martes, 13 de octubre de 2009

ROBLELUENGO


Son tantas las ocasiones en que, llevado por la aparatosidad de es­tas sierras, he caído en la tentación de describir apasionadamente sus picachos y barranqueras, sus trochas pizarrosas y su ambiente virginal, que hoy rehúso conscientemente a insistir acerca de tan agradable que­hacer.
Estoy muy próximo ya al lugar de Robleluengo. El tiempo es bueno. Despertó de su letargo invernal el abejorro y se puso a zumbar entre las jaras. Por Campillejo las vacas del pasto han invadido la carretera. La vaquera hace calceta al respaldo de unas peñas. El Pico Ocejón, casi al alcance de la mano, luce su joroba verdipintada dominador de to­da la sierra. Robleluengo queda ahí poco más adelante, a mano izquierda y ligeramente desviado de Majaelrayo. Como retoño de mujer negra se aso­ma el pueblo por encima del bosquedal de robles, desnudos aún, al pie mismo del cerruco moreno que llaman Cabeza de Ranas.
El pueblo lo atravieso entero, de sur a norte, sin haber visto a na­die. Algunas casonas de refinado rusticismo enmarcan a derecha e izquierda la calle Mayor. Acabo de sentarme sobre uno de los troncos del juego de bolos, a la vera de un olmo de la plaza. Por encima de los tejados de mate negro tengo frente a mí la cima del Ocejón, con una brizna de nieve todavía en la cara que da a la sombra. A mano izquierda el molde de la iglesia del pueblo, esqueleto en pie de pizarra con espadaña calada, pe­ro sin techo desde hace más de setenta años. Atrás las casas y los co­rrales, y a mis pies, pisando el terroso rectángulo, el viejo estadio de las grandes celebraciones, campo del honor y de la gloria donde mozos y casados mostraron en otro tiempo sus habilidades: el juego de bolos.
Un gallo me mira desafiador desde lejos plantado en medio de la calle. La curiosidad me empuja ante tanto silencio, a pasar al interior ruinoso de la iglesia en ruinas. El suelo me sorprende limpio, sin cascotes ni matujos que son por lo general el adorno obligado de las casas hundidas. Las baldosas del pavimento a la intemperie se ven cuarteadas, pero com­pletas casi todas. Creo que los veraneantes lo limpiaron para la fiesta de San Pedro el año pasado, y que trajeron al santo a su antigua sede después de casi ochenta años sin que la imagen hubiera atravesado sus muros. Desde entonces Robleluengo está sin parroquia. Se dice misa el día del patrón, pero la iglesia oficial del pueblo es la de Campillo de Ranas, a cuyo municipio pertenece como lugar anejo.
Por la calle Mayor sube ahora sonando el claxon la furgoneta de un vendedor ambulante. El gallo de marras ha roto su altivez, por la cuanta que le trae, ante el peligro de verse aplastado bajo las ruedas, y arranca a correr despavorido por la calle de San Antonio. Las puertas de varias ca­sas están protegidas con tableros contra la lluvia mientras que los dueños están fuera. Son característicos también aquí, como en casi todos los pueblos serranos, los poyos de piedra donde las señoras se solían sentar para hacer costura y se reúnen en las horas de estío los vecinos durante la trasnochada. La fuente pública de la calle Mayor, por su parte, tiene un grifo que sólo funciona cuando se le hace girar y permanece exangüe cuando nadie la necesita. Todas las viviendas, de oscuro ma­te como se dijo, descienden alineadas a una y otra mano, pintorescas, sugerentes y en perfecto orden. Casi al principio de la calle Mayor, Ma­riano, el tendero ambulante de la furgoneta, despacha a una señora que lleva en la mano la cesta de la compra llena hasta los topes.
-Ah, pues esto -me dice- es sólo para una semana. Tengo en casa dos hombres que comen un disparate. No lo sabe usted muy bien.
La mujer es amable en extremo, abierta y sin complejos. Me ha dicho que se llama Emilia, Emilia Peinado.
- Familia entonces -pregunto- del Tío Encarna de Majaelrayo, que en paz descanse.
- Sí, el Encarna era primo mío. ¿Qué le parece el pueblo?
- Bien. No me atrevo a juzgar porque siento cierta inclinación por estas sierras. Me parece muy sano y muy bonito. Le aseguro que no me importaría vivir aquí, si fuera preciso. Noto que el pueblo tiene en realidad una sola calle. ­
- Pues casi sí, las demás son menos importantes. Esta es la calle principal. Verá que casi todas las casas están cerradas. Somos en el pueblo ahora, mismo dos familias, nada más.
- Los hijos volaron ¿verdad?
- Pues sí. Yo tengo seis, y con nosotros sólo vive uno. A mi Rufino seguro que lo conoce usted. Es concejal del ayuntamiento de Guadalajara.
- Se refiere usted a Rufino Sanz, supongo.
- Claro; es hijo mío.
- No sabía yo que fuera de por aquí. Sí que lo conozco, naturalmente. Lo suelo ver con alguna frecuencia. Buen chico.
- Qué quiere que le diga yo. Vale mucho. Es muy bueno y muy estudioso. Mariano, el tendero, sube desde Guadalajara todas las semanas por estos pueblos, incluso en invierno. Se me ocurre pensar si para dos clientas le merece la pena subir, ni si quiera para las otras pocas más de ­los pueblos colindantes. Mariano dice que también lo ve así, pero que alguien debe servir a todas aquellas personas y que él, mientras pueda, lo hará con mucho gusto.
- Ya lo ve. En verano sí que hay épocas en las que merece la pena venir, pero el resto del año, ni hablar, por mucho que compren.
- Llevas de todo en la furgoneta.
- Casi de todo: embutidos, frutas, conservas, jamones, verduras..., de lo más imprescindible. Soy del supermercado “El Jamón” de Guadalajara.
La otra señora de Robleluengo se llama Pilar; le dicen Pili. Es muy joven, quizás no llegue a los treinta. Me explica que es del pueblo, pe­ro que pasó en Madrid su juventud. Luego se casó y la suerte le ha vuel­to a traer a Robleluengo.
- Estoy contenta de estar aquí ¿por qué no? Me gusta la vida del pue­blo. Un poco triste es esto, pero nada más.
- ¿Qué harán con los niños cuando sean un poquito mayores?
- No sé. Está eso muy lejos todavía. Ya veremos.
En el aparato de radio de la furgoneta suena mientras tanto a mu­cho volumen Radio Madrid. La voz inconfundible de Carmen Pérez de Lama está entrevistando a famosos de tiempo atrás e intercala, de vez en cuando, alguna canción retrospectiva de los años sesenta. Todo es her­moso, alegre y optimista, en la tarde serrana. Por su parte, doña Emilia me ha dicho que espere un momento, que enseguida vuelve y me va a acom­pañar para que vea un poco el pueblo y una casa muy típica que me gus­tará verla.
- Muy bien. Espero. No sabe cuánto se lo agradezco.
La calle de San Antonio comienza y acaba en la calle Mayor. Da vuelta por los huertos y gira otra vez hasta cerca del juego de bolos. La casa de la señora Emilia la vemos desde fuera. Es de cuidada construc­ción serrana, levantada por su marido y por su hijo a base de planchas de pizarra, con mucho oficio por cierto. Al respaldo aparecen marcadas en piedra alabastrina las iniciales R.S.
- Es el nombre de mi marido. Casi todo lo nuevo que hay en el pueblo lo han hecho entre mi hijo y él.
Los herrenales que lamen al saliente la calle de San Antonio están todos perdidos, comidos de ma1eza e improductivos. La razón puede ser la falta de manos que los cuiden y la escasez de agua para poderlos re­gar. Mas adelante hay un olivo alto y desarrollado, especie común en otras zonas de la provincia pero que por estas sierras no se suele dar.
- Ese olivo está ahí porque, hace casi noventa años, lo plantó una chica con el ramo que daban en la iglesia el Domingo de Ramos. La que lo puso hace ya años que murió siendo muy vieja.
Cerca de nosotros se ve desde la calle de San Antonio el pueblo de Majaelrayo, montaraz y legendario, al pie del Pico Ocejón. Tierra hábil de solaz y de excursionismo, de gentes honradas y de ganados de buena clase.
- ¿Qué quedan en el pueblo, un par de rebaños?
- Qué va. Un hatajo de ovejas que tiene el otro vecino y cuatro ca­bras que tengo yo.
Entramos ahora a una vivienda curiosísima, a manera de estudio, refugio para un artista que prefiera la soledad. La casa está toda montada sobre piedra oscura. La construyó el marido de doña Emilia ajustándose a los moldes más originales.
-Un poco rara parece ¿verdad? -me dice la mujer.
-Sí, pero se ve muy bien aprovechada y muy cómoda.
- La dueña es una señora alemana. Viene con amigas de vez en cuando a pasar aquí alguna temporada. Para Navidades viene siempre. Le gusta que vengamos a pasar aquí ratos con ella.
En el único salón de la casa están todas las dependencias: el come­dor, el cuarto de estar, el dormitorio y la cocina. No los separa nin­gún tipo de tabique. La cama o dormitorio de doña María Koch Georgi, la alemana, queda en alto, como colgada. Sobre una repisa con barandilla, a la que se sube pisando en planchas de piedra incrustadas en la pared a mo­do de escalera. En la mesita de noche, junto a la cama, hay una lampari­ta y una novela escrita en alemán. De las paredes cuelgan originales y acertados adornos, también algunos diplomas extendidos a nombre de la dueña.
- Es una señora muy agradable -explica doña Emilia. Vive en Madrid y se ve muy encariñada con este pueblo. El cuarto de baño es lo único que tiene con su buena puerta, separado de lo demás de la casa.
Visitamos luego la era de trillar, limpia y soleada algo más allá de la plaza y de las ruinas de la iglesia. Después miramos sin entrar en él un chalet magnífico poco más adelante. El sol marceño que al hilo de las seis de la tarde ya ha perdido fuerza, inunda las laderas de roble y las crestas de las montañas de una refulgente transparencia. Uno tras otro, la señora Emilia me va hablando de sus hijos, de sus estudios y de su comportamiento. De los seis -pienso que a base de sacrificios- han estudiado cinco. Un gesto a imitar que honra a todos, pero más a los padres que han sabido darse y dar todo lo mejor “para que ellos sean algo”. La buena señora mal disimula su profunda satisfacción cuando lo cuenta.
- Son todos muy majos y muy trabajadores; no me puedo quejar. La pequeña estudia ahora Ciencias Económicas.
Como impresión tomada a vuelapluma, después de dos horas de estancia en Robleluengo, pienso que puede valer. En un tranquilo rellano a la vera del cerro Cabeza de Ranas, el pueblo vive feliz, o agoniza, no lo sé, bajo un ambiente impoluto y virginal. Paraíso que destaca como cuartel no conquistado en el corazón mismo de lo que un día di en llamar Impe­rio gris de la piedra de pizarra, y otros apelan como los Pueblos Ne­gros.

(N.A. Abril, 1988)