jueves, 3 de septiembre de 2009

PUEBLA DE VALLES


Debido a la pomposidad de los jarales en flor, las tierras llecas por las que cruza el camino parecen campos de algodón. Las gentes de la zona están encantadas con aquella exótica visión que presentan las sierras en estas semanas que predicen la fuerza del verano.
Bosquecillo de repoblación ya crecido, curvas interminables, ásperas hazas del labrantío a una y otra mano, muestran apenas volver un recodo de tierra la estampa primaveral de Puebla de Valles. Pueblo impresionante por su situación, hundido en el hoyo, a la sombra de una tupida alameda a cuyos pies se ve encajado el cauce de un arroyo sin agua.
Puebla de Valles es una de las pocas villas recorridas en las que antes de entrar, el viajero dedica algunos minutos a mirar y a admirar desde lejos el encanto de su estampa única, a escuchar en el silencio los latidos de su vivir convertidos en gritos de la chiquillería o rumores ininteligibles del vecindario que hay abajo.
Sentado en el alto de las eras, uno se da cuenta de que aquel es un pueblo de cobertura parda, de iglesia esbelta colocada sobra la fronda de la alameda en lo más alto, de pintoresca imagen que adorna, como en los cuadros de los impresionistas franceses, el gracioso barandal -aquí amarillo- del puente sobre el arroyo. Todo, buscando la solana de un cerro que se corona con los troncos retorcidos de los olivos. Desde nuestro mirador, al lado de una vieja máquina de aventar abandonada en las eras, se siente el trino de cien clases diferentes de avecillas que se mueven entre los olmos, el cacareo adormecedor de las gallinas, el murmullo de la gente que sube hasta el oído articulado con increíble claridad. Al cabo de un rato, rompe de improviso el sonido aparatoso de un radiotransistor tocando una bonita versión del tango “Celos”. Son las cuatro de la tarde de un fin de semana cálido, brumoso y agobiante.
Cuando se llega a la plaza -y sírvanos como tal una leve explanada en cuesta que hay al poco de cruzar el puente sobre el arroyo- las mujeres cosen sentadas sobre sillas bajas a la sombra de la pared. Son señoras cordiales y confiadas, que responden a las preguntas del forastero con absoluta llaneza.
- Buenas tardes, señoras ¿Qué han hecho ustedes para tener un pueblo tan bonito?
¡Qué cosas dice este señor! Y a nosotras que nos parece tan feo.
-No, saben ustedes muy bien que eso no es verdad, y por eso lo dicen.
-Lo de las calles es lo peor. Que están sin arreglar. Desde allí arribotas los que vienen de fuera nos dicen que es muy pintoresco. Desde abajo a lo mejor ya no es tan bonito. Eso de ahí enfrente son los Terreros.
A estas horas de la tarde el calor se hace sofocante. Sólo por instinto uno va buscando el refugio de las sombras. Agapito Iruela me adelanta a la altura de la fuente guiando una carretilla en la que lleva una colmena desmontada. Me dice que las ruinas que hay antes de llegar a la iglesia debieron de pertenecer al palacio de un virrey de las Indias, y que se hundió por falta de atención.
-Yo creo que ese señor, el virrey, fue quien mandó construir la iglesia.
-Oiga, ¿Qué es esto que hay por debajo del pretil?
-Nada, los olmos. A todo eso le decimos las Arrenes.
-Y el arroyo pasa por ahí, claro.
-No, qué va. No hay ningún arroyo. Cuando llueve mucho bajan por ahí los desagües de todos los valles de arriba. Pero no es, así que digamos, un río de agua continua.
La iglesia de Puebla de Valles es grande. Está levantada con ladrillo o sillarejo revocado de cal que se desprende. La portada la tiene de sillar sencillo, en arco, sin mayores aditamentos.
-Antes de la guerra había un pórtico muy hermoso. Por dentro hay lápidas con leyendas escrita como si fuera en griego. No sé yo quién tendrá la llave; pero si encuentra ocasión pase usted a verla.
Tres niñas juegan subidas en las chapas de una máquina trilladora vieja que hay arrinconada junto al atrio. Atravieso parte del ábside por un pasadizo estrecho donde crecen las ortigas, los jaramagos y las zarzamoras. El ábside de la iglesia, visto desde el callejón, está construido con mampostería y guijarro de color tierra.
Agapito Iruela desparece don su colmena desmontada por la antigua escuela de niños. De regreso a la plaza, las casas de Puebla de Valles parece que juegan entre la barranquera al abrigo del Cerro de la Dehesa. El sonido de una máquina tragaperras delata la proximidad de un establecimiento: Bar de Raúl. Es un salón amplio, en donde hay un poco de todo: cajas de cerveza y de refrescos, una estufa de leña, un saco de patatas, varios taburetes para sentarse, y tres mesas con tapetes de franela para jugar a las cartas. La pared frontal está empapelada hasta la mitad con posters de artistas y de cantantes famosos. Junto al mostrador, dos o tres hombres toman café que les sirve un muchacho muy amable que debe de ser el propio Raúl. El muchacho del mostrador no deja de mirar al forastero, que desde que entró sigue sentado junto a una mesa tomando nota en su libreta de todo lo que ve. Cuando el dueño ha conseguido identificar la personalidad del desconocido, se pone muy contento, respira hondo y dice que se le ha quitado un peso de encima.
-Oiga, de verdad se lo digo: me había puesto un poco mosca. Decía yo: ¿Quién será este tío que no hace más que mirar a todas partes, y escribir sin hablar con nadie? Ya sabe usted, como por cualquier cosa te complican la vida, tenía yo mi susto, no crea. Pues nada hombre ¡Cuánto nos alegra verle por aquí! Ya sabe dónde tiene su casa.
-Muchas gracias. Es usted muy amable. ¿Abren el bar todos los días?
-Todos. Aquí aún queda gente. Desde Humanes para arriba yo creo que es en este pueblo donde más nos vamos manteniendo. A diario hay aquí más habitantes que en Tamajón.
Me cuentan los hombres del bar que Puebla de Valles tiene historia, que cuando las tuberías sacaron en el Barranco del Vallejo una lápida donde dice que había enterrado un hombre muy importante. Con Pablo Martín y Juan Iruela me acerque hasta el Barranco, al sitio mismo en donde quedan los restos del palacete del virrey de las Indias que mandó construir la iglesia. La fuente centenaria con grifo de salida en el monolito y abrevadero para las caballerías nos coge al paso. Entre las ruinas de aquel caserón hay una losa sepulcral incompleta, en la que, efectivamente, se puede leer con toda claridad contorneando la piedra: “Aquí está sepultado don Diego hurtado…” No hay nada más que ver en el enigmático epitafio, que a uno le hubiese gustado conocer al completo.
-La otra mitad tiene que estar enterrada por aquí, por debajo del camino seguramente.
-¿Hace mucho tiempo que se hundió el palacio?
-Pues ya va para los cuarenta años. Yo me acuerdo que los mozos estábamos de ronda aquella noche, y nada más irnos de por aquí toda la fachada se desplomó al barranco.
-No viviría nadie dentro.
-Sí que vivían. Había gente dentro y no les pasó nada.
Fue después Ventura Gamo, teniente de alcalde, quien nos proporcionaría las llaves y se vendría con nosotros hasta la iglesia. Ventura tenía prisa por marcharse al campo, pero prefirió la devoción a la obligación y se vino con nosotros para servirnos un poco de cicerone, a fin de que pudiéramos ver como es debido lo poco que, desafortunadamente, hay que ver dentro de la iglesia.
- Lo desmantelaron todo. Aquí no quedó, como aquel que dice, nada.
Y es así. La única nave de la iglesia de Puebla de Valles es grande, y se encuentra en un estado lamentable de conservación. Cubre el fondo del presbiterio un sencillo retablo neoclásico, en el que se pueden contar algunas tablas pintadas de su misma época, con imágenes de obispos y escenas varias de la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. En el suelo, a pies del altar mayor, hay nueve lápidas similares a la que habíamos visto tirada en el Barranco del Vallejo, que cubren, según la leyenda en ellas inscrita, los restos mortales de honrados caballeros que durante la decimosexta centuria y años después, ennoblecieron el vivir de aquellas tierras a las que sólo llamaban Los Valles.
-La fiesta mayor ha sido siempre para San Miguel; pero ahora, por la cosa de los que están fuera, la tuvimos que cambiar al segundo domingo de agosto. Por esas fechas están casi todos en el pueblo.
El lugar recibe a la media tarde con relativa movilidad, siempre a espaladas de quienes la edad o la condición física les acompaña. Al regreso me vuelvo a quedar arriba, en el mismo sitio donde lo había hecho al llegar, dos horas antes, pero igual que la primera vez como espectador mudo. El murmullo característico de un pueblecito que vive, llega hasta los oídos ahora más nítido. En la cartera uno se trae la impresión de haber descubierto un pueblo hermoso, un poco dormido a la sombra de su antigüedad, en cuyo pasado valdría la pena hurgar muy seriamente; donde la amable condición de los que allí viven es un regalo para los forasteros que, como yo, tengan la dicha de perderse por sus calles alguna vez.

(N.A. Julio, 1983)