miércoles, 25 de noviembre de 2009

TURMIEL


Había estado comiendo a la sombra de una carrasca que hay junto a lo que queda de la antigua fábrica de resina por la carrete­ra de Anquela. En las pozas que a esta altura de su cauce da lugar el vio Mesa, andan los pescadores bisoños a la busca y captura del alevín sin demasiado éxito. Luego las choperas que siguen en tramos paralelas al arroyo y al f1nal, Turmiel. El pueblo, el antiguo Tur­mión, aparecerá asentado en las peñas, con su típico palomar colo­cado como mojite o torre vigía por encima del último risco. Detrás los cerros mondos que preludian la paramera, grises de aliaga, de tomillo, de piedra oscurecida por la pátina de los siglos.
Cuando llego hasta sus aledaños el pueblo está dormido. Es quizá la primera tarde de abril que invita seriamente a echar una cabezadilla a la hora de la siesta. La fuente pública chorrea junto al frontón, manando de su pedestal redondo asegurado con argollas de hierro.
Ante la soledad de Turmiel, uno busca la generosa conversación de los altos. De siempre, cuando se busca el diálogo con los cam­pos desde cualquier prominencia, la naturaleza se pone a hablar, a veces precipitadamente, con su lenguaje sordo y característico: el lenguaje del silencio, del azul, de las masas ingentes, de las llanuras interminables que sólo Dios domina y el hombre trabaja, mira, y admira si es de buena ley.
Una señora mayor se tuesta las piernas al sol junto a un coche francés. Cuando pasa el desconocido la mujer se tapa como asustada. Encima de las antiguas escuelas hay un reloj concejil que no fun­ciona. Un hombre, al que no quiero molestar porque dice que aún no ha comido, me explica que el pueblo está medio abandonado, que no quedan nada más que veinte personas como mucho.
- Si quiere usted hablar con el alcalde, vive en un chalet que haya la entrada del pueblo.
La iglesia es una bonita muestra de la arquitectura religiosa popular de la Castilla del XVI, con espadaña de sillar que mira al poniente. Por el instrumental que hay en la leve explanada del pórtico, se ve que andan de obras. Una goma larga baja el agua directamente desde el depósito. Desde la risquera de piedra viva que sostiene al palomar se contempla en visión única silencioso, sereno, espectacularmente tranquilo, el grupito de viviendas que conforman el actual pueblecito de Turmiel, con sus tejados ocre.
A la otra parte el cauce del río Mesa, con las pequeñas heredades incultas que lo rodean, despensa que debió ser de muchas generaciones cuando el pueblo contaba con más de doscientas almas como población de hecho. Al bajar me encuentro entre la tie­rra del zopetero un ejemplar curiosísimo de palomica -rhynchonella, dirían los hombres de ciencia- con cien millones de años en piedra modelada que recojo como recuerdo. Abajo, un perrillo color canela se pasea aburrido por la pista del juego de pelota, y, poco más adelante, otro se me pone a ladrar de mala gana. La dueña le rega­ña cariñosamente desde el quicio de su casa en la carretera.
- Mal genio parece que gasta el perrillo, señora.
- No señor; pues no es malo. Lo que pasa es que desconoce.
- ¿Funciona el bar de arriba?
- En verano. Ahora no lo abren. ¿Qué quería usted?
- Nada. Haber tomado un poco de café, si acaso.
- Eso se lo pongo yo ahora mismo en casa.
A uno, en principio le sorprende el sentido hospitalario de la mujer para estos tiempos que corren, Luego, se da cuenta de que está en tierras de Molina y lo comprende todo.
­- Tiene mucha gracia el palomar, ¿verdad usted?
- Es nuestro, ya ve; pero que de unos años a hoy, no sube a col­mo ninguna paloma, mire qué cosas. Las matan los bichos y huyen. Dice mi marido que son las aves nocturnas.
- Ya se empieza a vivir bien en el pueblo. No sabe cuanta envi­dia me dan ustedes.
- Nosotros, aquí quietecitos. Los hijos no quieren nada más que acarrearnos con ellos, pero yo bien claro se lo digo: si queréis matar a vuestro padre, llevarlo a la capital. El, que está hecho al campo, a la caza y eso, cuando llega allí, lo primero a desayunar, luego al sofá, luego a comer, luego al sofá otra vez, y así no puede ser.
Cuando la señora Isidora me contaba estas cosas llegó su mari­do, el señor Aniceto Lario, y pasé por fin a su casa a tomar café en un cuartito que recuerda los de aquellas antiguas posadas de arrieros.
- Pues fue posada esto, sí señor. Los arrieros dormían por aquí por los suelos.
- ¿Cuantos años tiene usted, señor Aniceto?
- Muchos. Yo soy más viejo que la telefónica vieja. Los primeros que cumpla serán ochenta. ¿Cuántos le echa usted a mi señora?
- No sé. Menos que usted, sí.
- Ella tiene sesenta y siete. Una moza. A gato viejo ratón tier­no, como dice el refrán.
-¿Y dice usted que a sus años va de caza?
- Ir, si que voy; lo que pasa es que no cazo. Soy muy malo para eso. Les tiro, se vuelven, se ríen de mí y se van corriendo.
- Bueno, pero por lo menos ya no se aburre.
- Ah, yo no soy de los que se aburren. Yo pongo inyecciones, les corto el pelo a los viejos, juego al guiñote, me voy al campo...Di­go, que a lo mejor no le gusta el café, como es de puchero.
- Mucho, sí señor, está riquísimo. El de los bares no deja dormir.
Cuando salimos a la puerta venía desde su casa Teódulo. La pri­mera impresión acerca del alcalde me la dio el propio señor Aniceto.
- El Teódulo es la mejor persona que hay en toda la provincia. Cuando sale de viaje, va a las casas a ver si necesitamos algo, te hace el encargo, te lo trae a casa, y encima no te cobra ¿Que le parece?
Teódulo Álvarez Martínez, el alcalde de Turmiel, es un señor que ha buscado el calor amable de su pueblo natal a la hora de jubilar­se. Un hombre cordial donde los haya, dinámico, emprendedor, que se ha empeñado en que su pueblo no se hunda y, como alguien le eche una mano de vez en cuando, lo va a conseguir.
- Me llaman el loco del pueblo. Todo porque me he propuesto sa­nearlo y evitar que esto se vaya abajo. Va a costar trabajo, pero, yo estoy seguro de que al final saldremos con la nuestra.
Por la senda del molino les pregunto cuál es el apelativo que tienen los de Turmiel. Teódulo me dice que les llaman "carracos”.
- ¿Por qué?
- Pues, que se yo. Será porque hablamos mucho.
Cuando nos dejó el señor Aniceto para irse al campo, se vino con nosotros el señor Nicolás, el alguacil. Pasamos junto a la casona solar de don Toribio López Vigil, magnate de este siglo; y del que me contaron fue dueño y señor de casi todo el pueblo.
- Sí, era el ricachón de aquí. Yo lo llegué a conocer. Por aque­llos tiempos tenía diez yuntas él solo y bastantes criados. Luego se lo compraron todo los del pueblo, y está muy repartido el terre­no. La casa es de uno que la compró y tampoco le hace caso.
El viejo edificio del ayuntamiento coincide con la planta baja de lo que fueron las escuelas. Tiene en el salón de sesiones un em­pedrado curiosísimo y de gran valor: guijarros colocados meticulosamente dibujando arabescos, con alguna pía inscripción que recuerda aquellos mosaicos de los primeros siglos.
- Mire, están desgastados de bailar encima. Por las orillas, que es donde estaban los bancos, aún conservan su forma. Mucho es que no le han metido una capa de cemento. Esto vale mucho, por lo menos es curioso.
En los armarios empolvados de lo que fue la secretaría, se ven montones de libros y de papeles en desorden, esperando la mano pa­ciente y sabia que quiera dedicar unas cuantas semanas en poner cada cosa en su sitio.
- Nada, lo que decimos: todo revuelto y bueno va. Como yo me em­peño en que las casas estén como deben estar, dicen que estoy loco.
Nos hemos ido después por el barrio que dicen de Las Peñotas.
Las casas aquí están cimentadas por la propia roca del suelo, y es la piedra el seguro pavimento de cada callejón. Observando una portada con arco de dovelas y un ventanal con dintel renacentista que hayal frente de una casa deshabitada, saludamos a Pedro Tabernero, otro con la misma manía, dice el alcalde.
- Sí, éste es el arreglador oficial de cosas que se hunden.
Desde Las Peñotas hay un momento en que se ven por el saliente las casas de Establés, con su castillo al sol.
- Aquello es Establés, el pueblo de los caperuzos.
Por las eras nos asomamos a ver otro espectáculo novedoso: el bajar de las aguas por el arroyo que llaman Rioseco.
- Y bien seco. Nunca lleva agua; pero, como este invierno ha llovido un poco, ahí lo tiene. Y una mujer lavando en el puente. Eso hace mucho que no se ve.
La iglesia tiene, como dijimos, el atrio en obras. A la vez que se adecenta sirve también -me explica Teódulo- para que no sigan tirando residuos en todo aquello. Por dentro es un templo antiguo y destartalado, con dos naves y una capilla lateral dedicada al Santo Cristo bajo cúpula de nervaduras. Hay algunas pinturas en los reta­blos que pudieron ser buenas, pero están destrozadas. Las imágenes muchas, antiguas y de escaso valor.
- El patrón es aquel, San Pascual Bailón, y San Roque, que ahora los celebramos juntos el 16 y 17 de agosto.
Un poquito mal encuentro la iglesia. También necesita que le e­chen una mano. Reparación y limpieza sobre todo.
Está como el pueblo. Ni mejor ni peor. La gente, con tal de que no les saques un duro, consiente que el pueblo desaparezca.
Aquí pusimos punto final a la visita. Bueno, aquí no; fue en casa de Teódulo Álvarez, el celoso alcalde de Turmiel, tomando un cortito de vino y una rodaja de chorizo de la tierra por aquello del que no digan, y sellando como es costumbre en casi todos los viajes el imaginario documento de una nueva amistad.

(N.A. Mayo, 1984)