miércoles, 18 de noviembre de 2009

TORRECUADRADILLA


No es fácil, tómese por donde se tome, el camino para llegar hasta Torrecuadradilla, simpático lugar, poblado aún, allá por donde la Alcarria se hace serrana en las mismas puertas del Alto Tajo. Yo lo hice así, llegué a Canredondo y tomé la desviación que en unos cuantos minutos me puso dando vista al pueblo.
Aquí, la primera imagen, también el primer lamento, es cruzarte a la entrada con el solemne corpachón en ruinas de la que en otro tiempo fuese la ermita de Santa Ana, hoy macetero de ortigas, de jaramagos y de zarzales que crecen en mitad de los escombros.
Desde Canredondo, el camino había sido una plaga de enebrales, de sabinas y de pinos todavía jóvenes. La visión por todos los alrededores sigue siendo la misma, si bien, más a lo lejos, el bosque y las breñas del declive se dan más por la encina para leña y por el roble. Torrecuadradilla en mitad, sobre la base rocosa que lo eleva por encima de algún hocino donde la piedra toma formas y ocupa lugares caprichosos, en tanto que las cuevas recuerdan aquellos tiempos tan remotos que hasta precedieron a la Historia.
Ya bien entrada la tarde el sol sacude sin piedad con todo el rigor del verano. Los ancianos y las ancianas de la Calle Mayor de Torrecuadradilla gozan sentados a la sombra sobre los poyos de sus casas, en las sillas de mimbre o en los escalones del olmo de la plaza. El olmo es viejo, como casi todos los olmos de las plazas; si bien éste, se divide en dos apenas salir de la tierra como una horquilla. La plaza es a la vez pista para el juego de pelota: “Torrecuadradilla, año 1930. Siendo alcalde D.Nicolás Pérez” se lee sobre el cuerpo alto del frontón.
Al punto de saludarlo, don Víctor Torrubiano se me ofrece de guía. Don Víctor Torrubiano es un hombre mayor, bajito más bien y de poco cuerpo, pero que sabe mucho. Lo primero que me dice es que están arreglando el ayuntamiento, que buena falta hacía.
- Sí, lo van a reformar. Para el caso lo están haciendo nuevo
- Todavía se ve gente por las calles ¿Son ustedes muchos?
- No lo sé exactamente. Le andamos casi rayando, pero yo creo que no llegamos al ciento. Mulas sólo hay tres, yo tengo una, y tractores hay cuatro.
Algunas calles se ven se ven cubiertas de una buena capa de cemento.
- Han pavimentado una fase, hasta donde llegó el dinero.
Desde las afueras, mirando al poniente, la perspectiva de los campos es abierta y al mismo tiempo seria. La vega se ve marcada casi en toda su longitud por un arroyuelo y baja a buscar los cauces del Tajuña, que corre al otro lado de los montes. Más hacia nosotros se advierte el muro centenario de una fuente de sillería, que a buen seguro nadie usa.
- Aquella es la fuente antigua. Siempre echa igual, llueva mucho o llueva poco. La nueva ya no es así.
Ahora estamos frente a la monumental fábrica de la iglesia parroquial, obra de mampostería a la que llegamos después de cruzar una leve praderilla con escaleras de bajada acabadas de poner. Junto a la iglesia hay dos o tres casas desmoronadas, viviendas antiguas en ruina quizás desde hace medio siglo. En una de ellas se conserva completa la portada en arco con todo su dovelaje puesto al descubierto.
- Era la casa del cura. La destrozaron en tiempo de guerra.
La iglesia tiene para entrar una portada artística de medio punto, inspirada en el modelo más puro del arte románico, con cuatro archivoltas, punteada la última con dientes de diamante. En el interior, aparte de su grandiosidad y de su reseñable limpieza, la iglesia de Torrecuadradilla no tiene nada, ni un solo retablo, ni un solo detalle ornamental que pueda destacarse. Tan sólo las imágenes de un Cristo en la Cruz y un San Miguel, titular de la parroquia, ante el muro desnudo del ábside, constituyen el centro de todos los intereses hacia los que dirigir la mirada.
- Se lo cargaron todo. Aquí no quedó nada.
En el ala de la Epístola, aprovechando la pequeña capilla lateral a que da lugar el crucero, está la bella imagen de la Virgen de la Salud.
- Se le tiene mucha devoción. Antes se le hacían ofrecimientos y todo eso. Ahora ya casi nada. La gente se va a la de Barbatona. Como aquella está cerca del obispado, se lleva todo el mérito.
Nota a destacar que apunto en mi libreta es la impresión que me produce la cúpula en hemisferio, gajeada, que cubre el presbiterio, con hermosos relieves un poco al gusto rococó.
- Dicen que si esta iglesia la hizo el mismo arquitecto que hizo la de Tortonda, y que son iguales.
- Puede ser; pero aquella tiene la torre almenada, como un castillo, y por dentro tiene muchas cosas interesantes que ver.
- Ya lo creo -comenta don Víctor con no poco pesar- Aquí ya le he dicho que no quedó nada. Está completamente desnuda.
Desde la barbacana del atrio queda al mediodía el precipicio de la Hocecilla, con roquedales y peñas cuevas al abrigo, refugio ideal para juegos de chiquillería en las tardes soleadas del invierno.
- A ésta otra parte tenemos el camposanto. Un poco abandonado está. Por este tiempo se lo come la hierba.
Don Víctor tiene razón, aunque el espectáculo, de puro sabido a uno le parezca natural. Media docena de cruces blancas extienden sus brazos a ras del yerbazal y de los lirios. Mi amigo y yo saltamos por encima del muro del pretil para verlo mejor y nos marchamos después.
- Con estas vegas será el campo el medio normal de subsistencia para el pueblo.
- Sí, aquí siempre se ha vivido de la agricultura. Aún quedan cuatro piaras de ganado también.
- ¿Para cuando tienen la fiesta mayor?
- La tenemos el día primero de septiembre, la Virgen de la Salud; pero igual se adelanta al último sábado de agosto. Se suele adelantar unos días para que haya más gente, aunque le corresponde el primero de septiembre, como San Gil que es la fiesta de Molina.
Otro amigo más, don Leandro Ortiz, se vendrá con nosotros a partir de este momento. Don Leandro es un hombre llano, de carácter abierto y libre de toda clase de complejos. Lo primero que me enseña es la triste fachada de la antigua escuela de niños.
- Sí señor; ahí estudié yo cuando era chaval; pero se conoce que tenía el cogote más duro que estas peñas, y no crea que saque mucho en limpio. También, resulta que los padres nos mandaban pronto al campo, y las dos cosas no podía ser.
La actual escuela de niños es distinta. Uno piensa que, a la vista del pueblo, la matrícula debe de ser cortita. Las mesas y enseres, las cartulinas y los murales dibujados por los niños, se ven a través de las ventanas bajas que dan a la calle por la que ahora vamos. Algunas mujeres cosen a la luz de la tarde, sentadas en la puerta de la escuela.
- Qué bonito ¿verdad? Se quiera o no la escuela siempre rejuvenece a un pueblo. Son ustedes muy afortunados.
- Ya veremos por cuanto tiempo nos aguanta.
Lo que de verdad resulta original y llamativo es para mí la fuente de arriba, la que desde 1923 lleva luciendo como símbolo de la villa las tres caretas, que a modo de alegoría de las antiguas comedias griegas, trae minuto a minuto el soplo de la abundancia por sus cuatro chorros de agua fresca. A cambio del griterío de los niños que juegan por la calle, o de cualquier otro signo externo que garantice el futuro de los pueblos, es el rumor de las viejas fuentes la nota optimista que en cada lugar nos habla de que la vida sigue. Don Leandro recuerda casi con detalles el año de la puesta en funcionamiento de la fuente pública.
- Siete añitos tenía yo por entonces. Recuerdo que se hizo con dinero del pueblo. Vendieron un monte propiedad del municipio, y en vez de repartir el dinero entre los vecinos lo emplearon en hacer la fuente. Yo creo que no pudieron hacer cosa mejor. Como verá, ya quisieran esos cuatro chorros en otros pueblos de más campanillas que el nuestro.
- Ya lo creo; y con uno sólo también se conformarían algunos.
El agua sobrante de la fuente pasa por su propio pie al lavadero donde hay, donde hoy por hoy apenas si tiene aplicación. Mis amigos, don Víctor y don Leandro, lamentan el siniestro revés de los tiempos modernos.
-Y qué le vamos a hacer. Con eso de las lavadoras lo van utilizando menos; pero ha hecho un buen servicio al pueblo, ya lo creo.
Desde los aledaños, con la media tarde por testigo, la vista tiende a perderse por la adusta infinidad de los campos más próximos, por los oteros pardos y por las fragosas laderas que rodean al horizonte. Más cerca la extensa llanura de las eras, conde una docena de casillas chiquitas duermen el sueño del olvido.
- Esas se hicieron para meter las máquinas aventadoras. Ya no sirven para nada, ni las casillas ni las máquinas.
El campo de encinas de la Cuesta Bermeja se ve desde aquí rasurado en su mitad. La lucha del hombre contra la inclemencia de los inviernos está sin concluir desde la antigüedad más remota.
- sí, vamos cortando algunas encinas para leña. Nos toca una parcela a cada vecino. Antiguamente se vendía esa leña para hacer carbón.
Torrecuadradilla, allá por donde la Alcarria comienza a elevarse y a tomar ciertos aspectos de sierra, deja pasar sus días sin darse cuenta de que el envejecimiento es un argumento seguro, fatal e irreversible. Aparte de la moda, caduca ya, y de los vientos favorables para la emigración que soplaron hace dos décadas, el peor de sus males será quizás su aislamiento, y un poco también su abandono por parte de todos. Cuando damos por acabada la gira, mis amigos vuelven a su monótono quehacer de cada día, dejando correr el tiempo, minutos y horas que como el agua de los ríos nunca vuelven atrás.
- Pues sí señor, aquí nos deja usted. Quietecitos en el pueblo por el tiempo que nos quiera dar de vida el enterrador.
Cuando salgo de Torrecuadradilla con una hora larga de sol todavía, una señora joven descuelga las ropas que tenía tendidas en la cuerda junto al frontón. Los perros callejeros se comienzan a desperezar de su modorra, y en los escalones del olmo han tomado asiento dos, tres, cinco ancianos más.

(N.A. Julio, 1987)