viernes, 30 de octubre de 2009

SELAS


Otra vez, con el ánimo a rebosar de buenos deseos por ver y des­cubrir los muchos rincones de la provincia que aun no conocemos, nos vamos a tierras de Molina. A Selas, sexma del Sabinar, lugar exacto, creo que alguien lo dijo, donde tuvo su enclave la antigua Salem, muy cerca ya de la capitalidad del Señorío.
La mañana del fin de semana es desapacible. Las parameras acusan los cambios bruscos de temperatura sensiblemente, y ya en Maranchón hemos visto las calles desiertas, con alguna persona, acaso, que an­da con prisas huyendo del soplo gélido de los aires del norte. A pe­sar de todo estamos en un día del mes de mayo y en los abrigos soleados del camino la mañana es radiante.
Una señora de luto espera al autobús en el empalme de la carretera. El pueblo está allí mismo. Se entra a Selas por un ramalillo corto, casi una avenida, que acaba a menos de quinientos metros de haber partido, dejándonos debajo de los castaños y de los tilos de la Pla­za Mayor. Selas tiene una plaza limpia, empedrada de loseta, con cómodos bancos de piedra para descansar en las tardes de verano. Delante de la plaza, el impecable edificio del ayuntamiento, con corrido balcón y hechura reciente. No hay nadie en la plaza a estas primeras horas del día.
Al cabo de un rato se ven venir, muy despacio, una mujer y un hombre por el camino del lavadero. La señora trae sobre la cabeza un cubo de ropa todavía mojada. El hombre se ayuda para andar de una muleta de mano. En Selas, como en cualquier pueblo del Señorío, la gente es amable, confiada, familiar, donde al viajero no le cuesta trabajo alguno romper el hielo del diálogo para adentrarse de hecho en la vida íntima de cada lugar. Los molineses son por lo general pueblos y gentes de co­razón abierto, de alma transparente, que no tienen nada que ocultar.
- Buenos días tengan ustedes. ¿Qué, del huerto?
- No señor. Venimos del lavadero con un poquito de ropa de la abuela. Tenemos lavadora en casa, pero, como el agua corriente, ni hablar. Las mujeres disfrutan lavando ahí.
- ¿Hay arroyo en Selas?
- Mire, ahí mismo lo tiene, en los chopos de Valderrey nace el río Mesa.
Una fuente bien hermosa. Está ahí mismo. Vaya usted a verla; ya verá como le gusta.
- ¡Ah!, pues no sabía yo que el Mesa nacía precisamente ahí.
- Pues sí señor, en el mismo pueblo de Selas. Los de Mochales se lo quieren atribuir ellos, pero no. Lo que pasa es que por Mochales sube mucho el caudal, coge doble de agua de la que lleva, eso sí; pe­ro nacer, nace en este pueblo. Oiga: ¿Es usted de por aquí cerca?
- No señor. Vengo de Guadalajara.
- Ah, pues mire, allí me pasé yo una buena temporada cuando me cortaron la pierna.
- ¿Le falta una pierna? Pues, si no lo dice, ni lo hubiera notado.
- Ya ve. Me voy defendiendo con una sola. Lo peor sería que el mal se me pasase a la otra. Como es cosa de la circulación...
Higinio y su mujer viven aquí mismo, en una casa muy blanca que hay antes de entrar a la plaza. Al rato, Higinio sale con una guada­ña y se pone a dallar hierba en los baldíos del huerto, al otro lado de la calle. Yo me acerco, siguiendo su consejo, hasta la. fuente de Valderrey, que queda en realidad en las afueras de Selas, orientada al poniente, más allá de los últimos corrales, en los que se lucen, uno cree que fuera de tiempo, los frutales en flor.
Por los ejidos el viento baja cortante. Las máquinas de las obras pasan el fin de semana solitarias e inactivas en las praderas. Una docena de gallinas y un pato blanco picotean en la charca junto a los troncos de la chopera.
La fuente que da origen al río Mesa mana en doble cañería por los bajos de un muro de arenisca labrada que desagua en un pilón desde donde arranca lamiendo los pies de la arboleda. Detrás de la fuente hay una curiosa plataforma construida con la misma piedra, en la que han instalado, también de roca tallada, una mesa y unos asientos para merendar a la sombra. A uno se le ocurre pensar que en otro tiempo el sitio deberá se muy apetecible, hasta un poco romántico para descansar. En realidad no es sólo el de la fuente, sino dos regatos los que confluyen aquí y juntan sus aguas antes de escapar campo abajo por la rambla de la chopera.
Selas, desde la plaza hasta la torre del reloj, es un pueblo tirado en la vertiente. Se ven a una y otra acera las puertas de las casas reforzadas en dinteles y jambas con bloques rojizos de piedra blan­da; otras son viviendas antiguas, remozadas con gusto, o nuevas y muy elegantes para, que haya variedad. Por la costanilla del frontón los perros sestean, como asustados, en las aceras. Precede a la iglesia una placita en la que hay una fuente pública desaguando por un hilillo débil que cuelga hasta las ovas del abrevadero. En las ventanas de las calles se ven colgados algunos ramos secos de boj, o buje, traídos desde el Puente de San Pedro.
La señora Rita viste una bata de guata color azul. La señora Rita me dice desde los escalones del Barrio de la Cuesta que el pueblo ha caído mucho, que, mal contadas, seguramente que no quedan en Selas ni treinta casas abiertas en donde viva alguien.
- Aquí detrás hay un jardinillo muy majo. Lo que pasa es que, co­mo hace tanto frío, va todo muy retrasado.
- Un poco revuelto también ¿No le parece?
- Sí, pero en el verano dallan la hierba, y queda muy bien.
- ¿Qué es aquella casa de abajo?
- Esa ha sido siempre la mejor casa del pueblo; ahora no vive na­die en ella. Por dentro debe estar muy devorá.
- Tengo entendido que en Selas son muy fiesteros.
- No, como en todos los pueblos. Para el Corpus es la fiesta de aquí, y al día siguiente la Virgen de la Minerva, la Patrona. En­tonces sí que hay buena fiesta. La tenemos aquí en la iglesia.
- ¿Y no habría forma de entrar a verla?
- Eso no lo sé. En casa del alcalde creo que hay una llave.
La iglesia es de piedra restaurada, tiene una espadaña suntuosa que mira al poniente, con dos campanas y campanillo para tocar a misa, y un cobertizo sobre dos columnas en el atrio por donde se entra.
Don Agustín Maestro me encuentra deambulando por las calles del pueblo. Don Agustín Maestro viene con un azadón al hombro. Me ha reconocido. Es un señor muy amable, de permanente sonrisa y de corto y acertado hablar.
- Vengo del huerto. Nos han hecho la concentración y andamos por ahí de un lado para otro.
Se marchó nuestro amigo a dejar el azadón en casa y volvió enseguida. Don Agustín es teniente de alcalde. Con él subí después hasta el mismo pie de la torre del reloj, situada sobre un altillo desde el que se domina el pueblo entero y una buena porción del Señorío en su conjunto.
-Aquel pueblo que se ve allá es Anquela.
- Dice usted que esta torre se hizo exclusivamente para el reloj.
- Eso es. Se hizo toda con piedras traídas a lomo de caballerías. Hará unos ochenta años, porque yo recuerdo haber oído a mi padre que él trabajó aquí.
- Y el reloj funciona, ¿verdad?
- Claro. Ahora a la una empezará a sonar la sirena. Se oye por el pinar y por todo el término. Cuando suene no podremos estar debajo.
- ¿Para qué quieren la sirena?
- Pues mire: Teníamos la costumbre de oír al medio día tocar las campanas al sacristán, pero, desde que ya no se usa eso parece que nos faltaba algo, y pusimos la sirena en combinación con el reloj.
La torre del reloj, que es en realidad la que se ve desde la ca­rretera, se alza en tres cuerpos, edificada en gruesos muros de ca­liza, y como tejadillo debajo del carillón tiene un chapitel de cha­pa oxidada. En la cara del saliente hay una pequeña hornacina con la imagen de Santa Bárbara.
- Pues ya ve usted, ni es patrona del pueblo ni nada, pero es cos­tumbre de juntarnos ese día todos los vecinos a beber vino y a comer sardinas arenques. Fue una costumbre que sacaron los horneros, y ellos invitaban. Ahora que no hay horneros lo paga el ayuntamiento. No tie­ne la cosa mayor importancia, pero, ya ve, es un motivo muy bonito para juntarnos todos.
En un momento, y contando siempre con la eficaz compañía de don Agustín, nos hicimos con la llave de la iglesia. La portada es senci­lla, en arco adovelado, con una fecha escrita que dice 1740 y un curioso re­loj de sol grabado en la piedra. Por dentro es un templo pequeño, bien atendido, tiene tres naves y hay poca luz. Un vencejo vuela de venta­nillo en ventanillo buscando, a golpes con los cristales, un agujero de salida. La techumbre es un bonito artesonado de madera oscura.
Mire, esa de ahí delante es la Virgen de la Minerva.
La imagen de la Patrona preside la nave central desde el retablo mayor del presbiterio. Es una hermosa talla, muy antigua, que las gen­tes de Selas cuidaron siempre, y siguen atendiendo con especial ca­riño, en la que se representa a la Madre de Dios bajo aquella única ad­vocación a la que aquí honran y cantan cada año:

De Selas eres corona,
de Selas eres florón,
de Selas eres la perla,
su mejor timbre y blasón.

- Este es San Roque. No es tampoco patrón. En agosto se le hace una fiesta muy buena. Como a los de fuera les viene mejor la fecha hay siempre más público; pero, claro, para el pueblo no hay comparación, La Virgen de la Minerva para Selas lo es todo. El día de la despedida no se queda nadie sin venir, incluso gente que no ha salido de su casa en toda la fiesta por estar de luto o por lo que sea, ese día no falta a decirle adiós:

Adiós, Patrona de Selas,
dueña de mi corazón,
jamás te olvides, Señora,
de tu amor, adiós, adiós.

Al partir de regreso, mi amigo se baja conmigo hasta la plaza. La sirena hace ya rato que sonó desde la torre. Al pasar por su puerta, Higinio sube del huerto con la guadaña apoyado en la muleta. Ya en la carretera uno se da cuenta de que a un lado crece el roble y al otro el sabinar, detrás están los pinos, pero no se ven, quedan al otro la do de las sabinas en dirección al Tajo. Son pinos resineros, fuente ­de ingresos que fue para las gentes de Selas.

(N.A. Junio, 1983)