rey don Alfonso XII. En un cuadro muy hermoso que hay en la iglesia está su retrato.
- ¿También lo enterraron aquí?
- No, eso no. Lo enterraron en el cementerio de San Isidro de Madrid el año 1906.
- Eso es tener muy buena memoria.
- Ahí está; y luego, a lo mejor no me acuerdo de donde pongo las tijeras.
- Sí, claro. A veces pasa eso.
- Otro señor de aquí fue don Victoriano Ciruelos.
- ¿También confesor de reyes?
- No. Ese fue el mejor abogado que ha tenido la provincia entera. También está en la iglesia en un cuadro. Hubo en su familia un milagro muy importante, y allí en el cuadro se ve la cama donde ocurrió con la enferma y todo. Una cama de aquellas de las de antes.
- Ah, pues es muy interesante lo que me cuenta, ya ve.
- Don Victoriano Ciruelos regaló dos altares. Allí están. Le costa­ron diez pesetas cada uno.
- Qué tiempos, ¿verdad usted?
- Eso digo yo. Pero ya debe hacer más de cien años.
La mujer se alegra mucho cuando saco a colación que, el malogrado ex ministro don Gregorio López Bravo, tuvo algo que ver -no sé si por razones de origen- con el pueblo de Tortonda. La buena señora se deshace en afectos.
- Sí señor. La madre de don Gregorio y yo éramos como hermanas. Se llamaba doña Consuelo Bravo y aquí la teníamos como de la familia. Era hija de un señor que había estado aquí de sacristán. Ella era maestra. La mandaron a Cortes de maestra en el primer pueblo que le dieron.
-¿Solía venir alguna vez por aquí don Gregorio?
- De joven sí que venía algunas veces para la fiesta. Luego ya no. Este pueblo le tiene muchas cosas que agradecer de cuando fue Ministro de Industria. La luz para el pueblo nos la puso sin tener que pagar una pe­rra. Era muy bueno. Aquí a don Gregorio se le quería mucho. ¡Pobrecito! Dónde fue también a encontrar la muerte.
Cuenta Tortonda en la actualidad con quince casas abiertas y cua­renta personas de hecho. David, un chiquito madrileño que apenas se apartó de mí desde que nos encontramos en la Calle Real, fue el dó­cil acompañante que me llevó hasta la fuente, primero, y a casa de Asunción, la telefonista, después, para que nos dejara la llave y ver de ­pasada la maravilla de su iglesia. Al chaval no me quita ojo. Observa entusiasmado lo que hago. Las notas que voy tomando en el blok le in­teresan sobre todo. David, no es caso demasiado corriente, me ha pare­cido un chico con visión de futuro, con esperanza que no es poco.
-¿Te gustaría ser periodista?
- Mucho, sí señor.
- Hay que estudiar, ¿sabes?
- Ya lo sé. ¿Cuánto?
- Pues qué te diré. Como para todas las cosas. Un poquito más de lo justo. Lo demás, si eres listo, ya lo pondrá el oficio.
La fuente vieja viene a caer en las afueras, hacia la parte baja de una praderilla solitaria que hay junto a la chopera. Entre las hierbas ateridas y los terrones de la tierra helada picotean las gallinas. Los dos caños de la fuente vierten en un piloncillo con forma de media luna. El sobrante se recoge después en las albercas del lavadero. Sobre el frontal de la fuente está escrita la fecha de su construcción: 1927
- Los olmos se han secado, pero aquí en la pradera se está muy bien en verano.
- ¿Te gusta venir al pueblo?
- Sí que me gusta; pero ahora no. Hoy mismo no hay más chico que yo, y me aburro.
Algunas casas de Tortonda reflejan en su envejecida estructura y en la piedra travesaña de sus dinteles un pasado inequívoco de grande­za. La villa en sí, aparece hoy como una augusta señora en decadencia, donde la fuerza vitalizadora de la juventud se marchó sin dejar rastro, y el final se prevé lentamente, inevitablemente.
Ahora subimos por una descarnada costanilla hasta la iglesia. David entra en la casa de Teléfonos donde vive el alcalde. El alcalde pedáneo de Tortonda está fuera de casa en este momento; se llama Juan Ángel Bueno, y su hermana Asunción. La señora Encarnación, la madre, anda atareada atizando la cocina de leña. En el cuarto se está a gusto, calentito. Asunción me invita a tomar una copa de anís y saca una bandeja de pas­tas. A uno le conmueve, hay veces que hasta le llega a emocionar tanta amabilidad para los tiempos que corren; piensa que el mayor tesoro de nuestros pueblos es el corazón de su gente. Luego nos acercamos los tres hasta la iglesia. Las columnas emparejadas del pórtico y los capi­teles foliados muestran la señal de haber permanecido ocultos durante mucho tiempo, hasta que alguien con buen criterio se aventuró a sacarlos a la luz de nuevo. La huella octogenaria de las piedras me hace pensar en lo mucho que han cambiado los tiempos, y no siempre para bien. Al menos, por cuanto se refiere a los pueblos semidesiertos como Tortonda, donde, por postrera misericordia, tienen una gran paz, una tranquilidad extrema que casi nadie desea.
- Los arcos los hizo descubrir el señor cura, don Alberto.
- Pues fue un acierto. Así están mejor.
- Antes se encerraba ahí el marute del pueblo.
- ¿Y eso que es?
- El macho cabrío.
Al poniente está la sencilla portada barroca que da acceso al interior de la iglesia. Bajo las almenas destacan en el muro los dos vanos del campanario con los cabezales de metal reciente.
- No sé si se lo habrán dicho ya, pero la iglesia está muy bien.
La primera impresión en el interior de la iglesia es la de grandiosidad y orden. Tiene una sola nave, y crucero bajo cúpula en hemisfe­rio donde se reparten los altares. Los muros y la bóveda se ven pinta­dos con extraordinaria pulcritud.
- Estos bancos se pusieron para San Pedro. Don Alberto se preocupa mucho por la iglesia, y bien que se nota.
A nuestro lado, apenas entrar, están los dos cuadros de los que me habló la señora Teodora: el de don Julián, confesor de reyes, y el del ilustre abogado don Victoriano Ciruelos, a manera de exvotos.
- Don Julián Bermejo era tío del abuelo de David.
Buen dorado el del retablo mayor. En sus huecos correspondientes se ven las imágenes de la Concepción, de San Pedro, y de un santo con hábito de fraile que las buenas gentes del lugar aseguran ser San Pa­blo de Tarso. Un curioso portasagrario de madera dorada tiene pintadas en su interior tres caras de Cristo, una junto a otra, con cuatro ojos para las tres. Anoto el detalle como curioso e interesante.
El retablo renacentista de San Miguel, donde una vieja talla mues­tra al Arcángel dominando bajo sus pies al maligno, tiene seis medio­rrelieves de gran valor. Representan escenas de la vida de Cristo y de su Pasión. El retablo del Santo Cristo, con antigua y patética imagen, es de cuidado estilo barroco. Bajo el altar se ven lápidas mortuorias con epitafios de difícil lectura.
- Aún tenemos el púlpito. Mírelo usted.
- Eso está bien. Es lástima que algunos curas en otras iglesias no lo hayan querido conservar.
- El San Lorenzo lo regaló uno que vive en Madrid y se llama Lorenzo. Hay una ermita de este santo y otra de San Roque.
Por la escalerilla de caracol, Asunción y David me suben después hasta el balcón del coro. En los coros de las iglesias de pueblo se está muy bien, se ve todo con meridiano dominio, y el panorama –más aún en las fiestas mayores- adquiere una especial solemnidad.
- Aquí le decimos la tribuna. Antes subíamos la gente joven a cantar la misa. Ahora, como no hay nadie... Para San Pedro, esto se pone que no se cabe.
Tortonda, escondido y casi anónimo lugar perteneciente al antiguo partido de Sigüenza, posa cara al mejor tiempo como oprimido por una capa de hielo. El invierno ha sido crudo, y como pieza importante de las tierras de Guadalajara con la que para todo será preciso contar, con­gelada en prevención de posibles corrupciones, ¡sabia virtud!, aguarda paciente su hora.

(N.A. Febrero, 1987)

TÓRTOLA DE HENARES


El pueblo está situado entre dos aguas, o mejor, entre dos vientos: los de la Sierra y los de la Alcarria, que le lamen la piel subido sobre un alcor de cara a todos los soles, al otro lado del arroyo de la Hontanilla. Tórtola fue, con paulatina tranquilidad, poco a poco, tomando un aspecto elegante y personal que le distingue en el concierto de nuestros pueblos más característicos. Cuando se ha ido palpando todo el color y el sabor de sus calles en cuesta, de sus rincones y de sus miradores hacia la vega, uno se encuentra con un pueblo residencial y campesino a la vez, vergel y besana donde el brusco son de los tractores hace que tiemblen cada mañana y cada tarde las hojas de los rosales y de los laureles, de los perales y de las palmeras en las tierras llanas de la huerta de Moya, siguiendo cauce abajo el hilillo débil del regato.
Escalones y costanillas nos dejan después al pie de la espadaña de la iglesia. En la Cuesta de Calderón, frente por frente con una vieja casona de adobes, un anciano está cortando el pelo a su convecino en un portal. El anciano está sordo, y ni siquiera me ha llegado a mirar embebido en su tarea que va haciendo con lentitud y con maestría. El paciente, que tiene durante la operación medio cuerpo envuelto en un paño donde van cayendo abundantes los restos de la poda, está de espaldas a la luz del portal, un poco entre sol y sombra.
- El Tío Aquilino está ya jubilado. Me corta el pelo por compromiso, por hacerme un favor, pero ya no se dedica a esto.
La iglesia tiene un nido de cigüeñas encima del campanario. Desde el pórtico se domina una extensión inmensa de campos de olivar y tierras de labrantío recién sembradas. La iglesia se abre al mediodía por seis arcos y un soportal en la solana cercado con balaustres de ladrillo. El recinto está solitario, silencioso, abrigado. En los poyos corredizos del soportal se sientan los viejos durante las horas soleadas del invierno y juegan los niños en las tardes de abril, al pie de la imagen del perpetuo Socorro. Tórtola se ve desde nuestro mirador envuelto en una tenue neblina mañanera. El sereno espectáculo de las chimeneas, torciendo todas a la vez su chorro de humo hacia las eras a impulso del viento poniente, se completa con el ladrido de los perros en la lejanía, con el griterío de los muchachos, con el bullir incesante de los tordos y de los gorriones sobre el techo de la iglesia. El pueblo está despierto.
La carretera de Soria atraviesa Tórtola de norte a sur y es su principal protagonista. Junto a la carretera recuerdo haber visto siempre al pasar corrillos de gente reunidos en tertulia, labradores descansando a la sombra, mujeres que vienen y van con la cesta de la compra, muchachos en bicicleta por la cuesta de la soledad. Hoy, sin embargo, la carretera está desierta. Hay un señor enredando en el tubo de la estufa de un establecimiento de vinos y licores que se llama “Un alto en el camino”. Más adelante, un hombre con gafas oscuras y cara de poca salud toma el sol sentado en el pasillo de su casa en compañía de un perrillo ratonero que sestea junto al quicio.
- Buenos días. Cuánta tranquilidad, ¿verdad?
- Mucha, sí señor; de eso no falta. Como ha llovido, la gente aprovecha para irse a sembrar. Otros están a coger aceituna. Los viejos también salen por aquí, pero más tarde.
- Tiene un pueblo muy cuidado. Me gusta mucho.
- No está mal. Eso es porque la gente nos e ha ido. La juventud se va a trabajar a las fábricas de Guadalajara, y para el caso es como si estuvieran en el pueblo. Y ahora, tal y como está la cosa, los que no se han ido antes ya no se van. ¿No ha ido usted a ver las granjas?
- No he ido. No señor.
Están ahí arriba. Yo creo que tienen cerca de las cuarenta mil gallinas. Se va según se sube para la ermita. Aquello es digno de ver. A estas horas seguro que están sacando los huevos.
El pueblo nuevo goza hoy, pese a su difícil emplazamiento, de una buena urbanización. Tórtola es como un escaparate de viviendas saneadas muy variado, que ha ido surgiendo sobre las cenizas del antiguo pueblo de esparteros, que todavía queda como muestra el botón de muchos paredones de tierra que se están viniendo abajo tomados de humedad, por los vientos y por el efecto demoledor del abandono.
En las explanadas que el pueblo tiene alrededor, pequeñas heredades fuera de uso en lo que fueron las eras, duermen a la intemperie las viejas máquinas para el trabajo revestidas de su mortaja de herrín. Tórtola, aun en tiempos de sequía, es un pueblo mimado por las aguas. En la Hontanilla discurren copiosas las fuentes, viejas las dos, que conocen por la Fuente Nueva y la Fuente Vieja. De la Fuente Nueva caen cuatro chorros de un agua fresquísima cuyo caudal acaba en los pilones del lavadero. La Fuente Nueva convida a beber, y uno lo hace sin que le apetezca. Un hombre de pocas carnes, avanzada edad, faja blanca de las de tres vueltas enrollada al talle y exquisito sentido del humor, me mira sonriente y picarón desde la solana del lavadero.
- Buen agua, amigo, de esto si que no se pueden quejar.
- Buena, sí señor, y mucha más de la que necesitamos. Aquí no falta nunca.
- La pena es que los abrevaderos ya no servirán para nada, con eso de que los tractores no beben…
- Hombre, de cuando en cuando viene alguno a abrevar. Usted lo ha hecho ahora mismo.
Nuestro hombre se llama Eugenio, don Eugenio de la Fuente, y es alguacil, encargado de los servicios de agua, pesador oficial de la báscula pública y alguna cosilla más que uno lamenta no recordar en este momento. Don Eugenio se siente orgulloso de su pueblo, del agua y de las fuentes de la Hontanilla sin distinción.
- ¿A que no sabe usted cuántos litros echan entre las dos cada hora que pasa?
- Qué sé yo. Muchos. No hay más que verlo.
- Ésta echa diez mil litros, y la Vieja doce mil.
- Qué barbaridad. Con la sed que pasan algunos.
- Pues ya ve, aquí la tenemos por demás. Luego pasa al lavadero y después al arroyo.
- Me he dado cuenta, señor Eugenio, de que tiene usted los dedos torcidos. El reuma.
- ¡Qué va! Esto es de hacer esparto. Yo me he pasado la vida haciendo esparto. Aquí vivíamos de eso antiguamente. Luego vinieron las gomas, los plásticos, los transportes, y lo del esparto se acabó. En Tórtola se hacía esparto para media España.
- No me diga.
- Desde la estación de Fontanar se mandaba a Soria, a Teruel, a Zamora, a Burgos, a muchas partes. Luego, los de aquí iban con caballerías por toda la provincia de Guadalajara vendiendo. Bueno, los que tenían caballerías, que los más pobres nos dedicábamos sólo a hacer la pleita y a preparar los serones, las aguaderas, las espuertas, todo. Aquí se trabajaba el esparto crudo.
- ¿La planta la cogían aquí en el término?
- Lo traían casi todo de fuera, de Aragón, de Murcia, de Taracena, y de aquí también. Las mujeres iban haciendo la pleita y los hombres dábamos la forma al serón o a lo que fuese. Como desde aquí a Barcelona me he hecho yo de cuerda para coser esparto. Si quiere, véngase hasta la báscula, que allí tengo un poco sin terminar.
Cuando el señor de la Fuente, el ilustre alguacil de Tórtola, se dio cuenta de que éramos amigos, de que era improcedente andarse con tapujos ni con segundas partes, me llevó hasta su cuartel general en la caseta de la báscula, junto al arroyo. Por el camino mi amigo me fue contando que hasta hace poco los habitantes del pueblo habían sido quinientos uno, pero que un fallecimiento reciente había redondeado la cifra; también me hablo de que aunque la gente se empeñe en dar más importancia a las que se celebran en septiembre, las verdaderas fiestas de Tórtola son a primeros de mayo: la Virgen de la Cuesta y el Cristo del Remedio; me dijo que el esparto crudo no tiene nada que ver con el esparto cocido, que el cocido es más suave y se emplea para peludos y cosas finas.
En la caseta tiene el señor Eugenio un serillo de pleita enrollado en espiral. Allí me hizo una demostración en vivo de su habilidad en el oficio y me fue explicando, con la mano agarrada al serillo, cómo se le habían llegado a torcer los dedos a fuerza de apretar.
- Aún hago la cuerda deprisa ¿No le parece?
- Hombre y tanto. Alguna vez he llegado yo a probar, pero la verdad es que no hay comparación. Mi abuelo que en paz descanse trabajaba bien el esparto.
- Pues ya le digo, días de doscientos y trescientos metros de cuerda para coser, y así hasta que desapareció el esparto. Esto lo estoy haciendo para regalárselo a uno y aún no ha venido a recogerlo.
Metidos ya en la media mañana, los ancianos del pueblo están comenzando a salir de sus casas hasta los rincones de la carretera. Son hombres simpáticos, bonachones, que pasan a su edad la prueba del invierno con elegancia, soñando junto al fuego del hogar o recordando en la solana aquellos tiempos suyos que, para bien o para mal, desaparecieron para no volver trayendo por secuela este mundo loco. Por la Hontanilla, con dirección paralela al riato, baja un tractor enorme, un monstruo de metal pintado de verde, con tres vertederas tras de sí atascadas de tierra húmeda.

(N.A. Febrero, 1982)