martes, 27 de octubre de 2009

SANTIUSTE


SANTIUSTE

Desde el empalme con la de Soria, la carretera que nos lleva hasta Santiuste es corta, estrecha e irregular; el campo es de rastrojeras y chaparrillo, luego encinas de una adusta severidad. La temperatura, por norma, algo más baja que la media provincial conocida la proximidad a la peña de Atienza. Santiuste aparecerá enseguida como pueblo de sedimento, dejado junto al arroyo del Regato en medio del valle, con sus casucas de color tierra y su torre cuadrada, con su campanil al que traspasa por mitad en lugar de badajo el mástil de la veleta. Las máquinas cosechadoras y otros enseres de recolección que trajeron los sorianos están cerca del cementerio.
A Santiuste conviene acudir en verano; de no ser así, uno se expone a encontrarlo vacío, sin un solo habitante con quien cruzar palabra.
- Bueno, pues en eso puede que tenga usted razón. Lo que es así de fijo y que esté en el pueblo viviendo de continuo, no hay nada más que un solo vecino, el pastor.
- Se aburrirá el pobre hombre soberanamente, y pasará miedo, digo yo.
- No lo crea, ese no tiene miedo ni se aburre.
La calle Real es una calle elegantona de pueblo antiguo, con piso de grancilla y de tierra movida, en tanto que las casas de piedra, ruinosas unas, restauradas otras, se alinean en ambas aceras dando lugar a lo que más adelante será la carretera de Huérmeces.
A las once de la mañana -no las doce y veinticuatro que marca el reloj de la torre- la gente que hay en el pueblo anda a lo suyo: las mujeres asean las casas, y los hombres, jubilados ya casi todos, curioseando, fumando de un lado para el otro, o dándose un paseo hasta la salida, más allá de la escuela. Los habitantes de Santiuste son de temporada.
A pesar de la hora y del intenso sol, el viento sacude las ramas de las acacias y vuelca las hojas enfermas de los olmos de la plaza. Pasan junto a mí por debajo del campanario tres señoras que vuelven del paseo. Una de las tres es ciega, doña Marina, una mujer muy lista que cruza las calles con su asiento en la mano y se coloca al sol o a la sombra con las demás vecinas como una persona completamente normal. La señora Esperanza, otra de las tres, me explica que el patrón del pueblo y de la iglesia es San Salvador, con fiesta el 6 de agosto, pero que la verdadera fiesta es el día del Corpus.
- Que con los pocos que son, ni fiesta ni nada.
- Sí que hay fiesta, sí. Somos pocos pero nunca falta gente. Los fines de semana hay quien viene durante todo el año, y así para temporadas de seis meses hay diez o doce jubilados que son seguros.
Por debajo de la cornisa la iglesia se bordea de modillones románicos, tal vez de finales del siglo XII, circunstancia que esclarece el ábside en forma de tambor con alguna que otra ventana en aspillera, ciega o al descubierto. La portada es simple, de sencillas piedras de dovela en arenisca. El resto es sillar, piedra de cantería bien labrada.
- Oiga señor, ¿Cómo le dicen a todos aquellos altos de chaparro?
- Pues puede ser el alto de la Cabeza o la Moratilla. También están el Cerro de la Muela y el Carrascalejo.
- ¿Y todo el valle de abajo?
- A eso le llamamos el Rasillo.
- Buen campo, por lo menos en los bajos.
- Poco es lo que hay. Lo cultivan los sorianos, pero la gente está descontenta. No nos dan lo que nos deberían dar.
- ¿Cómo se llama usted?
- Yo me llamo Hilario García. Soy medio familia lejana de García perdices, el que sale en el papel. Seguro que usted también lo conoce. Lo conoce todo el mundo.
- Sí señor, es amigo mío. Lo veo a menudo.
- Sus padres eran de Huérmeces y de El Atance. Hace ya mucho que no sé nada de él. Si tiene ocasión le da recuerdos.
La fuente mural de Santiuste es una de las más bonitas y mejor conservadas que conozco. Tiene dos chorros, uno a cada lado, que vierten sobre sendos piloncillos para desaguar en un abrevadero común situado en el centro. El letrero que evoca el tiempo de su construcción es escueto y tajante: “Ayuntamiento de 1884”. Los bloques de piedra se utilizan al mismo tiempo para sostener el tablón de anuncios, con los avisos y comunicados oficiales de interés público. En este momento los avisos son tres: a) sobre las precauciones a tener en cuenta para evitar incendios; b) obligatoriedad de tapiar fincas y paredes ruinosas; c) prohibición para circular en bicicleta después de las puestas del sol.
- ¿Qué le parece a usted todo esto?
Muy bien. Me gustan los sitios sanos, tranquilos, con mucha vegetación y buen agua. En Santiuste creo que lo tienen todo, así que me tiene que gustar a la fuerza.
Era el señor Juan Vázquez, un hombre entrado en edad, campechano y contador de cosas, que me andaba siguiendo desde que llegué a Santiuste y aquí me sorprendió mirando a la fuente. El señor Juan Vázquez se cubre la cabeza con gorra de visera y cuando habla deja caer de manera notoria el labio inferior.
- Yo vivo en Madrid. Me han echado de allí por malo. Soy nacido en Santiuste. Me jubilé antes de tiempo por enfermedad y cuando puedo me escapo al pueblo.
- ¿Qué le pasa, si no es indiscreción?
- Nada, que me metió el médico una cuchilla aquí por donde está el corazón y me colocó un aparato dentro.
- Un marcapasos, querrá decir.
- Exactamente, eso es. Desde que me lo pusieron se me acabaron los ataques epilépticos. No crea que es de pilas, que es de energía nuclear, de los que no se cambian. Cuando hay tormentas me tengo que esconder. Me dan unos chasquidos por ahí adentro y tengo que estar encogido.
- Bueno, mientras que uno lo pueda contar…
- Nada, con ese motor yo no me muero nunca.
- Buena gente hay por aquí, señor Juan.
- Hombre sí, de eso no falta. El peor del pueblo soy yo, y aquí me tiene. Cuando se nos chincha somos un poco puñeterillos; pero vamos, yo creo que se nos puede aguantar.
Sobre un lateral de la fuente hay pegado un pasquín con el programa detallado de las fiestas patronales de Rebollosa. Luego la plaza. Como en los pueblos donde la chiquillería se echa de menos, las hierbas salen a su antojo por cualquier sitio. La plaza de Santiuste es rectangular, casi cuadrada. En ella se pueden ver algunas viviendas de elegante estilo rural y dos olmos heridos de muerte. Los olmos de la plaza morirán en breve, más por vejez que por enfermedad o plaga.
- ¿Se ha dado cuenta? No les queda más que el cortezón en el tronco.
- Sí, ya lo veo. ¿Por qué los han rellenado de piedras?
- Para evitar que se caigan. Si no fuera por eso ya estarían abajo.
- Qué cosas. Y todavía con sus ramas encima. Eso es de las ganas que tienen de vivir.
- Pues sí; lo que es morirse, ni los árboles quieren.
Las mujeres de la plaza hacen ganchillo sentadas a pleno sol. Martina, la invidente, las acompaña con su presencia y con su conversación.
- Pues ya lo ve usted. Hay que hacer de todo.
Se nos unirán más tarde dos nuevos amigos. Más jóvenes que el señor Juan Vázquez. Me han dicho que se llaman Jesús Hernando y Florencio Ortega. Me cuentan que aunque la población sea escasa de continuo, Santiuste tiene ayuntamiento propio en régimen de concejo abierto, que tienen su alcalde, su juez y todo lo que hay que tener para no depender de nadie.
- Sí; tenemos constituida una sociedad de propietarios y nos administramos por nuestra cuenta. Nos parece que es lo mejor.
Muy en las afueras del pueblo, mis amigos me llevan a ver el antiguo edificio de la escuela. Una hermosa sala, venerable y llena de recuerdos para los que pasaron parte de su infancia entre aquellas cuatro paredes. Ahora, tiempo por medio, es la juventud de los veraneantes quienes la toman por su cuenta, y este es el momento en el que media docena de chicos y de chicas andan de limpieza, de instalaciones eléctricas y de y un poco en general de adecentamiento. Beatriz, hija del pueblo, encantadora ex alumna de qui9en esto escribe y a la que casualmente encontró en aquel grupillo, me da una explicación tan breve como acertada.
- Ya no se emplea para nada. Antes de que se caiga, la arreglamos un poco y para nosotros. Hacemos fiestas y nos juntamos aquí.
Con el permiso de la señora Alfonsa, que es la que tiene la llave, mis amigos quieren que pase también a ver la iglesia. La señora Alfonsa tiene ochenta y un años, pelo negro, mujer que jamás fue al médico, aspecto no más allá de los sesenta, anda reacia a dejarnos entrar sin saber las intenciones del forastero. Cosa que no solo comprendo, sino que comparto y me parece muy bien.
- Sí señor, usted perdone; pero es que luego pasa lo que pasa.
La iglesia por dentro es falta de luz como corresponde a su origen románico. Aseada, eso sí, pero un poco falta de que se le tienda una mano. El retablo mayor es de encendido barroco, quizá de 1770 arriba o abajo; bien dorado. Lo preside una imagen del Salvador, titular de la parroquia y patrón del pueblo. Hay otro retablo lateral dedicado a la Virgen del Rosario, y un tercero como fondo a la nave aneja, con la Inmaculada Concepción y cinco tablas representando a santos que no consigo reconocer.
- ¿Se ha dado cuenta de que tiene el botafumeiro encima de la cabeza?
- ¡Qué me dice!
- Ahí lo tiene, con cuerda y todo. Si queremos lo podemos bailar como al que hay en Galicia.
Este “botafumeiro” es una lámpara de aceite, grandota y antigua, muy parecida al famoso incensario santiagués, que pende por delante del altar. Atrás queda el coro de las grandes ceremonias de otro tiempo, ahora obligadamente en desuso.
- Pues ya, antes de irse pase a ver la pila en la que nos bautizaron. Como esta hay pocas.
La estupenda pieza de tracería románica ocupa casi todo el baptisterio. Es una más de las muchas de su especie que por fortuna todavía se conservan en varias de nuestras iglesias.
- Cuando me bautizaron a mí -explica el señor Juan- me agarré a los bordes y no me quería soltar, ni a buenas ni a malas.
Aunque el reloj de la torre sigue marcando la misma hora que cuando llegué, es lo cierto que ya es más tarde. Uno se encuentra a gusto en lugar tan apetecible y entre gentes tan acogedoras. Despido a mis amigos con el pedio día pegado a la espalda. En el pueblo, en cambio, todo sigue igual: el sol de las calles, el vientecillo revitalizador que baja por la vega, los cerros tapizados de chaparral por los alrededores, las máquinas cosechadoras de los sorianos… Cuando los dejo, los hombres se quedan charlando en las esquinas.

(N.A. Septiembre, 1987)