miércoles, 14 de octubre de 2009

ROMANCOS


Sin conocer siquiera la razón -tal vez porque no la haya-, el ca­mino que desde Armuña sigue hasta Brihuega, bordeando contra co­rriente las aguas del Tajuña por su margen izquierda, contó desde antiguo con mi preferencia personal. Lo conozco revestido de verde, en esa explosión de aromas y de colores conque se engalana cada año para honrar a la Virgen de la Vega. Lo he visto perdido en la oscu­ridad, hasta yo diría que un poco fantasmal, confundiéndose con la no­che el ramaje desnudo de las choperas y de los nogales en singular aquelarre bajo las estrellas de enero; y mustio, y mortecino, al son de las chicharras, encajonado entre laderas, soportando, a punto de derretirse, las horas fogosas de la Alcarria en las tardes de estío. Hoy, hasta llegar a Romancos el camino es gris. Yo creo que es éste y no otro su color natural. Gris de encina y de olivares, de romeral y tomillo, cuyas hojas brillan al paso lavadas por la llo­vizna persistente que impide ver con claridad las cumbres escondi­das entre la niebla.
Ya en el pueblo, con la gravedad artística de sus piedras, la er­mita, de la Soledad nos pone en razón del viejo señorío de Romancos, de su condición nobilísima, tan lejana en el tiempo, que la gente sencilla del pueblo ni conoce ni añora. La lluvia se hace más inten­sa por la calle de Mejías. Caen, extendiendo el sonido de su metal por el valle, las campanadas de las once en el carillón del ayunta­miento. La calle Mejías se ensancha en el último tramo formando una plazoleta, no demasiado grande, que allí conocen como la Plaza del Re­loj, al amparo del paredón ingente del ayuntamiento y del barecillo de Juan en la cara opuesta.
Con el caer de las canales en las callejas del pueblo y la voz re­trospectiva de Antonio Molina en el aparato del bar, el ambiente de Romancos te lleva en volandas a otras épocas que, tiempo por medio, a uno le encanta volver a vivir.
- Es la chica, que está por arriba y le gusta la música de antes. El bar de la plaza es un establecimiento pequeño, bien atendido, con una litografía mural de la diosa Cibeles y una zorra disecada adornan­do la pared. La dueña del bar, que se llama Isa, cuenta con toda la amabilidad de las buenas mujeres de la tierra, y como ellas, con una filosofía popular no falta de razón.
- En los pueblos, ya se sabe, quedamos los tontos. Pero ahora, si les valiera a los que se fueron, se vendrían todos otra vez.
Conocí en el bar a don Marcelino Lorenzo, un señor metido en edad, bajito de estatura, extraordinariamente cordial y alcalde a la sazón de aquella pedanía.
- Pues sí, éste pueblo pertenece a Brihuega a pesar de que es el número uno de todos los de por aquí. La verdad es que nos gustaría no depender de nadie, pero por razones de economía no está la cosa clara si nos convendrá o no separarnos. No estamos descontentos de Brihuega, pero ya le digo, hay muchas cosas a favor y muchas en contra.
- ¿Cuántos habitantes son ahora en el pueblo?
- Aquí somos aún 400 personas. Un buen pueblo, hombre.
- Lo que encuentro es un urbanismo un poco extraño. No se puede hablar de calles, calles. Parece que el pueblo que se hizo a lo que ­salga, ¿no?
- Sí, es posible que lo parezca. Hay que tener en cuenta que este pueblo tiene su origen en el siglo XV, y entonces, por lo visto, la cosa era edificar sea donde fuese. Así que los problemas de tipo urbanístico y municipal no se acaban. Para que vea si esto debe de ser antiguo, aquí hay un arroyo de Tenerías, un camino de la Aduana, y un camino del Hospital. Todos esos nombres vendrán de algo, y de eso aquí no hay nadie que se acuerde, y nadie ha oído siquiera hablar nunca.
En un rincón de la plaza están socarrando un cerdo por el más vie­jo y el más efectivo de los sistemas conocidos: la llama de aliagas.
- Como éste ya encontrará usted pocos. A este lo hemos criado a ba­se de patatas, de cebada y de cosas de la casa, lo mismo que se ha­cía antes. Por eso, no le extrañe que las longanizas que hacemos en el pueblo llamen la atención a todo el que las prueba.
- Y hoy, a comer de matanza, claro.
- No, hoy tenemos para comer cocido. Hoy no se puede comer de ma­tanza por lo del veterinario. Mañana, sí; mañana tenemos la miga y la fritada. En la fritada, se echa el hígado, el bofe, lo magro del alma y todo eso. Es pequeño; no ha pesado más que ochenta kilos. ¿Qué más podemos pedir en cinco meses?
Doña Clotilde, con su cerdo que se crió en cinco meses, con su fritada de hígado, de bofe y de alma, con sus longanizas insupera­bles, es una señora feliz, de una arrolladora y contagiosa felicidad. En un olivo de las Eras Altas, en plena vertiente del Cerro del Romeral, hay un niño que se columpia en solitario aguantando la lluvia.
De paso por la calle de los Bolos conocí a don Mariano Arroyo, que con el alcalde me acompañó hasta el morador que da vistas al Camino de Balconete, junto a los muros de la iglesia.
- Mire, todo eso es el Arroyo del Berral. Cuando era huerta se cogían aquí las mejores judías de la comarca.
- ¿Por qué no lo cultivan ahora?
-Pues, como son tierrecillas pequeñas, nadie hace caso. Es un sitio que tiene mucha agua, pero como nos trabaja está inundado casi siempre. Si nos lo quisieran concentrar en fincas mayores, yo creo que se le podría sacar bastante a la huerta.
- ¿En qué trabaja la gente de aquí?
- Muchos trabajan en la cerámica de Brihuega. En el campo ya casi nadie. Si nos concentrasen la vega, la podrían llevar muy bien los cuatro jubilados y ya les serviría de entretenimiento también.
Del silencio íntimo de la vega con olor a campo, a la muda so­briedad de las formas, desgranada en un interesantísimo muestrario de estilos, en Romancos sólo hay que dar un paso. La iglesia parroquial es en este pequeño lugar de la Alcarria su gran protagonista. Conserva el templo vestigios ojivales del siglo XV y todo un arsenal de arte renacentista, barroco, plateresco en el maderamen del coro y hasta algún que otro medallón. Eso sí, todo falto, muy falto de atención.
- Nos hemos propuesto restaurar todo. Las naves laterales las que­remos tapar con escayola en medio punto para que no se vea la cu­bierta. Las paredes retocarlas, y aislar completamente el tejado por debajo de las tejas con uralita, para evitar en lo sucesivo las goteras que pudieran estropear el techo que les pensamos poner. En fin, un repaso a fondo y en condiciones de durar.
- Pero eso costará mucho, ¿no?
- Nos queremos gastar, ya veremos de donde, nueve millones de pe­setas en la restauración. Desde luego que merece la pena.
En un escogido rincón de Romancos, entre los paredones de las casas que le sirven de cerco o de muralla cuadrangular, uno se en­cuentra con la antorcha encendida del costumbrismo más genuino de los pueblos de la Alcarria. Días señalados y tardes de domingo en otros tiempos. Partidas memorables de bolos en la vieja cancha de tierra apretada que fueron el orgullo y siguen siendo la honra de la gente mayor.
- Pues yo he oído decir que ante los de Tomellosa había que descubrirse.
- ¡Ni hablar! ¿Quien le ha dicho eso? Siempre han ido mejor los de aquí, y luego, si hay que poner a alguien que les haya hecho sobra, serían los de Fuentes, no los de Tomellosa.
- ¿Se juega todavía?
- Aquí, sí. Nada más que hay buen tiempo, ya está la partida, todas las tardes juegan los viejos, y los jóvenes también.
El viaje de vuelta me fue costoso en Romancos después de haber entrado, sólo un poquito, en el vivir del pueblo y anotar en mi agenda los nombres de unos cuantos amigos más. Tras los cristales del cuarto de estar, una señora hace ganchillo sentada junto a la mesa camilla. La mujer me mira, no con demasiado interés, por encima de sus gafas y sigue trabajando con las agujas en una estrellita de hi­lo color beige. En la Plaza del Reloj no se ve un alma, ni se siente música en el simpático barecillo de Juan. El pueblo se ha que­dado dormido, como sesteando entre las sombras del día gris y desapacible.

(N.A. Abril, 1981)