jueves, 17 de diciembre de 2009

VIÑUELAS


Cuando uno ha visto de cerca los campos yermos de la Alcarria con sus vallejos repletos de vida y de sombra siguiendo el curso de cualquier arroyo; cuando se ha llegado a vivir la severidad solemne de las tierras de Atienza, donde un puñado de gentes honestas van dejando pasar su vida en paz mirando tan sólo al cielo y a sus praderas de heno; cuando uno llega a conocer la dureza del Señorío, que a fuerza de sudores va soltando a sus hijos el fruto que lleva dentro…, darse una vuelta por la Campiña no deja de ser un interesante descu­brimiento, una experiencia que, por mi parte, sólo me limito a insinuar. Desde las afueras de la capital con dirección norte, a medida que nos vamos adentrando en la comarca, el espectáculo del campo ante los ojos es como un viejo canto coral en honor de la diosa Ceres con música sacada del corazón de la tierra por millares de tubos que brillan al sol en el órgano sin fin de los rastrojos. Ya muy cerca del pueblo, un rebaño de ovejas duerme su modorra a la sombra de los olmos en la leve hon­donada de los lavaderos viejos. Poco después, sin espectacularidades, llano como una carta en pleno corazón de la zona: Viñuelas.
La Plaza Mayor, que es el sitio donde casualmente uno tuvo a bien caer en el pueblo, es una plaza recóndita y arbolada, limpia y sin nada apenas que destacar; una plaza donde los niños dejan sus bicicletas en el suelo para ponerse a jugar despreocupadamente en el montón de arena de unas obras. En la parte interior de una ventana en el viejo edificio que hay frente a la espadaña de la iglesia pasa su tiempo de vacación una bola del mundo: es la escuela de Viñuelas, con sus mesas cuadradas de a cuatro, sus sillitas bajas donde se sentaron a buen se­guro generaciones de padres e hijos y su estrado de madera desgastada sobre el que se alza, respetuosa, la mesa del profesor. Por una calle contigua pide limosna una hermanita de la caridad, a la que acompaña un señor con un saquito al hombro y una niña con una cesta. El hom­bre del saquito se descubre antes de entrar en cada casa. A cuatro pasos de la bodeguilla, ya en las afueras del pueblo, hay un anciano sentado sobre un tronco seco, a la sombra de la pared debajo de una parra. Yo pienso que aquel debe de ser el trono ideal desde donde el señor Eduardo, a escondidas de este mundo loco, destapa cada tarde el cofre­cito de sus recuerdos.
- ¡Cómo se sabe el abuelo los buenos sitios!
-Pues, hombre; aquí aún se puede echar el agosto.
-¿Qué tal pintó el año?
-Muy bueno. Como éste no se ha conocido otro ni se conocerá. Aquí se ha cogido más trigo que en toda la vida.
-Y con menos trabajo que antes, ¿verdad?
-¡Anda! ¡Si ahora todos son señoritos! Ya veremos cuánto dura esto; que, mientras vayamos tirando así, vamos bien.
-Usted quiere decir que aquí la gente vive, ¿no?
-Hombre; claro que vive. Pero hay otros que vendieron las tierras y todo, se fueron a las fábricas y ahora están sin trabajo. Al paro. Yo quitaba el paro, radical, porque es una pena lo que está pasando.
-Lo que no veo es mucha huerta por aquí.
-No. Aquí, de huerta, no hay más que eso que ve usted ahí abajo, en la Fuente Gorda: cuatro matuchas y nada más. Eso era también como un abrevadero para las caballerías cuando se trabajaba con mulas.
Desde la bodeguilla, el campo se ahonda como una cazuela colosal sobre cuyo borde opuesto se ven recortados la torre y los tejados de Fuentelahiguera. En el fondo, campos de cultivo: el Reguero los Huer­tos, el Charco la Custodia, donde se alternan, salpicados de algún cha­parro, los rastrojos y los barbechos en toda su extensión.
-Sí; aquí, la gente aún sigue con el campo a dos añás. Hay quien lo siembra todos los años, pero esta tierra no da para tanto.
Por razones de profesión, uno cuenta con amistades entrañables entre la juventud de Viñuelas. Raquel, Araceli y Ernesto pasan el ve­rano en su pueblo, trabajando como todos cuando llega su momento. Por las calles, uno se siente a gusto rodeado de gente joven. En la salida, a orillas de la carretera, está el centro de subnormales Afanias-Benita Gil, que desde hace unos años acoge, mitad colegio y mitad sanatorio, a un grupo de deficientes profundos.
-¿A cuántos, exactamente?
-Ahora tenemos 65, de ambos sexos.
-¿Son niños o mayores?
-Hay de todo, pero, generalmente, mayores. Los hay desde diez años, hasta el mayor, que es una enferma de cuarenta y siete. Es el único centro de España donde los residentes pueden estar durante toda su vida sin que se les pueda echar por la edad.
- ¿Por qué este centro aquí, precisamente?
-Bueno; éste era un local que fue fábrica de harinas y lo donó su dueño, don Gerardo Mayor, con este fin. Por eso está aquí. Se va a destruir totalmente para rehacerlo más grande y en mejores condiciones.
-Dígame, don Carlos: ¿qué suelen hacer los enfermos?
-Muy poco; ya le he dicho que son subnormales profundos. Hacen algo de trabajo manual y, prácticamente, nada más.
En la plazuela sin pavimentar que sirve de pista al frontón de pe­lota se yergue, aburrido y seco, el "mayo" tradicional.
-Pues no crea, que no lo quitan hasta noviembre, por lo menos.
Viñuelas es un pueblo de construcción baja, donde el adobe, el gui­jarro y la argamasa se reparten por igual el mérito arquitectónico de una buena parte de sus viviendas. Las de ahora son otra cosa: las hay coquetonas, rancheras y hasta con cierto aire neoclásico.
La carencia de monumentos y otras antiguallas que, sin buscarlos, suelen salir al paso en la mayoría de nuestros pueblos la justificó Er­nesto con toda la filosofía y las llanas razones de los dieciséis años, aclara.
-Yo tengo oído que en tiempos de Felipe II hubo una pelea entre los de Uceda y los de Viñuelas. Debió ser gorda y perdieron los de aquí. Entonces, los de Uceda nos destruyeron el pueblo y por eso no hay nada antiguo, como en El Cubillo y todos los sitios de la contorna.
José Viñuelas, hijo del pueblo y maestro de Trillo, es un apasionado del campo y de todo cuanto en su entorno gira. Tiene, creo yo, el más completo museo de España dedicado a enseres, aperos e instrumental de labranza. Unas piezas en tamaño real y otras en miniatura, logradas pacientemente a punta de navaja, hacen de la suya una exposición car­gada de interés.
-Que es la mejor de España, no lo dudo, porque no hay otra.
-¿Cuántas piezas tienes en total?
-Creo que habrá cerca de sesenta diferentes. Todavía me faltan al­gunas.
-¿Conservas alguna con especial cariño?
-Tengo en mucha estima el yugo y los horcates, porque en minia­tura creo que son perfectos. Por cuanto a cariño, conservo por encima de todo el sombrero de campo de mi padre, unos cultivadores de hierro hechos en la Normal, cuando mis años de estudiante, y este casco, con herradura incluida, que perteneció a una yegua con la que un año pedí las llaves y que, ¡pobrecita!, se murió de un atracón por comer en los rastrojos sin conocimiento.
En Viñuelas, que, según dice su nombre, debió ser en la antigüedad importante productor de vino, sólo quedan unas cuantas vides que me­dia docena de nostálgicos cultivan en sus ratos de ocio. En las eras no hay paja; al llegar al pueblo, salen al paso los morenos montones de trigo nuevo, un símbolo hoy para este lugar de la Campiña, que, como tantos de la zona, encontró su manera de vivir por otros caminos.
(N.A. Septiembre, 1980)

VILLEL DE MESA


Ya bien entrada la mañana, el hombre se estaba comiendo un bo­cadillo de tortilla francesa sentado al borde del camino en la carretera de Calatayud, más allá del castillo de Molina. El hombre, que viaja en bicicleta, no tiene nada en contra y ve con buenos ojos a los que con­sumen gasolina en lugar de sangre para correr.
-Buenos días. Oiga, ¿se va por aquí a Villel de Mesa?
-Ah, pues mire: de allí tuve yo una criada que se llamaba Lucre­cia. ¿La conoce usted? -No, señor; no la conozco. Es la primera vez que voy a ese pueblo.
-Bueno; pues tire adelante y, luego, a la izquierda. Coge bastante retirado de aquí.
-Muchas gracias y que aproveche.
-Vaya usted con Dios. Buen viaje.
Para llegar desde Molina hasta Villel de Mesa no es todo tan fácil como pudiera parecer. A pesar de todo, la ausencia de indicadores se suple sobradamente con la amabilidad innata de la gente que te va saliendo al paso. El panorama desde Rueda es inhóspito, gris. Tierras de tomillar y de sabinas se suceden a derecha e izquierda en una carre­tera por la que se hace difícil encontrar un alma que deambule por allí a esas horas del día. De pronto, la solemne severidad del terreno y la pobreza que nos vino acompañando campo atrás se tornan en una vega fértil con solo bajar el pequeño puerto de Mochales. Después, el Valle del Mesa: huertas de forraje, de frutales y de hortaliza se van abriendo paso entre los cortes rocosos del paisaje hasta llegar, ya cerca, al pueblo de Villel.
Villel de Mesa se presenta a primera vista como descolgado en la solana de un cerro que viene a refrescar sus pies entre la frondosidad espesa de la ribera. Junto al puentecillo del río Pequeño, al frente mismo de los jardines de la plaza, hay una señora vestida de negro con un pozal colgando del brazo y un hacecillo de pajas largas cogido con la otra mano. Es una mujer de mediana edad, de trato amable y se llama Leonor.
-¿Qué? ¿Le gusta la plaza?
-Pues mire: aún no la he visto. Pero me da la impresión de que me va a gustar ¡Qué pueblo más bonito!
-Eso dicen todos. Los jardines llevan así más de diez años.
-Y una huerta que vale cualquier cosa. ¿Verdad, usted?
-Sí, señor. La huerta es muy hermosa. Aquí se crían muchas pata­tas y remolacha. Agua tiene usted toda la que quiera.
-Y fruta, claro.
-Y fruta, también. Lo que pasa es que hay que echársela a los animales; no la quiere nadie. Se dan mucho las manzanas y las cerezas. Las peras no se dan bien, no sé por qué.
La plaza de Villel es, además, parque y jardín. Al lado del arco romano que con tan buen gusto conserva el pueblo, crecen, en perma­nente actitud de desmayo, los sauces, alternando con los abetos y con los rosales en flor. En medio de una leve pasarela de vegetación apre­tada y sombría bajo los sauces salta, juguetona, desde uno al otro de sus cuatro pisos, el agua en un surtidor con forma de tarta nupcial. Ocupando un lugar destacado en medio de los jardines está el monolito en piedra y mármol con el busto del doctor don Pedro Gómez Fernán­dez, a quien el pueblo de Villel le tiene dedicada también toda la plaza.
-Don Pedro es un médico de Madrid y es como un padre para el pueblo.
-¿Suele venir por aquí con frecuencia?
-Sí, señor; y con la gente no sabe qué hacerse. Aquí se le quiere mucho.
El ayuntamiento de Villel ocupa la planta baja de una casona an­tigua que hay en el frontal de la plaza. Las escuelas quedan en el primer piso y, según me contó doña Leonor, deben ser dos.
-Sí; yo creo que hay una cincuentena de chicos entre los párvulos y de los otros.
Por las calles del pueblo es una delicia pasear en las mañanas de verano. El frescor permanente de sus huertas y hasta su olor caracte­rístico son allí como un néctar del que uno nunca se acaba de saciar. Cuando se comienza a ascender por la calleja que en el pueblo llaman Empedrada, impresiona, casi apabulla, la ingente masa roqueña que todavía mantiene erguidos sobre su lomo retazos de lienzo en pie per­tenecientes a una antigua fortaleza.
-El castillo la hundió una chispa que cayó para la fiesta de San Bartolomé y ya ve usted la que queda.
Para subir a la parte alta se puede hacer por cuatro calles distintas: Empedrada, Canónigos, Estanco y Calle del Horno. Pasadizos estrechos con escalinatas que recuerdan los barrios de la Cuenca antigua. Escon­drijos pintorescos que alcanzan su más exacta expresión de tipismo en el pórtico solitario y romántico de su iglesia parroquial y en las calle­juelas que le circundan, allá en lo alto.
Bajé a la plaza por uno de los caminos que, como queda dicho, se puede hacer. Hay una mujer y un hombre asomados al balcón, viendo lo que pasa. El hombre se llama Julián, y la mujer, Lolita.
-Buenos días. ¿Es ésta la calle del Horno?
-No, señor. Esta es la calle del Estanco. ¿Qué? ¿Viene usted por aquí a pescar truchas?
-¡Qué va! Vengo sólo a ver el pueblo.
-Pues esto tiene poco que ver. Cuando había cangrejos, daba gusto; pero ahora, nada.
-¿Y qué ha pasado con los cangrejos?
-No sé. Se han muerto y no sale ni uno. Estos años de atrás se sacaba un buen jornal del río, no crea.
José Carlos, el hijo de la joven pareja del balcón, comenzó a gritar como loco dentro de la casa. Luego, la madre, y al final gritaban todos.
-¡ Ay, qué va a pasar aquí!
-¡No le eches agua! ¡Ahógalo con un trapo!
- ¡Mamá, que arde la casa!
-¡Es que no se puede estar en el plato y en las tajadas a la vez!
Tenía razón Julián. Yo también creo que no es lo más oportuno quedarse de conversación con el primero que pasa por la calle mientras el aceite de la sartén se calienta al fuego. Aunque, bien mirado, es un mal tan nuestro que, ante un caso como éste, todos tenemos que en­tonar el mea culpa.
-Niño: anda, sube a casa, que te has perdido un número.
Con buen humor a pesar de todo, Julián le empezó a contar a su otro hijo que llegaba la tragedia que acababa de vivir, de la que uno se sintió, en parte, con una buena carga de responsabilidad.
Para llegar hasta la falda del Cerro de la Horca, al otro lado de las huertas, hay que cruzar dos puentes: el del río Pequeño y el del río Cavero. El río Pequeño nace allí mismo, debajo de una roca que en el pueblo llaman la Fuente de la Toba. El Cavero, que es en realidad el verdadero río Mesa, corre paralelo al anterior y junta con él sus aguas poco más abajo. Tanto el uno como el otro aprovechan indistintamente a las gentes de Villel para regar sus huertas.
Don Carlos Bueno se entretiene encañando las judías de un huerte­cillo que hay escondido detrás de una tapia a la orilla del río.
-Qué agua más clara, para como están los ríos hoy.
- Ya lo creo. Aquí se crían hasta las truchas.
-¿Adónde va a parar el río Cavero?
-Éste yo creo que llega hasta Ateca o más allá.
-Parece buen pueblo Villel, ¿verdad, usted?
-Hombre; de los que le rodean, no es el peor. Aquí todo el que viene se va contento: médicos, maestros… todos. Pero unos porque no están en propiedad y otros por no sé qué, la cosa es que luego se tienen que ir y siempre nos toca conocer gente nueva. ¡Qué le vamos a hacer! Teniendo como mirador el Cerro de la Horca, queda en primer plano la ribera feraz de sus dos ríos envuelta en un hermoso muestrario de tonalidades verdes que se adentra hasta la plaza. Luego, el pueblo de Villel, luciendo bajo el sol del medio día la elegancia de sus viviendas antiguas y de sus chalés de ahora, entre las que sobresale de manera sensible la fábrica en arcos de su iglesia y los muros sobre la roca del castillo en ruinas. Como fondo, el Cerro de las Casas y el Llano de la Cueva recortan el horizonte con un cielo azul, muy azul, en perfecto juego de luces con aquel bello rincón de nuestra tierra.

(N.A. Agosto, 1980)

miércoles, 16 de diciembre de 2009

VILLAVICIOSA DE TAJUÑA


Acabo de dejar atrás, alzado en medio de las mieses en la lla­nura alcarreña, el monumento que la Diputación Provincial de Gua­dalajara dedicó en 1911 a los héroes de Brihuega y Villaviciosa cuando la Guerra de Sucesión. La presencia del monolito junto al camino predispone al viajero para bajar hasta Villaviciosa con el mayor respeto, consciente de que, le guste o no el ambiente actual de la villa, allí está la causa primera de la dinastía borbónica en España, que nació en Villaviciosa el 9 de diciembre de 1710, tras la victoria definitiva de Felipe de Anjou -luego Felipe V- sobre las tropas de su adversario, el pretendiente Archidu­que Carlos de Austria. Ignoro si con posterioridad a aquellos he­chos memorables que con tanta pomposidad registra la Historia, se habrán tenido muchas veces en cuenta en favor de Villaviciosa y de estas tierras solitarias de la Alcarria, aparte del referido monumento que evoca la hazaña; sospecho que no.
El pueblo queda un poco más adentro, a la caída. Como pensé an­tes de llegar a él, Villaviciosa es un lugar olvidado, exquisita­mente hermoso, como dormido al calor de su historia que para mal suyo nadie le tiene en cuenta, a la sombra del ruinoso torreón de San Blas, enseña y paladín de todas sus nostalgias.
Un adolescente cuida el rebaño de cabras que pace a la sombra de un cerezo. Luego la picota, en el cruce con las ruinas del convento de Jerónimos que fundara en 1347 el arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz. Al fondo, sin haber llegado todavía al lugar donde se levanta, la espadaña de su iglesia sirve de portón de entrada a la Plaza Mayor, escondida al otro lado de los árboles.
A lo poco que hoy queda del monasterio se entra bajo el arco de una portada del XVII, que bien pudiera servirnos como botón de muestra de lo que aquello fue. Al otro lado las huertas, los cam­pos baldíos, un par de perrillos en prisión que se desgañitan cuando me ven entrar, y la torre en pie; una torre esbelta, sin techumbre, que se autodefiende de la desconsideración de los hombres con un letrero bajo la ojiva frontal donde dice: “Prohibido tirar tiros a la torre bajo la sanción correspondiente”. Uno, que quiere recordar lo que alguna vez leyó acerca de su iglesia gótica, de sus salones mudéjares, de sus huertas y de sus posesiones más allá del propio Villaviciosa, se marcha de aquellas escombreras y yerbazales sin comprender el porqué de las cosas. ­
Ahora estoy en la Plaza Mayor. Hay una olma viejísima, de tron­co hueco y escasa fronda que ocupa el centro. En la cara norte es­tá la iglesia parroquial, de la que apenas queda de su original estructura románica el ábside y la espadaña retocada siglos después. Hacia el poniente está la fuente pública, fecunda, especta­cular con cinco chorros a rebosar que desaguan en el lavadero y correrán después, huertas abajo, sin que nadie los aproveche para el riego.
El pueblo es muy pequeño. Al poco de salir de la plaza, uno se encuentra fuera de él en cualquier dirección. La iglesia separa las dos plazas que están prácticamente juntas, la Plaza Mayor y la Plaza de Bolos. Las casas por aquí tienen cierto aire señorial, y son recias y de sólida hechura. Aparte del pastorcillo que vi a la entrada no he vuelto a encontrar en Villaviciosa una sola alma. Los aires de la despoblación se adivinan en el silencio de la calle, en las puertas cerradas.
Andar por las afueras es un gozo con la villa bajo los pies, a la vista sin intermediarios de una Alcarria desnuda que se pier­de con sus hondonadas y altiplanos en la lejanía. Por las faldas del cerro de la Carrasquilla, el que guarda al pueblo de los vien­tos solanos, se cría el ababol, la aliaga, la tamarilla, el romero, la ajedrea y el tomillo, a la vista sus colores rojizos, amarillos y malva, a la luz de la tarde. Cuando la espesura se lo permite, asoman por encima de las matas los pedruscos pardos de la ladera, las bocas destruidas de las cuevas mirando siempre a la puesta del sol.
A la caída de unos olmos que bordean desde la plaza el camino del cementerio, encuentro al fin un hombre que está preparando la tierra en lomos largos, seguramente para plantar hortaliza. Le ha­blo desde arriba. El hombre hace un alto en el trabajo, se apoya sobre la empuñadura del azadón y responde a mi saludo muy cortés­mente.
- No se da mal. Para los huertos ha sido demasiada agua la que nos cayó en mayo; pero muy buena para el cereal.
Después me acerco dando la vuelta adonde está él. La bajada re­sulta ser harto comprometida para quien no conoce aquello; y no por el acceso, que apenas cuesta cruzar el regato, sino por el pésimo humor de una perrilla color canela que la emprende a ladridos con deses­peración y se aproxima hasta donde yo estoy peligrosamente.
- No tenga miedo que no le hace nada.
Y la perra insiste, y el señor Tomas agarra una vara para poner orden, y la perra se obstina en morder al primer descuido del forastero.
- ¡Quieta chucha! ¡Quieta fiera, o te sacudo!
Y acude en su ayuda de la perrilla canela otra negra mucho mayor, de una huerta vecina. Ante la gravedad que la situación iba tomando, el amo no tuvo más remedio que sacu­dir de veras y la cosa parece que se calmó por el momento.
- Pues la tierra parece buena, ¿verdad usted?
- Sí es buena, sí. Aquí se crían unos tomates que no encontrará cosa igual por ninguna parte.
- Y lo riegan con el sobrante de la fuente, claro.
- Sí. También regamos con una tubería que viene por detrás.
- El pueblo parece pequeño, yo creo.
- Es muy pequeño. Ahora somos de continuo ocho vecinos, pero nunca ha sido grande. Cuando más población tuvo podíamos ser unas treinta o treinta y cinco casas abiertas. Para todo lo oficial es­tamos agregados a Brihuega.
- ¿Y qué tal?
- Hombre, hasta ahora no nos podemos quejar. Ya sabe usted lo que pasa con estas cosas, que la boca grande se lleva siempre la mejor parte. Hace poco hemos arreglado las calles y el alumbrado público.
- ¿No será usted por casualidad el alcalde pedáneo?
- No señor; yo he sido alcalde muchos años, casi cuarenta. Ahora es alcalde mi hija.
Don Tomás de Lucas es un hombre honesto y servicial, que se pre­ocupa de cuidar la jauría cuando el forastero intenta marcharse del huerto por el mismo camino por el que entró.
En la Plaza Mayor sigue sin haber nadie. De momento se levanta un vientecillo que sacude de forma violenta las hojas de la olma. En la puerta de su casa, justamente por encima de donde está su padre trabajando, saludo a Francisca de Lucas, la actual alcaldesa de Villaviciosa. Es una mujer joven, muy atenta, con la que gusta dialogar tomando como tema la vida y las particularidades de su ­pueblo.
- Del monasterio no queda nada. La torre que está hueca, la entra­da por aquella parte que es de piedra muy bonita, y lo que podamos saber por la Historia.
- ¿Cree usted que se salvará Villaviciosa?
- No lo sé. Algunos de los que vienen para el fin de semana, vienen a labrar los campos. Hay mucho menos yermo que antes, y eso siempre es una cosa buena.
- ¿Cuál es el proyecto que tienen por ahí, como más inmediato?
- Queremos arreglar el ayuntamiento. No creo que se tarde mucho.
- Con tan escaso vecindario no habrá niños.
- Sí, hay cuatro niños. Los llevan a la escuela a Brihuega.
Me dice Francisca que desde el cementerio, poco más allá de donde ahora nos encontramos, se ve toda la vega del Tajuña, y que el paisaje que se domina es muy bonito. Naturalmente que acepto la insinua­ción, y en compañía de la alcaldesa me asomo al morro desde donde, efectivamente, la visión es todo un apoteosis de grandiosidad y de calma, a uno y otro lado de la vega que reaviva el río más importan­te de toda la Alcarria, el Tajuña.
- Aquella muralla que baja desde San Blas es el límite de lo que fue la huerta de los frailes. Ahora pertenece a particulares.
La tapia del pequeño cementerio, empinado sobre lo más abrupto de la vega, me sirve de mirador para contemplar aquel panorama que cautivó a reyes medievales y que mereció la originaria denominación de “Villa deleitosa”. Un juego de verdes en las hoyas, atravesadas a todo lo largo por el Tajuña y por la carretera que persigue su cau­ce. Allá los cerros ásperos de Cívica., de Valderrebollo y de Masego­so; los tablares escalonados de olivar en laderas inverosímiles pun­teando el horizonte; una colmena en la solanilla, al abrigo de cual­quier pedrusco, y aquí, al alcance de nuestra mano, respirando el mismo aire que nosotros respiramos, la dormición y la muerte. Las pa­redes interiores del solitario camposanto se ven enmarcadas a trechos por mármoles escritos, que son recuerdo de quienes allí yacen; las cruces de piedra, con su clásico manojillo de flores marchitas, tapadas de hierba hasta su mitad; y el barranco como fondo, bordando un espectáculo natural en el que hasta la muerte es hermosa.. ­Cuando dejamos todo aquello atrás y emprendemos la retirada, el sol débil de la tarde inicia su ocaso por encima del pueblo y se queda Villaviciosa como en penumbra, un poco adormilada en el rega­zo de la Carrasquilla, descansando en paz sobre su asiento donde la vida se cuenta por siglos.

(N.A. Julio, 1987)

VILLAVERDE DEL DUCADO


Este de hoy, amigo lector que sigues con asiduidad y no poca paciencia mis andanzas por nuestra tierra desde hace casi dos lustros, es otro más de esos pueblos que seguramente desconoces y que no dudo calificarás, más allá de nuestras fronteras patrias desde donde me escribes, como otra nueva estrella de ese “ansiado universo” con el que sueñas en tu “obligada soledad de otros mundos” -son palabras tuyas- sin perder por un instante las esperanzas de volver. Va por ti, con el deseo de que los aires andinos no pinten mal a este manojo de líneas con vocación exclusivamente guadalajareña.
Villaverde del ducado asienta sobre una breve prominencia de campos que anuncian la sierra, muy cerca de Alcolea del Pinar, la bien comunicada y por siempre fría villa de la Casa de Piedra. Es pueblo de escasa resonancia, mermado como casi todos de manera alarmante en su población, lugar de honrados labradores que bregan de sol a sol en las tierras de la vega, viendo, no sé si a más o a menos distancia, el final de sus días como entidad histórica, arrasado por la corriente y por los vendavales ideológicos de final del milenio.
Acabo de llegar a la plaza de arriba, la Plaza del Olmo. Villaverde me parece un pueblo limpio, formado por sólidas viviendas de caliza, que te hablan al primer golpe de vista de una vida que fue próspera en tiempos ya lejanos. Casonas cerradas a calicanto con olor a alcanfor, como el ajuar venerable de las señoras de más edad que guardan metido en el arca, sin atreverse a sacarlo a la luz porque los tiempos son otros, pero que constituye dentro de su poquedad, el verdadero tesoro de sus vidas, el único lazo material que les une al mundo cada vez más distante y más confuso de sus recuerdos.
Me encuentro en Villaverde completamente solo. Esa escena de recibirme una y otra vez con las calles desiertas, es una experiencia fatal que todavía no he superado. A la caída del pueblo, más allá de las últimas casas, se ven las tierras del labrantío, a las que rodean en la distancia las colinas mondas donde crece, mítico y ruin, el chaparro y rastrean los tomillos y las aliagas. El viento poniente entra encajado silbando en las esquinas por la calle que viene de la iglesia. Estoy anotando impresiones junto al tronco de la olma desramada que da nombre a la plaza de arriba. Cuando el viento cesa, pasa a primer plano el soplido de un serrucho mecánico en algún corral cercano, donde alguien trocea leña de roble. Al cabo de un rato se calma el viento y el motor del serrucho deja de sonar. Sale un hombre de mediana edad revestido con un mono rebozado en serrín. El hombre se planta en mitad de la calle y me mira con curiosidad. Cuando en los pueblos se me mira de arriba debajo de aquella manera, atando cabos acerca de mi personalidad, la gente se equivoca siempre. Procuro acercarme a aquel hombre. La calle desciende un poco hacia la Plaza Mayor, en donde está el ayuntamiento.
- Hola, buenas tardes –le he dicho.
- Buenas –me contesta un poco a secas el hombre con el mono rebozado en serrín.
- Pensé que no encontraría a nadie en el pueblo.
- Pues tampoco tendría mucho de particular.
- ¿Tan escasos son?
- Pues, más bien sí; unos cuarenta. Lo que se dice quince casas abiertas.
Ahora suben dos chiquillas con un montón de sobres en las manos cada una para repartir. Una de las niñas me ha dicho que se llama Olga.
- Ah, pues con cuarenta personas y con niños en el pueblo no se pueden quejar. Cuántos lo quisieran.
- Niños pocos. Yo tengo cuatro. Hay que mandarlos a Sigüenza al instituto o a la escuela-hogar. Ya sabe usted, por lo de la escuela.
- Ya lo entiendo.
- Por lo demás; pues muy bien. Sabemos que los hay peores. En este pueblo somos una mayoría personas con menos de cincuenta años; tenemos ocho tractores, y tres rebaños de ovejas para ir tirando.
Cuando José Luis Algora ha cogido un poco más de confianza conmigo, parece que se anima, deja los troncos de roble para mejor momento, y me acompaña hasta el centro de la Asociación Cultural.
- Sí; éste es un sitio que nos está quedando muy bien. Lo tenemos en el antiguo horno de cocer el pan, pero nos cuesta mucho más dinero de lo que son nuestras posibilidades.
Yendo de camino hacia el Centro Cultural, me habló José Luis de que tienen las calles bastante bien arregladas dentro de lo que cabe, que con el tanto por ciento de la Diputación les han conseguido dar un buen repaso, pero que todavía les queda. Luego apareció Jesús Berges, un muchacho con el servicio militar recién cumplido, que ha optado por quedarse en el pueblo a falta de algo mejor donde emplear su juventud y sus ilusiones.
Hemos tenido que entrar al salón ya adecentado del antiguo horno por una puerta trasera, pisando sobre el cemento todavía tierno. El local parece el adecuado para el fin al que se le piensa destinar: paredes blanqueadas, vigas traveseras y techumbre barnizadas en un tono oscuro, generoso mostrador. Todo ello respetando la vieja ventanuca de metal por donde se metían, y se sacaban los panes ya cocidos, lo que pone al conjunto general del nuevo centro un detalle original y simpático. Entre los enseres que, de momento, adornan el Centro Cultural, hay una antigua balanza de brazos con platillos de latón y una paellera inmensa, la mayor del mercado, una paellera que de una sola vez sirve para dar de comer a todo el pueblo de Villaverde, aun repitiendo por lo menos la mitad de los comensales.
- Ah, ya lo creo. Y sobraría paella. Me parece que es de cincuenta raciones, y aquí no somos tantos
En otro rincón, sujeto a la pared por detrás del mostrador, cuelga el recio garrotón de ajustar cuentas.
- Ya hemos puesto aquí alguna exposición de pintura. En verano también se hacen concursos y actividades culturales para niños. Aún quedan algunos murales colgados de los que se hicieron el año pasado.
- Aquellos dos cuadros del rincón -le digo- se van a estropear con el polvo de las obras. Deberían quitarlos de ahí.
- Pues no sé -me dice Jesús- Son de una señorita de aquí que vive en Madrid y le gusta pintar. Se llama Francisca Lafuente. Tuvimos una exposición de ella y se vendieron bastantes. Lo que no sé es cómo han dejado esos ahí. Seguramente que están desde la fiesta.
- ¿Cuándo tienen la fiesta?
- Es San Blas, y lo celebramos es segundo domingo de septiembre, trasladado desde febrero que se celebraba antes. Aquí no se puede hacer en invierno ni fiesta ni nada. Hace mucho frío.
Después me habla Jesús de la ermita de San Bartolomé, del antiguo poblado de Santo Portilla, apartada algunos kilómetros del pueblo y por mal camino; pero que merece la pena visitar.
- Es que en ese sitio hubo antiguamente un pueblo. Los mayores dicen que al final se quedó a vivir en él una sola mujer, y que después se vino a Villaverde. Según cuentan hubo sus más y sus menos con los de Luzaga, algo así como un pleito. Acordaron que todo lo del pueblo desaparecido fuera para el lugar de la contorna que estuviera a menos distancia. Ganaron los de aquí. Cuentan que midieron a campo través, mientras que los de Luzaga lo hicieron por los caminos. De esa manera, claro que Villaverde está más cerca. Que a lo mejor son cuentos chinos de la gente de antes. Vaya usted a saber.
La plaza de abajo, la verdadera plaza de Villaverde, tiene forma rectangular y está rodeada por casonas sólidas, levantadas a base de buena piedra. El ayuntamiento, y lo que fuera el edificio de la antigua escuela de niños, destacan como presidiendo la plaza. No lejos de allí queda el estanco y bar de doña Silvina, la madre de José Luis y de María Rosa, que nos atiende muy amable desde el mostrador.
- Pues cuanto nos alegramos, mire usted, de verlo por aquí. El pueblo ya lo ve usted, poco más o menos que los demás que usted visita. No vale mucho.
- Pero la tranquilidad que tienen también cuenta en estos tiempos ¿no le parece?
- Sí señor; de todas formas es una pena que se nos haya ido la gente.
- Poca clientela, por lo que veo.
- Nada. Cuando hay algún puente que vienen los de fuera, y también en el mes de agosto. Lo demás del tiempo esto se queda como muerto
Dejamos pues la pacífica taberna de doña Silvina, con sus taburetes de madera y su estufa pintada de purpurina color plata. Ahora nos vamos Jesús y yo hacia la iglesia parroquial que asoma su espadaña hacia las tierras bajas. Al pasar nos vamos cruzando con curiosa rejería de forja en las ventanas y balcones de algunas casonas en las que nadie habita. Algunas de las calles muestran como pavimento un curioso empedrado, entre cuyas piezas de guijarro brota la hierba. La iglesia está poco más adelante, a la salida, asegurada con una verja de hierro a través de la cual se accede al atrio.
Las formas de la iglesia en su exterior son de un refinado estilo románico, que posiblemente tenga su origen en el siglo XII, con arcos incluidos que en aquel tiempo dieren forma con piedras de arena. Los arcos de la primitiva galería están cegados. A uno y otro lado de la puerta de acceso hay un reloj de sol que marca sobre la dovela, con la fecha 1633. La segunda portada, ahora interior, es de cuidadas formas románicas.
- Dicen que esto es muy antiguo –opina Jesús.
Sólo hay una nave interior, con artística cúpula sobre el presbiterio pintada de colores fuertes. El retablo mayor es una joya del arte churrigueresco, con dorados que sencillamente sorprenden. Por cuanto a imaginería, una Asunción de la Virgen sin valor apenas, a la que acompañan otras menores de San Roque, San Blas, San Bartolomé, y una advocación mariana más que yo desconozco. En una de las capillas laterales a que da lugar el crucero, se encuentran en obras.
- Aquí han quitado las baldosas porque se va a poner la pila de bautizar.
La pila es una pieza voluminosa de piedra labrada, románica también en estilo y en época. En esta capilla hay otro retablo dedicado al Santo Cristo, en tanto que en su contigua se veneran unas cuantas imágenes antiguas, representando a la Soledad, a San Antonio de Padua, a San José y a San Francisco Javier.
- Los cuadros de las paredes están bastante estropeados. No sé si tendrán mucho valor.
- No creo que valgan mucho. Estropeados sí que están.
En los lienzos a los que se refería Jesús se adivinan imágenes de Santa María Magdalena, de la Virgen, y de algún santo anacoreta que tampoco soy capaz de identificar por mí solo.
Fuera de la iglesia hace frío. La tarde de abril se ha vuelto cruda y desapacible. Caen sin demasiado empeño algunos copos de nieve que bailan por los aires del atrio. Todavía queda más de una hora de sol y el ambiente de la tarde es el de una anochecida prematura. Cuesta trabajo dejar la tranquilidad de aquellos campos que salen al encuentro, y de cuya profunda sensación de paz quisiera dejar constancia como detalle último.

(N.A. Mayo, 1987)

martes, 15 de diciembre de 2009

VILLASECA DE UCEDA


Aunque procuré estirar las horas del día todo lo Que dieran de sí, es cierto que a las once de la mañana todavía no habían abierto las nieblas y acabé por irme a mis despacios a Villaseca de Uceda. ¡En cuántas ocasiones he detenido el coche sólo para contemplar las incomparables puestas de sol en la Campiña, por aquellos hoy lejanos atardeceres de estío! El invierno tiene eso, que juega a engañar cuando se ­le antoja, y a la postre acaba por perjudicarnos y por mandar al traste muchos de los planes que preconcebimos los hombres.
Las barbecheras y las hazas ya repuntadas en estas soberbias lla­nuras de Usanos, de Fuentelahiguera y de Viñuelas, son una pura esponja. Tierras millonarias que liban tempero para convertirlo en oro de ­la mejor ley, allá más adelante, si los hados de la climatología le son propicios.
Muy al contrario de lo que en ella es habitual, Villaseca no se deja ver hasta que no caes de bruces en los llanos de las eras. Las neblinas y las humedades lo ocultan todo. Acabo de entrar en la calle Mayor. Atrás una fuente con dos grifos que no corren y un depósito al­to, cilíndrico, pintado de blanco; frente a mí, que sigo sin salir del coche, la carteleta a franjas de la Tabacalera; a, un lado la marque­sina recogida de un disco-pub, mientras que en una y en otra acera dormitan los perros tiritando de frío.
En el pueblo parece que no hay gente. De tarde en tarde alguna se­ñora asoma la nariz por el quicio y se vuelve a esconder enseguida. Al rato aparece por la acera un señor con una gallina al hombro atada de una cuerda. El hombre se pasa inmediatamente a una casa cercana a donde yo estoy. Los perros han mirado a la gallina muerta estúpidamente, sin moverse del sitio, y se han puesto a bostezar soltando una, pringosa vaharada de aliento espeso por la boca. La calle ha vuelto a quedarse otra vez sola.
En la calle Mayor las casas son bajas. Las hay de buen porte y otras desangeladas. Luego me enteraría de que en muchas de ellas no vive nadie. En el número uno de la calle Mayor hay una piedra de már­mol, cuadrada como una baldosa, que dice “año de 1845”; la casa se cubre con un cansado alero, tiene reja de forja y una puerta enquista­da al muro, vieja, hermética.
- ¡Quieto chucho, caramba! ¡Un poco de formalidad!
La perrilla, asustada por los gritos, dejó al cabo de saltar sobre mí con sus patas mojadas que me pusieron perdido. Era una perrilla blanca y negra, con estampa -a juicio de profano- especial para la caza. Me arrepentí de haberle dicho nada. El animal se alejó de mí en actitud dócil, con el rabo entre piernas, y fue a sentarse a la puerta de su amo, como niño al que acaban de castigar sin motivo.
- ¡Hola chucha, ven aquí!
La perrilla se levantó del cemento, se estiró muy a placer sobre las patas delanteras, y se puso a mover el rabo felizmente.
Cuatro pasos más abajo está otra vez el campo. Los vallejuelos del arroyo, de abiertas rastrojeras en el barranco, y olivos, y encinas moñudas en la cuesta, cierran el marco de nuestra visión en un lánguido panorama invernal. Con algunas personas de las que se aguardan junto a las puertas para ver lo que hago, me paro en conversación.
- Villaseca, o Villamojada, diría yo.
- Eso de Villaseca era antes. Desde diez años acá ya tenemos agua más de la que nos vamos a beber aunque vengan muchos. Hicimos un pozo por ahí por donde las eras y no acabamos con ella, no hay miedo.
- Ah, pues no crean que es poco. De cualquier forma se ve que la población no es muy grande, ¿verdad?
- Nada. Aquí somos pocos. Unas treinta personas. En esta calle somos cuatro familias, y en las demás, menos.
A estas estábamos con don Manuel Gil y con doña Emiliana, su mu­jer, cuando pasó por allí, a la olismilla de la novedad, otro vecino que se llama Eustasio, singularmente pintoresco el hombre, Eustasio Bris, de profesión leñero.
- ¡No me diga! Eso quiere decir que usted se encarga de entrar en calor a todo el que caiga por aquí con cara de sospechoso, o al que se desmande.
- De eso nada. Yo me dedico a recoger leña de encina, que aquí te­nemos mucho monte, y la reparto por todos estos pueblos. También ha­go picón para los braseros de las mujeres y lo llevo a donde me lo quieren comprar.
- Ah, pues competencia no tendrá mucha. Buen negocio.
- Eso sí, claro. La industria ésta, nunca va a pique.
Don Manuel y doña Emiliana me invitaron a entrar en la casa para que viera el braserillo de picón bajo la mesa-camilla y la estufa de leña que les sirve el Eustasio, uno de los hombres que más danza de toda la Campiña, que más trabaja, y para qué.
- Pues eso mismo es lo que decimos nosotros, que para qué. Con los años que tiene, y sin hijos ni nada, usted me dirá.
Los de Villaseca de Uceda se jactan, y no sin razón, de su bue­na labor, de su buen campo y de su buena dehesa. Lo más triste es que la juventud se marchó, y el pueblo está llamado a correr la misma suerte que otros tantos si antes no le ponen remedio.
- ¿Y que remedio quiere que se le ponga? El campo se la­bra todo. Aquí no queda ni un palmo de terreno sin cultivar. Con es­tas maquinarias de ahora se lo ventilan en cuatro días. Lo peor es el ganado. A ese sí que no hay quien le meta mano. Lo tenemos que dejar por falta de alguien que lo lleve.
- Y luego hablamos del problema del paro. Y no es aquí sólo donde les pasa eso.
- Mire usted, el ganado es muy esclavo, pero aquí se haría dinero con las ovejas. Para tener su buen coche y salir a la capital cuando le diera la gana, que la tenemos bien cerca. Pues nada, que no hay a quien le de la gana y está por demás todo lo que se diga.
Abunda el adobe en Villaseca, y el ladrillo visto, y las tejas musgosas de cien inviernos cubriendo las casas. Por el cielo suena ba­jo un avión que la niebla nos impide ver. En una nave de las afueras, por la que aquí dicen Travesaña de la Iglesia, se sienten balar las ovejas. Atanasio, el pastor, pasó al momento por delante de mí con­duciendo un rebaño de buenas reses blancas, abultadas y lanudas. Cuando les da con la vara encima del vellón para que anden, las ove­jas continúan cascabeleando tal como si nada. Caminan con la cabeza gacha, se ve que no llevan a bien lo de salir al campo con tanto frío, con tanta humedad y con tantos barros
- Pues tendrá que ser por eso. Qué se yo.
- No habrá muchas más en Villaseca ¿verdad?
- Otro hatajo como éste y pare de contar. No hace tanto que había nueve rebaños en el pueblo.
Al volver la esquina se ve, junto a la carretera, la iglesia del pueblo. Tiene una espadaña orientada al poniente con nido de cigüeñas en el campanario y está casi toda ella levantada a base de mampostería y piedra de guijarro. Se ven en un rincón del ábside, frente al jardinillo, unas cuantas piezas de vestir tendidas a se­car en una cuerda. Lo que en principio más nos interesa de la igle­sia de Villaseca de Uceda, es, sin duda., su portada renacentista, con acceso en arco semicircular de do velas lisas y dos medallones escul­pidos en las enjutas, donde están representadas las efigies de San Pe­dro y San Pablo; aparte del curiosísimo juego de bajorrelieves con motivos vegetales que refleja en la piedra trabajada la extraordi­naria capacidad artística de aquellos canteros de hace cuatro siglos.
- Buenos días tenga usted -le digo a don Teodoro Puebla que anda por allí ¿No le importaría acompañarme a entrar, que veo la llave puesta?
- No me importa ¿por qué? Lo difícil va a ser abrir. Esa llave es que no la entienden todos.
La puerta de la iglesia está forrada con una chapa de zinc que la cubre toda. Me han contado que desde que quitaron el pórtico se ha ido estropeando, poco a poco, y que la chapa le sirve de protección; que se oye que quieren levantar el pórtico otra vez. Acuden a abrir varios hombres, giran todos la llave, pero la puerta no abre. Al fin, otro vecino que se llama Ignacio lo consigue.
- ¡Pachasco! Setenta años de monaguillo y no voy a saber abrir.
Destacan en su interior las solemnes cubiertas de artesonado y una imagen vestida de la Señora, solitaria en su hornacina.
- Esa es la Virgen de las Flores.
- ¿La Patrona?
- No. Aquí los patrones son San Miguel y el Ángel de la Guarda. A la Virgen de las Flores también se le hace fiesta, pero no es la Patrona.
La iglesia tiene una sola nave, sin retablo. Un Cristo y una ima­gen más de San Miguel y de Santa Ana, quiero recordar, en el ábside, cumplen con lo poquito de interés que tiene el presbiterio. Pasillo adelante se ven lápidas mortuorias con inscripciones desgastadas de tanto pisar. El señor Teodoro me avisa antes de salir para que no me marche sin ver el caracol de la torre.
- Sí hombre, es muy típico. Sube dando vueltas y es muy estrecho. Por la escalera no cabe nada más que una sola persona.
Y bien conservado que lo tienen además, añadiría yo. Es cierto que, aparte el de Alustante como más famoso de la provincia, hemos visto muchos ca­racoles hasta hoy por esos pueblos de Dios, pero tal vez tenga este de Villaseca todo el encanto de lo diminuto y de lo sencillo, perfec­to, de poca luz, que colma de misterio la forma helicoidal de las piedras que suben y bajan en giro redondo sobre sí, desde el coro hasta donde están las campanas. Mi acompañante me lo enseña con mal disimulada emo­ción; se ha, dado cuenta de que lo veo con agrado.
Afuera la mañana ha ido a peor. Los pies congelados y las manos frías como chupones que sacamos de la iglesia invitan a dar la sesión por concluida. Una llovizna suave, mansa, vital para estos campos que ahora crecen de raíz, nos acompañará durante todo el camino de vuelta. El pueblo de Villaseca de Uceda nos dirá adiós recostado en su llano campiñés, adormilado igual que cuando entramos en él, soportando bajo el chirimiri de finales de diciembre los naturales efectos de uno de los días más desapacibles del invierno.

(N.A. enero, 1986)

VILLASECA DE HENARES


Recuerdo haber frecuentado con insistencia en otros tiempos este valle por el que arrastra su corto caudal el río Dul­ce. Media docena de pueblecitos, casi deshabitados, son los focos de concentración popular donde viven los hombres. Los pueblos del río Dulce, capitaneados por la pequeña villa industrial de Mandayo­na, me llamaron siempre la atención por la severidad de su paisaje, por la atenta condición de sus gentes con las que siempre choqué.
Un puentecito sobre el arroyo nos da pasa a los aledaños de Villaseca. El pueblo, subido sobre una loma al saliente del cerro áspero de la Dehesa, ofrece de pronto un aspecto desolador. Se accede a él rodeando el leve alcor donde se alza, hasta llegar a una placita cuadrada, escueta, en la que no se ve nadie. Un perrillo pa­tiarqueado, lanudo, de pelo negro, me saluda hecho una fiera ladran do a la desesperada.
Villaseca de Henares es pueblo pequeño y castigado en exceso por la emigración. Poco más de cien personas lo habitan en total, y, en las puertas destartaladas de muchas de sus casas, en los mon­tones de escombros que por cualquier rincón te salen al paso, en los paredones apuntalados con maderamen de su propio esqueleto, se adivina el por qué de su estado de trance. Ni más ni menos, querido lector, que el simple botón de muestra de lo que hoy sucede en dos centenares largos de pueblos perdidos por la provincia que, a no demasiada distancia de aquí en el tiempo, llegarán a ser como mucho, asientos de solaz para el fin de semana, campo de experiencia para escu­driñadores desaprensivos, si es que antes no sucumben como víctimas propiciatorias de la desatención y de los modos de vida.
Por las calles de Villaseca sopla en la mañana de abril un viento rebelde que retiene a las gentes recogidas en sus hogares. Deambulando solitario extramuros y rincones sin hallar un alma, uno se encuentra con dos plazas de muy distinto aspecto, una iglesia sin techumbre y un grupo escolar, desierto naturalmente, de elegan­te fachada cincuentona, en la que, un orlado letrero de azulejos dice: “Escuelas Sta. Cándida y Sn. Celestino. 1929” rematado el largo frontal por la esfera oxidada de un reloj de torre y una campanilla que contó las horas, los días y los años de vida de Villaseca, hoy parado y quieto como un corazón que dejó de latir. Hay en el patio de las escuelas un montón de arena, palos por el suelo y hierba, mucha hierba, entre la que crecen cuatro árboles frutales con floración incipiente.
- Aquí, en el patio, es donde se hacían antes las vaquillas.
- No está mal; pero yo pienso que los árboles serían un inconve­niente al correr para los que les vinieran metiendo prisa.
- Los árboles los empleaban de burladeros.
Era don Clemente Nova Rodrigo, hombre de recortada estatura, regordete y de sana color que viste una pelliza de piel auténtica, quien me contaba estas cosas. Don Clemente tiene a su cargo la cen­tralita de Teléfonos y vive a cuatro pasos de las antiguas escuelas.
- De niños en la escuela, nada, ¿verdad?
- Nada. En el pueblo hay dos y van al colegio de Mandayona. Aquí hace doce años que no ha nacido nadie. Las escuelas se emplean aho­ra, la una como iglesia desde que pasó aquello, y la otra la tienen los mocetes para hacer baile y divertirse.
- De lo que pasó con la iglesia tengo idea, pero no muy exacta. En realidad, ¿que es lo que pasó?
- Pues paso que, cuando aquellos vendavales tan fuertes de hace dos inviernos, se conoce que el aire se coló o qué se yo qué sería; la cosa es que arrancó el tejado entero. Se quedó sin nada y así está, al aire. Como no se den prisa en arreglarlo, no se salva ni el re­tablo ni el coro, ni las paredes, ni nada de lo poco que quedó. Ahora, si quiere le acompaño a verlo.
Fuimos hablando por el camino de los campos de Villaseca, que no son malos, pero que si lloviera serian mejores; de las fiestas de San Blas, y de que el pueblo, a pesar de lo pequeño que es y del es­caso número de habitantes que tiene, las conferencias telefónicas no cesan en cualquier época del año. ­
- Desde luego. Sobre todo en verano es cuando más, pero no se va­ya a creer, que en pleno invierno, al tres por dos llama la gente. Ya no le gusta escribir a nadie y se apañan con el teléfono. Aquí lo que pasa es que, como no hay abonados, siempre son avisos de conferencia y hay que ir a decírselo a la gente, o dar un recado de ­parte de los de fuera. Un suponer: hoy mismo llama uno para que le digamos a su madre que viene mañana, pues, ¿qué vas a hacer?: darle el aviso. De seis o siete llamadas diarias, yo creo que no bajan.
Las piedras del pretil son un mirador privilegiado desde donde la vista y el espíritu encuentran plena motivación para su deleite. De frente los cerros oscuros de Castejón, aquí la extensa vega del Dulce surcada por hileras de sauces, de álamos blancos, de chopos canadienses; más lejos, siguiendo con la mirada los caminos de la puesta del sol, las últimas casas del antiguo Matillas, el pueblo del cemento.
- Mire, aquellas rastreras de allá arriba son de donde sacan las piedras de la fábrica, de las que luego sale el cemento.
- La vega desde aquí es preciosa ¿No le parece?
- A esto de abajo le decimos la Coca; es todo una finca de un señor que vive en Canarias. Allí tiene la piscina, mire. Es parti­cular; pero dejan bañarse a todo el mundo.
¿Qué es aquello de orilla del río, que parece un molino de viento?
- Ese era el aparato con el que sacaba el agua para el pueblo. No iba mal, pero ¿sabe lo que pasaba?, que cuando no hacía aire estábamos sin agua. En verano era un inconveniente. Ahora se sube con motor. Allí mismamente hay una fuente con cuatro caños.
A pesar de no tener techumbre, a la iglesia se entra con llave. Primero la del portalejo que da paso a una portada románica de pie­dra arenisca, después, la verdadera puerta de la iglesia por la que se accede, no a un templo, sino a una especie de patio a cielo a­bierto, con un coro, una espadaña y una pila, bautismal, también ro­mánica, por una parte, y al presbiterio, todavía cubierto, por otra. El magnífico retablo del dieciocho ha perdido, en un año y medio que recibe directamente los efectos de la intemperie, todo el brillo original, y, en una buena parte, la pintura se va desconchando de las retorcidas formas de la madera. Hay junto al altar mayor una lápida mortuoria adosada al muro. Es una extraordinaria obra de artesanía en alabastro con tres escudos heráldicos de la destacada familia de los Carvajales, florituras y una leyenda gótica recorriendo su contorno, en la que se dice entre otras cosas que en aquel lugar está enterrado el honrado caballero don Alonso Carvajal Urbina.
- Yo no sé quién sería ese señor, pero dicen que esto tiene mucha importancia.
- ¿N o han pensado en alguna solución seria para que la ruina no vaya a más?
- Yo he oído como que han concedido algo, pero de cierto no lo sé. Eso sí, si el mal del hundimiento fue mucho, no es menos lo que se está estropeando ello solo sin cubrir. Los escombros los sacaron las mujeres con carretillas. Aquello fue terrible.
Una de las calles de Villaseca está dedicada a don Máximo de Lope, quien con su esposa, doña Felisa Manso, donaron al pueblo el grupo escolar a que nos hemos referido, y que durante muchos años ha si­do el mejor de toda la comarca del Alto Henares.
Aquí se celebra con singular tipismo la fiesta del Domingo de Re­surrección. Hace años fue en Mandayona, y hoy en Villaseca de Hena­res, donde uno tiene la oportunidad de encontrarse con una serie de estrofas antiquísimas para el canto popular, que la gente recita con fervor renovado desde tiempos inmemoriales. Nuria Navarro, una chica muy mona de Villaseca, las canta con otras jovencitas más en la llamada procesión del Encuentro.

¡Qué repique de campanas!
¡Oh, qué limpieza de calles!
sin duda se van a ver
el Redentor y su Madre.

Virgen del Amor Hermoso
saca tu mano derecha,
y échanos la bendición
a todos de Villaseca.

Mira María tu hijo,
míralo resucitado,
en forma de Niño Hermoso
como del Cielo bajado.

- Pero no se vaya a creer, que esto cualquier año se pierde. Si ya no hay chicas para cantarlo.
Cuando uno se dispone a poner remate a estas líneas, piensa en la posibilidad de que cayesen -aun casualmente- en manos de la persona o institución que pudiera estar directa o indirecta­mente ligada a la solución del acuciante problema de Villaseca. Yo le diría, con ese tono de intimidad que tienen las cosas serias, que dé un paso en su favor, que debe hacerlo sin dilación, ya mismo. He palpado el dolor colectivo de un pueblo alegre, que ha aprendido en el espacio corto de un año, a repeler el lenguaje vacío de las pro­mesas por parte de los sectores más poderosos de la sociedad. Y eso no es bueno.

(N.A. Abril, 1983)

lunes, 14 de diciembre de 2009

VILLARES DE JADRAQUE


La casualidad y un poco la suerte han dado conmigo en esta exten­sa comarca de vallejuelos que sirven de preludio a las faldas del Alto Rey. Aun a distancia se encienden al bajar los solecillos de junio cuando chocan con los techados pizarrosos de las parideras. Es un brillo argentífero que delata, en las lajas pedregosas de las lade­ras, la proximidad de las minas de plata. Casucas negras cada vez más a la mano. En el precipicio y en el alto comparten los tropelludos terraplenes las matas de jara y los roblecillos acabados de vestir. Baja un frío sorprendente de los picos nevados de Somosierra que obliga a enfundarse el jersey. El autobús de Pablo se la acaba de jugar por enésima vez librando las cuestas que sirven de balcón a las caprichosas corrientes del Bornova. El panorama que alumbra el descenso resulta sobrecogedor, temible, para quien, como el que estas cosas cuenta, se limita a cruzar por él de Pascuas a Ramos.
Al punto de apear en el empalme que abre las puertas de Villares, entra detras de mí el coche de línea. Pablo o Jesús, Jesús o Pablo, se pasean por estos parajes agrestes a diario, transportando viajeros que acuden de la capital o van a ella con espaciada asiduidad. En la parada de Villares se bajan un señor y tres jovencitas que, uno supone, vendrán a pasar el fin de semana. La circunstancia especial de coinci­dir además con los albores del verano, hacen que el autobús de la sie­rra suba hoy con un cargamento desacostumbrado. Pablo, el conductor, me lo explica desde la ventanilla.
- La mayor parte son chicos de estos pueblos que vienen del colegio. En vacaciones hay más movimiento que de ordinario.
- ¿Cuántos años llevas en la misma ruta?
- Por aquí, exactamente veintiséis.
- ¿No os da miedo andar por estas carreteras?
- Ya no. Se acostumbra uno a todo. Ahora esto es una autopista.
Un abuelo bajito, con boina y ojillos medio llorosos, remueve los surcos en un cercado de tierra oscura que hay por encima de la carretera. Es un anciano simpático y bonachón, de los que no se resignan a permanecer mano sobre mano catando a diario como los de su edad el sol de la esquina. Luego me diría que se llama Miguel.
- ¿Y qué se hace el hombre?
- Pues ya ve usted. Hiciendo unos surcos para las patatas. A ver qué pasa.
- Buena tierra parece.
- ¡Quiá! Es una tierra dócil; pero no es fuerte. Si el tiempo va de aguas, aun, aun; pero si no llueve, no hay nada que hacer.
- Muy sano se ve que es todo esto.
- Ah, sano sí. Pero también se muere la gente cuando le toca.
Ahora el pueblo. Los gorriones bullen a cientos escondidos entre la fronda de la alameda. Al frente, nada más llegar, viaja a caballo la rudimentaria fábrica de la iglesia mirando con los dos ojos de la espa­daña a las puestas del sol. De los dos vanos, uno solamente tiene cam­pana, de la que cuelga un cabo de soga para tocar. Por la curva que abo­ca en el empalme pasa un Land-Rover endiablado, con cuatro trabajadores jóvenes a bordo. Luego me acerco hacia la iglesia a probar suerte. No la hay. Está cerrada a cal y canto. Una plancha de aluminio la protege de los aguavientos del mediodía que por estas latitudes deben de ser demole­dores.
- Pues mire, en este momento acaban de cerrar. Han estado barriendo las mujeres hasta hace cinco minutos.
- No importa. Muchas gracias.
En un letrero que hay por encima de donde ahora voy, dice: "Casa de la Cultura de Villares de Jadraque". Poco más abajo se ven tres señoras. Dos de ellas están sentadas haciendo ganchillo, y la otra las mira puesta en pie. La mujer que no hace ganchillo arranca de pronto bailándose un par de compases por jotas de la sierra. En seguida lo deja.
- Por mí puede usted seguir. Lo hace muy bien, ya ve.
- Pues ahora no señor, porque una es muy vieja, pero bien rebién que beilábamos en nuestros tiempos. En este pueblo lo hemos hecho muy bien, gracias a Dios. Ahora ya no somos más que cuatro viejuchos malatos, y no valemos movernos, cuanto ni más para beiles.
La abuela me ha dicho que se llama Margarita.
- Y yo Manuela Llorente -me explica una de las otras dos.
- Y yo Remedios Borrego Losano -dice la tercera, con ostensible acento andaluz que puntualiza su marido.
- ¡Pero no digas Losano, que eres Lozano, aclárate!
- Bueno, ¿y qué más da? Yo es que soy de Puente Genil, de Córdoba.
- Pues se nota, no crea. ¿Y cómo aterrizó usted por aquí?
-¡Yo no aterrisé por aquí, oiga! Aquí tenemos nuestra casita y veni­mos en el verano. Mi marido sí que es del pueblo.
- ¿Se entienden bien una cordobesa y un serrano de Villares?
- Estupendamente, sí señor. Treinta y dos años ya, y tan felises. Es que, para que se entere usté, nos conosimos en Madrid cuando yo era co­sinera. Luego me escribió una carta que desía: “Si no me contestas a esta carta será una puñalada para mi corazón”. Me entró preocupación, palabra de honor, ya ve usted, y me dije: “Habrá que escribirle, no vaya a ser que al Juan le pase algo”. Y aquí estamos, cada día más felises, grasias a Dios.
- Sería un hombre estupendo, supongo.
- ¡Qué va! Si cuando lo vi me paresía manco. Llevaba el braso encogío dentro de la manga de la chaqueta como hasía frío. Iba el pobre como si le faltara la mano.
- Pero, de manco nada.
- Nada, de manco ni hablar. Cuando tomó confiansa tuve que decirle que un poco de formalidad, que no se me arrimara tanto. Si llega a ser ahora no pasa nada, pero entonses en Madrid en seguida miraba la gente.
Juan Martín, el marido, asiente con la cabeza y de cuando en cuando se mete a casa a ver la televisión, y al rato sale.
- Es que están televisando una corrida y uno es un poquito aficionao. Las otras mujeres se limitan a escuchar y a reír, como cada cual.
- ¿Y usted señora Manuela, no cuenta nada?
- Nada. Que estoy hartita con el ganchillo.
- No me diga ¿Pues, qué es loo que está haciendo?
- Un mantel para la mesa, ya lo ve. Lo empecé en septiembre y aún es­tamos así. Cada vuelta me cuesta dos horas, medidas por el reloj. Con esto del ganchillo las mujeres estamos a lo nuestro y hablamos menos, porque nos equivocamos.
- Ah, pues tampoco es mala cosa.
Busco la Plaza Mayor por callejones de tierra encajados en el hueco que dejan los rudos paredones de piedra gris. En los tejados oscuros de las casas crecen a pelotón los matujos que crían una flor a manera de piña, o de racimo con granos verdes y alargados. La gente del pueblo no sabe como se llama la dichosa planta que vive en la cubierta de los casillos y en los bardales de los huertos. Ahora sopla el viento fresco por las esquinas, se mimbrea la hierba. A medida que nos adentra­mos por callejuelas alisadas de hormigón, del pueblo surge el característico olor de los rebaños. Una oveja bala desde dentro de una taina. El quejido llega hasta mí filtrado por el ventanuco, y lánguido, lastimero, como salido de ultratumba. En una huerta asoman su ramaje verde los laureles, las higueras y los manzanos que sacudieron las heladas. Luego llegamos a la plaza. Un viejo con la cara apoyada sobre el arquillo de su garro­te, mata la tarde chupando del cigarro debajo de un olmo a mitad de la calle que sube.
La plaza la encuentro solitaria. Es una placita pequeña y cuadrilon­ga, con el piso arreglado recientemente. Un hombre atraviesa el lateral con una caballería cargada de heno. Hay una fuente, de la que cuelgan en el muro del fondo dos chorros de generosa caída. El agua se reparte so­bre dos abrevaderos, dejando transparentar en el fondo las piedrecillas como bolitas muertas, blancas y amarillas. Al cabo aparece una señora a llenar de agua su cubo de plástico.
- Pues les han dejado la plaza muy bien –le he dicho.
- Sí; por lo menos ya no se arman aquellos barrizales de antes en cuanto que caían cuatro gotas.
La mujer me deja pendiente la conversación en el momento que una vecina le avisa, desde la otra esquina de la plaza, que ha venido la furgoneta de los bollos.
- Bueno, pues que espere un poco, que en seguida voy.
Por la calle abajo viene un mozarrón con una guadaña al hombro. Al muchacho se le ve coloradote y fuere; no me recuerda ni por asomo la imagen tétrica de la muerte dallando vidas como inventaron los románticos.
La furgoneta del pastelero ha montado el establecimiento junto a la esquina de una casa en la que dice “Mesón”, escrito en el arco de un neumáti­co de automóvil. El mesón no tiene traza de serlo, ni siquiera de que dentro viva nadie.
Las mujeres forman un grupo de cuatro o seis detrás de la furgoneta. Ahí están la señora Remedios, la señora Margarita y la señora Manuela, aguardando su turno. Como es costumbre, las mujeres hablan todas a la vez.
- ¿De adonde viene el hombre?
- De Alcalá de Henares.
- Es usted nuevo en1a sierra por lo que se ve.
- Un poco. En marzo empecé a venir.
El pastelero les da como obsequio a las señoras clientas un reloj di­gital por cada cuatro bolsas de magdalenas que le compran. Con el aquel del hombre de los bollos, casi todas las mujeres de la sierra llevan su reloj de cuarzo con numeritos negros.
- Menos yo -dice la señora Remedios, la de Puente Genil.
- Bueno, pues llévese dos hoy, por ejemplo, me guarda las fundas, y las otras dos se las puede llevar la semana que viene –le explica el pastelero.
El establecimiento sobre ruedas funciona hasta los topes de material la más de apetitoso: cajas de rosquillas, de bollos, de pastelitos y de magdalenas, servidas al consumidor a la puerta de su casa hasta el último rincón del mapa. De cara al verano se me ocurre pensar que puede ser un gran negocio. Así da gusto.
- Pues no crea que no hay que sudarlo, y meterse por carreteras que uno no sabe si cualquier día no se quedará por ahí tirado en algún barranco.
La misma pregunta del señor de los bollos se ha hecho a sí mismo en más de una ocasión quien esto escribe, y ahí está todavía, no sabe por qué, rodando una vez y otra por senderos y vericuetos apenas transita­bles, buscando donde piensa que puede encontrar la recom­pensa del calor humano.
El abuelo Miguel sigue maldoblando el riñón en su huerto del Saz, ya en la carretera. Llegué con la tarde a medias y aún queda una hora de sol por lo menos. Es el milagro permanente de los veranos en la sierra. Atrás la cima del Alto Rey, a la que miro con el rabillo del ojo desde la ven­tanilla del automóvil con respeto y veneración grandes. En Villares, a cierta distancia, solo se ven sobre la costra gris de los barrancos y de los altos, las florecillas blancas del jaral y se sienten los remo­tos cantos de las aves.

(N.A. Julio, 1985)