miércoles, 23 de septiembre de 2009

RENALES


A partir de ahora, quienes por obligación u ocasionalmente tienen que viajar por tierras de la provincia, cuentan con el valioso aliado de la climatología. Las tierras de Guadalajara comienzan a despertar, y es ese una de los momentos más gratos a los ojos y al ánimo de quien con un mínimo de sensibilidad, siempre necesario para comprender las tierras de la Alcarria, sabe distinguir lo bonito de lo que no lo es.
La de hoy se destapó como una de esas mañanas de corte primaveral, pero sin llegar a serlo. Los campos de Torremocha y de Laranueva apa­recen rebosantes de salud, tierra mullida en la superficie y tempero en el fondo que es lo perdurable. Las lagunillas de suelo impermeable que recogen después de cada temporal el agua de lluvia, se ven a uno y otro lado del camino llenas a rebosar en medio de los robles. Las cunetas corren como pequeños riachuelos para juntarse más adelante en un arroyo común. Al cabo, montecillos de pedregal color ceniza donde cualquier día removerán su sangre los lagartos, vallejuelos fértiles de ­tierra inagotable lanceados por choperas en yema; después el pueblo, semiescondido tras el ramaje al llegar desde nuestro punto de vista. La primera impresión sin haber entrado en él es la de un pue­blo triste, apiñado en cogollo sobre un otero que domina la espadaña románica de la iglesia. Como en cada uno de los casi cuatrocientos pueblos de la provincia en los que entré en silencio, lo hago tam­bién aquí con ciertos recelos, con la estúpida visión del forastero que llega a meterse sin permiso de nadie en propiedad ajena, donde nada le importa.
Un pastor se aleja de buena mañana con su manada de ovejas por el camino de la ermita de la Soledad. Ahora cruza la carretera una mujer que lleva una caldereta de ropa de color azul debajo del brazo y su pañoleta calada como quitasol. Subo luego por una callejuela estrecha hasta la puerta de la iglesia. “Yglesia Parroquial” dice en un azulejo de la pared, y “Calle Maior” en otro contiguo, uno a cada lado del arco de me­dio punto por el que se accede al pórtico de entrada. Detrás hay una importante reliquia del arte medieval, quizás procedente del siglo XIII, con ­cenefa exterior al arco en picos de diamante. La puerta de la iglesia está cerrada. Sobre un otero dominador al poniente se alcanza a ver la ermita del Carmen, la patrona de Renales, cuya fiesta mayor celebran el l6 de julio, ­trasladada a su día desde el mes de septiembre en que se vino celebrando hasta tiempos todavía recientes. Lo apartado de la ermita, el grato solecillo de la mañana, y la inclinación personal que por los sitios en alto uno siente como debilidad, le hacen emprender la marcha en compañía de nadie hasta el santuario de ­la que es Patrona.
En las afueras de Renales hay huertos cercados con murillos de piedra caliza. Aquí, la fuente pública arrinconada entre tres muros en forma de U, tira dos chorros rumorosos en el piloncillo de caída. El agua sale fría. Un pato negro grazna desde la pradera próxima al ver­me beber. Detrás quedan el lavadero y un balsón de agua detenida para que beba el ganado y que los del pueblo conocen por el Regacha1.
- Pues dentro de poco creo que lo van a arreglar muy bien, y van a hacer como un parque más arriba.
- Es bonito eso de que las mujeres bajen al lavadero.
- Aquí sí señor. A cualquier hora tiene alguna lavandera. Estamos acostumbradas y nos apañamos muy bien con el agua corriente. Lo van a limpiar hoy mismo. Como está el Regachal tan cerca, en seguida salen ovas y cosas en el agua. Si viene usted un lunes, se encuentra aquí siete u ocho mujeres lavando, por lo menos.
- ¿Qué tal son las fiestas del Carmen en Renales?
- Buenas. Hay siempre mucha animación. Se hace una almoneda para vender cosas que regala la gente, también se hacen roscas y limonada para todo el mundo, otras se subastan... Los jóvenes, sobre todo, se lo pasan muy bien. Los mayores también disfrutamos.
La amable señora del lavadero, después de amistosa conversación y de la previa identificación por mi parte, no quiso darme su nombre. El hecho en sí no tiene demasiada importancia, pero debo reconocer que no me gustó granan cosa por lo que el detalle pudiera tener de desconfianza. Son riesgos del vagabundaje, que al final de cuentas acepto, y visto a distancia casi justifico.
En un huerto cercano al lavadero cava un señor de mediana edad con azadón de pala, de esos que cuando el terreno está en condiciones no obligan al campesino a doblar el riñ6n. Se nota que el hombre no está demasiado acostumbrado a esos menesteres y descansa al tres por dos.
A mitad de la cuesta suben nítidos los balidos de unas ovejas que no veo. La ermita es grande en volumen y capacidad. Tiene un portalejo con tejadillo que cubre la puerta de entrada. El campanario es pequeño y está construido con piedra sillar, muy artístico. Las palomas suben y bajan del vallejuelo hasta el tejado continuamente. Al pie los campos oscuros que rodean a Renales, el pueblo recogido en su porción más al­ta, los llanos cercados con árboles frutales, las naves de granja o almacén, y los chalés siempre situados en su justo lugar. Por ­los bajos de tras la ermita corre encajado el vientecillo del ponien­te que viene a servir de alivio a los campesinos que bregan y sudan en las huertas.
Por el ventano de la ermita se ve como fondo en el ábside un retablo barroco bien cargado de formas. En la hornacina está la imagen de la Virgen del Carmen y algo más arriba una estampa o pintura, no se distingue, del patriarca San José con el Niño en brazos. La nave de la ermita se ve espaciosa y limpia, recorrida por el centro de una alfom­bra que llega hasta el altar mayor. Por su privilegiada situación do­minando el pueblo y el añoso historial de devociones anejo a sus cua­tro paredes, la ermita es para Renales sede y asiento de felices rememoranzas, donde los hijos del pueblo, por lo menos una vez al año, evocan fervorosamente en su recuerdo el tiempo que marchó y se complacen de su raza y de su origen común, lo que no deja de ser hermoso. Otra vez en la calle Mayor me doy cuenta de que la espadaña, romá­nica y recortada en triángulo, tiene un vano en el centro y otro lateral solamente, un juego asimétrico. No sé la causa.
Varias casas de la calle Mayor presentan en sus fachadas viejas esgrafias, señaladas en la argamasa con la que se debieron de cubrir hace más de un siglo. En la número 3 de la calle la fachada de la vivienda tiene dibujados por toda su superficie gallos crestudos, corazones espinados, jarrones y estrellas inscritas marcadas a compás. La que le sigue conserva una piedra, casi cuatro veces centenaria, en la que se puede leer: “No te pongas a juzgar lo que no puedas jurar. JHS-MRA, Juan Sancho. 16l2”.
- Eso mismo ya no son capaces de hacerlo los de ahora.
- Yo creo que si se ponen, claro que lo hacen, mejor. Ahora tienen instru­mentos más adecuados.
Un señor, joven más bien, con gorrilla y con mono azul, desuella un conejo a la puerta de una casa que hace rincón. El ayuntamiento está algo más adelante. Es un caserón muy antiguo y en aparien­cia bastante abandonado. Cuando entro nadie responde en ninguna puer­ta de las que llamo. Desde afuera se ve por una ventana el instrumental del consulto­rio médico. Ahora me paro a mirar detenidamente otra casa con dibujos que hay en la esquina opuesta.
- ¿Qué le parece eso?
- A mí muy bien.
- Diez años tenía yo cuando lo hicieron y ya estoy en los setenta y cinco. El caballo pequeño lo pintó mi padre. Ahí pintó cada uno lo que quiso, según el oficio o las aficiones de cada cual. Hay un avión y dos o tres guitarras también, y un camión y todo.
Don Eugenio Martínez es uno de esos hombres, picaruelo él, que nunca sabes si va en broma o va en serio lo que dice. Me contó que le había tocado una época muy mala para disfrutar de la vida, que yo había tenido mejor suerte pero que, mucho cambian las cosas o me tocará pasar hambre como él paso, y que Renales se quedó en cuadro de población.
- Sí hombre, lo digo de verdad. En este momento no hay más de veinti­cinco casas abiertas, a dos personas una con otra, eche la cuenta.
A pesar de todo, Renales tiene una plaza espaciosa y limpia, con una farola en el centro de tres brazos como todo adorno. De vez en cuando surge al paso la gracia de una piedra escrita, de un casón venera­ble o de un arco adovelado de irreconocible antigüedad. En cualquiera de estas viviendas que hoy son historia, pudo ver la primera luz en 1787 (dos siglos exactos se cumplen ahora) el artista, discípulo de Goya, don Luís Gil Ranz, magnífico dibujante a la pluma, autor de nombrados retratos entre los que se puede destacar uno de la Reina Maria Cristina, o el lienzo "Viático de Santa Teresa" adquirido por el Estado en 1876, o el inmejorable “Claustro del convento de Santa Tomás de Ávila”.
- Pues en mi casa hay también una piedra con letras y una calavera.
La casa de don Eugenio Martínez está en el barrio de La Picota, el más alto de Renales. Efectivamente, la piedra dejada al descubierto después de las obras es de difícil lectura. Tiene una calavera, dos ti­bias, mucho texto, y está fechada en 1612. Doña Felisa, doña María y doña Orencia, las tres vecinas del barrio de La Picota, son señoras alegres, de carácter abierto, que hablan al desconocido con familiaridad y ­con sentido del humor.
- Mire, ahí tiene usted a mi chico en su silla de ruedas. Mi pobre Jose, que se esconde porque le da vergüenza.
Don Eugenio, otra señora joven que se llama Amelia, y Angelita, la de Teléfonos, tienen la atención de venirse conmigo para que vea la iglesia. Amelia, que vive fuera del pueblo, me dice y me repite que cuente las cosas como son, que no exagere luego ni invente nada. Le advierto que eso es lo que siempre suelo hacer, y que si alguna vez el resultado es distinto, siempre será por error de apreciación o por que se me informe indebidamente, nunca por mala voluntad.
- Es que luego sale en los papeles lo que menos te piensas.
La iglesia de Renales impresiona en su pequeñez al poco de entrar en ella. Es de planta clásica de nave con crucero, adornada de hermosos retablos barrocos y una cúpula en perfecto hemisferio. La imagen de San Sebastián preside el retablo mayor, y las de Cristo en la Cruz y la del Pilar los dos laterales, dentro del presbiterio. Fuera hay otros dos también parejos, uno con la imagen de Santa Bárbara y otro del milagroso San Roque.
- Mire ahí arriba, el órgano destartalado -explica don Eugenio- Yo lo toqué en mi mocedad, hasta que tuve veinte años. Después nadie lo ha sabido tocar y así se rompe.
Igual que en tantas parroquias pueblerinas de nuestra geografía, descansa arrinconada junto al coro la bandera festiva del pendón.
- Los mozos lo sacan el domingo de Resurrecci6n. Lo que pasa es que con los cables de la luz es casi imposible manejarlo. Ese día, antes de la procesión se cantaba antiguamente:

Sacar la bandera,
El estandarte y la cruz,
Las doncellas a María
Y los mozos a Jesús.

Aquí la villa de Renales, similar, sí; pero diferente a los demás lugares de nuestra tierra, incluyendo a los que tiene más próximos. Un pueblo de fortísima personalidad, heredada de tiempos lejanos imposibles de precisar con cifras. No lejos del curso alto del Tajuña y en plena alcarria, queda como bastión de otras épocas, tal vez mejores para él, de los que las piedras de sus edificios más antiguos son perpetuo testimonio.

(N.A. Abril, 1987)

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