domingo, 18 de octubre de 2009

RUGUILLA


Es hermoso viajar por los sequedales solitarios de la Alcarria en las horas postreras de un día claro, de uno de aquellos días que cierran con aldabonazo definitivo las puertas del verano. El viento fresco de la tarde sacude con insistencia a nuestro paso las capotas de los cho­pos y mimbrea los yerbajos moribundos que pasaron los meses de estío amarrados de raíz a la mullida corteza del terraplén. En los altos, los olivos encrespados sobre cualquier cuartelillo inverosímil, hablan en silencio de calma y de naturaleza virgen, regada, a falta de otras, con las gotas de sudor de los campesinos. En estas tardes cla­ras y románticas del otoño la Alcarria comienza a envolverse dentro de su piel áspera en un gris punzante, como animal huraño que hubie­ra decidido revestir su cuerpo para la interminable ceremonia. de la hibernación. Despacio, por los caminos transparentes de esa Alcarria que hoy apenas reconozco, acabo de entrar en Ruguilla. Por este la­berinto de callejuelas angostas, de aleros sombríos y de cielos azu­les, ni siquiera recuerdo cómo vine ni por donde me hice presente aquí, en la placetuela soleada donde unos Chiquillos de ciudad juegan con desgana junto al frontal de la iglesia.
-Yo vivo en Madrid. Mi madre es de aquí pero mi padre es de Anguita. El pueblo de mi padre es muy bonito también. Si quiere subir hasta la ermita por ahí detrás hay una senda, debajo de las piedras.
Ruguilla, amigo lector, desborda con creces todos los encantos que hasta el día de hoy habíamos tenido ocasión de admirar en sus tierras vecinas. Aparte del aroma permanente a plantas silvestres, capaces de regalar al sitio en que pisamos con la miel más codiciada de la tierra, he visto al subir casonas antiquísimas, muy altas, de traza señorial y quicios artísticos junto a los que los ancianos toman el sol, silenciosos y cabizbajos, mustios como los viejos campos de la alcarria, sentados sobre el poyo en actitud de meditación profunda.
Entre los buenos artesanos de la miel está en Ruguilla don Dámaso del Toro, un hombre simpático, pasado por el doble tamiz de la edad y de la dureza del terruño, que viene calle abajo con la alforja terciada dispuesto a rematar el día haciendo algunos trasplantes en la viña.
- No sé, no sé; porque la cosa ya no es como era antes. La miel de aquí es muy buena, ya lo creo que lo es, pero hay muy poca. El año pasado no cogimos ni gota, y éste ya veremos.
Ocupa el pueblo la vertiente sur de un montículo pedregoso, que se halla en el centro de una inmensa caldera natural abierta en plena Alcarria. Estoy en lo más alto, a la sombra del techadillo que resguarda la única puerta de entrada a la ermita de Santa Bárbara, coronando sobre las peñas el noble lugar. Quedan extendidos al pie de la ermita, dibujando la falda, los tejados venerables de las casas de Ruguilla, y al fondo, de cara al crepúsculo, el vallejo de viñas y de olivar, los cerros mondos donde las abejas liban con toda la fuerza del sol, y la vega en dirección opuesta, fresca, repleta de choperas que siguen el curso de un arroyo, y como detalle final, las cumbres planas de las Tetas de Viana, con una nitidez impresionante, perdidas campo abajo. El viento sopla con fuerza sobre la hoya y sube hasta la ermita silbando al chocar contra las hendiduras abiertas en las peñas. Es un viento frío que hiela la piel y hace guarecerse al visitante tras la pared situada al abrigo.
Después de este vistazo general desde lo más alto, justo es llegarse hasta las calles desiertas en busca de alguna nueva impresión. Había visto al subir, tan sólo de pasada, inscripciones conmemorativas de homenaje a sus hijos ilustres en placas pegadas a las paredes. Ahora me detengo una por una leyendo y anotando nombres, copiando fechas, que al final se resumen en una placa general que preside la fachada del ayuntamiento.

Homenaje de Ruguilla a sus hijos predilectos:
D. Manuel Serrano Sanz
D. Juan Francisco Yela Utrilla
D. Galo Recuero García


A sus hijos adoptivos:
D. Antonio Serrada Hernández
D. Juan Serrada Hernández
D. Francisco Layna Serrano.”

Hermoso plantel de intelectuales, catedráticos de universidad varios de ellos, a los que ruguilla, como pueblo natal de unos adoptivo de otros, venera y honra sobre todas las cosas.
-Pues le advierto que menos don Juan Francisco Yela, los demás han hecho bien poco por el pueblo. Don Francisco creo que hizo el grupo escolar.
-Es curioso, tanto intelectual en un pueblo tan pequeño ¿No cree?
-Claro que lo es. A don Manuel Serrano San que fue historiador y catedrático de la Universidad de Zaragoza, salimos una vez a recibirlo a la entrada del pueblo cuarenta y ocho instrumentos entre guitarras y violines. Aquello fue algo memorable.
-¿Tanta afición tenían por la música?
-Mucha. Ahora ya no. En la última fiesta de la Virgen de Agosto aún salimos a tocar unos cuantos. Ruguilla tiene todavía cinco o seis violines. Yo tengo dos; pero ya sabe, se toca de oído.
Don Felipe García Iglesias es, por su cargo y por otras circunstancias más que concurren en su persona, el corazón del pueblo. Don Felipe es alcalde de Ruguilla y miembro del ayuntamiento de Cifuentes, de donde dependen en lo administrativo. El alcalde me recibió, acompañado de su esposa, con una copita de vino dulce en un salón confortable, a través de cuya ventana se divisan muy cerca la cumbre y los riscos del Cerro de la Cueva, el famoso cerro minado de Ruguilla donde los vinateros de otro tiempo guardaron siempre sus mejores mostos.
-Pues mire, yo no lo llegué a conocer, pero según cuentan, hubo un temblor de tierra a primeros de siglo y se debieron hundir casi todas las cuevas. Dicen que bajaban los chorros de vino por la ladera como el agua en los días de tormenta.
-La verdad es que Ruguilla es un paraíso. Yo creo que es el pueblo más bonito de la Alcarria, por lo menos de lo que yo conozco. ¿No le parece a usted?
-Desde luego. La vida me ha llevado, por suerte o por desgracia, a recorrer mucho mundo, incluso he vivido más de veinte años en Francia, y si le digo la verdad, hay que reconocer que es éste el rincón más bonito que he visto nunca. Yo creo que es para sentirse orgulloso de vivir aquí; y ya ve, la gente se ha marchado fuera. La pena es que no lo hayan descubierto los turistas.
-No me diga. Eso es una suerte. El día que lo descubran corren el riesgo de tenerse que marchar ustedes de aquí.
Ah, pues todo podría ser.
Don Felipe, que según propia afirmación es algo poeta, me sacó y me leyó emocionado varias cuartillas de versos dedicados al pueblo. En alguna estrofa el visitante se da por aludido:

Entre otras cosas, el pueblo
tiene una ermita en el centro,
que todo aquel que la ve
se sube a gozar del viento.

Por debajo de las tapias del pretil hay una fuente centenaria que sólo mana por uno de sus dos caños. Los hombres y las mujeres de más edad están reunidos en el barrio del Chorrillo jugando a las cartas a la sombra de una parra. Bien visible, en uno de los muchos rincones pintorescos que aparecen al andar por Ruguilla, se deja ver la lápida conmemorativa del nacimiento de otro hijo ilustre, además de las que ya habíamos visto al subir por la costanilla de la iglesia: “Aquí nació el 24 de mayo de 1893 el virtuoso y sabio D. Francisco Yela Utrilla, catedrático de Filosofía en Madrid. Ruguilla a su memoria. Año 1950.” El alcalde me acompaña después hasta los nuevos depósitos del agua en el Cerro de la Covacha, el logro más reciente del municipio. La tarde se ha hecho abierta, agreste, envolviendo en su capa parda los oros del sol que llega con poca fuerza. Sobre Ruguilla han comenzado a salir los humos de las chimeneas con un delicioso olor a leña que el viento se encarga de diluir casi a la salida. Con aquel panorama delante de nosotros, don Felipe me habla nostálgico, mirando fijamente con los ojos y con el corazón el pequeño feudo a la luz de la tarde.
-Y esto es todo lo que hay. Un pueblo hermoso, sí señor; pero sin gente. Hasta que vuelva otra vez el verano allá andaremos con las sesenta y cinco personas, tirando de largo. Qué le vamos a hacer…

(N.A. Octubre, 1982)