sábado, 31 de octubre de 2009

SIENES


No mucho después de haber dejado atrás sobre su crestudo alcor el castillo de La Riba, se encuentra Sienes rozando de cerca los huerte­cillos de los bajos, donde a estas alturas del año ensaya la flor del frutal. La Sierra de Pela que, poco más o menos aquí, comienza a dejar paso a otra cordillera de montañas viejas y tomará nombre más allá en Sierra Ministra, recubre sus laderas infecundas con chaparral y un poco de roble.
El pueblo de Sienes es seguramente el que cuenta hoy con el mayor número de habitantes de toda la zona. Sufrió como los demás el azote de la despoblación en los años sesenta, pero no tanto. Me encuentro al llegar con el pueblo en cuesta, construido a conciencia con casonas de piedra que cuentan en su silencio el devenir de la Historia. Hay señoras que zurcen sentadas en silla baja al abrigo de sus porta­les. El reloj municipal suena desde el tejado del ayuntamiento las doce campanadas de la hora.
La fuente redonda, a mitad de la cuesta, da nombre a toda la calle Mayor, Calle de la Fuente, dice el azulejo engarzado al sol en una es­quina. Es una calle pina, que empieza en los huertos y acaba pasada la ermita, más allá de la Plaza de las Mulas. La entrada del ayuntamiento está justamente detrás de la fuente. Allí está el frontón de pelota y la emotiva espadaña a pico de la iglesia. El ayuntamiento está cerrado. Se accede a él atravesando un arquillo de piedra que sube hasta un portalón muy viejo. En el balcón del ayuntamiento hay un escudo medio escondido que debe ser el del antiguo concejo de la villa. El balcón es una artística pieza de hierro forjado originaria, cabe suponer, del siglo diecinueve.
Todavía no he conseguido arrancar conversación con persona alguna. Más arriba, en la ya dicha Plaza de las Mulas, hay un señor al­canzando palitroques de chaparro de un remolque que luego se llevará en una carretilla. El hombre me explica el hecho costumbrista que dio nombre a la plaza.
- Es que, antiguamente, se reunían aquí todas las mulas de las yuntas y otras cerriles que había en el pueblo para que el mulero se las lle­vase al monte. En la de más abajo hacían lo mismo con los bueyes, y luego se ha hecho con las cabras, por eso le decimos Plaza de las Ca­bras. Estos años de atrás se trajo una vaquilla y aquí mismo la estu­vieron toreando.
- Pues aún parece grande el pueblo ¿verdad?
- Unas cien personas. Puede que no llegue.
- No está mal. Aquí apretó menos la emigración, por lo que veo.
- Acaso sí. Se hicieron unos grupos de jóvenes para la cosa de la agricultura, se compraron su tractor y se cortó un poco lo de irse.
El señor del Olmo, don Pedro, iba abrigado con una pelliza de las que no atraviesan los cierzos ni encoge el descuernacabras que sopla de las tierras de Soria. Luego me dijo que el alcalde vivía cuatro pasos más abajo.
No estaba en casa el alcalde a esa hora; se había marchado a Sigüen­za, me dijo su padre. El señor Marcelino me acompañó a recorrer el pue­blo y a buscar a Moisés, el tesorero de la asociación cultural “Villa de Sienes” que unos cuantos jóvenes entusiastas fundaron a mediados de noviembre del año pasado y que preside el sacerdote del lugar, también en estos momentos fuera del pueblo. Un buitre planea en las alturas por el cielo azul gélido de la sierra.
- Le enseñaremos también el Teleclub. Mire, aquí junto a donde aho­ra está la fuente, teníamos antes la picota. Van a hacer otra nueva y la vamos a poner otra vez, no sabemos aún donde. Hace cuatrocientos años que el rey dió al pueblo la categoría de villa.
Cuando llegamos al Teleclub ya venía con nosotros Moisés, un mucha­cho jovencito con cara de chico formal que me contó lo que, más o me­nos, en el transcurso de medio año habían hecho en la asociación.
- Hemos participado, yo creo que muy activamente, en los actos con motivo del cuarto centenario de la villa; hemos promocionado, en cola­boración con el ayuntamiento, lo del día del árbol; hemos sacado ya cuatro números de la revista de la Asociación y algunas cosillas más que nos van saliendo.
- ¿Cuántos socios sois?
- Unos setenta aproximadamente. Pagamos una cuota para ir haciendo frente a los gastos que salen. Si le parece voy a buscar al cronista oficial de la villa, que hoy está aquí casualmente.
Mientras tanto, yo fui por mi parte ojeando los curiosos motivos de atención pendientes de las paredes del bar. Por ejemplo, una cartulina enmarcada sobre la cornisa de la chimenea, donde hay una fotografía del escudo que vimos en el balcón del ayuntamiento y el texto que recuerda a quien leyere el importante hecho histórico vivido recientemente con motivo de su nombramiento como villa, un l7 de diciembre de 1584, pri­vilegio otorgado por el rey Felipe II: “Y os hago villa de por sí y sobre sí y lo seáis y os llaméis e intituléis así” (folio 53 a).
En otro marco, junto a la puerta, están la fotocopia de la carta que se envió a1 Rey con motivo de la efemérides y de la contestación de la Casa Real. El pueblo parece que ha vivido como se merece el hecho de su cuatro veces centenario privilegio.
Ya está con nosotros Ángel Cuadrón, el cronista oficial de la villa de Sienes; sociólogo de profesión y amigo de todo lo que se refiere a su pueblo, tanto del presente como del pasado. Ángel viene acompañado de dos perros, uno grandote y otro chiquitín, que nos vemos y nos de­seamos para echarlo del bar.
- Pues, entre el archivo parroquial y los documentos manuscritos que se conservan en el ayuntamiento, tenemos cinco siglos completos de his­toria de la villa.
-¿Y cómo es posible que haya llegado todo eso hasta hoy, con la canti­dad de saqueos y malos tratos en los dos últimos siglos?
- El manuscrito de la concesión del titulo de villazgo se guardaba en el ayuntamiento dentro de una caja de latón; luego tenemos también las ordenanzas del concejo, de l.54l; éstas con riesgo de desaparecer a causa de un virus que ataca al papel y de lo que tendremos que buscar solución, aparte del archivo parroquial que comienza en mil cuatrocientos y pico.
- ¿Cuál viene a ser, de forma resumida, el historial de Sienes?
- Este pueblo perteneci6 a la Iglesia Seguntina. Luego, por una bula del Papa, se cedió lo mismo que otros muchos, al poder real. Pasando más tarde las arcas de Felipe II por una situación bastante precaria, según parece, lo vendió a los vecinos del pueblo para que fuera de su propiedad. El monarca le otorgó entonces el título de villa con todos sus atributos jurídicos, administrativos, legales y demás.
- ¿Se sabe cuánto costó adquirirlo a vuestros antepasados?
- Sí; mil arriba, mil abajo, hubo que darle al Rey un millón doscientos mil maravedíes. Una cantidad bastante considerable que los vecinos debie­ron reunir como pudieron. Se ve que eran gentes ahorrativas y que tenían su dinerillo.
La Plaza del Ayuntamiento está limpia. En uno de los ángulos pare­ce que se alcanzaran a coger con las manos las campanas de la espadaña. Abajo, la iglesia tiene en la solana un pórtico la más de curioso. Le han colocado como apoyatura dos columnas de albañilería en degradación que le dan un carácter extrañamente original. Por dentro la iglesia es de una sola nave, muy limpia, muy acogedora. El crucero da lugar en am­bos lados del presbiterio a dos capillas iguales con sus correspondien­tes altares. El retablo mayor es una pieza magnífica del arte churrigue­resco que conserva todo el brillo de sus dorados de origen. Una talla de Santa Eulalia de Mérida en el centro y otras dos de San Antonio de Padua y de Santa Bárbara, una a cada lado, completan el interés de la obra. Algunas pinturas, bien cuidadas por cierto, cuelgan de los muros latera­les. Una de ellas representa la triple imagen de San Sebastián asaetea­do en un árbol, de San Roque mostrando sus heridas, y de San Gregorio revestido con tiara y ropaje papal. El cuadro, no malo, se debió poner por encargo de la parroquia en tiempos indeterminados que apuntan, igual que el retablo mayor, al siglo dieciocho.
- Sí, es muy posible que fuera de encargo, porque los tres santos que se ven ahí, tenían en Sienes su fiesta correspondiente.
El templo se adorna con cúpula y bóveda pintadas decorosamente, re­saltando los bajorrelieves que cubren las superficies correspondientes del hemisferio y del medio cañón que sirven de cobertura a toda la igle­sia. En el muro dorsal, sobre el coro, se alcanza a ver una pintura que parece reciente, dividida en compartimentos con diversos motivos.
- ¿Cuándo se celebra Santa Eulalia?
- En realidad, su fiesta es el diez de diciembre, pero se tuvo que adelantar por los fríos y ahora se celebra el tercer domingo de septiembre.
A su recia imagen de pueblo que registra la Historia, henchido de añoranzas, Sienes ha unido su capacidad no demasiado corriente de saberse organizar por sí solo. A pesar de todo, Sienes es un pueblo próspero, interesado por la cultura, celoso de lo suyo, capaz de salir adelante aunque vengan mal dadas, con las infalibles armas del decir que sí y el arrojo y el tesón de sus bisabuelos, que, con el dueño de medio mundo como segunda parte -el rey Felipe II-, se sentaron a negociar, ahora hizo cuatro siglos, el derecho a su autodominio y a ser dueños del suelo que pisaban, de la tierra donde reposaban los cuerpos de sus padres y donde descansarían los suyos, nada más en razón, aunque fuera a costa de despojarse de todo lo que tenían, con los ojos puestos en la problemática generosidad de los campos fríos y solitarios de estas sierras viejas.

(N.A. Abril, 1985)