jueves, 26 de noviembre de 2009

UJADOS


En los repechos de la umbría y en las pozas situadas en la cara norte de las cunetas, se conserva aún el blanco brillante de la escarcha. La noche ha debido ser de una crudeza irresistible, de un hielo atroz por la Sierra de Atienza. Al volver se ve atrás, alzada sobre su pena roqueña, como buque de caliza encallado en aquel altozano de la severa Castilla, la fortaleza atencina, dibujando su conocida silueta en el mosaico azul del cielo serrano.
Los bermejales que faldean a trechos la Sierra de Pela gozan esta mañana, a pesar de todo, de una increíble luminosidad. Es un gozo haberse venido a perder en busca de nada, precisamente aquí, en estas tierras remotas por las que anduvo el Cid, aprovechando la aparente catalepsia de los campos en hibernación. Un pastor cubierto con su pasamontañas de lana gorda se pasea por el lomo de la linde junto a la carretera. El pastor lleva terciada al hombro una manta de cuadros, y da la impresión de estar ajeno a los cinco o seis centenares de ovejas que, vigiladas de cerca por el perro guardián, carean entre las estepas y muerden las cañas grises sonando sus esquilas en la rastrojera de la última añada.
Me he detenido un instante a charlar con el pastor. Me ha dicho que se llama Felipe y que cuida de algunas más de las ovejas que yo pienso.
- Pero usted, por aquí siempre solo, se debe de aburrir soberanamente. Si llevara algún transistor o algo para entretenerse se le harían más cortas las horas.
- Algunas veces me lo traigo; pero no resulta. Cuando andas escuchando algo tienes que salir corriendo, así que, para qué.
- ¿Por qué son casi siempre blancas las ovejas?
- Pues no lo sé. A mí es que no me gustan las negras. Solo llevo siete negras y no son mías. A mí se me ha metido en la cabeza que las negras son más flojas, que aguantan menos.
- Y a la hora de vender la lana también suele ser un inconveniente ¿verdad?
- No es un inconveniente, porque si llevas una o dos por cada ciento, se mete con las otras. Yo me acuerdo de cuando se hacían los calcetines y todo aquello con lana de oveja, la gente siempre prefería la blanca.
Ujados está poco más adelante, al otro lado del repecho, bajo el cerro estéril de la Muela y no lejos de los altos del Pendoncillo, ya en término de Hijes. Al entrar, se encuentra el pueblo como escondido entre los árboles lombardos, siguiendo a su margen izquierda el vallejo del Pajares o Arroyo de la Fuente aguas arriba. Ujados es un pueblo de color tierra, encendido todavía más por la fuerza limpia del sol de enero. La calle Mayor es larga, y sigue cuesta arriba hacia el poniente, para acabar junto a una casona derruida de trabajado sillar y herrajes de buena forja. La calle Mayor está dedicada al Excmo. Sr. D. José García Hernández. He preguntado por qué a un anciano que andaba por allí.
- Es que ese señor tuvo la bondad de darnos algo de dinero al pueblo, y por eso le pusimos a la calle su nombre.
Al pasar, se ven a una y otra mano entremezcladas con las casas nuevas otras antañonas, con la clásica cobertura de la pizarra serrana, ya en decadencia por estos lugares. A pesar de todo, de su pequeñez incluso (Ujados apenas cuenta con medio centenar de personas), en el pueblo aún se ven niños corriendo por la calle. Hay nueve en edad escolar, que asisten al colegio de Atienza haciendo uso del transporte escolar.
Arriba, cerca de la calle de la Iglesia, un señor de Alpedroches me dice que Ujados, comparado con su pueblo es una capital, que aquello está desierto.
- Allí somos sólo tres familias. La mayoría de los que se fueron vuelven en verano, pero no hay vida. Mi mujer es de aquí, de Ujados, y venimos algunas veces.
La pequeña Paulina, a quien la gente de Ujados trata con un cariño especial, nos mira atentamente. Me voy solo por las callejuelas de las orillas. La iglesia queda como escondida en la solana de una placita solitaria. Está construida de mampostería y piedra sillar arenisca. Tiene un arco sencillo de medio punto bajo cubierta de tejas, y una espadaña románica de dos vanos orientada al poniente. No hay nadie por allí. Un perrillo juguetón me lame y mordisquea en los zapatos. Las gallinas del barrio escarban entre la escarcha de los zarzales, por detrás de la iglesia. Al otro lado de los olmos se ve la torre de Hijes. En un fuertecillo cercano, rodeado por un rústico paredón de piedra, un anciano araña con el azadón en el suelo medio helado. El anciano se llama Elías, se mueve con dificultad y me habla amistosamente.
- Es que quiero hacer un surco para poner ajos; pero ya no valgo.
- ¿Cuántos años tiene usted?
- Casi me da vergüenza decirlo. Ya he cumplido los ochenta y siete.
- Pues mire, yo no entiendo mucho de esto, pero si quiere puedo probar a hacerle el surco.
- No, déjelo usted, si lo hago más bien por entretenerme.
Después bajo por los complicados vericuetos de la calle del Horno. Algunos olmos clavan sus raíces entre las piedras de los paredones que cercan los huertos. Van saliendo al paso algunas casas antiguas, que se remozaron y adornaron allá por la década de los cincuenta, antes del éxodo a la ciudad, y ahora se ven cerradas, cuando no hundidas en su segunda vejez.
A la entrada del pueblo saludo a Félix Santos, el alcalde, un muchacho joven y educado, muy atento. Félix, según supe después, es hijo de Felipe, el pastor al que conocí antes de llegar a Ujados. El alcalde se me ofrece gentilmente para enseñarme casi todo lo que ya había visto, pero antes pasamos a tomar una copa en un barecillo muy aseado que hay en la calle Mayor, y que es además tienda en la que se venden productos alimenticios de urgencia y alguna que otra frivolidad de tirada segura: mecheros de gas, cintas para caset, golosinas… Nos sirve un chiquillo que se llama Raúl, uno de los diez niños que todavía hay en el pueblo.
- Cuando me voy a la escuela se queda aquí mi madre. Ella es la que está siempre aquí. Ahora es que ha salido a no sé dónde.
Pedro el alguacil nos vio entrar y se ha venido con nosotros. Pedro ve a través de unas gafas graduadas con un cristal muy grueso, y camina apoyándose en dos muletas de mano.
- ¿Se dan en Ujados muchos pregones, Pedro?
- Sí, no muchos, pero aún se dan algunos.
- ¿Cuánto se cobra ahora por un pregón?
- Lo que quieran dar. Algunos me dan dos duros, otros cinco; otros no me dan nada…
- ¡Es posible!
- Sí; algunos me mandan pregonar y luego no me dan nada.
Cuando salimos del bar nos encontramos en el pasillo la cabina del teléfono. El alcalde me fue contando por la calle cuál era la problemática mayor en la vida del pueblo, que según pude ver se reduce a unas cuantas cosas nada más.
- Las calles necesitan una buena mano. Luego el ayuntamiento, la iglesia, el cementerio, y nada más. Como menos urgente hemos pensado en algo de tipo deportivo para los chavales.
- Creo que ya tienen el agua en las casas ¿No es así?
- Ya hace tiempo. Eso lo hicimos con el dinero que nos consiguió el señor García Hernández, hace algunos años. Como el pueblo tiene pocos ingresos, todos los problemas son de dinero. La cosa es que cuando metimos las aguas nos quedamos cortos en pedir, que igual habíamos conseguido también para arreglar las calles.
- ¿A qué se debían aquellas preferencias con el señor Ministro, cuando lo era?
- Pues fue porque estaba en su casa sirviendo una hermana mía, y quiso tener con el pueblo aquella atención.
- Yo creo que el terreno, aunque frío no debe de ser malo.
- Sí es malo, sí. No puede compararse con lo de Miedes ni con otros términos limítrofes. Aquí, el ganado y nada más. Sembramos porque no hay más remedio; nos obliga la necesidad para la cosa del ganado; pero no da.
Félix y Pedro se esforzaron después por enseñarme la iglesia por dentro. La llave la guardan en una casa vecina donde no había nadie, y tuvimos que conformarnos con verla otra vez desde la plaza.
El abuelo Elías estaba aún en el huerto, intentando abrir un surco para sembrar ajos. La mañana ha quedado de verdad hermosa. Algunas mujeres, reunidas al sol en corrillo, me miran curiosamente entre el alcalde y el alguacil, y opinan de mí equivocadamente. De lo que uno no duda es de que su presencia ha sido una novedad en el pueblo y un motivo de feliz comentario para los vecinos. Con esa misma experiencia, renovada cientos de veces en cada viaje a estos lugares entrañables de la Sierra, de la Campiña, de la Alcarria, del Señorío, uno inicia el regreso anotando en su recuerdo media docena de nombres más, que se incorporan a la larga lista de las personas por las que siente un especial afecto.

(N.A. Febrero, 1984)