martes, 20 de octubre de 2009

SACEDÓN


Uno no sabe a fin de cuentas si obró bien o no intentando buscar la Villa de los Baños en el centro mismo de toda su actividad veranie­ga. Los pueblos en verano -así me lo dice la experiencia de tantos años de viaje- no son lo que son; pese a todo, he preferido caer en la capi­tal de los lagos en plena efervescencia estival, una mañana cualquiera de esas que cada año recortan con las tijeras del tiempo el trasiego de los veraneantes.
A la sombra, fresca aún, del muro poniente en un bar de la plaza, el corazón de la villa tiene cierto aire cosmopolita, incluso en exótico y dispar de las construcciones que lo rodean. Codo con codo al soberbio torreón de la iglesia comparten el espacio alcarreño el blo­que con vocación nórdica de las Cajas de Ahorro y el tantas veces vili­pendiado edificio de la Casa Consistorial. Realmente que no se pudo concebir con peor fortuna la coraza frontal del Ayuntamiento. El riguroso gris opaco del hormigón y la cristalera hacen un inaceptable maridaje a todas luces, pese al artístico mural que con motivos marinos lo intente disimu1ar en un puzle de azulejos alégóricos. Sobre todo aquel maremag­num de impresiones que, quieras que no, personalizan la estampa urbana de nuestra villa, alza su áspero corpachón mirando al pueblo el alto vigía de la Coronilla, revestido en su falda de bosquecillo bajo, de enanos olivares en la cuesta y de plantas aromáticas con olor y color a paraíso. En la cima abre sus brazos la imagen del Sagrado Cora­zón de Nicolás Martínez, bendiciendo a perpetuidad el increíble juego de las aguas embalsadas y de los sequeda1es alcarreños, símbolo de la obra entera de la creación.
Un abuelo tose la última nicotina de la noche anterior sentado, sin tomar nada, a mi vera en un velador del bar sentado a la sombra. Cientos de vencejos revolotean como locos alrededor del campanario. Las tres ban­deras del ayuntamiento cuelgan de sus mástiles lánguidas, inmóviles, a la espera de un soplo de brisa que haga mover sus colores. La bandera que hay a nuestra derecha es la oficial de Sacedón, estrenada en las fiestas patronales de 1984, y que consta de tres formas poligonales con los colores blanco, rojo y amarillo. Antonio, el barrendero, arrastra su cepillo de púas por las inmediaciones de la fuente-surtidor en la glorieta de la plaza. El hombre trabaja con interés, rasca sin descanso en su intento de dejar de buena mañana. la plaza como los chorros del oro. Antonio es parco en palabras. Uno piensa que el sol de justicia que se empieza a notar y la sudadera con que se rubrica el quehacer de los hombres, quitan al más pintado las ganas de hablar y de pararse en contemplaciones.
- Bastante suciedad, por lo que veo.
- No me diga. En este tiempo hay que barrer a diario.
- Parecen poco cuidadosos los turistas.
- Poco no, nada. Uno a barrer y ellos a ensuciar, no doy abasto.
-¿Por qué no funciona la fuente?
-La ponemos en marcha sólo por la noche.
Las crónicas de la época dicen que Sacedón adquirió categoría de villazgo en 1553, concedida por el emperador Carlos I. A raíz de la Guerra de Sucesión quedó casi despoblado, volviéndose a rehacer un siglo más tarde. De lo que no hay duda, es de que a diferencia de otros pue­blos y villas de esta tierra nuestra y por extensión de toda la España rural, Sacedón ha encontrado el momento álgido de su historia en estos tiempos que corren, si bien, su tradición como remanso estival y lugar de reposo célebre por sus baños, le vienen desde los tiempos de los Cé­sares, dieciocho o veinte siglos atrás (Thermida, se le llamó entonces). En el poblado o balneario de La Isabela, a una legua escasa de la villa, hoy desaparecido bajo las aguas del embalse de Buendía, junto al Guadie­la, se curó de reuma el Gran Capitán. El rey Fernando VII construyó un palacio y le puso nombre en recuerdo de su segunda mujer, doña Isabel de Braganza, que se bañó allí con otras ilustres cortesanas de su tiempo. Hoy, apenas quedan del poblado borbónico de La Isabela sus ruinas roídas y calcinadas cuando a las aguas del pantano les da por bajar de nivel.
La colosal iglesia de Sacedón ha venido siendo noticia durante los últimos años debido a los trabajos de restauración lle­vados a cabo por su actual párroco con la desinteresada colaboración de los vecinos. Las tres naves de su interior se ven ordenadas y limpias. Pese a su monumentalidad es una iglesia acogedora, una iglesia que invi­ta a rezar y a saborear con gusto lo que en ella se ha hecho por el simple placer de pasmarse ante las cosas bien acabadas. Se nota, claro está, la falta de detalles de primer orden que desaparecieron cuando la última contienda civil y que se irán recuperando a fuerza de tiempo y de sacri­ficios. Desde los bancos de la nave central la mirada deambula solitaria por sus dos hileras de columnas voluminosas, cuyos capiteles se deshacen en artísticas nervaduras que luego recorren entremezcladas la bóveda ce­ntral manera de un misterioso sistema circulatorio tallado en piedra.
A la izquierda del altar mayor se deja ver una sacristía palaciega, se­vera y luminosa, a través de la puerta calada por la que permite asomarse. En el ala opuesta está la capilla del Calvario, magnífica, donde concluye la estación número catorce de un vía crucis reciente, con estampas impresionantes enmarcadas en pan de oro que recorre todo el tem­plo. Entre la capilla y el presbiterio hay un lienzo que representa a la Santa Faz -la Cara de Dios para los que aquí viven- patrón de la villa.
- Obra de titanes, don Aniceto. ¿Qué tiene para después en proyecto?
- El retablo. No tenemos retablo y quiero que nos hagan uno similar al que hay en la colegiata de Pastrana. Hay que dar tiempo al tiempo, pero de momento es lo que nos preocupa más.
- Un pueblo ejemplar, señor cura.
- Generosísimo. El pueblo lo ha hecho todo con algún donativo de fuera. Así da gusto. Mi misión no ha ido mucho más allí de decir vamos.
Por el Paseo de los Mártires me cruza un automóvil con un veraneante en el asiento trasero sacando los pies por la ventanilla. Ya en las afueras, la zona eminentemente turística del embarcadero se rodea de una especie de barbacana a la que pusieron el nombre -un tanto exagerado, creo yo. Tampoco es ese el caso- de Paseo de la Marina Española. Desde el mirador, los eriales retostados de hierba seca reclaman la llegada de las aguas que se obstinan en no querer subir. Allá lejos, como fondo in­confundible de las tierras orientadas al septentrión, las bruscas sinuo­sidades de la Alcarria desdibujadas por la bruma.
Al fin decido subir al ayuntamiento. Una señorita joven y muy atenta que atiende al personal por la ventanilla de la segunda planta, me ha presentado al alcalde Carlos Bronchalo. Me parece un muchacho abierto y complaciente, blanco y columna, como en todas partes, para sostener sobre sus hombros los inconvenientes y el peso de un pueblo vivo, en cu­ya persona se deja caer como piedra de apoyo.
- ¿Cuál es, hoy por hoy, el problema mayor de la villa, señor alcalde?
- El problema mayor es el económico. La escasez de dinero para atender como se merece todas las necesidades de un pueblo como éste, es un problema grave para el ayuntamiento. Tenemos, eso sí, la esperanza de que se arregle pronto.
- ¿Es difícil ser alcalde del moderno Sacedón que ahora vemos?
-Mucho; más que nada por no disponer de tiempo suficiente para dedi­carlo a él. El pueblo requiere una serie de atenciones que no siempre puede uno estar sobre ello, por falta de tiempo, desde luego.
La salida hacia Buendía viene a ser como el escape obligado para me­terse de lleno en la zona ribereña del otro mar. Cuando uno pasa por allí, observando y curioseando en los escaparates, preparados sobre todo pensando en el, se da cuenta de que afluyen callejas con nombres en las esquinas que contrastan con el optimismo que requiere una ciudadela de esparcimiento, aunque, por una de aquellas, se encuentre enclavada, como es el caso de Sacedón, en pleno corazón de la Alcarria: Calle de la Amargu­ra, del Humilladero, del Desengaño... Se ve que los habitantes de otros siglos preferían para sí y para su pueblo el regusto de lo trágico al ambiente colorista y un poco mundano que por esas mismas calles respira­mos los hombres de hoy. A estas alturas, las calles de andar se ven encajadas entre casonas antiguas, de umbrosos aleros envejecidos, junto a cuyos quicios nunca falta el anciano silente y meditabundo que ve pasar la vida a la sombra del paredón encalado sin comprender nada. Viejitos inmóviles como estatuas, sin más compañía que la de un perrillo fiel dormitando a sus plantas, que deja ante el tiempo que pasa una profunda sensación de eternidad, ajena por completo a los avatares del mundo mo­derno.
En la fuente pública de la calle General Mola hay dos mujeres vestidas con niqui chillón y pantalón corto cogiendo agua del caño desde el borde en vasijas de plástico. Se ve que las dos señoras son aves de paso, hablan con un sonoro acento andaluz y se ríen de manera estrepitosa, como locas.
Caigo al cabo de un rato ante el frontis dieciochesco de la Cara de Dios, a la sombra de una acacia. Las formas oscurecidas de la piedra se rematan en airoso campanil de doble vano que mira al mediodía. Dentro, un sacerdote anciano acaba de celebrar su misa del día ante dos docenas de feligreses. La ermita impresiona al visitante que contempla atento su recargada ornamentación, su cúpula en hemisferio al gusto rococó, mien­tras que en el ábside, entre dorados recientes y un oportuno retablillo, se ve la reproducción de una pintura mural con la Santa Faz.
Cuenta la tradición que fue aquí donde, el 29 de agosto de 1689, un catalán llamado Juan de Dios, refugiado a la sazón entre los pobres que solían acudir a diario al hospitalillo de Nuestra Señora de Gracia, es­tampó en actitud blasfema la punta de su puñal contra la pared al verse burlado por la joven Inés que, según se dijo, llevaba seducida. Al des­clavar el puñal a la mañana siguiente, se descascarilló una placa del ye­so que cubría la pared, apareciendo entonces milagrosamente la imagen del Santo Rostro con la señal del acero hendida sobre la sien derecha. La actual iglesia de la Cara de Dios se levantó más tarde a raíz de aquel memora­ble suceso, y en ella recibió durante más de dos siglos el fervor y el cariño de los hijos de Sacedón la milagrosa imagen, hasta que en 1936 fue destruida a tiros de fusil.
Hemos vuelto a centrar la visita en las inmediaciones del Ayuntamiento. Pasadas las doce el sol pega de firme sobre el limpio pavimento de la plaza. Por salir un poco de lo corriente prefiero matar los calores de la hora tomando un botellín de cerveza fresca en la taberna de “Las Chicas”. Las chicas son dos señoras de avanzada edad que miran al desco­nocido con recelo.
-¿Qué mira usted, a ver donde están las chavalas? Pues somos nosotras. Antes también fuimos jóvenes.
La taberna tiene todo el encanto de lo antiguo, de lo pasado de moda; y los precios en similar escala, para que no desdigan. Cuatro bote­llas de licor y cuatro porrones de cristal en los estantes hacen pensar a quien cae en el establecimiento que por allí pasó de largo la mano del progreso. Un abuelo dormita mientras tanto apoyado en la columna, sentado sobre un taburete pintado de color marrón.
- ¿Cuánto le debo, señora?
- Un botellín de cerveza son cinco duros.
La higuera que nació en las cornisas del campanario brilla a esas del medio día con la luz deslumbradora del verano. Sobre los cerros, la canícula, favorecida por la evaporación, comienza a difuminar en un sua­ve color plomo las breñas y los tomillares donde liban las abejas de la Alcarria. Las mujeres hechas y derechas, y las jovencitas de quince, pa­san por la glorieta de la fuente ligeras de ropa. Delante de la portada parroquial hay tres gitanos empujando a una camioneta que no funciona. La ca­mioneta de los calés está cansada de rodar y de vivir por este “perro mundo”. En la puerta de la cabina pone, con letras desiguales de autor poco docto; "Circo y bariedades".

(N.A. Agosto, 1985)