miércoles, 28 de octubre de 2009

SAÚCA


Una razón de manera casi exclusiva, aparte de las muchas más que cada semana nos vienen arrastrando por toda la geografía guadalaja­reña a todo su largo y ancho, nos trae hoy hacia este conocido lugar adonde hemos dirigido nuestros pasos aprovechando las primeras horas de ­una soleada tarde de invierno. Saúca nos recibe sin hacernos demasiado caso, como recibe a los eruditos y a los turistas que, atraídos ­por la riqueza sin par de sus piedras labradas, se acercan por aquí, echan una mirada detenida a los recogidos exteriores de su iglesia, sacan alguna fotografía y se van otra vez por donde habían venido.
También yo he venido a girar visita igual que un turista, he vis­to su iglesia desde fuera, he tirado algunas fotografías y, a dife­rencia de aquellos, me he quedado aquí, conviviendo con la gente y vagando por sus contadas callejuelas hasta que el frío de las últimas horas me ha obligado a emprender el viaje de vuelta.
Como la experiencia me tiene advertido que el momento justo de hallar con vida las formas románicas de los capiteles y de los atrios -tal vez por ser la hora más propicia para vislumbrar lo eterno- es la de los soleados atardeceres de un día frío, cuando los rayos se ti­ñen de naranja al restallar contra los modelos que legró el secular cincel, aquí estamos, puntuales, gozando en solitario de los misterios del alma medieval, ante la muestra más pura de arquitectura románica, en conjunto, que hayamos podido mirar y admirar en nuestra ya larga andadura por los infinitos que la provincia guarda como reliquia de aquellos largos siglos de ventura para el arte sagrado.
He venido demasiado pronto. La gente de Saúca, cuando yo llego, debe de estar reposando en la sobremesa de sus hogares; un puñado es­caso de viviendas rodean el joyel arquitectónico de la iglesia. En torno al pueblo suena el ladrido de los perros, en fatal mezcolanza con los motores de los camiones que suben la cuesta bramando potentes. La vista tiene alrededor como deleite el agrio panorama de las colinas limpias de poniente, colinas sin altura donde parece haber desaparecido el tomillo al soplo del viento. Junto a las casas toman categoría de vecinos por orden natural los huertos cercados de paredón en los que, caprichos de la época, no se cría nada.
Sopla el viento poniente por entre las columnas emparejadas del atrio. Al silbo del aire, los ángeles, las vírgenes, los frailes y los campesinos de piedra que adornan los capiteles, parecen emitir gemidos ininteligibles desde sus cuerpecillos ingenuos y desproporcionados. Y sobre todo aquello, el milagro de una Anunciación románica, la gracia del acanto, la gravedad solemne del atrio porticado donde el peso de los siglos es todavía mayor que el peso de la piedra.
El tejadillo que cubre la única portona de la iglesia se ve le­vantado. Andan en obras de restauración. Las columnas gemelas se han desgastado con los vendavales y los aguaceros de casi ochocien­tos años. Otras han sido repuestas con poco acierto. Bajo el pórti­co manda la penumbra, que el sol carga de misterio al proyectar so­bre el suelo y sobre el muro los perfiles nítidos de los arcos. Al tiempo que el pueblo duerme, un mastín se desgañita en ladridos aupando al forastero que ha dedicado, quien sabe si más tiempo de la cuenta, a otear alrededor del viejo monumento hasta infundir sospechas.
Frente al pretil hay un bar que se llama “Casa Goyo”. Es, por su­puesto, el único establecimiento de recreo que existe dentro del casco urbano de Saúca, medio escondido en un rincón de la plaza. El amplio salón del bar acoge, con todo el calor que desprende una enorme estufa de leña, a los clientes que llegan hasta él contagiados por el frío sepul­cral de las piedras.
- ¿Qué va a tomar?
- Una copita de coñac. Gracias.
El' pueblo de Saúca, sin para el caso haber entrado en él, me pa­rece ínfimo; mucho más pequeño de lo que pensé después de haberlo mirado tantas veces a vista de pájaro desde la carretera. Una señora ­joven y una niña pequeña andan por detrás del mostrador repleto de botellas y de trofeos. En la pared frontal hay un mapa de la provincia de Guadalajara y muchos platillos colgados, de esos que se venden en las ferias con dibujos y refranes de humor.
- Mal tiempo.
- Pues sí; aquí aun se está bien.
Es el único cliente que tiene el bar a estas horas, si no es algún miembro de la familia. Un hombre mayor que se llama Cecilio y anda entretenido con la pequeña que hace un momento correteaba por dentro del mostra­dor detrás de su madre. La niña lleva un lápiz y un pedazo de cartón en la mano.
- Trae aquí, que te pinto un zorro.
La niña se lo da, y sigue con los ojos abiertos como platos la torpe maniobra de Cecilio en el trozo de cartón. El zorro que resultó no parece un zorro; está más cerca de ser una burra que un raposo.
- ¿Donde está el zorro? –pregunta la chiquilla
-¡Aquí! ¿Es que no lo ves? El rabo, las orejas, los dientes...
La niña se ha quedado bastante desilusionada, tira el zorro deba­jo de la mesa y se vuelve al mostrador con su madre. Ahora entra un matrimonio joven y toma vermú en la barra.
Saúca, visto desde la amplia y luminosa plaza en donde está el frontón, al caer de la espadaña, es un pueblo desparramado, de difí­cil y complicada urbanización. Subiendo hacia el norte, se llega en seguida a los callejones extramuros que dicen de San Miguel, de cara a una veguilla de tierras muertas y llanas. En los callejones de San Miguel el Tío Raimundo se frota las manos al sol, junto a una carretilla de leña. Nuestro hombre es un señor bajito y sin comple­jos, hablador y muy simpático, vestido de mono azul, boina y chaque­ta de pana gruesa. El Tío Raimundo fuma un cigarrillo gordo de pica­dura.
- Yo es que fumo caldo, ¿sabe usted? El otro no me gusta porque echa mucho humo. Resulta un poco gordo, pero dura más.
Hablamos amigablemente, familiarmente, resguardados del frío ba­jo el quicio de una paridera.
- Oiga, cuando yo era fumador hubo un tiempo en que también gas­taba tabaco de liar, pero lo partía para dos veces.
- Sí, el Graciano también fuma de esto y lo parte, ¿y qué le pasa?, pues que fuma solo papel, que yo creo que es aún más dañino. No se vaya a creer que es el tabaco como antes. Todo esto es veneno.
- Poco personal se ve por el pueblo, señor Raimundo.
- Nada, cuatro viejos y cuatro perros, nada más. A este pueblo le ha pasado que se fue la juventud, y aquí nos quedamos los más inúti­les.
- ¿En qué pasan el tiempo?
- En trabajar. Y cuando no hay mucho que hacer nos bajamos al bar y echamos la partida. Ahora voy a ver si bajo una poca leña.
Un aguilucho corta el azul muy alto, girando plano y solemne sobre los campos del Tovar. Vuelvo a la plaza. Creo que no he visto a nadie más por las calles de Saúca. Cuando pregunto por el alcalde me dicen que no está en el pueblo, que trabaja en la gasoli­nera del motel y que aún no ha vuelto. Por encima de algunos dinte­les, en conjunto armónico con la destacable rejería de las casas, se ven dibujos esgrafiados sobre las fachadas que hablan del buen gusto y de la vida sin prisas de quienes nos precedieron. Con la tarde de caída se oye, no muy lejos de la plaza, el ruido estridente de la piedra de esmeril en una nave que uno supone deberá ser la herrería.
­En contraste con la antigüedad de la iglesia quedan pendientes de la barra los columpios de los niños que ponen su nota festiva a la soledad de la plaza. Las postreras luces de la tarde han tomado para sí el triángulo del campanario, colándose por sus dos vanos que la absorben como el papel secante a través de la superficie mate de los si­llares. El pueblo aguarda la noche adormilado, mustio, recogido en su propia insignificancia que vigilan desde tiempo inmemorial los leones alados del atrio. A cuatro pasos el mundo loco de la velocidad, que corre desbocado por la carretera general sin detenerse a pensar, sin mirar siquiera, la útil lección de aquel silencio de siglos.

(N.A. Febrero, 1985)