lunes, 2 de noviembre de 2009

SIGÜENZA


En esta ocasión, amigo lector, es mucho lo que espero de tu benevolencia. Tanto me temí que llegara el momento y ésta es la hora en la que acudo a la Ciudad del Doncel, no de paso, como tantas veces fui, sino para convertirla en tema exclusivo de mi información du­rante la presente semana.
¡Cuánto se ha escrito acerca de la nobilísima ciudad a la que ahora voy como el último y el más indigno cronista de los que han dejado constancia desde tiempo inmemorial!, ¡Cuánto se ha dicho de su pasado, de su arte, de sus gentes, de su condición privilegiada como centro luz para la cultura de los últimos siglos! Salvo algu­na lamentable excepción, que tampoco falta para confirmar la regla, siempre se ha escrito de Sigüenza con respeto, con cariño, con pro­funda admiración por todo lo suyo, hasta con pasión a veces. La verdad es que, sobre Sigüenza, no se puede hacer de otro modo.
Hoy debo confesar que viajo con prejuicios. No es la primera vez que esto sucede. Llevo la impresión de que pretendo meter, como el niño de la leyenda, toda el agua del mar en un hoyito de arena; pero sería un acto de imperdonable cobardía por mi parte el no probar fortuna, de manera que, sea cual fuere el resultado, allá voy. Los posibles errores, ­defectos u omisiones que pudieras contabilizar al final de mi trabajo, apúntamelos a mí, que no he sido capaz de meter en el lienzo virgen de una página de prensa la imagen exacta de la Sigüenza total y ­señora. Ahora bien, vaya por delante mi sincero pláceme hacia la ciudad de los obispos, cuya estampa y mil motivos más hoy desbordan con creces el marco de mis posibilidades.
Aunque a distancia, ya tengo delante de mí la serena fortaleza seguntina alzada por encima de un otero que las hierbas abundantes de mayo han pintado de verde. Poco más abajo las torres cuadradas de la catedral y los pináculos de otras tantas iglesias que surgen aquí y allá sobre el ocre opalino de los tejados. Al fondo los campos austeros, las colinas inhóspitas de este lugar de Castilla en donde se­ adormeció la Historia.
Junio ha amanecido gris, amenazante y tristón. La Plaza Mayor rememora viejos quehaceres repleta de tenderetes en los que la gente compra y vende cosas con arreglo a los tiempos: ropaje sin pretensiones, baratijas, pollitos de tres semanas, marcos para cuadros... Como testigo de los siglos, la portada sur de la catedral y los arcos sempiternos de la Plaza Mayor.
- Poca venta, ya lo ve. Nos molestamos en venir, para nada. Con el día como está, todavía peor.
Siempre que paso por aquí me siento perplejo ante los soberbios herrajes de la plaza de Sigüenza, que se corren en balconadas die­ciochescas a perderse por la calle de Los Mártires. La imagen me pa­rece evocadora y única. Después decido colarme al ayuntamiento en busca de nuevas impresiones. Está cerrado. A pesar de todo me quedo unos minutos contemplando el bellísimo patio de columnas que da paso a la escalera que sube hasta la primera planta. Una placa reciente en el corredor recuerda al visi­tante que "Sigüenza está hermanada con la ciudad aquitana de Saint ­Livrade-Sur-Lot (Francia) por el fraternal lazo histórico de la virgen y mártir Santa Librada, patrona de ambas ciudades. 1124-1982". ­La megafonía de los vendedores en la plaza restalla sobre las piedras de la catedral. La gente plega bártulos porque el cielo no ofrece garantías. Un autobús de turismo lo está pasando mal para volver en la esquina. Llueve.
La oscuridad del día acrecienta la penumbra interior de la cate­dral. El silencio de mármol de las esculturas y la aparatosa monumen­talidad de las formas sobrecogen. Cuatro o seis despistados andan por las naves de un sitio a otro como somnámbulos. Hacia el coro suenan las campanadas de las once. Es un sonido metálico, conventual, que se cuela por los vanos de las ojivas y de la rejería, que resbala como aliento de eternidad en las superficies pulidas de los dorados y de las columnas salomónicas en los retablos. El sacristán enseña, con todo el fulgor de su capilla, el famoso enterramiento de los Arce a­ un grupo de turistas que le escuchan sin parpadear, mirando y admirando la serenísima estatua de don Martín, el Doncel, donde el anónimo ­escultor del renacimiento consiguió como nadie hacer pensar a la pie­dra, soñar al alabastro en su rinconcito de la catedral, esperando inamovible la hora de la resurrección de los muertos. El sacristán se sabe la lección de memoria y la suelta con desparpajo, hasta con auto­ridad.
- Oiga, ¿dónde podría yo encontrar por aquí algún canónigo?
- Lo veo difícil. En este momento están reunidos en cabildo.
Acabo dando la vuelta por la girola. Las capillas se ven oscuras. Como toda luz en las capillas laterales se percibe tras la reja la lámpara encendida del Santísimo, o la corona iluminada de una imagen ­de la Virgen. Por los muros se reparten los sarcófagos y las estatuas yacentes de obispos, de mártires y de santos. Me detengo frente al enterramiento de don Bernardo de Agén, primer obispo de Sigüenza después de la reconquista y liberador de la ciudad allá por los albores del siglo XII; luego ante el retablo de Santa Librada, primicia del arte plateresco en concepción personal de Alonso de Covarrubias, con piedra caliza procedente de Angón y que, por sí sólo, sería suficiente para calificar de joyel el templo cabecera de la diócesis.
Desde don Bernardo de Agén hasta nuestros días, Sigüenza ha vivi­do a la sombra de la mitra episcopal. Creo haber contabilizado noven­ta y cuatro, los obispos que integran la lista de quienes llevaron en sus manos el báculo de una de las diócesis más importantes de la igle­sia española. Hombres de estado algunos, sabios otros, santos los más, que llegaron a la silla seguntina y se convirtieron muy pronto en entusiastas de su suelo, para encarnarse después como parte fundamental de su jugosa historia.
- Pasados ya unos años, don Jesús Pla, ¿Qué significa para usted la ciudad de Sigüenza?
- El ser sede episcopal significa mucho para mí. Significa que Dios la ha tenido reservada desde siempre para que en el tiempo actual fue­ra yo su obispo, y eso va muy unido a mi persona. Sigüenza es una ciu­dad acogedora, de raíces cristianas muy profundas, con una historia bellísima de la que yo soy un ferviente admirador. Es una ciudad hechura de la Iglesia que sigue teniendo aquí su mayor importancia: colegios, centros de estudios superiores, seminario...
-¿Se siente feliz, humanamente hablando, entre los seguntinos?
- Mucho. Muy contento estoy en Sigüenza. Tanto como sede episcopal como por diócesis. Es pueblo cristiano, y eso, aun humanamente, es una gran satisfacción para su obispo.
No cesa, ni parece estar dispuesta a cesar, la inclemencia del día. Recorriendo con prisa la calle comercial del Cardenal Mendoza, busco ahora refugio en la Escuela Universitaria del Profesorado de E.G.B. Durante estos días se ve que están de limpieza, preparando los locales para los cursos de verano que aquí organiza cada año la Universidad de Alcalá. Don Felipe Peces, sacerdote y licenciado en Historia, es su director. Don Felipe Peces y quien esto cuenta se conocieron hace años, ejerciendo cada uno su oficio, por aquellos pueblecitos olvidados de la Sierra de Atienza. A pesar de la condición no lectiva de la fecha, el director de la Escuela Universitaria está corrigiendo ejer­cicios de los estudiantes en su despacho. Como conocedor de la historia, y del arte sobre todo, don Felipe tiene publicado un magnífico ­volumen que se titula “La catedral de Sigüenza”, aparte de la guía­-catálogo del Museo Diocesano, del que también es director, y algún que otro trabajo más sobre monumentos a punto de pasar a la imprenta.
- ¿En realidad, el museo ha despertado o no el interés del público?
- Bastante. Durante la temporada de invierno muy poco, pero de ma­yo a septiembre nunca suele faltar alguien por allí.
- ¿Qué es lo que más interesa a la gente?
- En general a la gente le interesa el museo, el arte que pudiéra­mos decir rural, pero, sobre todo, el lienzo de la Inmaculada Niña de Zurbarán procedente de Jadraque, y el San Elías, una talla de Salzillo originaria de la iglesia de Renera.
-¿La Escuela de Magisterio tiene matrícula suficiente como para funcionar con cierta holgura?
- Sí que tiene. Durante este curso han sido 175 alumnos los que hemos tenido matriculados en las distintas especialidades, que ya es un buen número.
- Tengo idea de que son estudiantes en régimen de internado, ¿no es así?
- Sí, todos son internos. Las chicas están regidas, por lo que a estancia se refiere, por unas monjas italianas de Santa Dorotea.
No porque sean de carácter temporal los cursos de verano tienen menor importancia. Comenzaron a funcionar hace cuatro años dependien­do de la Universidad de Alcalá, y en tan corto espacio de tiempo han conseguido un número increíble de postgraduados, licenciados y maes­tros, que asisten a ellos procedentes de toda España.
- El año pasado tuvimos unos 1500 asistentes. Los cursos suelen du­rar una semana, y se dan a lo largo de todo el mes de julio.
-¿Qué temas se imparten principalmente?
- De todo. Los hay de Filosofía, de Teología, de Pintura, de Arqueología, de Informática...Hasta de Canarias hemos tenido participantes.
Como una atención especial de don Felipe Peces, quien gentilmente me quiso acompañar a pesar de la lluvia, visitamos el colegio episcopal de la Sagrada Familia. Saludamos de paso a su joven director don Pe­dro Moreno, y acompañamos, sólo durante unos minutos, a don Vicente Moñux. Medio siglo de trabajo sacerdotal y docente, una venerable institu­ción para la iglesia seguntina. En su hoja de servicios cuenta el haber sido durante muchos años director de la SAFA, vicario capitular, y creo que hasta cura de algún pueblecillo de la diócesis.
- Poco tiempo. Un año y tres meses estuve en Anguita. El resto de mi vida lo he pasado en Sigüenza, y aquí acabaré, si Dios quiere.
Durante los años de su ancianidad, don Vicente vive unido como hermano siamés a una botella de oxígeno, que, con la correspondiente careta, le sirve para respirar.
- Claro, como no estoy, que digamos, para salir al pinar, me traen el aire de los pinos aquí. Algunas veces me quito la careta.
- Pues lo encuentro con muy buen humor, ya ve.
- Eso sí. A los médicos les gusta mucho que los enfermos tengan buen humor, dicen que funcionan mejor. De vez en cuando me da un achuchón, pero vamos tirando. A los achuchones les llamo “el Pur­gatorio”. Yo espero que el Señor me lo descuente luego.
- Le veo envuelto con los papeles del despacho ¿Cuantos años tiene?
- Tengo un azadón y una madeja. Dentro de poco los setenta y nueve.
Había quedado en verme alguna vez con el doctor Martínez Gómez-Gordo en las puertas de la catedral. Mientras tanto, un claro del día me permite escapar solitario por los rincones más escondidos de la Sigüenza medieval: la de las Travesañas y el Arquillo; la de las portadas romá­nicas de San Vicente y Santiago, labrado memorial del obispo don Cere­bruno; la de la Casa del Doncel y el Castillo. La otra, la renacentis­ta, queda más al alcance de la mano. Sigüenza es una provocación que invita a quedarse allí, petrificado como ella, honrado e inmortal por los siglos de los siglos.
Ahora estamos los dos contemplando in situ la portada de la iz­quierda en el atrio de la catedral. Don Juan Antonio no se explica el por qué los capiteles que quedan a la sombra están horadados y deshechos, mientras que los otros parejos, orientados al sol, se con­servan impecables. Le he dicho que el secreto me lo contó, no hace mu­cho, un anciano observador de Garbajosa, en cuya portada ocurre otro tanto, refiriéndose a su iglesia, claro está. Parece ser que son rin­cones en los que los hielos y las nieves de tantos inviernos se per­petúan hasta descomponer la piedra y acabar con ella. A pesar de todo, la arcada en cuestión es una bellísima filigrana de formas que no volverá a repetirse en las otras dos que completan la fachada principal.
- Sigüenza ha sido obra de sus obispos -le digo-. Pero hay que re­conocer que también ha tenido suerte con ellos ¿Cuales fueron los que más han tenido que ver copn esta Sigüenza que tanto admiramos hoy?
- Yo destacaría a dos. Primero a don Bernardo de Agén, su conquista­dor y padre de la ciudad a partir del siglo XII. Luego don Juan Díaz de la Guerra, allá en tiempos de la Ilustración, que hizo el pórtico del Mercado en la catedral, construyó el actual barrio de San Roque, promocionó la industria... Hay mucho que agradecerle.
- ¿Y como sus hijos más ilustres?
- Muchos. Por su tradición universitaria y cultural, Sigüenza ha te­nido muchos hijos ilustres. Si hubiera que elegir uno, yo me quedaría con el Padre José de Sigüenza, clásico de nuestras letras en el siglo XVI. Fue catedrático y escritor insigne.
La lluvia, sobre todo, hizo que nos recogiéramos en uno de los bares que quedan por las inmediaciones de la ciudad ajardinada. Allí tuve oca­sión de conocer al joven alcalde de la Sigüenza de hoy, Vicente Turo, un muchacho amable, abierto, y, por lo que he podido adivinar, preocupado por los problemas internos del municipio.
- ¿Cuales son los más graves?
- Como graves, ninguno. Como preocupantes, los económicos, puesto que recibimos de fondos los correspondientes a un municipio de 5.000 habitantes, cuando la realidad es que aquí nunca somos menos de los 8.000 y pasamos muchas veces, de los 15.000, sobre todo en verano. To­do eso lleva consigo unos gastos municipales. La población transeúnte consume, pero de ellos no se recibe nada. Otro problema pudiera ser el sanitario; si para octubre nos abren el centro comarcal que es­peramos, la situación se arreglará bastante.
- ¿Es difícil, entonces, ser alcalde de una ciudad como ésta?
- No, difícil no. La gente es estupenda, y eso está muy por encima de lo demás. Con los que nos visitan también estamos encantados, por supuesto, aunque indirectamente sea un problema para la economía mu­nicipal. Ellos no tienen la culpa.
Melquiades Caballero, el teniente de alcalde, presente en la ter­tulia porque llegó tan a tiempo, me explica que Sigüenza es un pueblo históricamente pobre, de escasos, casi nulos, recursos agrícolas y ganaderos, y que siempre ha vivido del funcionariado, de la docencia y del hecho de ser cabecera comercial y administrativa de la comarca.
- Pero claro, resulta que los pueblos limítrofes de los que se vi­vía siempre, se han despoblado; el comercio de Sigüenza no es el mismo de en­tonces, y la ciudad se ha empobrecido todavía más. Habrá que ir bus­cando una salida económica por otros caminos, por el turismo quizás, o por donde se pueda.
Mas por encima de todo está la Sigüenza señora y monumental, principio y fin de tantos momentos en la vida común de la Guadalaja­ra de siempre. Algo así como la Meca de nuestra cultura y de nuestra historia, de la que la provincia se siente honrada y gusta airear a los cuatro vientos como señera, de cara a los mal informados y a los que, erre que erre, sienten el injustificado placer de nuestro menosprecio.

(N.A. Junio, 1985)