sábado, 10 de octubre de 2009

ROBLEDILLO DE MOHERNANDO


A fe de torpe observador debo apuntar que los rojizos ocres de las laderas y los sienas tenues que tiñen y desdibujan a su antojo las tierras aradas de la Campiña, son de unos colores todavía sin de­terminar, sin que nadie hasta hoy se haya propuesto estudiarlos seriamente. Las tonalidades verdeoscuras de las encinas en la mañana soleada de diciembre tienen por allí algo de misterio. Y los pue­blos, los pequeños núcleos de labradores, pintados de tierra como el campo, cortan con donaire el azul límpido de los cielos a punta de torre dieciochesca o a filo de espadaña en cada lugar, dejando en la llanura la imagen arcaica de una Castilla honesta y trabaja­dora, nido de truhanes o claustro de místicos, fundamento y origen de una manera de entender la vida de la que, a pesar de sus reconocidos pecadillos y de sus bien aireadas virtudes, nos cabe la dicha de haber podido mamar su sangre. La Campiña, amigo lector, es una hermosa comarca de campos fecundos y puertas abiertas de par en par, de paisajes severos, de alucinantes puestas de sol, de gentes que, quién sabe si por llevar soportando sobre sus vidas esa avalancha incontenible de luz cada día, consiguió a fuerza de tiempo y de dolor un alma transparente, un corazón inmenso donde todo encuentra lugar.
Sacudiendo con sus patas nudosas la escarcha del rastrojo, vie­ne un rebaño de cabras por la vertiente abajo de un otero. El pas­tor camina delante de los animales escondido en su manta de cuadros. Me sigue el pasar con unos ojos brillantes por el frío que alcanzo a ver a través del pequeño ventanuco del cobijón. En Robledillo uno se encuentra con un pueblo grande, levantado a base de materia convencionales de la Campiña de otros siglos: la piedra, el adobe y los ladrillos viejos, colocan a la villa en el centro mismo de una sugestiva estampa rural en la que destaca, colocado sobre la cima de una colina, el edificio soportalado de la iglesia.
Una señora mayor está barriendo el trozo de plaza que le corresponde desde su casa hasta la fuente. La señora emplea para barrer un escobón duro, un escobón hecho de matujas del campo o de ramas de arbusto.
- La tarea de la mañana, ya ve usted. Todos los días igual. Esto lo hacen las cabras. Hay muchas cabras aquí.
Cuando la mañana ha conseguido entrar de lleno en Robledillo, la gente sale de sus casas a limpiar las calles del pueblo. En las afueras, las eras de Santa Ana se abren al horizonte en una inde­finible tranquilidad. Los carruajes fuera de servicio alzan sus varales en las eras simulando piezas antiaéreas en permanente alerta. Una se­ñora amabilísima, que vive en una casita emparrada cerca de allí, se entretiene en gozar de la diafanidad del día junto al camino. Doña Demetria tiene un curioso historial que comenzó en Almiruete "detrás de aquellos cerros", donde nació hace muchos años, y con­tinuó después en Madrid como chica de servicio en una casa de re­nombre.
- Once años estuve allí, sí señor, con los marqueses de Urquijo. Qué buena gente, mire usted. Sufrieron mucho y han tenido mala suerte siempre.
- ¿Desde cuándo vive usted en Robledillo?
- Anda, pues ya va para cuarenta y seis años. Mi hijo está trabajando en Guadalajara. Hay que ver, ¿verdad usted? Cuánto tiempo de sequía. Es que somos muy malos y no nos merecemos otra cosa. Mi­re: aquello de allá arriba es la base de los aviadores.
- Es verdad, que aquí vienen a volar todos los años.
- El mejor de todos, Raya. Pobrecito. Se mató ahí mismo con el avión. Está enterrado aquí, y su padre también. Al padre lo traje­ron hace poco, y dejó dicho que lo llevasen a enterrar con su hijo.
- Ah, pues no sabía yo todo eso.
- Sí señor. El chico dijo que si moría en accidente lo enterrasen allí. Ahora voy con usted y le enseño el cementerio ¿Quiere?
Se entra al camposanto por una puertecilla baja, adosada a los muros de la ermita de la Soledad, junto a las eras. Es un cementerio pequeñito, recogido, donde la piedad y el silencio se ciernen bajo la luz clarísima de la mañana. En las lápidas mortuo­rias queda el recuerdo entrañable de los que se fueron, marcado so­bre la piedra con letras de molde. Una de tantas, sencilla y simple como debió ser él, perpetúa la memoria del gran acróbata, en cuyo epitafio, a la sombra de la cruz y precedido por la silueta suave de una golondrina, se puede leer: "El día 28 de julio de 1977, a las 4,30 de la tarde, Pepe Raya voló más alto que nunca. Que su ejemplo nos sirva para querernos más".
- Murió con él un vecino suyo que había venido a pasar el día. No diga usted que no fue una pena.
La calle por la que se vuelve a la plaza es para mí la más importante del pueblo. Una señora está lavando ropa en un porche adorna­do con utillaje en desuso, con cientos de cachivaches que fueron de empleo diario en el quehacer de los pueblos, y cuya apli­cación y nombre hay que esforzarse años más tarde para traer de nuevo a la memoria: cribas, cedazos, morillos de fuego bajo, candiles, aperos de labranza, coladores, calentadores de cama, punzones y cortafríos, son algunas piezas de aquella espectacular y curiosa quin­calla. Un museo que rememora las otras maneras de vivir.
- Mi marido se entretiene en ponerlo. Todo lo que debería tirar al basurero, lo cuelga aquí.
Cruzando Robledillo, la plaza también, y una callejuela en cues­ta donde se ven sin que nadie les haga caso viejos ejemplares de olivo antes de salir a las afueras, se viene a caer a un apacible rin­cón junto a la iglesia. Allí hay un hombre en silencio, apoyada la espalda sobre el paredón del último corral, mirando al campo.
- Buena tierra.
- Buena, sí señor; de lo mejorcito que se conoce. Pero, la cosa es que han sembrao y no nace. A ver si le diera por llover de una vez o por nevar, que para el caso es lo mismo.
- ¡Marcelo! ¡Súbete aquí arriba, que he traído el papel!
El grito nos llega desde la solanilla de la iglesia. Lo había da­do un señor mayor que venía con un periódico bajo el brazo y dos ni­ños muy pequeños, uno cogido de cada mano. Cuando conseguimos subir, aquel hombre que se llama Lorenzo Romero Cañete, se había acomodado al sol y los peques se revolcaban alegremente sobre la hierba que hay junto a las tapias del pórtico.
- Aquí se sube usted a leer, claro. Pocos sitios como éste.
- La Nueva Alcarria. Me la leo todas las semanas de cabo a rabo. Empiezo los sábados con lo de ese puñetero Belinchón que anda por los pueblos, y luego sigo con todo lo demás hasta que me lo acabo. Esta semana, aquí lo tiene, Valdesaz, el pueblo de mi nuera. Qué sé yo cuando lo vea donde lo pondrá, porque no sabe que hacerse con su pueblo. Es la madre de esta nietecilla.
- Qué bonito es todo esto. Aquí también me vendría yo de vez en cuando, no crea. De verdad que ustedes me dan envidia.
- El Marcelo sube muchos días conmigo. Aquello de allá abajo es el Prado del Val. Lo que da a Humanes le decimos Valdelobos, y lo de rastrojo se llama Las Zorreras. Por allí abajo está también la ermi­ta de la Virgen de Valdelagua.
- ¿La Patrona?
- Sí, se celebra en septiembre, pero hay más fiesta en San Isidro.
- ¿Qué son estas naves de aquí abajo?
- Ahí meten ganao de engorde. Seguro que no hay en este momento menos de doscientos chotos, y en todo el pueblo más de doble.
­- Parece muy grande el término, ¿no?
- Mucho. Humanes es el mejor pueblo de la comarca, pero en término es este mejor. Cuando la cosecha pinta, no saben donde meter lo que cogen. Este año, ya ve el plan que tenemos con no llover.
Desde lo alto del mirador de la iglesia, uno se siente feliz es­cuchando la lección magistral a campo abierto del viejo maestro. El señor Lorenzo es un hombre que posee a manos llenas la virtud de la apertura, de la fácil amistad. El señor Lorenzo es de los que prefieren preguntar, natura1mente, antes de quedarse con el mal sabor del gusanillo­ en el cuerpo, y hace bien.
- Oiga, perdone si me equivoco, pero estoy con la cosa en la cabeza y no me quedo a gusto si no le pregunto. Usted es Belinchón, ¿verdad?
- Sí señor, para servirle, y encantado además de haber encontrado un amigo tan simpático. Eso también es una suerte.
- ¡Pero, leche!, ¡Será posible! ¿Y cómo se le ha ocurrido venir por aquí ahora? ¡Vamos que...! La cosa es que el Sinforiano, que es de aquí y anda con eso de los libros, me dijo que cualquier día le teníamos en Robledillo. ¡Pero hombre! Lo mismo nos saca usted al Marcelo ya mí en los papeles también. Si yo nada más verle... ¡Vamos hombre! En los bajos del humedal, lamiendo los cimientos en sombra a la otra cara de la iglesia, crecen lánguidas las zarzamoras. Entre la niebla, dibuja a lo lejos su silueta el Ocejón. Más tarde, unas se­ñoras pondrían en marcha el surtidor de la plaza apretando a un bo­toncito que hay en el portal en obras del ayuntamiento. Por diez o veinte chorritos finos, el agua de la fuente redonda sube hacia las nubes impulsada por la fuerza del motor. Un espectáculo bellísi­mo e inesperado para un pueblo que, como casi siempre, -y éste es el pesar del viajero- uno dejó con cierta nostalgia, con la tristeza de no poderse llevar consigo más que el recuerdo de su campo sereno, de la paz de la vega, de la amistad de aquella buena gente que la casualidad quiso ponerle al paso.

(N.A. Enero, 1982)