lunes, 16 de noviembre de 2009

TORREBELEÑA


Lejos de lo que en sí pudiera ser costumbre a la hora de tirarme al camino, la tarde a Torrebeleña fue una tarde sin rumbo, sin una meta fija, sin una determinada intención; una de esas tardes anónimas a las que gustan cantar los poetas, por las que el otoño se comienza a colar de soslayo en el calendario inundando a su paso los ánimos de nostalgias y las bocas de silencio; adormeciendo como un opio los espíritus, convidando al letargo y a la inacción con el caer de las hojas de los árboles. Fue tan solo la casualidad la que, buscando tal vez un lugar escondido donde dar rienda a mi aplomo, me llevó hasta el pueblo.
Cuando te apartas de la carretera que cruza la Campiña de paso hacia Cogolludo, esperando encontrarte detrás de cualquier otero alguna señal visible de Torrebeleña, te ves de pronto envuelto en la profunda soledad de aquellos parajes, que un ramalillo atraviesa serpenteando entre rastrojos sin alzar y campos yermos en los que se dan sin demasiado éxito los chaparrales y los romeros, y extienden sus brazos grises a los aires del páramo en la solana los olivos canijos, los últimos olivos por el camino de la sierra.
Torrebeleña aparece por fin recostado en la ladera, un poco adormilado al calor de la tarde. Es un pueblo bellísimo, un poco abandonado quizás, de calles en cuesta y de gentes sencillas, en el que al pronto de llegar uno descubre su viejo señorío. En Torrebeleña viven hoy, tirando de largo, tres docenas de vecinos, de los que casi la mitad dejaron pasar el tren cuando les llegó el momento y allí están, viendo correr este loco mundo sentados al sol sobre un banco de la manida estación de la soltería.
El pueblo tiene una plaza cuadrada, de hermosa y romántica estampa, en la que no se oye un alma; una plaza demasiado hermosa creo yo, sin aditivo alguno que venga a enturbiar la pureza secular de los aires que allí se respiran. Preside la Plaza Mayor de Torrebeleña una antigua mansión de sillería, cuyo balcón central sostienen desde ambos lados de la puerta de entrada, dos columnas elegantes de la misma piedra. En el centro de la plaza, plantada en su justo lugar y en perfecta armonía con la época y con el ambiente general de aquel recinto, una fuente redonda, con su pilastra en mitad de la que salen, ¿será por no romper el silencio?, dos caños secos.
- Qué va, no señor. No sale agua porque no hay. Se pasan hasta ocho días sin darla. Cuando viene, tenemos que recogerla en vasijas y guardarla. Ahora ya dicen que nos la van a subir desde el Sorbe.
- Pues es una pena. Una fuente tan bonita, y por lo que se ve está sólo de adorno.
- Antes no estaba aquí. Siempre ha estado allá abajo, en la otra parte del pueblo; pero hace dos o tres años la deshicieron piedra a piedra y la volvieron a montar otra vez igual. Yo creo que aquí en la plaza se luce más.
Era una señora joven, de nombre Felicitas, y que estaba cosiendo sentada a la puerta de su casa, bajo la parra, en una de las viviendas que resultaron al dividir en dos la casona de piedra.
- Nadie sabe el origen de la casa. Yo he oído decir a mi abuela que el que la empezó a hacer se murió sin terminarla.
Por la plaza cruza jugueteando con dos perros un señor que tiene todo el aspecto de ser capataz o guarda forestal con camisa de caqui. Luego resultó que el hombre, don Sebastián, no era ni una cosa ni otra, sino un jubilado de Madrid, natural de Palancares, al que gusta estirar mientras que pueda las vacaciones de verano en su casa del pueblo.
Sí; yo he tenido taberna en Madrid muchos años, pero ahora es aquí donde mejor me encuentro. Claro, que si el tiempo cambia, luego a luego habrá que ir pensando en la retirada.
Nuestro hombre, según pude saber después, es el cocinero oficial en las farras y jolgorios de las grandes ocasiones en Torrebeleña. Don Sebastián Gordo conserva en su casa una botella entera con el misterioso brebaje para los asados de cordero, con el quid de la cuestión, como él dice, de la estrella de toda la gastronomía de la zona.
- Así es, sí señor. Y lleva siete clases de hierbas diferentes que se dan por aquí. La gente no lo conoce bien, pero ahí está todo el misterio de un asado en condiciones, que, ¡oiga!, no todos lo saben hacer. Para la Virgen del Cerro nos comemos el toro con patatas. Este año nos salió para chuparse los dedos. ¡Qué le vamos a hacer! Habrá que ir tirando como se pueda. ¿No le parece?
Mi amigo me habló de los viñedos de Torrebeleña antes de la filoxera, por aquellos años en que los vecinos, acorados ante la abundancia de cada cosecha, habían de tirar el vino añejo para dejar sitio en las vasijas al nuevo mosto. Hoy, medio siglo después, solo queda un recuerdo impreciso en la memoria de los más mayores y el testimonio de unas cuantas cuevas medio hundidas cerca de las eras, en cuyas proximidades todavía pueden verse aquellas descomunales tinajas de barro viejo con su panza redonda clavada en los ribazos.
El mirador que queda al fondo en la explanada de la iglesia, se convirtió en pocos minutos en una tertulia numerosa. Los hombres del pueblo, que habían ido acudiendo allí por lo que tiene de novedoso la presencia de un desconocido, me fueron contando cosas, muchas cosas de Torrebeleña, de su vida, de sus costumbres perdidas, y un poco también de su historia, de esa historia particular, maravillosa, forjada muchas veces como producto de la imaginación y que las gentes del pueblo fueron aprendiendo en el apasionante libro de las generaciones.
- Allá, detrás de las carrascas, está Valdehornos. Aquello está lleno de piedras de molino sin usar. Se conoce que antiguamente las hacían allí, y las que les iban saliendo con algún defecto las dejaban abandonadas. Lo de siempre, trabajo perdido y a otra cosa.
- De costumbres aquí, nada. En el juego de bolos han hecho encima baile; así que, ya ve usted qué ánimos hay para las cosas de antes.
- Mire, ¿ve usted el par de cuernos tan bien puestos que hay en la pared de ese patio? Son del toro del año pasado. Ese le metió a mi chico nueve centímetros en la pantorra el día de la fiesta.
La lluvia se encargó de ir deshaciendo aquel simpático corrillo de amigos. Comenzó a caer tontamente un agüilla mansa que nos obligó a salir de allí calle abajo en busca de refugio.
La mejor casa del pueblo, según pude saber por las buenas gentes que me acompañaban, es la que dicen del Abogado; un elegante edificio casi centenario en la calle de la Iglesia, al que precede una verja grande, de forja magníficamente trabajada, sobre cuya puerta principal se puede leer en letras moldeadas con el mismo hierro: “Manuel Cañamares, año de 1893”.
A la caída de la tarde hay en el pequeño bar del Moreno un ambiente de sosiego y de paz, un poco turbio por el humo de los cigarros y algo en penumbra hasta que nos dieron la luz. Ajeno a la partida en la mesa de tute está Diego, el poeta de Torrebeleña. Diego Charro es pastor de oficio y ha dejado su vida repartida en vedijas por el campo, como las ovejas dejan las de su lana colgando de las ramas de los espinos.
- Pues sí; menos los doce años que me tiré en Madrid de portero en la calle de Atocha, lo demás con las ovejas. En Mandayona veintisiete años, y siete de zagalillo en la Casa Grande de Fontanar.
- Y los versos ¿cuándo los hace?
- Esos, cuando sale. Ya ve usted, con poca cultura. Me han escrito unos a máquina. Lo hago por entretenerme nada más. Tengo unas poesías hechas al Sebastián, que para eso somos de la familia.
- ¿Ah, sí?
- Sí hombre, yo también soy de Palancares. Mire:

El que Quiera comer bien
que vaya a Torrebeleña,
en casa del Sebastián
patatas a la borrega.

-¿Qué le parece? De las cosas así del pueblo tengo muchas.

Currelamos todo el año
siempre con la cruz acuestas,
pero las penas se acaban
cuando llegan nuestras fiestas.

En el carillón de hierro del viejo reloj de la villa se oyen las seis con un sonido estridente y seco. Sebastián nos sirvió en su casa un ligero ágape que vino a ser como un pretexto para entrar en la bodega, donde guarda el vino añejo en garrafas de cristal y en botellas tiradas por el suelo. El Pararrayos, que así se llama la cueva de nuestro amigo, es el centro común donde los vecinos de Torrebeleña celebran sus fiestas durante el verano, en torno a un jugoso asado de chuletas al sarmiento o de carne con patatas, pero con la gracia siempre del fresco zumo de Pastrana, el pan de Espinosa, y la brisa suave que les viene del Cerro del Calvario.

(N.A. Octubre, 1981)

1 comentario:

Aries dijo...

Me ha comentado una amiga que por los años 60 estuvo pasando unos días en Torrebeleña y que visitó unas cuevas con unos amigos, también me comentó la existencia de una ermita o iglesia en la había calaveras en una pared. No encuentro nada de ello visitando la web de Torrebeleña. ¿Qué queda de todo aquello que les comento?