martes, 10 de noviembre de 2009

TIERZO


El pueblo de Tierzo, en tierras del bajo Señorío Molinés, recibe a los viajeros madrugadores que acuden hasta él cansados de caminar, con el regalo de una fuente generosa de agua fresquísima, cuatro pasos antes de adentrarse de hecho en el corazón del pueblo, aunque con el fin de llegar a buena hora uno se tomó la mañana con tiempo. En Tierzo al hilo de las diez ya cantan las chicharras entre las ramas de lo árboles.
Al borde de la carretera hay junto a la fuente unos guindos en ple­na efervescencia. Los huérfanos arbolillos de la carretera de Tierzo co­lorean como si hubiesen sido salpicados de pétalos de amapolas.
- Así como usted se las come estarán ácidas.
- Si, bastante. Están ácidas las condenadas.
- El caso es que, cuando maduran del todo, se las comerán los pájaros. Esas, como se conservan bien es metidas en un frasco con aguardiente alcarreño. Duran todo lo que uno quiera.
El l pueblo, por lo que se ve, debe estar prácticamente deshabitado. Los campos de cereal que hay en la vega están solos, las calles están solas, y los caminos que entran y que salen también están solos. Tierzo tiene un hermoso frontón de pelota, restaurado y pintado de verde. Uno se pregunta quienes y cuándo jugarán en él. En el frontón de pelota de Tierzo conservan estampada la enseña de la Caballería Espa­ñola, bien visible, al parecer desde hace medio siglo, y que la gente honra y explica con gusto.
- Es que el juego de pelota lo hicieron los de Caballería en cuando la guerra. Eso que hay pintado arriba es el emblema, ¿sabe? Lo han arreglado ahora y está corno nuevo.
El señor Teodoro López y otras dos mujeres más, familiares suyos se­guramente, que viven en Barcelona, fueron las tres primeras personas que encontré en Tierzo, apenas llegar a la plaza de Victoria de la Riva, un nombre para la posteridad, que justo es decir, yo desconocía hasta ese mismo momento.
- Fue una señora que ayudaba al pueblo con donativos y le dedicaron la plaza. Yo creo que dio dinero para lo del cementerio.
- Otro pueblo prácticamente muerto, ¿verdad usted?
- Pues casi sí. Unos quince habitantes debemos ser. Aquí no queda nada.
- En cambio, parece que tiene toda la traza de haber sido grande.
- Claro que lo fue. Tuvimos cuartel de la Guardia Civil, dos escuelas, tres tiendas y dos guardas forestales. Era uno de los pueblos más gran­des de la zona; pero ya ve, ahora nada de nada. Si quieres tomarte un café tienes que ir a Molina.
Tierzo está encajado entre los cerros Pelado y Valdesalcón, uno al mediodía y otro al norte, y a él pertenecen los caseríos de Arias y de las Salinas de Almallá en la carretera de Terzaga. Las Salinas es un centro extractor de sal desde tiempos de la dominación musulmana.
Para el 17 de mayo, los escasos pobladores de Tierzo y los que vienen a acompañarles desde lejanas tierras a las que emigraron en los años del éxodo, celebran la fiesta mayor dedicada a San Pascual Bai1ón, y otra de menos solemnidad a mediados de agosto en honor de San Roque. Fue notoria en esta villa molinesa la llamada romería de Los capirotes hasta el Barranco de la Hoz. Se hacia para cumplir un voto colec­tivo hecho en l845, cuando el có1era sacudió sin piedad al vecindario, y tenía lugar un domingo del mes de junio en que el pueblo entero -hombres y mujeres vestidos con túnicas blancas, zapatos negros y velas encendidas en las manos- marchaba en procesión penitencial por aquellas tierras áridas hasta el santuario de la Patrona del Señorío, siguiendo a su estandarte que solía portar un vecino vestido de negro riguroso. Los capirotes de Tierzo, como “Las Mayordomas” de Alcocer y tantas ma­nifestaciones más de nuestro costumbrismo, pasarán para bien o para mal al campo de lo legendario. Se me ocurre pensar, si alguna vez la Historia no nos pedirá cuentas.
El pueblo tiene en su barrio bajo una fuente abrevadero construida en l869, y mucha agua para regar los contados huertecillos familiares todavía en producción que hay en la vega. Arriba, próximo a lo que fue el antiguo cuartel de la Guardia Civil, hay un hombre sentado a la sombra, que por su aspecto no vive aquí.
- No, yo soy del pueblo pero vivo fuera.
- Resultará doloroso -le digo- ver cómo la patria chica va llegando a su final irremisiblemente.
- Pues sí. Que veas que tu pueblo se acaba es muy doloroso. Aquí vi­viste con -tus padres, y cada esquina, y cada calle, y cada piedra, es un recuerdo de tu niñez. Eso no se puede olvidar nunca.
La presencia de un desconocido que pregunta cosas -lo sé por experiencia-, es casi siempre la mar de atractiva para las gentes de los pueblos. Al momento se juntaron a nuestro alrededor una buena parte de los habitantes de Tierzo que habían venido al pueblo a pasar el verano. Excepción hecha de Gregorio y del abuelo Rafael Hombrados Alguacil, que deben de vivir allí durante todo el año, los demás: Bonifacio, Gabriel y Mariano, están enraizados por vía de nacimiento o de matrimonio, pero residen fuera. La conversa­ción surgió espontánea, como siempre, y con ella un tema que pudiera resultar de interés para el acervo cultural de cosas relacionadas con la provincia, y que, salvo los más viejos del lugar, ca­si nadie conoce. Uno se marchará después del corro de amigos satisfecho y feliz, contento de haber podido rescatar, quién sabe si para siempre, un hecho del pasado que no deja de tener su importancia.
- Entonces quiere usted decir que por otros sitios no se sabe que el suceso de La Malquerida ocurrió aquí.
- Nada, en absoluto. Yo es lo primero que oigo.
- Si hombre. Ahí abajo está aún la casa donde vivía aquella familia. Luego, alguien cogió la historia y la hicieron obra de teatro.
- Alguien no. Supongo que sería don Jacinto Benavente.
- Bien. Pues todo lo que pasa en “La Malquerida”, ocurrió aquí hará qué sé yo los años.
- O sea, que mataron al marido de la hijastra con asesino a sueldo y todo lo demás.
- Eso es; sí señor. El muerto, que se llamaba Francisco el Pañero era un hombre bien puesto.
- Y también aquí se cantó aquello de:

El que quiere a la del Soto
tiene penas de la vida,
por quererla quien la quiere
le llaman la Malquerida.


- No, eso no. Aquí sacaron también coplas contando todo el suceso; pero no fueron esas. Eso que usted dice se lo inventaron para el teatro.
- Bueno; pues explique cómo fue, que yo ardo en deseos de saberlo.
- Hace ya tanto que yo no sé si lo contaré como pasó. Pues resulta que el padrastro de la mujer del Pañero, que vivían ahí abajo en una casa que todavía existe en el rincón, se había enamorado de una hijastra que vivía con él, porque para el caso era como si fuera su padre. La hijastra era la mujer del Pañero, que por lo visto también ella se había enamorado del viejo, que era un hombre bastante rico. ¿Comprende?
- Comprendo.
- Entonces ella, la mujer, mandó a tres esquiladores de caballerías que andaban por aquí, y que eran de Cifuentes, para que matasen a su marido y así se lo quitaban del medio. Lo mataron una noche por mil pesetas de las de entonces, que era un capital.
- ¿Y cómo se supo?
- Pues muy fácil. Lo encontraron muerto en una alcantarilla, con un tajo de cuchillo en el cuello, metido en un saco, más allá de la fuente de la carretera. Desde entonces se le dice a ese barranco “la alcantarilla del Pañero”. Se contaba en aquellos tiempos que los tres esquiladores, para despistar, fueron a lavarse la sangre a Molina. Cuando se descubrió el crimen, a la chica la encerraron en la cárcel y allí dio a luz.
- Tremendo. Con unos cuantos cambios en la forma, la historia es la misma que en la obra de Benavente.
- Ya se lo hemos dicho. La obra debió de salir por aquellos años, y viene a contar lo mismo que pasó aquí. Por entonces se conoce que pasaban esas cosas. Ahora pasan otras, iguales o peores. Los crímenes a sueldo por asunto de faldas estaban a la orden del día.
Con el regusto del relato acabado de oír, que ocurriría, pienso yo, a finales de la primera década o principios de la segunda del presente siglo, me subo pueblo arriba anotando en mi libreta lo poco que hay que ver, y que se repite en Tierzo como calco del triste panorama de otras villas agonizantes: casonas agrietadas que se vendrán abajo si Dios no lo remedia; callejuelas tomadas de hierba porque nadie las pisa, donde existen ruinas, y viviendas a la vez rejuvenecidas para pasar el verano; una espadaña oronda desafiando de cara al poniente con el catalejo de sus dos campanas; y gorriones, muchos gorriones, que a falta de chiquillos que los persigan, se multiplican en santa paz y bullen jolgoriosos en los aleros de las torres y en los tejados de las casas deshabitadas.
Ahora he subido los escalones de la iglesia en donde la hierba cre­ce como en pleno campo. Arriba hay un olmo, frondoso aún pero tocado de muerte por la enfermedad. El olmo da sombra suficiente a toda aquella explanada levantada en el alto, desde donde coge a mano el arco de arenisca que enmar­ca la puerta principal, construido, así consta, en el año 1754. Dentro, tengo idea de que existen algunos retablos y pinturas que a buen seguro merecería la pena ver, pero que prefiero no hacerlo por no complicar las cosas buscando la llave y alguna persona que volunta­riamente me quiera acompañar; más aún, habida cuenta de que las buenas gentes de los pueblos andan reacias a mostrar sus iglesias a los desconocidos, y hacen bien.
Al pie de la escalinata de la iglesia hay otra plazuela más, y otra fuente. En Tierzo cada plaza suele tener su propia fuente. Esta se re­duce a un monolito con pequeño pilón, al que vierten dos caños distin­tos: uno vivo y cantarín del que el agua sale con fuerza, y otro lángui­do, con un chorro que parece llegar a la luz cansado y mortecino.
Al salir de Tierzo -la cosa no es demasiado frecuente, pero a veces sucede- me voy calle abajo con dirección equivocada, derecho al paredón de piedras de los huertos. Gregorio, Bonifacio, Gabriel, Mariano, y el abuelo Rafael Hombrados, me ponen en camino debidamente. Mis amigos se quedaron de pie derecho en el mismo sitio donde yo los dejé, seguramen­te que tirando del hilo de los tiempos, sacando a colación viejos suce­sos de hará casi un siglo, que par otra parte es bueno airear de tarde en tarde como a la ropa del arca, para que no acabe con ellos la polilla del olvido como tantas veces ocurre. Tierzo, allá en lejanas tierras del bajo Señorío Molinés, es un pozo profundo de historias hermosas.

(N.A. Agosto, 1986)