domingo, 29 de noviembre de 2009

VALDARACHAS


He vuelto a contemplar de camino las grietas amenazadoras que pre­senta desde abajo el ábside la iglesia de Yebes, y, lo mismo que otras veces, me ha producido un cierto pavor. Seguido a esto, la ca­rretera comarcal que tomé en las afueras de Horche se va colando va­lle abajo, de manera que a los pocos minutos de andar me encuentro en los altos de Valdarachas, junto a un viejo rodillo de piedra que los antiguos emplearon, tras las noches de lluvia, para asentar como el piso de las eras. No hay a mi alrededor otra cosa sino chalés y viviendas levantadas según la última insinuación del confort a que nos tiene sometidos la vida moderna. Valdarachas, sin salir de aquí, parece una ciudadela residencial, colocada concienzudamente en el leve altozano que dibuja sobre la vega el mirador en donde el pue­blo se asienta.
- ¿Por dónde queda la plaza, oiga?
- Ahí abajo, donde la fuente.
La fuente de la plaza chorrea sin interrupción, constantemente. Un perro negro de caza bebe, alzado de puntillas, en el chorro que cae. Se nota que es un perro capitalino, comedido y de buenas costumbres.
- ¡Chine, ven aquí!
El perro hace un alto para mirar y sigue bebiendo.
Allá donde se inicia la calle Mayor los chavales juegan al balonces­to a la caída de un barandal de hierro. Valdarachas es un pueblo pe­queño. Apenas acabo de entrar en él por el alto de las eras cuando ya me encuentro otra vez en las orillas, mirando a los vallejos y a las ras­trojeras, cerca del pretil, también de hierro, de la iglesia.
Los que han venido de Madrid a pasar el fin de semana se oyen discutir en un barecillo muy próximo a donde ahora estoy. Tarde soleada, pero in­vernal al fin y al cabo. El viento molesto sube con fuerza desde la vega. Por el Camino de Pioz acude al pueblo un pastor precedido de dos o tres centenares de ovejas blancas y negras. La burra del pastor ca­mina, detrás, cabizbaja, con vocación de oveja, con la merienda del amo y el hatillo sobre su lomo. Las capas montunas de chaparro y de roble se divisan extendidas como fondo en las laderas, igual que un mantón agreste, cenizoso y lacio; mientras que los pequeños huertos, adonde bajan a regar cada mañana y cada tarde de estío los más ancianos del lugar, duermen el profundo letargo que les impone su ci­clo vital hasta que, bien entrado abril, ya casi en mayo, acuden a des­pertarlos los primeros calores de la primavera.
Valdarachas es uno de esos pueblecitos anónimos, sin historia, en los que a quien esto escribe no le importaría vivir. La torre de la iglesia tiene un solo cuerpo. Por la forma y los materiales que em­plearon para construirla, debe ser originaria del siglo XVII. Por detrás se ve una curiosa cúpula que añade al pequeño burgo cierta prestancia. Las portonas de la iglesia están cerradas a cal y canto. Como dato de interés apunto en mi cartera el detalle de su flamante clavetería.
Los hombres de la taberna me miran interesados por saber quién soy. Tienen las escopetas apoyadas en el escalón o desmontadas colgando del brazo. No hay duda de que son cazadores. Uno de ellos me hace seña­les con la mano para que me acerque.
Cuando llego a la taberna, que es a su vez tiendecilla en la que venden lo más imprescindible para salir del paso, digo quién soy, y los hombres me invitan a tomar una copa de solisombra.
-Nada más tienen esta tienda en el pueblo, por lo que veo.
-Sólo ésta; y nos sobra la mitad, por lo menos.
Los clientes me han dicho que Mauricio Martín, el dueño de la tienda que me sirve, es el actual alcalde de Valdarachas. No le conozco de nada, pero me ha parecido un señor simpático y sin doblez.
- Alcalde pedáneo, supongo.
- No señor. De eso nada. Aquí tenemos nuestro ayuntamiento propio y lo seguiremos manteniendo mientras que podamos. A mí me parece que no están dando mucho resultado la cosa de los anejos. Andar dependiendo de otros no puede ser nunca bueno para un pueblo. Vamos, a mi cor­to entender.
- ¿Cuántos habitantes son en este momento?
- Ahora mismo somos treinta y cinco personas.
- ¿Y tiene como alcalde tantos problemas como si fueran treinta y cinco mil?
- Hombre, yo creo que tantos no; pero nunca faltan.
- Según tengo entendido el patrón del pueblo es San Sebastián, el veinte de enero ¿Siguen celebrándola fiesta, en pleno invierno?
- Claro que sí. En enero, buscando más bien el fin de semana, ce­lebramos la fiesta de San Sebastián, como siempre.
Valdarachas y sus tierras más inmediatas fueron habitadas desde tiempos prehistóricos. Los hombres primitivos, amigos por una parte de la seguridad y por otra del campo abierto, tuvieron por estas prominen­cias cercanas al pueblo su sede y hábitat temporal. En el cerro del Castillo, uno de los más próximos al municipio, se han encontrado ce­rámicas iberas fragmentadas y monedas del imperio romano. Es sabido que su cima fue en otros siglos un castro de civilizaciones impre­cisas, con poblado anexo y su correspondiente necrópolis en la lade­ra. Mucho más tarde, a mediados del siglo XVII, el rey Felipe IV ven­dió el lugar de Valdarachas, según consta, a un caballero calatravo de nombre Juan Esteban Imbrea, en cuya familia encarnó algún siglo después con el título de conde de Yebes y Valdarachas, el hidalgo don Esteban Luis Palavicino. De todos estos retazos, arranca­dos al tiempo por arqueólogos y por historiadores de la provincia, el vecindario, como suele ser norma, no sabe nada.
- Pues no señor. Que se han encontrado cosas viejas por el Castillo, sí, de cuando los moros se decía, pero no mucho más.
Es ahora don Lorenzo Moreno quien me acompaña. Me ha dicho que es natural de Yebes, pero que vive aquí con su familia y es de Valdara­chas para todos los efectos. También me ha contado que es el juez del pueblo.
- Poca cosa es esto, ya lo ve -me explica mientras caminamos. Un pueblo sin demasiadas pretensiones donde se vive muy tranquilo. La, gente vi­ve del campo y así vamos tirando.
- ¿Ganado no tienen?
- Ganado poco. Yo tuve hasta hace un par de años un hatajo y lo tu­ve que dejar por problemas de pastor. No se encuentra a nadie, y me­nos a personas responsables para que lo cuiden. Hay un rebaño nada más, el que dejé yo, pero es de Aranzueque.
- Pues muy bien. Daré otra vuelta por el pueblo, un poco más por los alrededores y me marcharé en seguida. En este tiempo, ya se sabe, en cuanto cae la tarde, no se puede estar fuera de casa.
- Si quiere le puede acompañar mi chico. Vamos a ver si estuviera en casa. Hoy no tiene que hacer otra cosa.
No estaba en casa José Enrique; acudiría después. Me acompañó un poco hasta las eras su hermanita Pili y una perrilla cazadora que se llama Nena.
- La Nena hoy se ha portado mal. No ha cazado nada.
- Hoy no, pero el otro día sí que cazó. Hoy es que mi padre no ha tenido suerte.
- ¿Vas a la escuela, Pili?
- Sí, voy a la escuela-hogar de Guadalajara, y mi hermano a Forma­ción Profesional. Tengo otra hermana mayor que ha terminado profesora de E.G.B.
- Qué bien, chica. Oye, ¿cómo se llama aquel cerro de arriba?
- Ese es el Cerro Morcillo, y aquel de atrás el Castillo. Este cha­lé que hay aquí es de mi tío. Hoy no han venido.
- ¿En qué os distraéis cuando venís para el fin de semana?
- En nada. Jugando.
- ¿Sois muchos chicos en el pueblo?
- Pocos. Luego en el verano vienen más.
- Ya. También es un fastidio eso de que la fiesta sea en invierno, ¿verdad?
- Sí, pero luego hay otra en agosto. Hace dos años hubo toros y todo.
- Ah, pues eso no me lo habían dicho.
- Lo que pasa es que, como no hay gente...
Al momento volvemos a casa. Valdarachas me ha parecido que no tie­ne mucho más que ver. Aún queda sol y la tarde es de una transparencia cristalina. El cielo, no sé por qué, amenaza con heladas para la noche próxima.
- Viene un tiempo muy irregular. No sé lo que pasa -me ha dicho don Lorenzo, que con lo de la caza, ha terminado de comer a media tarde.
El pueblo, cuando voy a emprender la salida, me ha dado todo lo que me había de dar: su paz sobre todas las cosas, su sedante limpieza ambiental, la atención de sus gentes que no es poco. Al otro lado de la vega oigo al partir las sierras mecánicas de los leñadores, dando cuenta del bosquecillo bajo. La perra Nena, se me ha quedado mirando fija, quieta como una estatua, al acecho de lo que pudiera pasar, en una imagen estática de cromo de calendario. Cuando le toco al claxon para decirle adiós me ladra de lejos, correspondien­do al saludo, y se mete en casa.

(N.A. Diciembre, 1985)