miércoles, 18 de noviembre de 2009

TORREJÓN DEL REY


El abuelo Bonifacio y su hijo Alfonso trabajan en la granja del camino de Valdeaveruelo. En la Fuente Vieja hay un muchacho lavando una furgoneta con el radiocaset a todo volumen tirando a las barbecheras música estrepitosa. El abuelo Bonifacio tiene una granja pequeña, sin apenas mecanizar, donde viven, comen y hacen la puesta diaria, tres mil gallinas blancas prisioneras en jaulas de alambre.
El abuelo es un hombre campiñés de recia estampa: servicial, simpático, fácil a la amistad, con algunos brotes esporádicos de buen humor que baraja graciosamente con sus achaques de viejo.
- Aquí yo no hago nada. Es el chico el que lo hace todo. No se vaya a pensar que no da trabajo esto, que aunque sólo sea limpiar la porquería, ya hay buen tajo.
- ¿Les ponen mucho?
- Sí que ponen; pero si se quiere que la cosa vaya bien, tienen que poner casi todos los días en plena temporada. Si no es así, la cosa va mal, y habrá que pensar en dejar el asunto.
Las gallinas jóvenes las tienen instaladas en otro departamento distinto, mientras que en un tercero sólo hay jaulas vacías, con una sola gallina malcarada.
- A esa la tenemos en la UVI. Ahí es donde se meten a las que están enfermas.
- ¿Hay otras granjas en Torrejón?
- Muchas. Aquí hay seis o siete, y vaquerías otras tantas. Aquellos edificios que se ven por la carretera de Valdeavero son de una cerámica. Es una fábrica muy importante. Allí hacen ladrillos, viguetas y de todo eso para la construcción. La tierra la traen de Alcalá.
El abuelo Bonifacio dice que el cochecillo son sus muletas, que no se apaña a estar sin él, que lo lleva a todas partes, incluso al café que está a cuatro pasos. En su casa de la calle del Norte, el abuelo Bonifacio me invita a tomar un bollo muy rico de los que guarda en una bolsa de plástico.
Yo casi no los cato; pero me gusta tener para cuando vienen los nietos. El chico, no hay vez que entre o salga por el pasillo que no se lleve uno en la boca.
Las casas de torrejón suelen ser bajas, y el pueblo llano y escaso de sombras, como son por lo general los pueblos de la Campiña; limitado por extensas superficies de tierra de cultivo donde verdea el trigal, y campos alzados a la espera del chispazo vital de la semilla. Por la calle del Norte, en la que no faltan viviendas de traza admirable y artística rejería, las casas están muchas de ellas deshabitadas. Me dice el abuelo Bonifacio que el límite de la provincia está a trescientos metros del pueblo, y que Valdeavero ya pertenece a Madrid.
El jardinillo que da paso a la calle del Norte tiene un pequeño surtidor apoyado sobre lomos de león, esculpido a imitación de los de la Alhambra.
- Cuando los hielos daba gusto verlo. Se quedó todo tapado, hecho una pieza. Le hicieron muchas fotografías.
A la salida, por la carretera de Torrelaguna, está en Torrejón todo lo novedoso, lo insólito para lugares cuyo censo está por debajo del medio millar de habitantes, y aquí sólo son 450 de hecho.
- Sí, claro; pero es que todos los pueblos tampoco tienen los cuartos que tiene el ayuntamiento de aquí ¿No ve que en la urbanización de Las Castillas hay dos mil hoteles?, pues eso es un dinero que ingresa en el municipio y se pueden ir haciendo cosas. Aquí ningún vecino pagamos impuestos al ayuntamiento.
A escasa distancia uno de otro hay dos campos de fútbol, un frontón de pelota en obras y una plaza de toros inmensa, con medida reglamentaria como las de las capitales; pero sin gradas. Para ver el espectáculo cuando lo hay, la gente coloca los remolques alrededor, y desde allí se siguen los revolcones y todo lo que pasa en el ruedo.
- Creo que la van a terminar de hacer. Le van a poner gradas para sentarse y todo eso. Así, tal y como está, es una cosa a medias.
- ¿Hay afición a los toros?
- Como en todas partes. Hacen toros una vez al año, para la fiesta de agosto. Vienen unos cuantos maletillas de esos, y aquí se lo pasan en grande. A mí no me gustan. Si no los matasen sí que vendría a verlos. Yo creo que eso es una salvajada y prefiero quedarme en otro sitio.
-Lo que sí tienen en torrejón es un campo muy hermoso.
- No está mal. Allá arriba hubo un pueblo que se llamaba Alcolea. Yo he oído a los viejos de antes que se acordaban de haber visto la torre y algunas casas todavía en pie. Los santos de la iglesia de Alcolea los tuvimos aquí hasta que desaparecieron cuando la guerra. Por eso el término de torrejón llega tan lejos, porque tiene el terreno de los dos pueblos. Ahora está todo labrao por encima.
El Centro Cultural, cuyo nombre se da de bofetadas con la función que desempeña, tiene un bar confortable, bien atendido, y una sala de baile espaciosa que funciona durante las fiestas. En el Centro Cultural tomamos una caña de cerveza de barril con un platillo de aceitunas.
- Aquí se apaña mejor la juventud que la gente mayor.
En Torrejón del Rey la gente está orgullosa de su plaza, y creo que no les falta razón. Se trata de una de las plazas más bellas que conozco en esta provincia de plazas hermosas. Ha perdido, eso sí, el rico sabor de otro tiempo, el exquisito rusticismo que tuvo en origen antes de las obras, pero ha ganado en luminosidad, en limpieza, en confort con arreglo a los tiempos. Encuadrado en medio de un palacete del XVI, de la iglesia y del ayuntamiento, se extiende el ancho rectángulo de la plaza del pueblo, pavimentado con baldosas labradas, en cuyas márgenes florece el jovencísimo rosal y adornan media docena de farolas clásicas repartidas entre la fila de bancos; todo como un pretexto para acoger en su mismo centro una fuente espectacular, con juego de chorros que desaguan ruborosamente en el pilón redondo, tras haber descrito sus arcadas correspondientes a modo de estrella desde el orificio de salida.
- Por la noche, con la luz, da gusto verla.
En la iglesia destaca hoy el lamentable estado del suelo donde se pisa, y el interesante artesonado de madera vieja que la humedad ha ido tiñendo de un gris verdoso difícilmente recuperable. En el coro, maltrechas como el resto de la cubierta, hay algunas rinconeras trabajadas en arabescos que reclaman la atención del visitante sobre cualquier otra manifestación artística que el templo pudiera ofrecer. En un retablo lateral queda la hermosa talla de Nuestra Señora de las Candelas, Patrona de Torrejón, para cuya fiesta mayor el segundo día del mes de febrero, el pueblo tiene a gala abrirse en agasajos, en honras y en solemnidades. La Virgen de las Candelas es uno de los pilares sobre los que se apoya la devoción popular campiñesa, y asiento de una relevante conmemoración:

En Quer está San Vicente,
en Alovera La Paz,
en Torrejón Las Candelas
y en Cabanillas San Blas

- Los solteros del pueblo y las solteras pertenecen todos a la cofradía de la Virgen. En cuanto se casan ya dejan de pertenecer. Es una costumbre de siempre.
Parece ser que el sobrenombre que lleva torrejón está relacionado con la persona del rey Pedro I el Cruel, que gobernó en Castilla por aquellos años de la Baja Edad Media. La gente asegura que el Rey estuvo allí, en la casona de ladrillo que hay en la plaza, y que su amante (¿Doña María de Padilla?) veía los oficios divinos desde una ventana que todavía existe, a través de la puerta abierta de la iglesia al otro lado de la plaza. Aunque la verdad del hecho pudiera quedar en entredicho, al no haber acuerdo entre la época en la que vivieron aquellos personajes de la Historia y la construcción de la casa, varios siglos después posiblemente, no faltaría, seguro, la relación personal de nuestro pueblo con la vida y milagros de aquel famoso monarca.
- Puede pasar a verla. Es una casona muy grande. Dicen que tiene cuatrocientos años.
Vive allí una señora muy amable que se llama Reme. La buena señora nos enseñó toda la casa, hasta el corral, la bodega, y los bajos donde en algún tiempo debieron de estar instaladas las caballerizas de aquellos magnates, posiblemente de la España Imperial.
- No es mía toda la casa. La parte de allá es de unos hermanos de mi marido. Toda junta es enorme.
El sabor de época permanece impecable en algunos pasillos y en la pequeña alcoba techada con cúpula, que pudo ser capilla adosada al salón principal de aquellos nobles señores, desde cuya ventana dicen que se divisa en línea recta el altar mayor de la iglesia.
- Aquí, en esta ventana, es donde dicen que se ponía a oír la misa la amante del Rey.
Uno piensa que a tal distancia, toda la plaza por medio, doña María de Padilla se limitaría a ver de lejos, pero nunca a oír misa por muy afinado que tuviese el oído.
- Eso es que lo dice la gente ¿sabe usted?, pero luego vaya a saber si fue así o no fue así.
Salvando los quince kilómetros de distancia que separan a torrejón del Rey de la capital de provincia, el regreso se hace enseguida. También ese pudiera ser uno de los factores a tener en cuenta a la hora de quererse explicar el sorprendente desarrollo de la villa, a la que hoy nos hemos acercado sin otro ánimo que el de ahondar un poquito en su alma de pueblo viejo, y nos ha sorprendido su juventud renovada día a día y sus deseos de seguir adelante, extendido allí en uno de aquellos sequedales de la Campiña, entre campos oscuros y tierra castellana de pan llevar.

(N.A. Abril, 1983)