viernes, 30 de octubre de 2009

SEMILLAS


El pueblo de Semillas no quiso aceptar, y en eso hay que alabarle el gusto, cuando por mandamiento oficial se le quiso poner el nombre postizo de Secarro, horroroso y malsonante, como consecuencia de la unión obligada en un solo municipio del propio Semillas con el despoblado de Las Cabezadas y la aldehuela de Robredarcas, todos en la misma sierra del Ocej6n. La gente dijo que no, que al pan hay que llamarle pan y al vino, vino; y aunque en algún mapa de los años cincuenta pudiera aparecer el nombre de Secarro, es lo cierto que el pueblo sigue llamándose Semi­llas y a sus escasos pobladores semillanos, no secarrones, que hubiera podido sonar demasiado a chufla.
Semillas es a primera vista un alegre pueblecito de montaña, escon­dido él y despoblado casi como todos sus convecinos de la comarca, de antiguas construcciones rurales que la vegetación intenta disimular con su verdor excesivo, donde habitan de continuo a mucho tirar dos docenas de personas.
El pueblo se salva malamente de los vallejos y de las laderas inme­diatas al Arroyo Hondo, donde se da el peral, el roble, las nogueras y los olmos moribundos, en parajes extramuros que el vecindario suele reconocer con nombres inequívocos como la Solana, la Casita del Santo o los Costillares.
Un sosegado lavadero acoge cada verano la atención de los vecinos y de los veraneantes por debajo de la casa del abuelo Frutos, el más anciano de los hombres que hoy viven en el pueblo. Dos niñas juegan con el agua a la sombra del lavadero. La alberca mayor se ve turbia, blanqueci­na de jabón; la pequeña conserva el agua limpia, cristalina, transparen­te. Me imagino el porqué, pero me gusta preguntarlo a las chiquillas.
- Es que en la pila grande se lava la ropa, y en la pequeña se aclara cuando está lavada.
Viene después una señora. Por la edad y el aspecto debe ser de las veraneantes. Es una señora amable y explicita. Me cuenta todo de pe a pa, y dice que tome buena nota para ver la forma de que les hagan un campo de fútbol para los jóvenes y los chicos del pueblo.
- Ah, pues no sabía yo que quedaban niños y juventud en Semillas como para preparar un equipo de fútbol.
- En invierno no, pero en verano se juntan bastantes y no tienen donde hacer el deporte.
- ¿A qué sitios prefirió emigrar la gente de Semillas cuando la desbandada?
- Pues, casi todos nos fuimos a Alcalá de Henares. Yo vivo allí. Cerca de treinta familias del pueblo estamos en Alcalá. También en Guadalaja­ra hay bastantes familias del pueblo.
- Vendrán con frecuencia.
- Sí; venimos a menudo. Nos encontramos muy a gusto aquí. A veces venimos los fines de semana con el mal tiempo. El que ha podido se ha ido arreglando su casa, y no tiene más remedio que venir a dar una vuelta.
- ¿Cómo se llama usted, señora?
- Ah, eso no se lo digo, que luego lo mismo salgo en los papeles.
- Bueno, pues de salir en los papeles se trata.
- Si quiere le puedo decir las iniciales, pero el nombre no se lo digo.
- Las iniciales, como usted comprenderá, a mí no me sirven para nada. Esas se emplean para esconder el nombre de los delincuentes, y usted no ha hecho ningún delito para que tenga que ocultar su nombre.
- Bueno, pues mire, le he dicho que no y es que no.
Un corro de vecinos me acoge con curiosidad en la Calle Mayor. Las calles de Semillas son floridas y saludables durante el verano, de color terroso, pero con un vivo color a geranios y a malvas reales adornando los quicios de algunas puertas.
Los vecinos de la Calle Mayor me cuentan que las fiestas patronales del pueblo las han tenido siempre el día de San Roque, que las celebran con una procesión solemne del santo después de la misa, alguna que otra competición deportiva contra los pueblos vecinos, y tiro al plato como remate.
- Si la cosa va bien traemos algún conjuntillo para bailar. En tiempos de los de antes, dicen que en este pueblo se cantaban buenas jotas para la fiesta; pero eso ya no lo hemos conocido nosotros.
Es una característica bastante común en las casas de Semillas la típica parra que adorna que adorna y sombrea la fachada principal por encima de la puerta. Algunas aparecen recubiertas de hiedra, hasta el punto de dar la impresión de ser casas hechas de ramaje y no piedra.
La fuente pública en la Calle Mayor está adosada al muro. Mana por dos chorros a la vez; un caño y un grifo. Me explican que las aguas de la fuente son de distinta procedencia.
- Si quiere beber hágalo del caño, porque la del grifo viene del depósito. La del caño es más fina y más natural.
El pilón sobre el que vierten los dos chorros está limpio; un detalle que siempre me gusta anotar porque pienso que se trata de un reflejo fiel de la condición del vecindario, y las gentes de Semillas al decir de su fuente son limpias, responsables y ordenadas.
- Hombre, habrá de todo, mire usted, como en todas partes.
Con dos amigos, de los que viven fuera, Crescencio y Celestino, me voy calle adelante hasta las últimas casas por donde está la iglesia. El camino es de tierra, y muchas viviendas se ven hundidas y abandonadas. Los tejados de pizarra en los pajares semejan, cuando la luz de la tarde comienza a escasear, las conchas de galápagos gigantescos, adormilados al favor de los zarzales y de los rebrotes del olmo. Ahora me detengo a curiosear delante de una puerta empapelada de avisos y de cartas circulares.
- La Secretaría, supongo.
- No; ahí es donde pasa la consulta el médico.
Luego, una casa alta, moderna, de fino trazado y con dos plantas de cumplido ventanal que nos mira de frente. Sobre la puerta de la casa se puede leer: “Excmo. Ayuntamiento de Semillas”.
- Lo de arriba son dos pisos alquilados. Dentro está el teléfono.
La iglesia queda solitaria en las orillas. Se ve que es de construc­ción relativamente reciente, blanca como las ermitas de los cortijos olivareros de Andalucía. Detrás queda el cementerio, cerrado con portona de verja. El cementerio de Semillas, como la fuente, está completamente limpio, libre de yerbajos y de espiguilla, que en tantas ocasiones y en tantos lugares, se comen los epitafios de los muertos. Aquí las cruces, algunas acompañadas únicamente de sus matas de lirio, surgen enteras desde la tierra bajo el campanario de la espadaña.
- Para esto la gente del pueblo es cuidadosa. Lo limpian una vez o dos todos los años.
Desde el techadillo de la iglesia sentimos sonar el claxon de un co­che. El pitido se extiende nítido y sonoro por toda la sierra.
- Carnicero, pescadero o tendero a la vista -dice Crescencio.
La iglesia es pobre y en su interior se ve muy bien atendida. Una so­la nave. El altar mayor lo forman dos sillares superpuestos, muy bonito. El retablo me recuerda aquellos trabajos de marquetería que suelen moldear con paciencia los estudiantes de los colegios. La imaginería del retablo está representada por San Miguel Arcángel, San Roque y San Antonio De Padua. A uno y otro lado del presbiterio se ven, bajo elegante dosel de paño rojo y azul, el Cristo de la Agonía y la Virgen del Rosario. La pila del bautismo es monumental, de traza románica de transición, con esgrafías y figuras alrededor de la enorme copa de piedra, muy primitivas y curiosas.
- Aquí, dentro de la pila, es donde tenían en guerra la munición. La iglesia la emplearon de cuartel. ¿A usted qué le parece?
- Pues muy mal, qué quiere que le diga. Las razones se caen por su peso.
Buscando el contraste -la nuestra es tierra de contrastes- llegamos enseguida al bar; un curioso saloncillo con terraza exterior de cemento que queda mirando al barranco del Chorrillo. Por la espesura del barran­co se oye la esquila de algún animal echado al pasto. Me dicen que es -una mula que anda careando en el hierbazal.
-Lo que ahora es el bar era antes la escuela de niños. Lo hemos arre­glado para centro de recreo y de algo nos vale.
Al punto aparece otro vecino, el Alejandro, con la llave del salón para que podamos verlo.
- Bueno, pues poca cosa es, pero en el pueblo nos va la mar de bien. En verano esto es media vida.
La vieja escuela, a la que los semillanos con buen criterio no consintieron dejar hundir, cambia hoy las lecciones de Aritmética por los botellines de cerveza, los relatos de Historia por las conversaciones nostálgicas de los convecinos que hace mucho que no se ven; las preguntas del Ripalda por las críticas a las instituciones. También aquí estamos en España, a fin de cuentas.
- Oiga, y todas esas copas y trofeos, ¿de qué son?
- Esas son las que se ganan al fútbol jugando contra los demás pueblos. Los de aquí, siempre que salen vuelven con alguna copa. Y eso que no tie­nen campo para entrenarse.
En el bar hay un estupendo televisor a color, una chimenea de asar de las de fuego bajo, cuatro mesas de alterne o de mus con sus correspondientes sillas, y un aseadísimo y muy completo botellaje para ir tirando.
- ¿A qué hora lo abren?
- Aquí no tenemos horario. Cuando llega la ocasión se busca la llave y se abre, sea la hora que sea. Cada cual se sirve, paga su cuenta y se va; o se queda, según le cumpla.
- Sin problemas.
- Hombre, así problemas que digamos no los suele haber. Algunos, se conoce que no están muy al tanto de la cosa del friegue, y dejan los vasos tal cual hasta que viene el siguiente. Hoy me a tocado a mí fregar no sé cuantos. Por lo demás nada, todo muy bien.
Una imagen más de otro pueblecito cualquiera de los que uno desconoce, pero que contribuye no poco a la confección plena del envidiable mo­saico de las tierras de Guadalajara. Al fin ya la postre una forma hon­rada de vivir, y divertida, y yo creo que hasta económica. Es só1o cues­tión de organizarse con sabiduría, cosa para la que no todo el mundo va­le, ya ve usted; siempre, claro está, en razón inversa a los medios con los que se cuenta. También aquí queda la pregunta en el aire al abando­nar Semillas, ¿Existirá el pueblo como tal dentro de un cuarto de sig1o? El tiempo se encargará de dar la respuesta. Ante la duda, uno se marcha un poco apenado, al darse cuenta de que también los pueblos mueren como los olmos y como las personas.

(N.A. Septiembre, 1987)