sábado, 21 de noviembre de 2009

TORRESAVIÑÁN, LA


Es ese pueblecito de labradores cuyo torreón sobre el ote­ro preside a poca distancia de la carretera general las tierras de Torremocha. En su calmoso paisaje, sólo a unos minutos de camino de las risqueras y barrancos del río Dulce, filmó el inolvidable Rodríguez de la Fuen­te algunos de sus mejores reportajes que han dado la vuelta al mundo.
La torre de su vieja fortaleza es memorial, a pesar de los si­glos, de moros y de cristianos, de civilizaciones pretéritas de quita y pon, cuyo despojo todavía en pie da nombre al mínimo pueblecito ha­cia el que ahora voy, y empaque de añosas hidalguías a todos los cam­pos de la comarca.
Es opinión acorde con la Historia que el primitivo castillo de La Torresaviñán se levantó a finales del siglo XII por don Manrique de Lara, primer señor de Molina, quien lo mandó rodear de caserío y construir una pequeña iglesia dedicada a San Juan. No mucho más tarde debió pasar a los obispos de Sigüenza, y después al infante don Juan Manuel. Luego tomó parte del ducado de Medinaceli, tiempo en el que el nuevo poblado de La Torre descendió de la cima y la ladera de su teso castillero, asentando definitivamente en el suave rellano del noreste, punto exacto en el que todavía está.
- ¿Y por qué razón, señor, le llaman el Castillo de la Luna?
- Ah, eso mismo me gustaría a mí saber. Aquí en el pueblo siempre se le ha dicho “el castillo”, a secas.
- Debió ser importante ¿A usted no le parece?
- Sí, según oídas eso debió ser el no va más. Vivieron condes y gen­tes de esas. El pueblo dicen que estaba arriba. Vaya usted a saber.
El pueblo actual se aparta del cerro que sostiene el castillo por una alameda de ejemplares desnudos. Ya cerca de sus primeras casas, uno se da cuenta de que La Torresaviñán es pueblo de almacenes enormes y de naves con puertas metálicas, de muy contada población y de campana­rio cuadrado, orondo y luminoso, que se engola ventajosamente sobre el resto del caserío. La carretera general de Barcelona le da salida a menos de quinientos metros al norte, subsidiaria de la otra mayor que sigue hacia Renales. Las calles son pinas y mal cuidadas; se ve que sus habitantes son gentes tranquilas y de fácil conformar. Las maquinarias y los aperos pasan el invierno descargando su pesado herraje entre las malezas extramuros en tanto que sus servicios no sean necesarios.
Acierto a caer justamente bajo el pretil de la iglesia. Tras de mí -supongo que se hundirá pronto- la antigua escuela de niños, destartalada y pasto de aguas y de intemperies. Mas allá el flamante juego de pe­lota pintado de verde, en el que, por el momento, nadie juega.
No se ve un alma ni se oye a nadie. El pueblo parece adormilado o en catalepsia. Como no es la primera vez, ni será la última que esto sucede, uno confía en que al final todo se arreglará de la mejor manera. Mientras tanto que por cualquier esquina aparece la persona oportuna con la que conversar sin prisas al solecillo de la tarde decembrina, hus­meo en la ruinosa escuela donde hace años se apagó para siempre el griterío vitalizador de la infancia. Uno lo sabe bien y lo lamenta por la propia Torresaviñán que los pueblo fenecen cuando muere la escuela. Después me subo hasta el atrio. En el pretil hay dos o tres árboles también desnudos. El sitio, sin sentir los efectos del viento, es apetecible y confortador. Una bandada de palomas levanta vuelo en el campanario al verme por aquellos parajes solitarios de la perife­ria, por los que nadie anda. La iglesia tiene abierta la puerta exterior, la segunda está asegurada con llave. Un cuartucho trastero sirve de palomar debajo mismo de la torre. Afuera suenan sin parar los rugidos de los camiones que pasan cargados por la carretera.
De nuevo vuelvo a la calle y la vuelvo a encontrar vacía. Sobre su empinada peana natural campea a los cuatro vientos la torre del casti­llo. Unos gorriones entran y salen jolgoriosos en unas zarzas con escarcha que hay a la sombra de una casa sin habitar cercana a la igle­sia. Canta un gallo.
Rodeando hacia la zona municipal de los ejidos, me cruzo al fin con un señor que me mira con curiosidad y me saluda amablemente. El hombre es entrado en edad y de buena estatura. Me ha dicho que se llama Cirilo Molinero. Vive en una casona de las afueras, nueva más bien, cómoda en ­apariencia, con un par de parras para dar sombra en verano porque las uvas, como es costumbre, nunca llegan a colmo.
- Pero cómo se le ocurre a usted venir por aquí. Si en este pueblo no hay nada que ver.
- Siempre habrá algo. El castillo, por ejemplo ¿no le parece?
- Eso no es nada. Para lo que pinta...
- Me gustaría subir, ya ve usted, pero me da pereza.
- No tiene nada dentro. Lo compró un señor, no se si de Pobo de Due­ñas, por un mil1ón creo. Y que si iba a hacer qué se yo cuantas cosas, pero que no ha hecho nada. Quiso comprarnos los baldíos, pero no se los vendimos, y así están las cosas.
- Muy tranquilo me parece Torresaviñán.
- Demasiado. Ahora andamos con que nos den salida a la autopista que están haciendo, y no sé si eso no nos dará la lata mis de la cuenta. Pa­rece que no nos hacen buena cara.
- Salida les dejarán por el mismo sitio que tienen ahora.
- Sí, por aquí sí. Yo me refiero más allá, por los campos.
Cuando subo hasta la plaza por segunda vez la vuelvo a encontrar tan solitaria y tan umbrosa como antes, fría como corresponde a los atardeceres de diciembre. La plaza tiene siete olmos desnudos, un enorme tractor prepa­rado de aperos y una perruca parida que me acecha con ojos tiernos y misericordes tumbada al sol de una esquina.
Algo mis abajo están las ruinas de una casona de señorial aspec­to, en cuyo solar comido de malezas se vierten sin piedad escombros y trastos en desuso. La portona de ingreso muestra el ojo abierto de su vejez moldeado de dovelas en arco. Por los ventanales, cuadrados de sillar, se cuela el azul de los cielos, como en las fotos retrospectivas del tiempo de guerra. Uno piensa -la mirada puesta un siglo atrás-, que posiblemente se adornase con escudos de piedra y en su interior hubie­ron de vivir personalidades importantes. Lamento no saber nada más de su pasado.
La Torresaviñán se ilumina y rejuvenece por las praderas extra­muros donde están los álamos. El castillo siempre vigilante sobre su otero mirando al sur. Cerca de la alameda hay una mula pastando, una fuente abrevadero para las caballerías, y unos bebederos más fabrica­dos de obra que uno intuye se deben usar para el ganado exclusivamente. El lavadero se compone de dos estanques de agua corriente comunicados, con curiosa y artística techumbre de madera oscura. El agua del lavade­ro, por no usarla, está quieta y centelleante como la superficie de un espejo. En el frontis a pico de la fuente pública se puede leer: "Estas obras han sido subvencionadas por la Excma. Diputación Provincial 1927". En La Torre, como en todos los pueblos tranquilos de labradores, hay gallinas, muchas gallinas, escarbando entre los yerbajos y los escombros de las casas hundidas. Gallinas blancas, negras, de color azafrán y de cuello grifo. Aquí, por estas calles en cuesta por donde ahora voy, sin topar con una sola alma con la que gastar el rato, suelen vi­vir de continuo veinte personas, no sé si alguna más. Ante la imposi­bilidad de que la gente se acerque a mí, como en el proverbio árabe, opto por ser yo quien me acerque adonde está la gente. Llamo a la puerta de una casa en la que al bajar sentí murmullo. La hora no es demasiado ­oportuna y el vecindario debe andar de sobremesa, dormitando al calor de la estufa o pendiente de la película que ponen en televisión. Me sale a recibir una señora muy amable. La mujer me ha dicho que es la esposa del alcalde pedáneo. Manda en seguida que suba a acompañarme para ver la iglesia a su hija Sagrario, una jovencita muy mona que ha debido venir desde la capital a pasar con sus padres el fin de semana. Al momento se nos acerca Alfredo. Es el novio de Sagrario, natural de Alaminos. Tanto una como otro no son demasiado explícitos, me tratan afablemente, pero se nota que en cuestiones relacionadas con el pueblo no están demasiado al tanto de lo que van las cosas.
- Esa era la antigua escuela de niños.
- ¿Hace mucho que la cerraron?
- Mucho. Yo no llegué a ir a ella. Ahora quedan solamente dos niños en edad escolar y los llevan a Torremocha.
La iglesia de La Torresaviñán, fornida y mayestática por fuera, es en su interior insignificante y pobre de solemnidad. Tiene una sola nave, y el presbiterio se guarece bajo cúpula en media naranja repintada­ en husos. En lugar de retablo hay un paño encarnado cubriendo como fondo el muro frontal del ábside. El altar mayor es una simple tabla, sostenida en horizontal sobre dos columnas salomónicas, resto tal vez de algún desaparecido retablo barroco. Las imágenes que adornan y que presiden desde sus repisas los actos de culto son un San Juan Bautista, ­un San Isidro Labrador y una Virgen Milagrosa. Delante del ara hay otra imagen más del Cristo de la Nave, formada seguramente con el mismo molde en el que se hizo por 1os años cuarenta otro igual que, con gran pompa y devoción veneran en el pueblo campiñés de Valdenuño Fernández.
- La sacristía es por esa otra puerta.
Sacristía y trastero a la vez: andas, santos, estandartes, com­parten el reducido espacio de la sacristía. Entre las perdidas imágenes que se guardan allí hay un San Juanillo antiquísimo y sin valor apenas, que confirma las devociones ancestrales en un pueblo más de nuestra tierra al Precursor en esta advocación infantil. Los que ahora están no saben el porqué, los que vamos de fuera tampoco.
- Antes de traer el otro San Juan se sacaba en procesión éste pequeño, pero de eso ya hace mucho.
La señora Apolonia sale de paseo hasta la solanilla de la iglesia a tomar el sol de la tarde. La señora Apolonia se abriga con bata guateada y ostenta sobre su persona la honra de ser la tercera en edad de los hijos de La Torre.
- Eso si es verdad, mire usted. No soy la más vieja del pueblo. Por el momento hay todavía otras dos personas que me ganan e edad. Que sea por mucho tiempo, ¿verdad usted?
- Sí señora. Yo también creo que eso seria lo mejor.
Ya casi nada más. Aquí mismo dejamos el pueblo y con él una de las comarcas más queridas y con más valores humanos de la provincia de Guadalajara. Con el recuerdo en mente de los amigos que uno tiene en los pueblecitos de la contorna, pero que por una vez más también ahora los dejará sin ver por falta de tiempo, enfila al hilo de las seis el camino de vuelta. La tarde comenzó a caer y la noche se cierne se­rena y fría sobre todas las Alcarrias en uno de los días más cortos del año.

(N.A. Enero, 1987)