lunes, 19 de octubre de 2009

SACECORBO


Los confines de la alcarria, los misteriosos rincones del Alto Tajo y sus alrededores, más o menos cercanos a las corrientes del río, no son los lugares más frecuentados en mi deambular por el entorno geográfico de Guadalajara. Por los caminos de Cifuentes jamás pasé de Canredondo, ni de Saelices por el lado opuesto que los habitantes de la comarca conocen por la Sierra. Sacecorbo quedaba, por tanto, solitario en medio de esa extensa capa de páramos y de tierras cultivadas, para mí todavía sin explotar.
Es el nuestro un pueblo eminentemente agrícola en el que la ganadería, sobre todo de lanar, apunta hacia las tres mil cabezas, muestra al fin de la otra más floreciente que careó los pastizales del término en tiempos pasados. No obstante, son los campos de cereal, situados en las vegas y en las llanuras aradas que rodean al pueblo, la base principal de la economía y de la vida de Sacecorbo.
Se llega por una desviación de la carretera de Saelices, que de inmediato nos sitúa junto a la destartalada ermita de San Roque, en cuyo interior crecen espesos los zarzales y crecen, sol de frente, las formas neoclásicas en las piedras de la portada. El pueblo está aquí, llano como mar en calma, silencioso, solo; en alto sobre el ameno caserío, la espadaña de la iglesia, abierta a todos los vientos de la paramera y del lejano pinar, que se cuelan por la triple abertura del campanario.
Sacecorbo es un pueblo grande, más grande de lo que yo pensé, limpio, cuidado por los que en él habitan con singular esmero. Una ciudad pequeña en medio de una comarca eminentemente rural.
En el bar, de moderna traza, situado en las afueras, hay un grupo de hombres de Abánades, de Esplegares y del propio Sacecorbo, que se invitan y se vuelven a invitar, en conversación animada sobre la caza. El dueño del bar mira al recién llegado con cara de desconfianza, que toma notas de lo que ve apoyado sobre el mostrador. Una niña peinada con trenzas está preparando la mesa para la comida familiar en un rincón del establecimiento, al lado de la estufa.
- ¿Cómo te llamas, bonita?
- Me llamo Magdalena.
El bar está ambientado con motivos cinegéticos, que penden de las paredes o descansan en estudiada posición sobre las estanterías y el mobiliario de la sala: cabezas de jabalíes, de ciervo, zorros disecados, una gineta…
- ¿Los han cazado por aquí?
- Algunos sí; otros son comprados.
- En el bar de La Riba hay muchos metidos en vitrinas. Aquello parece un museo.
- Ya lo sé, pero son más pequeños que estos.
El sol se deja caer por las huertas de la Puentecilla. No hace calor. Al hilo del medio día la carretera es un lugar delicioso para pasear, para perder una hora sin pensar en nada. Con su pañoleta haciendo de sombrilla, una anciana está leyendo novelas de amor sentada en el rincón de su casa. Se llama Micaela la buena mujer y es muy simpática. Cuando la invaden las nostalgias la anciana se siente romántica y dice que se quiere morir, que ya ha vivido bastante. Luego, como en un tris, cambia de pensar y se vulva optimista, muy graciosa.
- Veinticuatro años llevo viviendo viuda, sí señor. Y sin hijos ni nada. Todo sufrir. Así que, ya le digo, con mis ochenta y uno acuestas, a ver qué pinto yo en este mundo.
- Bueno, eso se dice hasta que se ve la cosa fea. Tampoco será para tanto.
- ¿Qué no? Todo lo que le digo es poco. Y trabajar como una mula toda la vida; para luego, ya lo ve usted, no tener nada. Aquí es donde se ahogaron esos chicos ¿No lo sabía?
- Sí señora, sí que lo sabía. Aquello sí que fue una pena
- Y que lo diga. Que si salieron a jugar, que si no; luego la maldita poza. Que si uno quiso salvar al otro, la cosa es que la madre se quedó sin sus tres hijos. Pronto hará un año. Fue ahí mismo, en el Navajo la Vega.
- ¿Qué está usted leyendo?
- ¡Miá! Una novela de un matrimonio que se quieren mucho, y luego no se entienden, y luego se juntan otra vez. De esas cosas de ahora, ya sabe. Tonterías. Si les apretara la vida como a los demás, no tendrían tiempo de andarse con esas pamplinas.
- Ya; pero las novelas son novelas.
- Claro que son. Si yo no leo nunca de estas cosas. Me la encontré en casa de mi sobrina y me la traje para pasar el rato.
Pese a que algunos de sus vecinos consideren a aquella una tierra mísera, demasiado delicada a la hora de dar, uno piensa que en Sacecorbo se vive bien; el pueblo parece pregonarlo en este silencio expresivo de su magnífica urbanización, de su orden, de la limpieza de sus calles, en las que se puede ver un taller de carpintería, una farmacia, una carnicería, una panadería, y alguna que otra tiendecilla que abastece al punto a los vecinos de los productos de primera necesidad, y, la verdad casi insólita de una escuela de niños en funcionamiento.
En un enorme corralón, por detrás de la escuela, se orea colgado a la sombra el corpachón enorme de un cerdo acabado de sacrificar. Los niños juegan al fútbol en una especie de pradera próxima a la fuente. Por las afueras, el Tío Juan está desmotando una latilla de lentejas. Le acompaña la Tía Quintina, su mujer, sentada al sol sobre el poyo. Los dos ancianos me admiten sin reservas como ayudante, y después como amigo.
- Un buen entrenamiento para cuando no haya otra cosa que hacer ¿verdad? Aunque yo creo que la vista no le responde muy bien.
- ¡Aún me va bien, hombre! Puede que alguna se me escape, no muchas. Es que ya son ochenta y seis, y no de vida de señorito.
- Anda que no habrá visto usted cosas.
- No me hable. Cuando nos evacuaron, nadie sabe lo que tuvimos que pasar. Más de dos años estuvimos metidos en una casilla de Los Monsecos, con cinco hijos pequeños, a base de lo que daba el campo; de la caza, del trigo que teníamos que moler nosotros. Ya le he dicho que nadie lo sabe. Primero nos llevaron a Horcajo, por tierras de Cuenca; pero nos medio escapamos y nos vinimos a vivir por aquí de cualquier manera. Luego, cuando acabó la guerra…
- ¿Qué pasó?
- Nada. Aquí no quedó nada. Me quitaron las mulas, me quitaron ciento cincuenta cabezas de ganao, me quitaron la cosecha, me quemaron dos casas… Y otra vez a empezar. ¿Qué le parece?
- Digo yo, Tío Juan, que para qué quiere usted tantas lentejas. Les deben de gustar mucho.
- Éstas son para sembrar.
- Entonces, ¿para qué las limpiamos?
- ¡Toma!.. ¡Para que estén más guapas!
Cuando ya habíamos dado fin a una buena parte de nuestro trabajo, uno a cada lado de la pequeña mesita de limpiar lentejas, apareció José, uno de los cinco hijos de nuestros amigos.
- No, de los cinco no; cuando aquello de la guerra yo no había nacido. Somos ocho.
Me contó José que el pozo que hay junto a la casa de sus padres es uno más de los tantos que hay en Sacecorbo. Que su agua no se puede beber, pero que en algún tiempo hizo su papel como abrevadero de caballerías, y para regar les sirvió siempre que la necesitaron.
- Aquí, en seguida que se ahonda un poco sale agua en cualquier sitio. La tierra es por debajo muy arcillosa, y no filtra; por eso, cuando los años vienen secos, la cosecha es segura.
La abundancia de jabalíes, con los consiguientes daños a los sembrados, dice José que es nota importante a destacar entre las contrariedades que se amontonan sobre las espaldas de los campesinos. Uno piensa que los cazadores respirarán de manera distinta.
- Jabalíes a patadas. En un solo día el año pasado una cacería bien organizada, eso sí, dio treinta y cuatro piezas. Por esa parte que le decíamos antes de Los Monsecos.
La misión se acaba de cumplir. Dejo Sacecorbo como enloquecido por el estrépito que producen los altavoces del coche de un marroquí pregonando mantelerías, colchas, pañuelos, y no sé cuántas cosas más por las calles del pueblo. El estruendo que arma el mercader invita a salir sin pérdida de tiempo. Y así, con más de media tarde por delante, emprendo la retirada cortando la Alcarria en dos por tierras de Cifuentes y de Brihuega, llevando, como tantas veces más en estos sequedales, el daño del sol sobre los ojos y la vivencia toda del viaje escondida allá, en su pagina correspondiente de mi diario de aconteceres, dichosos o desafortunados, que de todo hay, en los cientos y muchos más pueblos por los que anduve.

(N.A. Marzo, 1983)