lunes, 12 de octubre de 2009

ROBLELACASA


En cualquier época del año supone siempre en la persona del viaje­ro un grato placer el hecho de perderse por estas sierras que rodean al Pico Ocejón. Yo, por mi parte, he venido muchas veces, esa es la verdad, y espero volverlo a hacer por cualquier motivo coincidiendo, al poder ser, con las cuatro estaciones del año, pues, para cada ­una de ellas, tienen estos lugares un encanto muy particular.
He salido de casa hoy hacia estos familiares parajes con tanta o más ilusión como lo hice la primera vez. No obstante, ignoro si a las hora que son y a tales alturas, en la tarde de finales de abril el cielo serrano aguantará o no sin estallar. ­Noto al pasar por Campillejo cómo las crestas de las montañas se han fundido con el tremendo nubarrón oscuro que augura la tor­menta. A veces surgen en la oscuridad de la sierra las culebrinas del relámpago a las que sigue, como en un siniestro continuo, el ronquido del trueno. Luego veré descolgarse del nubarrón como una cor­tina de agua cuyos flecos descargan en las cumbres; es la imagen leja­na del turbión que, a relativa distancia de aquí, tal vez por los cuarteles de Sonsaz o por los pinares de Cantalojas, sacude de manera imprevista y violenta. ­La tarde se ha puesto pesada. A la altura de El Espinar los pájaros cantan en la arboleda y los mirlos vienen y van en vuelos rápidos a po­sarse nerviosos sobre las piedras de la cerca. El Ocejón parece hin­char su ingente mole con la humedad, al tiempo que se esconde entre aquel maremagnum de luces y de ruidos, mientras que los minutos, por lo demás, transcurren en absoluta calma.
Como en cada viaje las vacas de Campillo de Ranas pastan en las praderas que hay al otro lado del empalme. Las vacas de Campillo se no­tan inquietas, como los pájaros, se sacuden más que de ordina­rio las colas contra el lomo para espantar las mosca, lo que no deja de te­ner un claro simbolismo.
Ya desde el empalme, en una longitud nunca inferior a los dos ki­lómetros, la carretera es un desafío a la temeridad hasta el mismo puente sobre el arroyo del Soto. A uno se le ocurre pensar que no hay derecho, que con un poco de buena voluntad y dos camiones de gravilla, la solución sería un hecho y la situación bastante diferente. Como recom­pensa, porque siempre la Naturaleza es así, la visión desde estas laderas agrestes de jaral llenan con mucho el ánimo caído de quien viaja. Pocas espectáculos naturales tan completos se podrán ver como los que brinda gratuitamente, en una tarde así, la cara sur de estas sierras ba­jo el manto tenebroso de los cielos; las montañas como fondo inalcanzable, y en un discreto primer plano las casas de Campillo, cabecera de zona, negras todas, con su torre inconfundible de pizarra punteada de caliza en las esquinas y en los encuadres del campanario. Las ovejas de Paco, el pastor de Campillo, aparecen y desaparecen mansas entre los brezos y los matorrales del barranco, sonando las esquilas que la paz de la tarde hace subir nítidas hasta nuestros oídos. Es una pena que la dificultad y el tacto al conducir por esta pista de tierra bacheada y de piedras puntiagudas, impida a los ojos el poder recrearse en los declives de alrededor tapizados de jaral y bosquecillo bajo, con va­rios robles centenarios repartidos casi estratégicamente a lo largo y a lo ancho de aquella mancha oscura de maleza que, cuando el arroyo mana, se lava los pies en sus corrientes.
Roblelacasa vendrá en seguida, al final de una cuesta. Como es fin de semana hay aparcados junto a la iglesia cuatro o seis automóviles, todos ellos con matrícula de Madrid.
Aunque de momento los cielos continúan sin abrir, es decir, no llue­ve, las cumbres de los montes siguen siendo una sola cosa con los vapo­res oscuros del nubarrón.
La iglesia de Roblelacasa está en ruinas. La espadaña de pizarra se inclina peligrosamente mirando al suelo con los ojos rotos de sus dos vanos. Un par de barras de hierro impiden pasar por debajo del cam­panario ante un posible desplome. Por frente hay un cartelillo sobre la alambrera de una casa hundida que dice: “Se vende este solar“, luego el número de un teléfono de Madrid.
Todavía no he visto a nadie. En una de las dos o tres viviendas que hay un poco separadas del resto del pueblo en el barrio de arriba, apa­rece y desaparece un señor conduciendo una carretilla. En Roblelacasa están cerradas las puertas; los suelos son de hierba bien crecida en los márgenes de las calles, cuando no de toscos volúmenes de piedra que le sirven de peana. Las golondrinas suenan jolgorisas en los alambres animando la tarde gris. En los tejados de algunas viviendas solitarias el viento hace sonar los retazos sueltos de plástico. “Calle de la Fuen­te”, “Calle de la. Plaza”, “Calle Mayor”, “Calle Esvaradera”, dice en las esquinas escrito en unas hermosas placas de color azul, comunes a to­dos los lugares de la pequeña comunidad de Campillo. La calle de la Esvaradera queda al final de la Calle Mayor, está un poco en cuesta y tiene el piso de pizarra lisa. Cuando llueve o hay hielo, en la Calle de la Esvaradera las personas que vienen de la fuente patinan y rompen las cantarillas o los botijos contra la peña. Algunos de los rincones del pueblo cubren la puerta de entrada a las casas con tejadillo de pie­dra y madera oscura; la imagen que resulta, siempre con los montes como fondo, es una imagen antigua, remota y bellísima a la vez. En los huertos de extramuros lucen sus flores blancas los cerezos.
El vecindario todo, o casi todo, se halla en este instante en la Calle Mayor, larga y estrecha con el piso de piedras. Son, supongo, los dueños de los coches que hay arriba con matrícula de Madrid. Los mayores en edad, como don Calixto, don Marcelino y don Genaro, saco en conclu­sión que son nacidos y criados en el lugar, y residentes fuera de allí desde los años sesenta en que la emigración a la ciudad se puso de moda. Los más jóvenes son, seguramente, madrileños afines a la familia; gente amable y abierta por principio a la conversación y al trato ameno.
Me invita don Calixto Encinar a ver su casa. La puerta tiene por encima una carteleta que dice “El Pizarral”. La casa es pequeña en dimen­siones pero muy bien aprovechada. Tiene por detrás un apacible jardini­llo en lo que fueron cuadras, y un bidón en alto para el agua corriente.
- No está mal, ¿verdad usted? -me dice el dueño.
- No señor, está muy bien. A mí siempre me gusta todo lo que veo por estos pueblos. Un poco abandonados, pero van tirando. Eso es bonito.
- Algo se va haciendo. Lo peor es la carretera. Hace dos años nos pu­sieron la luz eléctrica en las casas, y el invierno pasado nos La pusieron también en las calles.
- ¿Cómo se arreglaban antes?
- Pues cada cual con lo que podía. Últimamente con faroles de esos de gas y con baterías de coche. En el poco tiempo que estuve en su casa, don Calixto me contó no se cuantas cosas, muchas cosas, demasiadas cosas; tantas que apenas si pu­de anotar que su bisabuelo fue un jefazo de cuando los carlistas, y que tuvo al final que exiliarse en Francia; que en el término de Roblelaca­sa se da el cuarzo cristalizado, y que a un par de ki1ómetros de allí están los restos del antiguo poblado de El Guijón, cuyos habitantes murieron to­dos envenenados en una boda y el pueblo se acabó por hundir.
- ¿Y cómo fue eso?
- No lo sabemos. Nadie lo hemos conocido. Debe de hacer más de un siglo. Dicen que si sería por una salamandra que les cayó en la caldera del chocolate, vaya usted a saber. Hasta hace poco se ha ido empleando para guardar ganado en las pocas tainas que quedaban en pie.
Metidos en las profundidades oscuras de la Historia de la, comarca, no sé cómo salió a colación el cura guerrillero de Tamajón de cuando 1a Guerra de la Independencia, y otro cura más -de éste debo confesar que no tenía idea-, el de Majaelrayo, que fue hereje en el siglo XVII. Creo que en ambos casos no sería malo una investigación a fondo acerca de la personalidad y hazañas de ambos clérigos serranos.
Mis amigos acuerdan que nos acerquemos en un momento a las ruinas del poblado de El Guijón. No parece que tengo excesivo interés, puesto que de antemano me las imagino, pero me dejo llevar. Pasamos primero por la plazuela de la Iglesia, en donde hay un olmo agonizante lo mismo que el pueblo. El señor Marcelino me indica que entre para que lea en el sue­lo los escombros y los yerbajos del jaramago. El techo, que debió ser de buenas maderas, cedió y se vino abajo. En el portalejo de entrada hay amontonadas en un rincón unas cuantas gavillas de jara seca.
- Y qué bien arde eso, ¿verdad usted?
- Sí señor. Eso arde como la pólvora.
En tanto que marchamos a pie por pista de jarales hacia las ruinas de El Guijón, situadas al noreste del pueblo, mis amigos Marcelino, Ge­naro y Calixto, me explican que en Roblelacasa han sido corrientes dos apellidos sobre todos los demás: Mínguez y De Pedro; que en ellos mismos tenía la muestra: Marcelino Mínguez y Genaro de Pedro. Luego me hablaron de la fiesta mayor del Santo Niño, trasladada desde el tercer domingo de septiembre que se celebró antes, al primer fin de semana del mes de agosto en el que la celebran ahora.
- Aquí tiene usted la era del pueblo. Hermosa, ¿verdad? No había otra mejor en la contorna. En esta era trillábamos todos. Siempre hacía aire, mucho o poco, para alvelar a gusto.
Siguiendo a pie la pista, con la tarde triste y más calmada, se di­visa al fondo en una ladera lejana el lugar de Corralejo, uno de los cinco pueblecitos serranos desligados injusta e injustificadamente del resto de la provincia por cuanto a comunicación: Corralejo, Colmenar, Peñalba, El Cardoso y Bocígano, los recuerdo con cariño por esa razón precisa­mente.
- En coche no se puede ir Desde aquí -me dicen. Unos pastores de Peñalba vienen dos veces al día, andando o con las caballerías des­de Corralejo. A casi dos horas caminando yendo a buen paso.
Al pie del cerro Cabeza de Ranas en su cara sur es donde estuvo en otro tiempo el poblado de El Guijón. Salvo los muros derruidos de las casas, no queda ninguna otra cosa a simple vista que pueda asegurar que allí habitó alguna vez la especie humana. Como de mayor interés por estos para­jes, la visión solemne de la sierra, con el cerro de San Cristóbal al poniente como su mejor puntal; las aguas primaverales de los regatos, transparentes y limpias, en la escasa lagunilla de entre los robles que se secará a finales de mayo; la gracia evocadora de las parideras, que hablan al visitante de sacrificadas expediciones en busca de la mejor climatología en tiempos de la trashumancia.
Con todo este serio panorama ante los ojos nos sorprende la lluvia, a quince minutos de camino para llegar al pueblo. Apenas son unas cuantas gotas que, según mis acompañantes, no pasarán a más, ellos lo saben. El campo serrano, después de una primavera pasada por agua, parece como si quisiera reventar de vitalidad, de aromas montunos, de transparencias sin paliativos que son realmente el alma de la Naturaleza. Alrededor, más o menos lejos, los techos color ceniza de los pueblos acabados de lavar, el soplo refrescante de los vientos, el tintineo continuo de los rebaños que pastan a placer entre los brezos y las matas de jara.

(N.A. Mayo, 1988)