sábado, 3 de octubre de 2009

RIBA DE SAELICES, LA


A la vista de aquella cadena de cerros viejos, de monte pardo, sin otra señal de vida que el escaso matorral que crece por encima de su lisa superficie, la primera impresión que uno recibe es la de que La Riba está muy lejos de ser un lugar afortunado. Pronto se da uno cuenta de que la realidad no es exactamente esa, que hay motivos suficientes para justificar, también por su belleza y por su fecundidad, la presencia del hombre en aquellos parajes desde hace quinientos siglos. Quinientos siglos, sí, no me he equivocado.
El pueblo se ve sobre una loma de cara al fértil valle del Pra­dillo que, con el Linares por el saliente, vitalizan una inmensa ex­tensión de terrenos bajos a los que los agricultores y hortelanos de La Riba, llevan sacando desde siempre el pan de cada día.
A la entrada del pueblo hay un indicador que señala la dirección a la Cueva de los Casares. Más adelante, en mitad de una calle empinada, dos hombres colocan piedra y ladrillos sobre la pared de una vivienda en reconstrucción.
- Oiga: ¿Coge cerca la Cueva?
- No está lejos. A unos cuatro kilómetros de aquí; pero para ver­la tendrá que buscar al guarda. Dicen que es la segunda de España en grabados antiguos en la piedra.
Don Adolfo García, que no debía de seguir un horario demasiado rígido en sus trabajos de albañil, se me ofreció como guía para enseñarme lo más importante que en una mañana cualquiera se puede ver en el pueblo.
- Aquí lo más importante es la iglesia y el centro médico. Luego, claro, la Cueva de los Casares que es monumento nacional. Tenemos también concentración escolar y vienen niños de todos estos pueblos.
La Riba, subas o bajes, es un pueblo en cuesta; un pueblo anti­guo, con rincones cargados de Una belleza personal e irrepetible que se va perdiendo con los modernos sistemas y formas de construc­ción. La Plaza de la Fuente viene a ser como un mirador abierto a las dos vegas, donde sale fresquísima el agua de un monolito blanco por caños emparejados y donde las vecinas se reúnen en conversación a media mañana.
- Lo que se ve allí es la ermita de la Virgen de Armallag y el ce­menterio. Hay buen camino. La fiesta de la Virgen es para septiem­bre, el día 8; pero ahora, el día de la Ascensión, también subimos en romería.
De paso por la calle del Horno hasta la puerta de la iglesia don­de nos esperaba Emilio, el guarda de la Cueva, ha comenzado a nevar. Hay una señora muy seria en un balcón. Emilio Moreno está bajo el arco románico de la portada con una bolsa y dos linternas de carburo. La portada románica merece por sí sola, un viaje al pueblo. Es de las llamadas de columna inclinada que la erosión está destrozando en sus columnas y capiteles.
- Pues ya ve, se va desmoronando sobre todo por la humedad; de un año a otro no se nota, pero al ser de piedra arenisca llegará un momento en que, si no se toma alguna solución, desaparecerá totalmente. En los capiteles casi ni se notan ya las figuras.
La iglesia guarda en su interior, medianamente conservado, un bonito retablo plateresco con dieciséis pinturas sobre tabla, pre­sidido desde la hornacina principal por una talla de Santa María Magdalena del siglo XV y un Calvario de la misma época.
- Pero lo más antiguo de la iglesia, según el Dr.Herrera Casado, es la pila bautismal. Parece ser que, por lo menos toda la parte de la taza, es del siglo XI, la peana debe ser un poco posterior.
Me pareció ver a mi amigo Emilio y a don Adolfo con especial in­terés por llevarme hasta los muros del torreón que hay en el altiplano del Castillo, muy cerca de los límites de la iglesia en la zona alta.
- Este torreón, cuentan que lo hizo para su querida un capitán carlista. No tiene nada de particular. Ahora se usa como palomar.
El sorprendente espectáculo que desde aquel mirador se domina, tras el montículo en el que se recuesta el pueblo de cara al norte, es, a pesar de las inclemencias del día, uno de los más sugestivos regalos que uno recuerda haber puesto ante la vista en los últimos tiempos. Con toda la serenidad del campo en silencio, viene el río Linares valle abajo, dejando en ambos lados de su cauce, el riquísimo muestrario de verdes de los sembrados, de las huertas y de los frutales en flor; los tonos mate de las tierras de labor en barbechera, y los ocres y los ceniza del Cerro San Cristóbal y del Mirón por donde se abre oscura, la boca milenaria de los Casares.
La expedición a la Cueva se inició de hecho en el pequeño bar de la señora Ezequiela. Ahora, en compañía de Emilio en su misión de guarda oficial del monumento, nos embarcamos en coche a través de la vega que es necesario cruzar pasando por dos veces el vehículo sobre las aguas del río. La cueva prehistórica de los Casares está a media ladera del cerro. El ascenso no es difícil, pero requiere un mínimo de fortaleza física para llegar hasta la boca.
- Los fumadores y los alcohólicos, cuando suben por aquí lo pasan mal. Algunos se me caen como tacos.
- Parece extraño tanta piedra medio labrada por aquí arriba, ¿no?
- Claro. Es que todo esto son también restos de un poblado árabe. Ese torreón de encima de la cueva es árabe, y esto parece como el brocal de un pozo de donde sacaban el agua.­
La entrada a este importantísimo museo del arte paleolítico, cu­yos grabados de estilo cantabro-francés se han conservado impecables durante más de veinticinco mil años, es una paridera de ganado situada bajo la roca, con tierra movida y estiércol, que se desgañita inútilmente en improperios para una civilización desbocada, para una contraci­vilización envuelta en el consumismo, en la desconsideración, en la incultura y en los intereses personales. Unas rejas tiradas sobre el suelo esperan pacientemente que se superen, de una vez por todas, los absurdos inconvenientes que hoy impiden se pongan donde deben estar, para evitar al menos el paso libre de ganados y alimañas, puesto que el hombre de este siglo y del anterior ya cumplieron su misión devastadora hasta que con otras rejas, más adentro, se les cerró la entrada definitivamente.
Emilio encendió, uno para él y otro para mí, los faros de carburo antes de adentrarnos por dos puertas angostas cerradas con llave. En una especie de salita natural, ya bien metidos en el corazón de la tierra, la lección comenzó con una pregunta.
- ¿Cuándo se descubri6 todo esto?
- La cueva era conocida desde siempre, prueba de ello es que se han encontrado grabados hechos por los árabes y otros varios del siglo pasado; ahora bien, como hallazgo de grabados prehistóricos no se conoci6 hasta 1.928 en que dos maestros hijos del pueblo, don Rufo Ramírez Medina, que todavía vive, y su hermano don Claudio, lo vieron por primera vez.
- Y después los investigadores, claro
- Sí, especialmente el profesor Cabré que dio un impulso a todo esto y es como el padre de la Cueva de los Casares. Después, la Universidad de Zaragoza ha investigado mucho sobre los grabados, pero, más si cabe, en los hallazgos.
- ¿Se han encontrado también objetos?
- Sí, sí. Cantidad de cerámica y material lítico: flechas, ha­chas, y demás. Piezas molares de cabra montés, de oso, de jabalí, de hiena y muchas de caballo. Lo más antiguo ha sido un hueso metacarpiano de hom­bre que nos pone en cincuenta mil años atrás. Todo petrificado.
- ¿Dónde lo tienen ahora?
- ¿Los hallazgos?; una parte pequeña en el Nacional, y el resto lo sabrá la Universidad de Zaragoza. En la provincia, por supuesto, no hay nada.
- ¿Cuántos grabados rupestres tienen registrados?
- En total hay más de ciento cincuenta.
Cuando Emilio me contaba todas estas cosas, sentados sobre el suelo a la luz del carburo en una cavidad de la cueva donde sólo se alcan­zan a ver algunos murciélagos suspendidos del techo, yo ardía en deseos de ver la primera muestra. En seguida, cruzando un pasillo estrecho de paredes oscuras por los exudados de la roca, el guía inclinó la pantalla de la linterna hacia un lado. En la piedra se vio, como grabada a punzón, la silueta viva, perfecta, de un caba­llo que él fue marcando, sin tocar, con la punta de una vara. Luego, siguiendo en la oscuridad un itinerario que sólo Emilio debe conocer, nuevas figuras humanas, antílopes, peces, rinocerontes lanudos, más caballos, alguna pintura simbólica apenas perceptible y la imagen agresiva de un tigre en tamaño natural allá en lo más profundo. Entre todo esto y por todas partes, la huella de la bar­barie con fechas, nombres y apellidos marcados en la piedra que dificultan la visión y que, en no pocos casos, ha destruido para siempre una riqueza cul­tural y artística sin remedio posible.
De nuevo en la calle, la vega del Linares apareci6 vestida de blanco. Había caído una ligera capa de nieve que el sol comenza­ba a deshacer, sacando de la tierra húmeda y del mismo montículo sobre el que se cuelga el pueblo, una extrañísima nube superficial, una neblina tenue que en un instante devolvió sus tonos verdes y ocres a todo el valle por el que el río discurre tranquilo, y que en algún tiempo mantendría sobre su piel a hombres y animales en lucha encarnizada por la supervivencia cuyo testimonio acabábamos de ver
Me despedí de mi amigo Emilio Moreno ya en el mundo, en el pequeño bar de Manolo al resguardo del mal tiempo, teniendo como testigos mudos toda una exposición de animales disecados que adornan curio­samente las paredes del establecimiento. Allí, perdido en la oscu­ridad más absoluta, donde el tiempo no cuenta, sigue encantado el pueblo de La Riba, enhiesto en su atalaya a la luz de la vega.

(N.A. Mayo, 1981)