domingo, 20 de diciembre de 2009

YÉLAMOS DE ARRIBA


Alguien lo dijo alguna vez, aunque en este momento ni la persona ni tampoco la ocasión recuerdo. Lo que sí tengo como cierto es que el encanto del pueblo de Yélamos no fue, o no debió de ser para mí algo novedoso.
Con la tarde de verano ya en el declive para andar, el camino desde Romanones ha de hacerse despacio, con toda la calma de que se sea capaz, para ir asimilando la riqueza natural que la Alcarria deja caer con el último sol valle arriba, por donde corren, vitalizadotas y mansas, las aguas del San Andrés. Se reparten, yo diría que por igual, su privilegiada situación en aquella vega, los pueblos de Irueste y los dos Yélamos, el de Arriba y el de Abajo, ocultos ambos como aquel entre la espesura de las acacias, de los nogales y de las alamedas, a una y otra margen del arroyo.
Las niñas y los niños de Yélamos corren en pandillas por entre los troncos de los árboles a la orilla del río. El pueblo presenta a su entrada lujosos y modernos edificios, chalés con piscina y pequeño huerto, a los que, igual que al resto del lugar, comienzan a cubrir por el poniente las sombras que proyectan cada tarde las encinas del Monte de la Peña, bajo cuya mole rocosa se estira el pueblo en toda su longitud.
- ¿No había venido usted nunca?
- Nunca, no señora; todo esto es nuevo para mí.
- Pues no sabe lo que se ha perdido por no venir antes. Cuando pruebe el agua de la fuente no se va de aquí.
Aquella señora, sentada con otras mujeres a la puerta de su casa en la plaza de Yélamos, me pareció una excepción honrosa al hablarme con pasión de las cosas del pueblo. No es eso lo corriente. A las buenas gentes que tuvieron la valentía, y el acierto quizás, de no abandonar por nada del mundo el pequeño rincón donde nacieron, hay que llegarles a lo vivo para sacar de sus labios alguna frase similar a la que las mujeres de Yélamos de Arriba te dan como saludo.
La plaza del pueblo es ancha, y sombreada al atardecer. La enmarcan viejas viviendas de distinguido linaje, cuyos sellos y blasones se lucen todavía en algunas de las fachadas. Entre todas ellas se distingue por su campanillo municipal, su corrido balcón de hierro forjado y su antigüedad, la Casa Consistorial en sitio preferente. En la fuente de la plaza, que surte por seis chorros abundantes a dos pilones y de desproporcionada capacidad en forma de ocho, los jóvenes se divierten poniéndose como sopas en fresca lid con el agua que corre. Muy cerca de allí, en el bar de la María, los hombres juegan en la calle una partida de dominó.
- Por la tarde en el de la María, y por la mañana en el de la Esperanza, en aquella acera.
- A la gente es por lo que le da, ¿verdad usted?
- No; lo hacen buscando la sombra. En este tiempo ya se sabe, o de dominó o de brisca, la partida a cualquier hora.
- Y toda esta agua que sale de la fuente ¿para qué la aprovechan?
- Para nada. Se va toda al San Andrés.
- Les dará un poco de pena, y más con la escasez que hay en otros sitios para el riego.
- Pues mire, aquí ese problema no lo tenemos. A la gente no le da por las huertas. Con los pedazos de tierra tan pequeños que hay en la vega, no compensa.
- ¿Cómo se vive en Yélamos de Arriba?
- En este pueblo se vive bien. Es sano, es bonito, necesidades grandes no las hay. Yo creo que el que se queja es de vicio.
- ¿Queda mucha gente en el pueblo?
- Unas doscientas personas, más o menos, vivimos aquí de continuo. El verano y los fines de semana son cuenta aparte.
- Me han llamado la atención algunos chalés; parecen palacios.
- Ah, y no hacen más porque en la vega, que es lo mejor del pueblo, el terreno es muy caro. Igual le piden a usted medio millón de pesetas por un solar corriente para edificar.
Don Indalecio Fernández Prieto estaba sentado en uno de los poyos que hay en la plaza al lado de la pared. Don Indalecio es el alcalde de Yélamos; hombre joven, cordial, amable por naturaleza, y lo que es mejor, un alcalde sin mayores problemas, por lo menos de grave o de difícil solución.
- Graves ninguno; de difícil solución, creo que tampoco. Lo peor es la televisión que no se ve bien. El segundo canal, nada. Y luego el arreglo del ayuntamiento, está muy viejo y habrá que meterse con él. Por lo demás, no tenemos problema de aguas, ni de luz, ni de nada urgente. Yo creo que no nos podemos quejar.
Llegan a los poyos de la plaza como en un continuo soniquete los rumores del agua de la fuente, que después correrá por un reguero hasta la calle de la Solana buscando el cauce del río. Allá al fondo, teñida por los tonos cálidos de la puesta del sol sobre la maraña y el roble bajo, la suave cresta del Rebollar al otro lado del valle. Las mujeres del pueblo aprovechan la bonanza de la tarde para sentarse a la puerta con el canastillo de labor en la calle de San Roque. Ésta es una calle pintoresca, de acera única, que baja siguiendo la dirección del río a lo largo de una tapia que la separa de las huertas y de los frutales en la canal opuesta.
- Sí señor; hacemos ganchillo y de todo lo que hay que hacer en la casa. Cuando tenemos muchas piezas iguales las juntamos para colchas, para centros, para lo que sale.
- Me pregunto yo, señora Vicenta, que toda esta industria del ganchillo es bastante más divertida que los remiendos y que todo aquello que se hacía antes.
- Claro. Antes no podíamos hacer otra cosa: remendar, zurcir, zurcir y remendar. Como no había una perra no se podía hacer puntilla. Si no teníamos para hilo, qué podíamos hacer.
Doña Vicenta y doña Guadalupe son dos señoras alegres, dos mujeres dispuestas a reír en cualquier momento, y que viven en uno de los barrios más risueños de toda la Alcarria.
- Aquí nos despiertan por las mañanas los pájaros, mire usted. Cuántos en la capital quisieran un sitio así.
De su casita nueva entre las huertas viene hasta nosotros don Cirilo Martínez Rey. Don Cirilo es el marido de una de las señoras que hacen ganchillo a la sombra en la calle de San Roque.
- Si se las lleva usted, por lo menos a la mía, le doy cuartos encima.
- Eso no lo dice usted con el corazón.
- ¡Cómo que no! Con el que tengo. No crea que le engaño. Usted tenía que haber visto esto cuando no había una peseta; aún era más divertido que ahora. Aquí hemos sido los amos del juego de la barra, y los de este pueblo se ganaron la copa bailando jotas con el traje regional. Ahora ya ve la diversión: de casa al bar y del bar a casa.
- No me diga que usted le ha pegado bien a la jota.
- No, yo ya tengo mal pelo. Bueno, ni malo ni bueno, porque no tengo ninguno; pero un hermano mío se llevó al concurso el traje de casar de mi suegro, que en paz descanse, y se le fue por la entrepierna. Aquello sí que debió ser un espectáculo.
- Ah, pues sí que han perdido ustedes. Y cualquiera vuelve a eso.
- Mire, voy a ver si busco al Rufino y nos subimos a la bodega a merendar. Si no le hace ascos, ya sabe.
La calle del Cantón cruza paralela por encima de la de San Roque, muy cerca ya de las encinas del Monte de la Peña. La calle del Cantón hace altibajos como un tobogán, por donde uno sigue encontrándose con señoras atareadas y perros soñolientos tumbados junto a la puerta de sus amos. En Yélamos de Arriba hay un nombre para cada calle y un rinconcito para cada nombre: del Berral, del Charquillo, Costanilla de la Peña. En la Costanilla de la peña vino a nacer, hace poco más de veinte años, el laureado atleta Fernando Cerrada, a quien su pueblo natal le tiene verdadera devoción. Así me lo dijo Indalecio, el alcalde, que no se separó de mí para nada, en un gesto que a uno le gusta reconocer y hacer público.
- Sí hombre, Cerrada nació aquí casi por casualidad. Debían estar los padres en pueblo como de paso. Le hicimos aquí un homenaje y se le quiere mucho.
La despedida, así como un poco oficial de Yélamos de Arriba, y de aquella buena gente que tiene la dicha de vivir en paz en un pueblo hermoso, fue en uno de los dos bares de la plaza. En el bar de la señora María, donde los hombres del pueblo se van a jugar por la tarde buscando la sombra, sale la cerveza de la botella hacha bloquecitos de hielo. Es un establecimiento recogido, familiar, con mesas y taburetes de madera que la gente acostumbra dejar desordenados cuando se va. En un rincón del bar, pasa el verano esperando su hora una estufa apagada de las que en invierno queman roble y ponen su vientre al rojo vivo.
Ya se fueron de la plaza los hombres que jugaban al dominó y los muchachos que se entretenían duchándose con el agua de la fuente. Los niños corren en bicicleta, y en la carretera un matrimonio de Madrid en mangas de camisa, aprovecha la temperatura fresca de la vega para pasear a la caída del sol.

(N.A. Julio, 1981)

sábado, 19 de diciembre de 2009

YÉLAMOS DE ABAJO


La última vez que atravesé a la vera de su cauce el pintoresco valle del San Andrés, la naturaleza parecía haber reventado en un apoteosis de visiones y de encantos indefinibles, preparando la llegada del verano. Hoy, en otoño cerrado y un año más tarde, vuelvo a bordear el arroyo vega arriba, con no menos ilusión por mi parte que cuando lo hice en aquella ocasión. La vega está solitaria. Desde Romanones hasta Irueste no he visto otra señal de vida a mi alrededor que un rebaño de ovejas pastando en la lejanía. En los bajos, residuos y rastrojeras por los cuarteles en donde agostó el girasol y granaron los trigos al amparo de la humedad del arroyo. A uno y otro lado, guardianes de su propio silencio, cubren la tranquilidad del valle hileras de pinar muy poco desarrollado, pinabetes englengles de repoblación, alzados en los bordes de las torronteras; bosquecillo bajo de chaparral, de rebollo amarillento, de esparteras y de aliagares, marcando desde la altura el camino de las choperas que siguen las márgenes del río.
Yélamos de Abajo aparecerá poco después, situado a la izquierda del camino, escondido detrás de la vegetación, casi impenetrable de maleza, de chopos y de nogueras que dan sombra en las huertas vecinas.
La entrada al pueblo lo hacemos pasando junto a la picota. Apenas nos separa de ella un muro de seto. La tétrica columna que en otros tiempos diera al pueblo el título de villa, se levanta sobre una grada de piedra escalonada, fuste cilíndrico y cabezal en forma de pirámide truncada, con cuatro argollas de hierro, una pendiente de cada cara. Se remata el rollo con una cruz de forja y alrededor tiene una inscripción, todavía legible, en la que se puede leer: “Reinando Carlos IV. Se edificó a expensas de propios de esta leal y real villa. Año 1794”.
En seguida, después de cruzar un puentecillo sobre la reguera que baja canalizada hasta el lavadero, se entra a la plaza de abajo, la de la fuente redonda. Plaza de tres caras, o, mejor dicho, sólo de dos, porque la tercera corresponde a la arboleda, a cuyo pie han instalado un juego de bolos y una moderna cancha de tierra para jugar al Baloncesto. El pueblo queda arriba, en la solana, como descolgado en la falda del cerro que llaman Carrabalconete, y que se corona con una plataforma de piedra tosca y una cruz de palo, sobre la que da vueltas en el azul inmenso que le sirve de bóveda, un ave rapaz de enorme envergadura.
- No señor, ésta no es la plaza del pueblo. La verdadera plaza está ahí arriba. Ésta es en la que hacen los toros para la fiesta.
Cuando me canso de mirar de un sitio a otro en la plaza de abajo, de buscar conversación con las señoras del lavadero, no muy dispuestas a responder a mis preguntas, me marcho calle arriba en busca de nuevos motivos que admirar, y así me doy cuenta en seguida de que Yélamos de Abajo es un pueblo antiguo, donde en otros tiempos mejores para él debió de vivir gente poderosa en influyente, que dejaron para la posteridad viviendas de extraordinario hechizo, casonas con un fuerte sabor alcarreño del siglo dieciocho; calles estrechas, sombreadas por salientes aleros de madera oscura que casi se tocan los de una y otra pared, bajo los que nunca falta el detalle de un buen balcón de hierro o la gracia de una parra pegada a la pared. A los hombres que hay sentado a la sombra en la plaza de arriba se lo cuento, y me dicen que sí, que las calles tienen un cierto parecido a las de Pastrana o a las de los barrios judíos de Toledo.
- Ahí enfrente todos los días vemos saltar un gato desde un tejado al otro de la calle.
- Pues a mí me gusta mucho el tipismo de los pueblos así. Son diferentes a los demás. Me parecen más bonitos.
- Antiguamente, todos lo hemos oído contar, uno de aquí por lo visto andaba malos pasos con mujer ajena. La cosa es que se presentó un día en casa el marido de ésta, y el otro salió de allí a más de cuarenta, saltando al tejao de enfrente. Hará por lo menos cien años, cuando pasaban aquellas cosas de entonces.
Los viejos de la plaza de arriba me hablan de la fiesta mayor que fue para la Virgen del Rosario, y de la fiesta de agosto cuando hicieron los toros.
- Aquí es que tenemos mucha afición, usted no lo sabe. Un pueblecillo de nada y le traen cuatro animales para que se divierta la gente: dos toros y dos vacas. Nadie sabe el público que se junta aquí ese día. Más que en Romanones y más que en ninguna parte, ya lo creo.
Llega a la plaza con su manojo de correspondencia el cartero, que viene desde el otro Yélamos. Reparte y se va otra vez. Una placa negra anuncia que en aquel lugar estuvo en tiempos la escuela gratuita de niñas, fundada por el Ilmo.Sr.D.José de Lorenzo, auditor del supremo tribunal de la Rota, natural de la villa.
Por unas calles estrechas y bien cuidadas se sube hasta la iglesia. Los vecinos del barrio son gente muy cordial, que preguntan al forastero quién es y se le ofrecen para enseñarle la iglesia. Uno, que no es demasiado amigo de ocasionar molestias a quien no conoce, les dice que no, que muchas gracias, que si necesita saber algún dato concreto ya les avisaría.
La iglesia de Yélamos de Abajo es pequeña, muy bonita, con dos naves construidas en diferente época y que acaban en sendos ábsides con sus correspondientes retablos. El retablo mayor es barroco, con hermosas columnas salomónicas y la imagen en lugar preferente de la Virgen de la Zarza. El retablo lateral es más sencillo y enmarca otra imagen también muy interesante del Cristo de la Piedad.
En el silencio absoluto del tempo se oye roer la carcoma por las tablillas de un reclinatorio. Enseguida llegan dos mujeres muy simpáticas y un señor que, sin duda, me vieron entrar. Les digo que yo he venido con buen fin, pero que hacen muy bien en vigilar lo suyo. En la cúpula de la capilla, que es como dicen a la nave menor, las dos mujeres me recomiendan que me fije.
- Es muy bonita; mírela usted. A nosotros, que no entendemos mucho, es lo que más nos gusta.
La cúpula me recuerda otra que vi en Tomellosa, con angelitos en bajorrelieves, nervaduras de caprichosa distribución por todo el hemisferio y los atributos de la Pasión, esparcidos como emblema.
- Tenemos oído que por encima de la bóveda de la iglesia hay un artesonado de madera muy bonito, y no sabemos ni por qué ni cuándo lo taparon de yeso, y ahí debe de estar.
Luego me pasaron a la pequeña cripta del baptisterio, donde hay una pila románica de piedra tallada y nervaduras en el techo que casi alcanzamos con la cabeza.
- En esta otra habitación había siempre dos ataúdes para cuando se moría algún transeúnte, o alguien por ahí en accidente. Así los bajaban a enterrar.
- Ya, lo entiendo.
- Mírelos, aún están aquí. Uno de mayor y otro de niño. Después los enterraban envueltos en una sábana, y las cajas valían para otra vez.
- Sí, sí.
- Yo creo que desde la Guerra no se han vuelto a usar más.
Doña Cristina y doña Epifania me despidieron en la puerta y pedí a don Virgilio, contratista y albañil de oficio, persona amigable donde las haya, que me acompañase hasta la Fuente del Moro. El hombre aceptó muy gustoso, y hablando de Yélamos, de sus paisajes y de sus hijos ilustres, nos fuimos acercando hasta la fuente, para mí lo más sorprendente que encontré en la visita, ya de por sí repleta de impresiones gratas.
La Fuente del Moro es una reliquia muy interesante de la antigüedad que ha llegado hasta nosotros, según parece, desde la España Romana. El nombre, no obstante, obedece a las dos caras casi irreconocibles por cuyas bocas salía el agua, que la gente asoció por sistema con cabezas de musulmán. Es un pilón de pesados sillares que hay medio escondido en los bajos del pueblo, por el barranco que se lleva las aguas residuales del lavadero; vertedero que fue de los aludidos caños a los que surten una especie de canaletas interiores de la misma época en las que todavía se ve, a través de un ventanuco horadado en el muro frontal, el depósito previo, lleno hasta los bordes de un agua clarísima que no llega a salir al exterior.
- La sequía de los últimos años tiene la culpa. No cae agua por la sequía. Estaba todo él tapado de barro y demás. Lo han limpiado hace unos días.
- Quiere decir que si el invierno viniese lluvioso la fuente volvería a manar.
- Por supuesto, si se le cuida puede volver a echar como antes.
Aunque uno se marcha de allí con la duda de que lo que acaba de ver tuviese un origen tan lejano en el tiempo, quiere mantener la impresión de que fuera cierto, y piensa que a la tal fuente se le debiera prestar un poco más de atención de lo que se le presta.
Me dice don Virgilio que el cerro que hay ahora frente a nosotros es el Cerro del Rosal, y que en los de la Mina y la Torrecilla, cercanos al pueblo en otra dirección, hay cavernas subterráneas muy profundas de las que se cuentan infinidad de cosas, pero que nadie sabe nada. Luego oiría decir a algunos de los clientes del bar de Fidel que por las grietas de la Torrecilla despeñaban antiguamente a las cabras sarnosas, y que se las tragaba la tierra sin que se hubiera vuelto a saber de ellas nada más, ni se haya visto siquiera un solo hueso de los desafortunados animales.
Y así terminamos hoy de rodar por Yélamos de Abajo, uno más de los bellos pueblecitos que guarda junto a sí, en medio de árboles altísimos y de vegetación robusta y abundante, el arroyo alcarreño de San Andrés. Encantador rincón, un poco escondido, donde nunca falta para refrescar un trago de la fuente, o mejor aún, la cerveza fresca del bar de Fidel en la plaza de arriba, con unos panchitos rebozados en sal que saben deliciosos.

(N.A. Noviembre, 1983)

YELA


Siguiendo el juego de cambios en esta primavera, loca que veni­mos arrastrando, la mañana que aparecí por Yela el tiempo era infernal. La Alcarria asoma, tímidamente, su plumaje blando de verdín ­movido por el viento en los resecos sembrados del llano. El aire es frío, muy molesto, pariente tal vez de aquel descuernacabras que dicen los serranos y que obliga a la gente, unos cuantos días cada invierno, a permanecer encerrada en casa, sin salir nada más que a lo imprescindible, acurrucada al amor de la lumbre.
Acabo de dar vista a Brihuega escondida en el hoyo, y voy por una carretera abierta entre los sembrados a cuyo borde se alza, poco más adelante, el monumento a los héroes de la Guerra de Sucesión, que lucharon valientemente y dejaron sus vidas regadas por estos páramos, tras la muerte sin descendencia del último rey de los Austrias en el año de 1710.
Yela queda ligeramente apartado del camino. Un par de minutos en coche nos ponen de hecho en su Plaza Mayor. Yela, por su ac­tual distribución urbana, en la que han influido hechos ajenos por completo al vivir de la gente, es un pueblo extraño, desorientador para aquel que, como el visitante, se acerca a él con todo el baga­je de interrogantes y de dudas que lleva consigo lo novedoso.
Me encuentro, nada más entrar, con un pueblo impecable, mon­tado según los cánones de la arquitectura de posguerra; de ca­sas iguales, como seriadas, otras diferentes son las dependencias municipales, que hacen esquina a la plaza en la que se conserva le­gada a la posteridad la olma recordatoria del primer pueblo. Aquí, mirando al poniente, el pórtico arqueado de su iglesia, donde los canteros del siglo, con muchos más medios a su alcance que aquellos de la Edad Media, intentaron remozar el arte románico en la hilera de do­bles columnatas de sostén con capitel liso, creando una obra funcional, grandiosa, y hasta un poco romántica, evocadora, ­pero fuera de todo arte. El pórtico cubre la arcada principal por donde se entra, para cuya reconstrucción se debieron emplear una buena parte de las piedras derruidas del primitivo templo.
La zona en ladera es otra cosa. Ahí están las vetustas mansiones que lograron sobrevivir a los bombardeos, abandonadas muchas, vie­jas todas, recibiendo en la mañana glacial los vientos que suben desde la vega. En Yela, realmente, la gente vive abajo, en la zona que se volvió a construir por el plan que llamaron de Regiones Devasta­das allá por los años cuarenta, mientras que la parte antigua queda prácticamente como testigo del viejo lugar, si bien, durante los últimos años, está recibiendo la atención de los que vienen de fue­ra, quienes, con no mal criterio, intentan adecentar para el fin de semana o para el día de su jubilación, el entrañable refugio de la ca­sa del pueblo.
No se ve un alma por las calles de Yela. Los coches de los in­condicionales llegan a la plaza y la gente se sube con prisa carga­da de bolsas de plástico, de cartones de huevos y de barras de pan, rompiendo, calle arriba, la resistencia del viento. Por la cresta del barrio alto suenan las campanadas de la hora en el reloj del ayuntamiento viejo. Una señora ha salido a tirar una palada de tie­rra con el recogedor a las orillas desde donde se ve la vega.
- Señora, por favor: ¿Dónde está la gente de Yela?
- Pues, eso digo yo. Estarán dentro de las casas. Hace dos horas que llegamos de Madrid y yo todavía no he visto a nadie. Con este tiempo…
- ¿Cómo llaman a aquel vallejo?
- A eso le decimos Los Huertos.
- ¿Pasa algún río por ahí?
- Por ahí mismo no. El Tajuña está un poco más abajo.
Al amparo del sol racionado que las nubes filtran antes de caer, cose en el portal de su casa en la carretera la señora Martina. Esta buena mujer está sentada en silla baja y guarda los hilos en una cajita de metal que tiene la tapa adornada con una reproducción de “El Buen Pastor” de Murillo.
- No queda nadie, mire usted. Muchos vienen los sábados, y en el verano, cuando dan las vacaciones, pero en invierno esto es un cementerio.
- No resultó lo del petróleo.
- Pues, qué se yo. Hace dos años estuvieron buscando por allá arriba, por aquello de las Llanás, pero lo dejaron. Se conoce que no ha salido lo que esperaban.
Aunque, como quedó dicho, la mañana no invita a caminar por los alrededores de Yela, uno se da cuenta, desde lo poco que alcanza a ver, que al pueblo lo rodean tierras flojas, con sembrados en las va­guadas que luchan entre la vida y la muerte por falta de humedad, y algún que otro cuartelillo en la ladera plantado de espliego.
Más por deseo de liberarse del cautiverio de la cocina que por el día que hace, han salido al reclamo del sol dos hombres a otro portal de la calle nueva. Los hombres se llaman Juan y Alejo, Alejo­ Ayllón lleva la centralita de Teléfonos de Yela. En este pueblo de la Alcarria, como en otros limítrofes reconstruidos después de la contienda del treinta y seis, el tema de conversación con la gente mayor es casi exclusivamente una evocación de la Guerra Civil, y en éste no hay jóvenes.
- Ni jóvenes, ni viejos para el caso. Si puede que no lleguemos a las cincuenta personas. Y, fíjese usted lo que son las cosas, éste pueblo tuvo quinientos habitantes antes de guerra.
- ¿Y, cómo fue? La aviación debió hacer por aquí verdaderos estragos, ¿no?
- Mira que cómo fue. Que se conoce que no les gustaba vivir en el pueblo y se fueron de aquí. Esto, cuando la Guerra quedó deshecho; pero no lo destrozaron las bombas, ni la aviación; lo destrozaron las manos de los hombres, por salvajismo. Aquello de las bodegas lo arra­saron estando nosotros todavía aquí, en nuestras mismas narices.
- Quiere decir que se tuvieron que marchar.
- A ver. Nos evacuaron a pueblos de Cuenca, y cuando vinimos, todo esto era un montón de escombros.
El Tío Juan y el Tío Alejo -que dice que su santo se pasó la vi­da debajo de una escalera- me cuentan las cosas hablando al mismo tiempo. Saqué en conclusión que el telefonista no oye bien y se mete involuntariamente en la conversación de su convecino. El uno y el otro son hombres simpáticos, libres de prejuicios, a los que gusta saber con quién se juegan los cuartos.
- Y a todo esto ¿usted quien es? Como lo vemos escribiendo cosas, digo yo que si no andará por aquí haciendo alguna comedia.
- No, no señor; yo no se hacer comedias. Vengo, sencillamente, a ver esto, y luego a lo mejor lo ponemos en el periódico, para que la gente se entere de que existe un pueblo, la mitad nuevo y la mitad viejo, que se llama Yela.
- Ah, pues últimamente ha salido en los papeles unas cuantas veces con eso de los sondeos.
En Yela tienen como patrones a los santos Gervasio y Protasio, dos nombres que mis amigos pronuncian como un trabalenguas, y uno piensa que deben ser irrepetibles en cualquier otro lugar del mapa.
- Pues no señor. Yo tengo entendido que en un pueblo de Soria los celebran también a los dos. Para que vea, la fiesta se celebra to­dos los años el día 19 de junio.
El pueblo de Yela debe tener, por lo que veo, el alma adormilada. Son demasiados los motivos que este venerable lugar de la Alcarria ha tenido para hacerse insensible bajo los efectos del colectivo sufrir. Pueblo hermoso, recortado como a remiendos que son cicatri­ces de su propio dolor, aceptado con la serenidad de una madre venci­da por el infortunio.
Al abrigo del solecillo que se cuela por entre los arcos del pórtico, uno piensa en lo desafortunado de su restauración, quiere imaginarse la línea original y el detalle de su primitiva iglesia románica, y lo consigue con dificultades, tomando como base las formas preciosistas de la piedra nueva, y lamenta que el arte, patri­monio en todo caso irreparable, haya de pagar tantas veces las consecuencias de intereses ajenos a él, que con un poco de vo­luntad y algo más de sentido común -tampoco sería pedir demasiado- se hubieran podido evitar.
El viento sopla entre los arcos y silba al chocar con la piedra del pórtico. Por la calleja en cuesta, bajo el reloj, viene un anciano intentando agarrar su boina, que el aire le voló y rueda como un aro sobre el cemento acabado de echar. En el hoyo, la fuente de piedra desparrama el caudal a su salida, que va a caer a la tierra del pavimento formando un barrizal a su alrededor.

(N.A. Mayo, 1983)

viernes, 18 de diciembre de 2009

YEBRA


La tragedia del nueve de agosto del noventa y cinco fue demasiado grave como para no contar con ella cuando se viaja a Yebra por primera vez después de aquellos lamentables sucesos; es imposible que uno deje de sentir en su ánimo el impacto emocional de lo que allí ocurrió durante la anochecida de aquel día de verano, sin duda el más negro de toda su historia por mucho que uno se esfuerce en mirar atrás. Siete vidas humanas cobradas por el ímpetu de las aguas, a lo que hubo que sumar las incontables pérdidas materiales en vehículos, muebles, enseres domésticos, edificios y ganados, es demasiado perder como para que el paso del tiempo tan pronto lo convierta en historia, como para que dos o tres años de por medio justifiquen echarlo en el olvido. No obstante, y como una consecuencia inmediata del ejemplar comportamiento de sus moradores por cuanto a los trabajos de recuperación, el pueblo es hoy un modelo de orden, de comodidad, de limpieza, recobrado creo que al cien por cien en lo que humanamente les fue posible. No se pudo traer a la vida a las víctimas de la tragedia (el poder del hombre tiene sus limitaciones, por mucho que se obstine en creer lo contrario), por lo demás, Yebra, tal y como lo hemos vuelto a encontrar en aquellos sinuosos campos de la Alcarria Baja, sigue siendo el lugar admirable que fue siempre.
Los chalés sobre una suave ladera son el anuncio de entrada al pueblo de Yebra. Las casas, el pueblo en sí, están situadas como en el centro de una caldera natural con escaso fondo, que en tiempo memorial sirvió de cauce a la furia incontrolada de las aguas que arrojó sobre el campo la mala nube.
La calle de la Condesa de San Rafael coincide con la vía de paso, con la carretera que lleva desde Fuentenovi­lla hasta las riberas del Tajo allá por el camino de Pastrana y por la Central Nuclear al otro lado del puente.
Una fuente en la Plaza Mayor mana desde los cuatro caños del monolito sobre un pilón cuadrado. Tiene la fuente alrededor una pequeña verja de hierro por encima de la corredera de asientos. La fuente es nueva; en una de las caras del monolito consta que se construyó en 1997. Como fondo a la plaza queda la fachada principal de la iglesia del pueblo, extraordinariamente corpulen­ta, con la torre en mitad rematada en un esquiloncillo por encima del campanario; bajo el alero, como disimulado y discreto, el clásico reloj municipal en correcto funcionamiento.
Sobre el muro frontal, dentro del pórtico de la iglesia, hay una placa de apretada lectura en la que se hace saber cómo el edificio, tras la última restauración, fue inaugurado el día 7 de septiem­bre de 1985, siendo ministro de Obras Públicas don Javier Luis Sáez de Cosculluela. La restauración fue completa y costosa, tanto en tiempo como en dinero según podemos ver, pero efectiva y segura. No sólo debió celebrar el final de las obras su párroco, don Antonio Gaona, sino el pueblo entero, pues a partir de entonces es una satisfacción entrar en ella, contemplar en silencio la grandiosidad de sus naves, el juego de nervaduras que dibujan la techumbre, aunque se sigue echando en falta el retablo mayor.
La plaza del Pilar es céntrica; en ella está ahora el lavadero y antes estuvieron las albercas subterráneas de agua fría, de las que la plaza heredó su nombre. En la plaza del Pilar celebran cuando las hay las capeas de toros, y que suele ser, o al menos lo solía ser hasta hace muy poco, el día de San Cristóbal a principios de verano, y el 13 de septiembre, fiesta mayor de Nuestra Señora de la Soledad, Patrona del pueblo.
En el lavadero de Yebra hay dos mujeres con montones de paños humedecidos sobre las losas de piedra y productos de limpieza que acaban de usar. Las dos mujeres -no nativas de Yebra por el aspecto- se molestan, casi escandalosamente, cuando intento hacerles una fotografía en plena faena. El agua cae por tres cabezas de león sobre el largo piloncillo que, antes sobre todo, en el pueblo tendrían por costumbre y por necesidad usar con mayor frecuencia. Hoy es un monumento entrañable, curioso y original; más todavía por encontrarse en el centro del pueblo.
En el Bar Juvenil, junto a la plaza, dos clientes beben cerveza pegados al mostrador y otro consulta la sección de deportes de un periódico. El chico que atiende a la clientela, sirve como acompañamiento a la bebida unas setas de criadero riquísimas.
- Sí; van muy bien. A la gente les gusta.
Por las calles de Yebra es fácil toparse a cada paso con viviendas de bellísima imagen, con casonas nuevas o restauradas que pasado el tiempo podrían servir como modelo de construcción propia de una época concreta: la nuestra, anárquica en las formas y funcional, fuera de todo estilo. En ese sentido, como en el de su laboriosidad y atención a lo que le es propio, el pueblo de Yebra merece que se le reconozca su valía.

YEBES


Son las once y en Yebes la mañana da una tranquila impresión de amanecer. Con mucho sol sobre los campos en hibernación hemos conseguido llegar aquí, atravesando los llanos tropelludos y los fríos páramos de la primera Alcarria. Yebes apenas se advierte al pasar; queda medio escondido en lo alto de un otero mirando al saliente. En los humedales de las afueras persiste la escarcha que se formó durante la noche y que empalmará de nuevo con la noche siguiente. Frente por frente se advierten al subir las costanillas de olivar donde la gente afana en la recolección por el viejo sistema del ordeño, y chaparrales adormecidos en las tierras blancas del cerrillo de la Cabeza.
Dejando a nuestra derecha la enorme fábrica de la iglesia, adonde uno espera volver, se adentra a mitad de escalada en la Plaza Mayor, cuadrada y recogida, que tiene por frontal la vieja fachada del ayuntamiento, cuya centenaria galería se sostiene sobre seis columnas de palo carcomido. En la plaza no hay nadie. Luego llegará la furgoneta del cartero y se marchará enseguida. Haciendo juego con el venerable frontal de la casa del concejo, hay una fuente de piedra construida en 1946, que desagua en el cuenco redondo de una cazuela, semejante a las pilas bautismales de las iglesias, y se comunica con el estanque clarísimo del abrevadero. Tal y como se lee sobre el monolito del que se desprende el chorro, las aguas fueron cedidas al pueblo por el marqués de Casa Valdés. Como si fuese manejada por un mando a distancia, el agua llega de golpe y se vuelve a cortar.
Desde las eras, el pueblo se ve abajo como una justificación de vida para aquella tremenda soledad del paisaje. Las columnas albigrises del humo de las chimeneas van subiendo rectas, para perderse al poco de salir en los cristales celestes de la Alcarria. El herrín de los aperos, tirados por allí, brilla como lentejuelas encendido por el sol de enero.
-A nosotros nos viene bien tanta tranquilidad; pero a los jóvenes, se conoce que les molesta.
Mi hablaba doña Consolación de las Heras que salía de un chalé situado por aquellos altos.
-No ha quedado nadie, mire usted. Yo misma tengo cuatro hijos y se han ido todos. Aquí tienen sus casas y vienen a pasar alguna temporadilla, porque esto es muy sano, pero cada cuál se ha ido buscando su vida por otra parte.
-Aquella debe ser la ermita de la Soledad, supongo.
-Si; aunque en realidad es la Virgen de las Angustias.
-La Patrona.
-No señor. El patrón de este pueblo es San Bartolomé, y también se hace un poquito de fiesta para San José.
Uno recuerda que tiene un amigo en Yebes; un amigo adoles­cente que se llama José Antonio Hernández, al que hace tiempo que no ve. Como es día de vacación José Antonio está en casa. Me dice su madre que todavía no se ha levantado; pero que saldrá enseguida. Mi amigo, después de un lavado fugaz y de un desayuno rápido, se viene conmigo frotándose los ojos. Es un muchacho encantador, amigable y familiar, al que, afortunadamente, no le atacó la demoledora carcoma que anda por el mundo destrozando a un importante sector de la juventud. Me advierte José Antonio que están a punto de hundir el ayuntamiento, porque lo quieren hacer nuevo.
-Ya pronto lo van a tirar. Dicen que lo quieren hacer respetando la forma antigua. Si no lo vuelcan, se va a caer él solo.
La fuente de la plaza sigue chorreando con intermitencia, unas veces mucho y otras nada.
-No sé por qué lo hace. Antes decían que si se atrampaba una culebra por el depósito, pero ahora debe ser aún por la sequía.
Nos fuimos luego hasta la iglesia. Presenta por la solanilla que bajamos una solemne esbeltez, con el ábside de piedra viva reforzado en contrafuertes altísimos, y una torre sólida orientada a las puestas del sol con tres cuerpos hasta el campanario. La parte central, correspondiente a la única nave, parece posterior en el tiempo; se ve blanqueada y se abre en seis arcos por los que se cuela el sol hasta las mismas losas del pórtico. Mi joven amigo me contó que a finales de verano robaron en la iglesia; que los ladrones se llevaron unos relieves del retablo mayor y que lo revolvieron todo.
-Se conoce que se pasaron aquí toda la noche, porque no se dejaron nada sin tocar. Se llevaron todo lo que les dio la gana, forzaron el sagrario, y por la mañana estaba la puerta de la calle de par en par.
La techumbre de la iglesia está recorrida por nervaduras que se entrecruzan, dando lugar a curiosas formas geométricas por encima del presbiterio, mientras que la bóveda de la nave se cubre con cañón en ojiva un tanto original. En torno a la imagen del Rosario hay quince tablas de pequeño formato, donde se ven representadas, en pintura de artista mediocre, las escenas correspondientes a los misterios completos que prestan al retablo un cierto interés. Detrás del altar mayor hay un templete barroco de buen dorado, sirviendo de pie al retablo mayor presidido por la imagen del patrón de Yebes, San Bartolomé Apóstol.
Desde la iglesia, siguiendo ahora la umbría del terraplén norte calado de bodegas ruinosas y de pajares que muestran al bajar su vieja osamenta de palitroques y de escombros, llegamos hasta la fuente de los Cuatro Caños en plena margen de la carretera. Los cuatro caños, situados en línea sobre el muro de sillería, arrojan gruesos chorros de un agua riquísima, de la que malamente se alcanza a beber por los situados en cada extremo.
Dice mi padre que antes se salían del pilón, y que hacían daño al beber de tan fuertes como salían. En ese hueco de la pared yo he oído decir que antiguamente había una imagen.
Existe a la caída de la carreta otro manantial con un solo caño. Le llaman la Fuente de la Ventanilla, y sale desde la roca. Los zarzales de la cuesta, al cabo del tiempo, acabarán con ella.
-Por aquí había un pilón donde las mujeres bajaban a lavar los menudos. Para mi abuelo, el agua de aquí es mejor que la de arriba. Como no se le hace caso está todo devorao.
-Podíamos acercarnos un momento -propongo a José Antonio- hasta el Observatorio Astronómico. ¿Crees que nos lo enseñarán?
- No sé. Si están trabajando, alomejor no. Podemos ir a ver.
El Centro Astronómico de Yebes, dependiente del Instituto Geográfico Nacional, coge a dos o tres kilómetros del pueblo y está situado en el centro de un páramo de chaparros y olivos, desde donde se contempla a la redonda una extensa porción de la Alcarria. El Centro consta actualmente, tal y como se nos informó, de un radiotelescopio dedicado a la investigación de las moléculas interestelares; de un estrógrafo para la observación fotográfica de cometas y asteroides, y de la torre solar, que es un telescopio refractor que permite la proyección de la imagen del Sol en luz total, y hace posible el dibujo de sus manchas características.
Me informaba de todo don Santiago García de Juan, ingeniero técnico y administrativo del Centro.
-Hace ya seis años que funciona. Se montó aquí por dos razones: la primera fue por que debía estar fuera de Madrid debido a los problemas de polución, pero no a demasiada distancia para que fuera posible el desplazamiento frecuente del personal especializado; y la segunda se debió al particular deseo del astrónomo guadalajareño don Manuel López Arroyo, vinculado por cosa familiar con Aranzueque, donde su padre estuvo de maestro. Se comprobó que esto ofrecía buenas condiciones, si no las óptimas, y se instaló aquí.
-¿Existe algo similar en otros lugares de España?
-Sí; está el Observatorio de Calar Alto de Almería, que se complementa con éste y con otro que hay en Tenerife, aparte de las instalaciones de Granada que pronto empezarán a funcionar.
-¿Cuánto mide la esfera del radiotelescopio?
-Es impresionante, ¿verdad? Tiene 20,7 metros de diámetro, y sirve para contrarrestar los vientos, las diferencias de temperatura, las lluvias y los agentes meteorológicos en general. Es un protector del radiotelescopio.
Si cierto es que no nos fue posible observar las estrellas por ser de día, ni siquiera el Sol por no sé qué otra razón, sí que nos deleitó sobremanera contemplar, a través del amplio ventanal de la residencia, el adusto y familiar espectáculo de las tierras desnudas y abiertas a la luz de enero, desde un lugar, que incluso la ciencia consideró como privilegiado. Allá lejos, muy lejos de nosotros, se deja ver el pueblecito de Fuentelviejo colgado en la vaguada, y la torre enhiesta -faro de todas las Alcarrias- de la iglesia de Valfermoso, difuminada por las distancias sobre su prominencia ideal del Valle del Tajuña.

(N.A. Febrero, 1984)

jueves, 17 de diciembre de 2009

VIÑUELAS


Cuando uno ha visto de cerca los campos yermos de la Alcarria con sus vallejos repletos de vida y de sombra siguiendo el curso de cualquier arroyo; cuando se ha llegado a vivir la severidad solemne de las tierras de Atienza, donde un puñado de gentes honestas van dejando pasar su vida en paz mirando tan sólo al cielo y a sus praderas de heno; cuando uno llega a conocer la dureza del Señorío, que a fuerza de sudores va soltando a sus hijos el fruto que lleva dentro…, darse una vuelta por la Campiña no deja de ser un interesante descu­brimiento, una experiencia que, por mi parte, sólo me limito a insinuar. Desde las afueras de la capital con dirección norte, a medida que nos vamos adentrando en la comarca, el espectáculo del campo ante los ojos es como un viejo canto coral en honor de la diosa Ceres con música sacada del corazón de la tierra por millares de tubos que brillan al sol en el órgano sin fin de los rastrojos. Ya muy cerca del pueblo, un rebaño de ovejas duerme su modorra a la sombra de los olmos en la leve hon­donada de los lavaderos viejos. Poco después, sin espectacularidades, llano como una carta en pleno corazón de la zona: Viñuelas.
La Plaza Mayor, que es el sitio donde casualmente uno tuvo a bien caer en el pueblo, es una plaza recóndita y arbolada, limpia y sin nada apenas que destacar; una plaza donde los niños dejan sus bicicletas en el suelo para ponerse a jugar despreocupadamente en el montón de arena de unas obras. En la parte interior de una ventana en el viejo edificio que hay frente a la espadaña de la iglesia pasa su tiempo de vacación una bola del mundo: es la escuela de Viñuelas, con sus mesas cuadradas de a cuatro, sus sillitas bajas donde se sentaron a buen se­guro generaciones de padres e hijos y su estrado de madera desgastada sobre el que se alza, respetuosa, la mesa del profesor. Por una calle contigua pide limosna una hermanita de la caridad, a la que acompaña un señor con un saquito al hombro y una niña con una cesta. El hom­bre del saquito se descubre antes de entrar en cada casa. A cuatro pasos de la bodeguilla, ya en las afueras del pueblo, hay un anciano sentado sobre un tronco seco, a la sombra de la pared debajo de una parra. Yo pienso que aquel debe de ser el trono ideal desde donde el señor Eduardo, a escondidas de este mundo loco, destapa cada tarde el cofre­cito de sus recuerdos.
- ¡Cómo se sabe el abuelo los buenos sitios!
-Pues, hombre; aquí aún se puede echar el agosto.
-¿Qué tal pintó el año?
-Muy bueno. Como éste no se ha conocido otro ni se conocerá. Aquí se ha cogido más trigo que en toda la vida.
-Y con menos trabajo que antes, ¿verdad?
-¡Anda! ¡Si ahora todos son señoritos! Ya veremos cuánto dura esto; que, mientras vayamos tirando así, vamos bien.
-Usted quiere decir que aquí la gente vive, ¿no?
-Hombre; claro que vive. Pero hay otros que vendieron las tierras y todo, se fueron a las fábricas y ahora están sin trabajo. Al paro. Yo quitaba el paro, radical, porque es una pena lo que está pasando.
-Lo que no veo es mucha huerta por aquí.
-No. Aquí, de huerta, no hay más que eso que ve usted ahí abajo, en la Fuente Gorda: cuatro matuchas y nada más. Eso era también como un abrevadero para las caballerías cuando se trabajaba con mulas.
Desde la bodeguilla, el campo se ahonda como una cazuela colosal sobre cuyo borde opuesto se ven recortados la torre y los tejados de Fuentelahiguera. En el fondo, campos de cultivo: el Reguero los Huer­tos, el Charco la Custodia, donde se alternan, salpicados de algún cha­parro, los rastrojos y los barbechos en toda su extensión.
-Sí; aquí, la gente aún sigue con el campo a dos añás. Hay quien lo siembra todos los años, pero esta tierra no da para tanto.
Por razones de profesión, uno cuenta con amistades entrañables entre la juventud de Viñuelas. Raquel, Araceli y Ernesto pasan el ve­rano en su pueblo, trabajando como todos cuando llega su momento. Por las calles, uno se siente a gusto rodeado de gente joven. En la salida, a orillas de la carretera, está el centro de subnormales Afanias-Benita Gil, que desde hace unos años acoge, mitad colegio y mitad sanatorio, a un grupo de deficientes profundos.
-¿A cuántos, exactamente?
-Ahora tenemos 65, de ambos sexos.
-¿Son niños o mayores?
-Hay de todo, pero, generalmente, mayores. Los hay desde diez años, hasta el mayor, que es una enferma de cuarenta y siete. Es el único centro de España donde los residentes pueden estar durante toda su vida sin que se les pueda echar por la edad.
- ¿Por qué este centro aquí, precisamente?
-Bueno; éste era un local que fue fábrica de harinas y lo donó su dueño, don Gerardo Mayor, con este fin. Por eso está aquí. Se va a destruir totalmente para rehacerlo más grande y en mejores condiciones.
-Dígame, don Carlos: ¿qué suelen hacer los enfermos?
-Muy poco; ya le he dicho que son subnormales profundos. Hacen algo de trabajo manual y, prácticamente, nada más.
En la plazuela sin pavimentar que sirve de pista al frontón de pe­lota se yergue, aburrido y seco, el "mayo" tradicional.
-Pues no crea, que no lo quitan hasta noviembre, por lo menos.
Viñuelas es un pueblo de construcción baja, donde el adobe, el gui­jarro y la argamasa se reparten por igual el mérito arquitectónico de una buena parte de sus viviendas. Las de ahora son otra cosa: las hay coquetonas, rancheras y hasta con cierto aire neoclásico.
La carencia de monumentos y otras antiguallas que, sin buscarlos, suelen salir al paso en la mayoría de nuestros pueblos la justificó Er­nesto con toda la filosofía y las llanas razones de los dieciséis años, aclara.
-Yo tengo oído que en tiempos de Felipe II hubo una pelea entre los de Uceda y los de Viñuelas. Debió ser gorda y perdieron los de aquí. Entonces, los de Uceda nos destruyeron el pueblo y por eso no hay nada antiguo, como en El Cubillo y todos los sitios de la contorna.
José Viñuelas, hijo del pueblo y maestro de Trillo, es un apasionado del campo y de todo cuanto en su entorno gira. Tiene, creo yo, el más completo museo de España dedicado a enseres, aperos e instrumental de labranza. Unas piezas en tamaño real y otras en miniatura, logradas pacientemente a punta de navaja, hacen de la suya una exposición car­gada de interés.
-Que es la mejor de España, no lo dudo, porque no hay otra.
-¿Cuántas piezas tienes en total?
-Creo que habrá cerca de sesenta diferentes. Todavía me faltan al­gunas.
-¿Conservas alguna con especial cariño?
-Tengo en mucha estima el yugo y los horcates, porque en minia­tura creo que son perfectos. Por cuanto a cariño, conservo por encima de todo el sombrero de campo de mi padre, unos cultivadores de hierro hechos en la Normal, cuando mis años de estudiante, y este casco, con herradura incluida, que perteneció a una yegua con la que un año pedí las llaves y que, ¡pobrecita!, se murió de un atracón por comer en los rastrojos sin conocimiento.
En Viñuelas, que, según dice su nombre, debió ser en la antigüedad importante productor de vino, sólo quedan unas cuantas vides que me­dia docena de nostálgicos cultivan en sus ratos de ocio. En las eras no hay paja; al llegar al pueblo, salen al paso los morenos montones de trigo nuevo, un símbolo hoy para este lugar de la Campiña, que, como tantos de la zona, encontró su manera de vivir por otros caminos.
(N.A. Septiembre, 1980)

VILLEL DE MESA


Ya bien entrada la mañana, el hombre se estaba comiendo un bo­cadillo de tortilla francesa sentado al borde del camino en la carretera de Calatayud, más allá del castillo de Molina. El hombre, que viaja en bicicleta, no tiene nada en contra y ve con buenos ojos a los que con­sumen gasolina en lugar de sangre para correr.
-Buenos días. Oiga, ¿se va por aquí a Villel de Mesa?
-Ah, pues mire: de allí tuve yo una criada que se llamaba Lucre­cia. ¿La conoce usted? -No, señor; no la conozco. Es la primera vez que voy a ese pueblo.
-Bueno; pues tire adelante y, luego, a la izquierda. Coge bastante retirado de aquí.
-Muchas gracias y que aproveche.
-Vaya usted con Dios. Buen viaje.
Para llegar desde Molina hasta Villel de Mesa no es todo tan fácil como pudiera parecer. A pesar de todo, la ausencia de indicadores se suple sobradamente con la amabilidad innata de la gente que te va saliendo al paso. El panorama desde Rueda es inhóspito, gris. Tierras de tomillar y de sabinas se suceden a derecha e izquierda en una carre­tera por la que se hace difícil encontrar un alma que deambule por allí a esas horas del día. De pronto, la solemne severidad del terreno y la pobreza que nos vino acompañando campo atrás se tornan en una vega fértil con solo bajar el pequeño puerto de Mochales. Después, el Valle del Mesa: huertas de forraje, de frutales y de hortaliza se van abriendo paso entre los cortes rocosos del paisaje hasta llegar, ya cerca, al pueblo de Villel.
Villel de Mesa se presenta a primera vista como descolgado en la solana de un cerro que viene a refrescar sus pies entre la frondosidad espesa de la ribera. Junto al puentecillo del río Pequeño, al frente mismo de los jardines de la plaza, hay una señora vestida de negro con un pozal colgando del brazo y un hacecillo de pajas largas cogido con la otra mano. Es una mujer de mediana edad, de trato amable y se llama Leonor.
-¿Qué? ¿Le gusta la plaza?
-Pues mire: aún no la he visto. Pero me da la impresión de que me va a gustar ¡Qué pueblo más bonito!
-Eso dicen todos. Los jardines llevan así más de diez años.
-Y una huerta que vale cualquier cosa. ¿Verdad, usted?
-Sí, señor. La huerta es muy hermosa. Aquí se crían muchas pata­tas y remolacha. Agua tiene usted toda la que quiera.
-Y fruta, claro.
-Y fruta, también. Lo que pasa es que hay que echársela a los animales; no la quiere nadie. Se dan mucho las manzanas y las cerezas. Las peras no se dan bien, no sé por qué.
La plaza de Villel es, además, parque y jardín. Al lado del arco romano que con tan buen gusto conserva el pueblo, crecen, en perma­nente actitud de desmayo, los sauces, alternando con los abetos y con los rosales en flor. En medio de una leve pasarela de vegetación apre­tada y sombría bajo los sauces salta, juguetona, desde uno al otro de sus cuatro pisos, el agua en un surtidor con forma de tarta nupcial. Ocupando un lugar destacado en medio de los jardines está el monolito en piedra y mármol con el busto del doctor don Pedro Gómez Fernán­dez, a quien el pueblo de Villel le tiene dedicada también toda la plaza.
-Don Pedro es un médico de Madrid y es como un padre para el pueblo.
-¿Suele venir por aquí con frecuencia?
-Sí, señor; y con la gente no sabe qué hacerse. Aquí se le quiere mucho.
El ayuntamiento de Villel ocupa la planta baja de una casona an­tigua que hay en el frontal de la plaza. Las escuelas quedan en el primer piso y, según me contó doña Leonor, deben ser dos.
-Sí; yo creo que hay una cincuentena de chicos entre los párvulos y de los otros.
Por las calles del pueblo es una delicia pasear en las mañanas de verano. El frescor permanente de sus huertas y hasta su olor caracte­rístico son allí como un néctar del que uno nunca se acaba de saciar. Cuando se comienza a ascender por la calleja que en el pueblo llaman Empedrada, impresiona, casi apabulla, la ingente masa roqueña que todavía mantiene erguidos sobre su lomo retazos de lienzo en pie per­tenecientes a una antigua fortaleza.
-El castillo la hundió una chispa que cayó para la fiesta de San Bartolomé y ya ve usted la que queda.
Para subir a la parte alta se puede hacer por cuatro calles distintas: Empedrada, Canónigos, Estanco y Calle del Horno. Pasadizos estrechos con escalinatas que recuerdan los barrios de la Cuenca antigua. Escon­drijos pintorescos que alcanzan su más exacta expresión de tipismo en el pórtico solitario y romántico de su iglesia parroquial y en las calle­juelas que le circundan, allá en lo alto.
Bajé a la plaza por uno de los caminos que, como queda dicho, se puede hacer. Hay una mujer y un hombre asomados al balcón, viendo lo que pasa. El hombre se llama Julián, y la mujer, Lolita.
-Buenos días. ¿Es ésta la calle del Horno?
-No, señor. Esta es la calle del Estanco. ¿Qué? ¿Viene usted por aquí a pescar truchas?
-¡Qué va! Vengo sólo a ver el pueblo.
-Pues esto tiene poco que ver. Cuando había cangrejos, daba gusto; pero ahora, nada.
-¿Y qué ha pasado con los cangrejos?
-No sé. Se han muerto y no sale ni uno. Estos años de atrás se sacaba un buen jornal del río, no crea.
José Carlos, el hijo de la joven pareja del balcón, comenzó a gritar como loco dentro de la casa. Luego, la madre, y al final gritaban todos.
-¡ Ay, qué va a pasar aquí!
-¡No le eches agua! ¡Ahógalo con un trapo!
- ¡Mamá, que arde la casa!
-¡Es que no se puede estar en el plato y en las tajadas a la vez!
Tenía razón Julián. Yo también creo que no es lo más oportuno quedarse de conversación con el primero que pasa por la calle mientras el aceite de la sartén se calienta al fuego. Aunque, bien mirado, es un mal tan nuestro que, ante un caso como éste, todos tenemos que en­tonar el mea culpa.
-Niño: anda, sube a casa, que te has perdido un número.
Con buen humor a pesar de todo, Julián le empezó a contar a su otro hijo que llegaba la tragedia que acababa de vivir, de la que uno se sintió, en parte, con una buena carga de responsabilidad.
Para llegar hasta la falda del Cerro de la Horca, al otro lado de las huertas, hay que cruzar dos puentes: el del río Pequeño y el del río Cavero. El río Pequeño nace allí mismo, debajo de una roca que en el pueblo llaman la Fuente de la Toba. El Cavero, que es en realidad el verdadero río Mesa, corre paralelo al anterior y junta con él sus aguas poco más abajo. Tanto el uno como el otro aprovechan indistintamente a las gentes de Villel para regar sus huertas.
Don Carlos Bueno se entretiene encañando las judías de un huerte­cillo que hay escondido detrás de una tapia a la orilla del río.
-Qué agua más clara, para como están los ríos hoy.
- Ya lo creo. Aquí se crían hasta las truchas.
-¿Adónde va a parar el río Cavero?
-Éste yo creo que llega hasta Ateca o más allá.
-Parece buen pueblo Villel, ¿verdad, usted?
-Hombre; de los que le rodean, no es el peor. Aquí todo el que viene se va contento: médicos, maestros… todos. Pero unos porque no están en propiedad y otros por no sé qué, la cosa es que luego se tienen que ir y siempre nos toca conocer gente nueva. ¡Qué le vamos a hacer! Teniendo como mirador el Cerro de la Horca, queda en primer plano la ribera feraz de sus dos ríos envuelta en un hermoso muestrario de tonalidades verdes que se adentra hasta la plaza. Luego, el pueblo de Villel, luciendo bajo el sol del medio día la elegancia de sus viviendas antiguas y de sus chalés de ahora, entre las que sobresale de manera sensible la fábrica en arcos de su iglesia y los muros sobre la roca del castillo en ruinas. Como fondo, el Cerro de las Casas y el Llano de la Cueva recortan el horizonte con un cielo azul, muy azul, en perfecto juego de luces con aquel bello rincón de nuestra tierra.

(N.A. Agosto, 1980)