martes, 6 de octubre de 2009

RIENDA


En lugar de aclararse a medida que va pasando el tiempo, la mañana del loco febrerillo se ha ido estropeando paulatinamente. En Jadraque, la fuente de la curva mana por fin después de una temporada larga sin soltar una gota. La mañana se pinta por el Valle del Henares como para no salir de casa al tiempo que la lluvia se va volviendo pertinaz y moles­ta. El sirviente de la gasolinera me aconseja que en días así me lo piense dos veces antes de subir hacia la sierra.
- No se vaya a creer que se lo digo en broma. Cuando el tiempo se po­ne como está hoy, por toda aquella parte el cielo se queda negro como si los demonios estuvieran sueltos.
Al pasar por Negredo las tierras marrones de la barbechera se ven empapadas como esponjas a las que ya no les cabe más agua. Por Riofrío la lluvia es torrencial, las compuertas del cielo se ven desencajadas, pero tengo que seguir. Rienda queda más allá, por tierras de Paredes, y eso viene a caer todavía bastante lejos.
Por la recta de Cincovillas a uno le duele sobremanera que hayan segado a matarrasa, unos con motivo y otros sin el, todos los árboles de la carretera. Pienso que han hecho un crimen que ha de quedar inmune, que han destrozado el paisaje y eso merece que se exija, por lo menos, un poco de responsabilidad. El pueblo se ha quedado al descubierto, desangelado, los montones de ramas se hacinan junto a las cunetas dando testimonio de la reciente masacre. Más allá el torreón de Morenglos, término de Alcolea de las Peñas. Con tanta lluvia y tan prolon­gado invierno, pasa por mi mente la lúgubre impresión de ver mojarse en sus fosas de roca los huesos de niño que hay amontonados junto al mu­ro del torreón. A mi paso por Paredes el aspecto del campo semeja bas­tante lo que pudiera ser el fin del mundo. Casi a la altura de la sima parte el desvío de carretera que me acercará hasta Rienda.
- Sí -me ha dicho un campesino guarecido en el apeadero-, el pueblo lo tiene a cuatro pasos, nada mis cruzar las salinas.
En las sa1inas de Rienda las albercas se ven hechas un charco. El agua del arroyo Salado y la de la lluvia andan revueltas invadiéndolo todo. Los almacenes de piedra se empiezan a desmoronar inevitablemente, y la antigua faena de extracción se irá al garete por falta de estar so­bre ello.
- Es que los antiguos dueños las vendieron, sabe usted. El nuevo no les hace mucho caso. No sale muchaza sal, pero en los años buenos aún se venían sacando once mil quintales.
Rienda, el pueblo, se deja ver un poco más adelante, como perdido detrás del cortinón de lluvia al empezar la cuesta. A la entrada hay algunas naves almacén de extraordinaria capacidad. Seguro que las emplean para guardar ganado. La calle principal, única que veo en el pueblo, se estira en costanilla suave hasta allá lejos. Por un piso infernal de barro que recorre una reguera, por la que tiene escape toda el agua que cae, subo dejando a mi paso una fuente pública con pilón lleno hasta los topes, callejones laterales muy cortos con casonas de buen ver, una furgoneta de comerciante con dos o tres clientas alrededor tapadas con plásticos, media docena de pa1omas nerviosas picoteando en un montón de paja podrida y un almacén final en lo más alto, donde acaba el pue­blo. A través de la ventana cerrada del coche veo en las afueras, allá al otro lado de los cercados y de las praderas, la solitaria iglesia de Santa Marta que dejaré sin visitar. A bastante distan­cia de sus muros, la de Rienda parece una iglesia hermosa, románica en origen, con aditamentos posteriores como la solemne espadaña y pináculos que debieron añadir posiblemente en el siglo XVII.
Desde el final del pueblo en donde ahora estoy fue aseguro de que, efectivamente, el caserío es abiertamente alargado como Cincovillas, de una sola dimensión. Las casas se adivinan en conjunto con una remota chispa de elegancia antigua, parejas a las que en su día pudimos ver en la vecina villa de Paredes, guardando, claro está, las debi­das distancias. Casonas de parca solidez, de piedras oscuras magnífica­mente trabajadas, algunas de ellas con esgrafias y adornos en los dinte­les de sus ventanas que no me paro a observar con detalle, rejería destacable y muy pocas de ellas habitadas.
Aunque la pereza me tiende la red de la tentación para no salir del coche, opto por tirarme a la calle decididamente. Lo primero que hago es tomar una foto bajo la lluvia en la calle principal. No sé como saldrá. En cualquier caso es la que acompaña a este trabajo. Luego me cuelo por unas verjas entreabiertas a una casa en donde desde la calle he visto mo­verse una señora anciana. La mujer, bastante encorvada al andar, me dirá después de saludarla que se llama Eufemia de Francisco, y que es hermana de Porfirio de Francisco, el alcalde.
- Pues mire, por poco no lo ha cogido usted en casa. Acaba de ir­se hace un momento con otros hombres del pueblo hasta Sigüenza.
- ¿Es que ha ocurrido algo? -le pregunto.
- No pasa nada. Han ido a lo del teléfono. A ver si ingresan los dine­ros que nos piden y nos lo quieren poner.
- Están sin teléfono, por lo que veo.
- Pues sí señor. Ya ve que plan tenemos. Nos piden una aportación a los vecinos, y así yo creo que nos lo pongan pronto.
- ¿Cuántos son ustedes, cuando están todos?
- Somos de continuo unas treinta personas. En verano hay más.
- Es una pena, señora Eufemia, que el día no acompañe, porque el pue­blo parece muy bonito.
- No está mal. Es un pueblo pequeño, pero muy majete. Hace años había sus treinta o más casas habitadas.
Por la hoja superior abierta de la casa de doña Eufemia se ve, como de un pálido color plomizo, el pueblo que dicen de la Cueva de Roldán. Mi­tad término de Rienda y mitad de Valdelcubo. El nombre no deja de tener, por lo menos, su medieval evocación histórica y literaria.
- Pues no le sé decir por qué le llaman así. Allí hay una cueva que de siempre le hemos dicho la Cueva de Roldán. Seguro que ese nombre se lo pondrían las gentes antiguas.
- Mucha agua ¿verdad usted?
- Mucha, sí señor. Demasiada agua. Por esta tierra no es preciso que llueva tanto.
- ¿Y eso?
- El terreno es salinoso y no chupa tanto como la tierra normal. Lo mejor aquí es que llueva en primavera, del quince de abril hasta pri­meros de junio. El agua de mayo es siempre la mejor para nosotros.
La conversación con doña Eufemia en el portal de su casa, viendo y oyendo el llover incesante de la mañana, tiene un encanto espe­cial. Luego hablamos, poco más o menos, de lo mismo de siempre.
- Pues ya lo ve usted. La gente joven, aún vive un poco de lo que da la tierra, pero como somos viejos casi todos…
- ¿Para cuándo tienen la fiesta?
- Aquí celebramos la Virgen del Rosario. Ahora se hace el segundo do­mingo de agosto; antes era en octubre. También tenemos nuestra fiesta para la Santa Espina, el 3 de mayo.
- Igual que en Atienza.
- Algo parecido, pero de menos importancia que en Atienza. Aquí tenemos un trozo nada más,

como media espina de la corona de Nuestro Señor.
- Ah, pues no lo sabía. Siento mucho no poder ver la iglesia por dentro. De lejos parece muy interesante.
- Sí, es hermosa. Coge un poco retirada del pueblo. Con el coche alomejor puede usted acercarse, pero estará malo el camino.
- No quiero exponerme. En otra ocasión será.
- La han robado bastantes veces.
-No me diga.
- Se llevaron un sagrario muy bonito, y un retablo también se llevaron, y pinturas, y qué se yo cuantas cosas. De eso hará más de seis años. Después han vuelto a entrar.
- No hay derecho a eso.
- el otro retablo tuvimos que determinar que se lo llevaran a Sigüenza para tenerlo sobre seguro. Los ladrones se habían viciado con la iglesia, y yo creo que estaban dispuestos a dejarla limpia. Es una pena que no la pueda ver. Es muy bonita, pero un poco desatendida.
Sigue lloviendo. El tiempo no tiene por su aspecto mucha intención de aclararse. Dejo a doña Eufemia, con su pañuelo negro a la cabeza, mirando desde el quicio de la puerta cómo las gotas del temporal se estrellan contra el pavimento del patio. La reguera de la calle no deja de correr. Un coche blanco sube por la calle Mayor salpicando el agua embarrada. Se detiene al llegar a mi altura. El conductor, un muchacho joven que no debe ser de Rienda., abre la ventanilla para preguntar.
- ¿Sabría decirme en qué casa han llamado al médico?
- Lo siento, no lo sé. Yo tampoco soy de aquí.
En otra casa más arriba hay una mujer con gafas de grueso cristal mirándome con la hoja superior de la puerta de par en par. Cuando al pasar le doy los buenos días la anciana me responde agradecida, muy amable.
- ¿Cómo se llama usted, señora?
- Me llamo Josefa de Francisco, para servirle.
- Aquí, por lo que veo, todos tienen el mismo apellido.
- Casi todos, sí señor. Antes éramos muchos más.
- Qué día más malo, señora Josefa.
- Sí, ayer, en cambio, hizo buen sol. Va usted mojado, pase a casa y caliéntese en la lumbre.
- Muchas gracias; es igual. Digo que con lo del teléfono el pueblo se ha quedado sin hombres.
- Ya lo ve usted, todos se han ido a Sigüenza. A ver si quiere Dios y nos lo ponen ya. Con todos viejos y los hijos fuera, fíjese si nos hace falta. Hemos puesto cada uno la parte que nos corresponde.
Le agradecí mucho a doña Josefa que me invitase a pasar a su casa con insistencia. Creo que le dio un poco de reparo el que, dentro de un orden perfecto, viera yo la casa por dentro sin haber pasado por el sue­lo todavía la escoba de la mañana, o quizás el tenerme que llevar a la cocina, en donde ardían los troncos de roble bajo la soberbia campana de la casa antigua.
- Mire usted -me dice-; es un poco pronto y lo tengo todo aún de cual­quier manera. La chimenea es de las de antes, muy feucha, ¿verdad?
- Qué va, no señora, a mí me parece muy bonita. Como ocupa casi todo e techo, aquí no se le harán humos.
- Alguna vez; pero no suele hacer mucho. Ya lo ve usted, aquí colgamos los jamones para que se vayan curando.
Las bunas gentes de Rienda apenas si tienen necesidad de salir de su pueblo. Con medida frecuencia acuden los vendedores ambulantes a lle­varles de todo lo más preciso, solucionándoles así durante todo el año el problema de la compra. Cuando no tienen más remedio que bajar a Si­güenza, el día se les hace interminable.
- Sí, muy mal. Cuando vamos es porque no tenemos más remedio. Hay que bajar andando hasta el empalme. El coche de línea pasa a las siete de la mañana, y no vuelve hasta las ocho de la noche. Más de doce horas fuera de casa, total para comprar cualquier cosucha. Cuando vienen los hijos, que tienen coches, entonces aprovechamos para ir.
En un instante se me ha secado el pantalón con el calor del fuego. El gato de mi amable anfitriona duerme plácidamente sobre el cojín de una silla en el rincón. En la calle la mañana siegue siendo inclemente. Entre una y otra contrariedad, creo que el viaje a Rienda el viaje tampoco hubiese dado para mucho más. Al final salgo calle abajo, a favor de la corriente del regato. Los callejones del pueblo se adormecen en medio de una monótona, de una tremenda soledad en la mañana de lluvia.

(N.A. Marzo, 1988)