jueves, 29 de octubre de 2009

SAYATÓN


Colgado en un mirador sobre el Tajo allá por los eriales de Pas­trana, dominando una extensa zona de las tierras más meridionales de la provincia, está Sayatón. Por su enclave en tan singular ata­laya, se podría pensar en una tribu de románticos de la antigüedad como sus primeros moradores, de gentes extrañas que encontraron aquí, en este privilegiado balcón de la Alcarria, un escape incom­parable para dar rienda suelta cada alborada o cada noche de luna a sus almas soñadoras frente a las aguas del río.
Se llega al pueblo por la carreterilla en cuesta de la Fuente Vieja. No es, para qué decir, la hora más oportuna de la tarde. Ha­ce calor. Buscando la brisa de los altos, y, si posible fuera la vi­sión gratuita de la ribera, siempre al descubierto ante los ojos de quien llegare, el visitante acierta a caer junto a un muro bajo de mampostería que hay al pie del viejo transformador de la luz en los arrabales. El panorama es desde allí de una espectacularidad que sobrecoge. En contadas ocasiones será posible descubrir por sorpresa tal variedad de motivos como uno alcanza a ver desde aquel recogido mirador. Allá lejos las colinas grises difuminadas por la bruma; más acá las casas de Almonacid; a nuestra izquierda el bosque de en­cinas y los cuarteles de olivar de la Bujeda, y los roquedales oscuros de Bolarque por donde asciende, marcando la forma del terreno, el tubo descomunal por el que se llevan las aguas de Castilla; al poniente, apenas perceptible tras la cima de un otero, el último tramo de chimenea de la central nuclear de Zorita. En mitad la vega, llana como la palma de la mano, verde y ocre a retazos entre los que se acerca hasta la peana terrosa de Sayatón el río Tajo. Media docena de patos silvestres nadan a placer sobre las aguas tranquilas del último meandro, al lado mismo de la carretera. Los patos se esconden entre los carrizales de la orilla y vuelven a aparecer más abajo. Por el altillo del transformador no corre un pelo de aire. De una casa contigua sale un hombre vestido con mono azul. Es una casa nueva, acabada de hacer; una casa que se ha ido levantando poco a poco, en ratos perdidos de muchos fines de semana. El hombre se llama Gregorio, Gregorio Plaza, nacido y criado en Sayatón, pero que los impulsos del éxodo le dejaron hace unos años en la localidad madrileña de Fuenlabrada.
- Pues toda la vega, ahí donde la ve, era antes de regadío; pero, como eso de doblar los riñones a nadie le gusta, se la han dejado perder; y ahí la tiene, para trigo o para barbecho que da menos trabajo. Menudos melones se crían por toda aquella parte. Ni los de Villaconejos, ni leches. Por la parte del monte yo creo que se crían los mejores melones de España.
- Desde luego, se ve que la tierra es buena. Eso no hay quien se lo discuta.
- Pues aún es mejor la parte de Santa Ana. Aquello es divino.
- Lo que se ve desde aquí es mucho olivar, y bien cuidado.
- De eso hay mucho. Las aceitunas se las lleva casi todas un ca­talán que anda viniendo por aquí. Otras se las llevan a Almoguera.
Tras el muro, en donde nos hemos acomodado de espaldas al sol, hay un corralillo destartalado, lleno de escombros, de sarmientos secos desparramados entre la maleza y el cadáver decrépito y sucio de una máquina aventadora.
- Toda esta maquinaria la traían de Valladolid, ¿no se acuerda? parecían entonces el descubrimiento del siglo, y ahora, mire...
- Déjela, que ahí está bien. Menuda cansera de brazos tengo yo aun de zurrarle a la manivela. Eso era un matahombres.
Por los alrededores de la casa nueva de Gregario Plaza hay matas de alelí en flor y de caléndulas donde liban las abejas. En los terraplenes, crece el lirio y surge la pita con sus hojas planas acabadas en una púa finísima de color chocolate.
Las calles están semidesiertas en Sayatón a la hora de la sies­ta y el sol pega de plano sobre los frontales encalados de las ca­sas. Algún anciano busca la sombra detrás de una esquina. Los niños recién llegados de la capital se han puesto a jugar en la calle Ma­yor, y un grupito aburrido de adolescentes, sentados en el escalón de San Roque, fuman a la sombra de la ermita. El edificio impeca­ble de las escuelas es hoy mero recuerdo de tiempos no lejanos, que la gente añora con nostalgia. Todavía se ven a través de la venta­na de la escuela los trabajos infantiles pegados sobre la pared de las aulas. Las antiguas escuelas de Sayatón están rodeadas de árboles corpulentos que las envuelven y enseñorean entre la sombra.
- ¿Qué le parece? Esto si que es como una jaula sin pájaros.
- ¿Ya no funcionan?
- Nada. Ahora se llevan los chicos a Albalate. Quedaban media docena de ellos con la maestra y, claro, pasó lo que tenía que pa­sar, que quitaron la escuela. Y los edificios se quedaron nuevos, si tienen cuatro días como el que dice.
- ¿Cómo se llama usted?
- Yo me llamo Juan Taravillo y soy de Pastrana; pero vivo aquí.
- ¿No le gusta su pueblo?
- Mucho, claro que me gusta. Allí hay más vida. Lo que pasa es que estuve trabajando catorce años de hortelano en la finca del Conde de Mayalde, luego me jubilé y me quede a vivir aquí.
- Buenos hortelanos hay en Pastrana. ¿A que sí?
- Y buena huerta también por todo aquello del Arlés; ya lo creo. Pero aquí hay más agua. Hace quince años se pagaba a diez pesetas la hora de riego, fíjese; pero no les gusta. Aquí no se sabe apre­ciar lo que es el agua. Esta huerta la cogen los de Pastrana y le sacan oro, si es preciso. Yo me voy dentro de unos días a Sevilla.
- ¿Y eso?
- Sí señor; tengo allí un hijo estudiando para misionero. Aun no ha cantao misa, pero ya estuvo por la India y por Australia, muy lejos. Ahora que está en Sevilla aprovecho y de paso veo todo aquello.
Cuando al pasar por los barrios bajos se da vista a la veguilla de Santa Ana, los olivares de la finca llegan en hileras hasta los viñedos extramuros. En Sayatón, como en tantos lugares más que conozco, los alrededores son un siniestro concierto de escombreras, de corrales desmantelados amenazando ruina. Las viviendas de la zona noble son otra cosa, y los hotelitos, salpicados según costum­bre por las eras y por los sitios más inverosímiles y a veces pin­torescos de los campos próximos, un alarde de confort y de gusto por 1as cosas bien hechas. En una plazoleta cercana a los soporta­les de la iglesia me cruza una niña pecosilla, muy mona, montada en bicicleta, que me dice: ¡Hola!, con una vocecita dulce y de cascabel. De paseo por las calles de Sayatón, deambulando como perro sin amo a la sombra de las aceras, uno se da cuenta de que las ca­lles del pueblo tienen nombres evocadores y casas de raíz labrado­ra, es posible que hasta con un poquito de tradición. En una de estas casonas añosas debió nacer el general don Félix Alcalá Galiano, ilustre hijo del lugar, y a quien la gente apenas si conoce. Las an­cianas recogen brazadas de hierba fresca en los escombros de un so­lar que hay por debajo de los paredones de la iglesia.
- Para los animales, ya, ve usted. Como la tenemos aquí mismo y no se la come nadie...
- Por favor, ¿me podría decir cómo se llama esta calle?
- Le decimos la calle de los Mártires del Glorioso Movimiento Na­cional. ¿Verdad que es muy bonito? Hasta que a alguno por ahí le moleste y nos lo cambien por otro más feo, como hacen ahora. ­
A la puerta de su casa, una de las primeras que aparecen desde San Roque hasta la calle Mayor, dejan correr el tiempo plácidamen­te don Martín y doña Albina. El canario está como mustio, asado de calor, en un rincón de la jaula. Don Martín Sanz está satisfecho de la casa donde vive, levantada, a base de piedra labrada por canteros, “de las que ahora ya no se hacen”, según me dice él.
- Pero será muy antigua, ¿no?
- ¡Qué va a ser antigua! La piedra la he subido yo toda con estas manos. Ahora, ya no podría hacerlo, claro está.
- Pues todavía se ve gente por el pueblo. Yo creí que sería más pequeño.
- Nada. Aquí no quedamos más que los cuatro viejos. Muchos de los que se fueron, si pudieran, yo creo que se volverían a venir, pero, entre que vendieron mucho antes de irse y lo mal considerados que están los agricultores, esto ya no hay quien lo arregle. A qué van a venir.
No fue desencanto, ni es novedad tampoco aquella sensación de nostalgia conque bajé del pueblo. Salvo contadas excepciones la historia se repite para mí cada semana, y la verdad es que uno termina por fami­liarizarse con todo, hasta con la soledad, a veces mal disimulada de los pueblos que ve, y que va consiguiendo cada día que pasa volcarse en cuerpo y espíritu hacia la vida rural, es posible que como un motivo de evasión, o añoranza de pasadas épocas difíciles de echar al olvido, y que renacen ante una huerta, ante una placetuela olvidada o ante una piel curtida por los años y por el sol, que te habla, en cualquier sitio, siempre igual, con el cora­zón en la mano.

(N.A. Mayo, 1982)