jueves, 1 de octubre de 2009

RENERA


Los caminos de la provincia se nos abren hoy a través del an­tiguo partido judicial de Pastrana, en la Alcarria Media. La maña­na anda en buenas; la naturaleza se adormila atravesando la noche de su sueño invernal en estos humedales y el cielo se ve en su ma­yor parte cubierto, arrojando sobre los tristes parajes por los que corre el arroyo Moratilla una claridad turbia, que impide a las sombras de las cosas el irse recortando al pie de la arboleda, bajo el toldo del alero, al abrigo del soportal. Pues bien, alumbrado en oblicuo por la luz mortecina de las once que baja como arrastra desde el Cerro Blanco hasta la vega, el pueblo nos recibe partido en ­dos a todo lo largo por la carretera de Aranzueque, con sus torres y sus cruces de forja alzadas en tresbolillo por encima del sober­bio corpachón rectiforme de la iglesia. Por toda la umbría se ad­vierten, salpicados entre la vegetación espesa de los pinabetes y a través del ramaje desnudo de las choperas, los modernos chalés de una urbanización en ciernes que dicen “Los Pinares”. Renera que da como encajado en el valle, resguardado por el sur y por el norte en medio de sendas cadenas de cerros viejos que los nativos suelen llamar, desde que el mundo es mundo, del Águila, Cerro Blanco, Miralrío, Las Calaveras, Las Peñas, San Sebastián, El Villar...; y en mitad, el respetable habitáculo, casi despoblado, donde medio cen­tenar de personas van haciendo frente a la vida, sosteniéndose con lo poco que les da la jubilación y lo menos que les dejan las huertas.
- Allá por los años sesenta y tres y sesenta y cuatro nos marchamos casi todos. Yo mismo vivo en Guadalajara. Renera fue famoso an­tiguamente por la cosa de la hortelanía. Vinieron los abusos en el mercado de la capital y la gente dejó las huertas y no tuvo más remedio que emigrar.
- En verano, esta vega debe ser preciosa.
- Mucho, pero ya no va a quedar ni aun eso. Están haciendo la concentración parcelaria que, como usted sabe, es una cosa muy bue­na para la agricultura, pero que a la naturaleza la hunde. Al ensanchar el río se han ido cargando los árboles y ya ve cómo lo han puesto.
Sin rumbo fijo, Anastasio Fernández y un servidor nos vamos co­lando por el camino de los huertos de cara a lo poco que queda de la ermita de la Soledad. Con más ángulo de visión se advierten des­de abajo los cuartelillos minúsculos de olivar en los altos de la Solanilla, muy por encima del pueblo y del cementerio en dirección opuesta. A nuestro paso hay montoneras de matujos ennegrecidos por la humedad sobre los tablares de la huerta. El agua del arroyo se cuela bajo el puente sucia y terrosa, arrastrando cauce abajo los efectos de las obras.
- Con esto no queda ni una trucha. Muchas ha habido aquí siempre, y cangrejos también. Son animales que requieren un agua cristalina, y con el barro y la suciedad se descastan, ya lo verá. Los cangrejos ya hace años que no se ven.
Acabamos de acercarnos a la portada neoclásica de la ermita. Buena línea y perfecta arcada de piedra dan paso al mundo de la de­solación. Sin techumbre, bajo la bóveda en este momento gris del cielo de la Alcarria, han crecido a sus anchas los zarzales hacien­do del interior de la ermita una escombrera impenetrable. Marcados en los muros se ven aún los arranques de la nervadura que en su tiempo la debió cubrir, y las formas de las ojivas señaladas en tonos más oscuros contrastando con el blanco del yeso.
- A ésta ya no hay quien la arregle. La iglesia lleva el mismo camino. Se han enviado cartas a todos los hijos del pueblo para que aporten, y con lo que se vaya sacando y lo poco que nos den de cosa oficial, queremos arreglarla.
El bar de Atilano queda muy cerca de la Plaza del Ayuntamiento. Es un sa1ón extenso, de corrido mostrador, con estufa de leña que invita a no salir de allí, una fotografía mural del pueblo entero y ­una terraza exterior, sombreada con acacia, que hace volar la imagi­nación a las tardes tórridas de finales de julio, como ideal cobijo contra los, a veces insoportables, excesos de temperatura.
El señor Atilano es un hombre muy cordial. Al señor Atilano le in­teresa la historia de su pueblo y dice que ha escrito por ahí algunas cosillas. Luego de tomar unos chatos de tinto por aquello de hacer gasto, los tres: don Anastasio, don Atilano y yo, nos marchamos en amor y compaña a echar un vistazo por el pueblo.
- Pues dice usted; de las cuarenta o cincuenta personas que hay en Renera de continuo, seguramente que originarias de aquí somos so­lo ocho o diez.
- Demasiada emigración, ¿verdad?
- Mucha. En sus buenos tiempos llegaron a las setecientas perso­nas las que hubo. Lo que no saben muchos es que en lo de El Villar existió un despoblado; y en el Cerro de las Calaveras salieron muchos huesos y piedras con inscripciones, seguro que fue algún cementerio de cuando los moros.
Renera tiene una plaza luminosa e historiada. La oronda espadaña luce al poniente la gracia de sus vanos, en tanto que la doble gale­ría del ayuntamiento le regala cierto empaque, llevando la memoria en el tiempo a las plazas castellanas de la época del Imperio. Por algo fue el propio Carlos I quien le otorgó el título de villa en el siglo XVI, tiempo, más o menos, que concentra todo el esplendor de nuestro pequeño burgo.
- El pueblo debió de ser bastante grande. Se ven restos de muchas ca­sas más en las afueras. Como habitables, todavía quedan por lo menos ciento veinte dentro del casco urbano, y otras tantas en los alrede­dores, ya lo creo.
Después me hablaron mis amigos de las bodegas que había en la um­bría, registradas más de un centenar por el sitio que dicen de la Antequera; de la vega, húmeda y fértil a la que nunca le afectaron las sequías, razón por la que siempre se dijo que “lo que quieren los de Renera y los de Usanos, no lo quieren los cristianos”.
- A ver, aquí en la vega nunca quisimos más agua­.
La iglesia, en apariencia monumental, tiene una portada al medio­día de severas formas clásicas. El interior, en cambio, aparece en ruinas. Mis acompañantes me dicen que no me cuele al centro de la nave porque se desprenden cascotes de la cubierta y es peligroso. El culto, hasta tanto le llega la hora de la restauración, se celebra los domingos en los bajos del ayuntamiento.
- Para los que quedamos en el pueblo nos sobra. Pero, como no se le ponga remedio, cualquier noche de invierno la tenemos en el suelo. Total es arreglar bien el techo y limpiarla un poco.
Colocado en su hornacina de la nave de la epístola está la ima­gen solitaria de San Roque. Al pie del presbiterio hay una losa se­pulcral de 1660, cubriendo los restos de don Alonso Colmenares, fami­liar del Santo Oficio, deán de la catedral de Toledo y nacido en Re­nera. La capilla de los Blanco es, por el momento, lo único que se salva del general estado de ruina. Tiene una cúpula en hemisferio y un retablo, no muy allá en concepción artística, pero de magníficos dorados donde se conservan, según me contaron, los huesos de San Maximino.
- Ahí dentro están, sí señor. Los trajeron aposta desde Italia. Es el patrón de Renera.
- Un poco extraño parece todo eso, ¿no?
- Nada; aquí siempre se ha dicho así:

Virgen de Atocha en Madrid
La del Sagrario en Toledo,
El Pilar en Zaragoza
San Maximino en mi pueblo.

Una interesante talla de la Virgen en la misma capilla, y la pila bautismal de piedra viva en el baptisterio, es lo único que se puede ver dentro de la desolada iglesia.
- Según oídas, la pila procede de Los Llanos de Hontoba, y esa otra de mármol que le falta la columnilla, creo que vino desde la Salceda de Tendilla. Eso, por lo menos, se ha oído decir siempre. Luego, vaya usted a saber si es verdad o no lo es.
Con hombres como el señor Atilano, resulta una delicia el entrar y salir por todas partes. Para cualquier pregunta, el hombre encuen­tra de inmediato la contestación precisa y oportuna.
- No tiene importancia. De siempre me han interesado estas cosas. El aspecto externo de Renera no ofrece mayor variedad con rela­ción a otros pueblos más o menos distantes de la misma comarca. Des­de la plaza suben con dirección a lo alto, como extendidas al sol, calles escalonadas de un extraordinario tipismo, de terroso tapial algunas, de piedra otras, resguardadas siempre por sombrilla característi­ca de los aleros de la alcarria: Calle Mayor, de la Cuesta, de la Chancillería, Calle de la Fuente. La fuente pública comparte con el ambiente general de la villa su trazado dos veces centenario. Del murillo en espadaña caen los chorros de agua fría, cuyo caudal reco­ge el abrevadero de piedra sillar.
No lejos de aquí está la casona del pintor Santibáñez, maestro de las formas, a quien casualmente no cogimos con su familia por cues­tión de minutos. Nos recibió María Nely, su mujer, correcta, muy simpática y amigable. Eladio García de Santibáñez es otro artista más ­de los no pocos que en la anterior década descubrieron la Alcarria y se quedó aquí para siempre.
- Bueno, la verdad es que no estamos aquí de continuo. Nos compramos esta casona antigua y, en el momento que los niños tienen un día sin colegio, nos venimos.
Sin romper siquiera un ápice del primitivismo de su ca­sa, el pintor Santibáñez ha montado vivienda, exposición, estudio, de cara siempre a los soles de la vega.
- Es un sitio muy tranquilo, muy cerca de Madrid y con bastante gancho para los artistas. Mi marido se ha dedicado últimamente más a hacer murales para, las estaciones del metro. Son diecisiete ya los que lleva hechos por distintos barrios de Madrid.
- ¿Cuál es su estilo, exactamente?
- Empezó siendo clásico, pero, poco a poco se ha ido pasando a lo estructural. Ahora se va empezando a entender su arte. Como pintor, pudiéramos decir que ha ido siempre un poco por delante de su tiempo.
- El tiempo en el antiguo pueblo de ajeros no dio para más, ni el espacio tampoco a la hora de llevar todas aquellas impresiones de una mañana en Renera, a los surcos del papel escrito. Me marcho de allí pensando que ha sido el de hoy un viaje sorpresa. Cuando en la Plaza Mayor me despido de mis amigos, hasta el día en que la casualidad vuelva a reunirnos, la sombra de las columnas del ayuntamiento se proyectan con la luz del sol en el muro encalado que tienen como fondo. Un anciano medita solitario, apoyado en su garrota, al abrigo del soportal entre dos luces.
(N.A. Diciembre, 1984)