lunes, 25 de mayo de 2009

MAZARETE


Por el puente de la Venta corren ladera abajo, hasta el vallejo, las aguas que en los días de turbión caen al otro lado de la carretera. En el puente de la Venta, el conductor siente la ingenua tentación de pararse a observar al borde del camino, aun a costa de resistir a su espalda el azote gélido de los vientos de la tarde. Mazarete se ofrece desde allí a la vista del viajero como un tríptico original y diverso sobre una de las orillas del pequeño arroyo que, no muy lejos, entre­gará su escaso caudal al naciente Mesa, ya en terrenos de Anquela. Las parideras de rojiza techumbre recostadas al abrigo de la solana, contrastan con las umbrías y los humedales en la altiplanicie nevada de Los Llanos, al otro lado. Sólidos edificios de lo que fuera núcleo industrial de la zona duermen el mortecino sueño del abandono aguas abajo, y aquí, a nuestros pies, el pueblo, como una pincelada de vida donde se desenvuelven en paz las pocas más de cien personas que fueron capaces de soportar, ellos sabrán cómo, el zarpazo de la emi­gración.
Este simpático pueblo molinés sorprende desde dentro por su cu­riosa y bien cuidada fisonomía. Es pequeño y en él viven gentes a las que les gusta hacer las cosas bien, poniendo en lo que hacen una con­siderable dosis de amor al terruño.
-Así es. En cuanto podemos, nos damos una escapadilla por el pueblo, aunque sea invierno. La mayoría de los que vivimos fuera tene­mos la casa puesta y venimos de vez en cuando a echar un vistazo.
-¿Dónde vive usted, don Inocente?
-Yo Soy capataz de Obras Públicas y estoy destinado en la con­centración de Cifuentes. Tengo a mi cargo, no sé si usted lo conocerá, el tramo entre Cifuentes y Sacedón.
-Debe de quedar poca gente aquí, por lo que se ve, ¿verdad?
-Y tan poca. No sé si quedarán cuarenta familias. Desde que ce­rraron las fábricas, esto se quedó como muerto. Yo creo que entre las dos trabajaban más de sesenta personas de aquí; y eso, quieran que no, se nota.
-¿Cómo fue cerrar las fábricas?
-La de la resina la cerraron porque la tuvieron que cerrar, pero la de las maderas es que se la llevaron a otra parte.
- ¿Y cuál fue el motivo?
-Empezaron a decir que allí tenían mejor material y se fueron con todo a Navas del Marqués, en tierra de Ávila. Eso se llevó a los tra­bajadores que se quisieron ir, pero que no me digan a mí que la fábrica no podía estar donde estaba.
-Y, desde entonces, Mazarete se quedó sin trabajos, claro.
-¡A ver! Al monte suben varios, con lo del uranio. Están son­deando en el término desde hace tres o cuatro años y parece que van sacando algo. Lo que pasa con esas empresas es que traen a su gente preparada y del personal de por aquí van los menos.
Desde la carretera hasta la plaza del pueblo se asciende por una calle corta, con casonas distinguidas en ambos lados. Algunas conser­van todavía escrito sobre la piedra rememoranzas del XVII, que hablan de pasados linajes, de los que hoy nadie nos daría norte. La plaza, como la mayor parte de las calles del pueblo, está en vertiente, redu­cida, con su fontana de doble caer en el mismísimo centro y una artís­tica balaustrada que, con indiscutible aire palaciego, se alza hasta las puertas del templo parroquial como fondo.
Tan Sólo se ven dos personas que toman el sol a la puerta de su casa. Ella, que me debió de reconocer, sin duda, no quiso darme su nom­bre, ni siquiera permitió a su hermano que despegase el pico para con­testar a mis preguntas.
-No seas tonto; no digas nada, que luego este señor lo saca todo en la "Nueva Alcarria".
-¿Por qué dice eso, señora, si usted a mí no me conoce?
- ¿Que no le conozco? Sí que le conozco, sí. ¡Anda que no me río yo poco todas las semanas con lo que le cuenta la gente de los pueblos!
-¡Ah!, pues tendré que decir que en Mazarete hay una señora muy antipática que no me quiso decir ni su nombre. ¿Qué le parece?
-¿Cómo que no? Yo le cuento todo lo que usted quiera. Mire: que hay buen agua, buen pinar, buenas chicas pero que están fuera. . . Todo lo que usted quiera; pero mi nombre, no.
-Bueno, señora Miguela; pues su nombre, no.
- ¡Ay, qué hombre éste! ¡Mira que venir de tan lejos a vernos a nosotros!
Por la calle de San Roque suben, sacudiéndose bolazos de nieve, unos cuantos jóvenes con ganas de retozar. Encontré a los mazareteños como gente extraordinariamente cordial y dispuesta al jolgorio en la poco que vi. Algo hay que a los de Mazarete les subleva y que no lo toleran a todo el mundo nada más que así, porque sí: es que les llamen "po­getas", como "yatres" a los de Anquela, "aletos" a los de Ablanque y "colondros" a los de Luzón. Sólo cuando uno ha hecho amistad con la gente del pueblo puede usar, y abusar, si fuera preciso, de la con­fianza por una sola vez.
Jesús y Beni Hernández abandonaron la fría reyerta y se vinieron conmigo, calle abajo. Desde una ventana nos llega el disparo de nieve que la joven esposa de Beni dedica a su marido como punto final de las hostilidades.
-Éstas, ¿sabe lo que pasa?: que recién venidas de Madrid traen gana de juerga.
-¿En qué os divertís los fines de semana?
-Aquí nos hemos organizado bien. Hemos hecho un cuadro artís­tico, tenemos una "peña" y parece que sentimos más deseos de venir que antes.
Con los hermanos Beni y Jesús Hernández, a quienes terminaba de conocer, abrimos tertulia en una mesa del bar, tras sendos vasitos de vermú.
-Eso sí que la podemos decir bien fuerte: que tenemos un bar de la mejorcito que hay en toda la comarca.
Además de su buen bar, en Mazarete tienen uno de los más suges­tivos parajes de la provincia. En la dehesa de Solanillos, las piedras, desgastadas por la erosión, adoptan formas extrañísimas, que, como el "Huso de la Vieja", sobresalen por encima del pinar que las rodea.
- ¡Ah!, y pasado el Puente de la Venta está la Cueva de la Mora, que en el buen tiempo también es digno de ver.
- ¿Qué hay en la Cueva de la Mora?
-Dicen que allí ha entrado gente y que no ha vuelto a salir. Que hay una mora encantada que baja a coger agua de una fuente subte­rránea, y que algunos días del año la han visto peinarse al salir el sol. No sé.
De camino hacia los locales de las antiguas escuelas, mis amigos me hablaron de las fiestas de San Mamés, a mediados de agosto; de la romería y de la vaquilla que, después de toreada, se comen en la plaza entre todos los vecinos en un bonito acontecimiento de participación. Unidas la que fueron las dos escuelas del pueblo forman una am­plia sala de representaciones para el grupo de teatro. Sobre las paredes quedan carteles manuales de algunas de las obras ya escenificadas, y, al frente, un escenario construido más con la voluntad y con la ima­ginación que con los medios disponibles.
-Pues, hombre; aquí hemos puesto hasta el momento cuatro obras. Las más conocidas serán "El médico a palos" y "La ciudad no es para mí". Siempre para los vecinos y gratuitamente; sólo se cobra la volun­tad, si alguien quiere dar algo para escenario y los gastos que van saliendo.
Cuando uno despide a sus amigos en la plazuela de la iglesia, y con ellos al pueblo, se le ocurre pensar cómo en este mundo nuestro no falta nada; sobran muchas cosas para vivir mejor. Que la verdadera sabiduría está allí, entre cuatro montañas y un cam­panario y un río.

(P.M. Enero, 1981)

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