viernes, 13 de noviembre de 2009

TORDELPALO


Por las cercas del lavadero, donde los chopos, el arroyo baja manso, librando el agua al pasar los sacos de plástico verdes y color naranja del nitrato de cal que alguien tiró allí después de abonar los campos. Las tierras de la cerca del lavadero están de un verde encendido y el viento juega a hacer olas sobre la superficie de los sembrados. En las cuatro lindes de la cerca del lavadero hay collejas en pelotón, ababoles y tamarillas. En el campo de la cerca todo se ve como reventando de vitalidad. La fuente, en cambio, abundante sí con la avenida de las aguas después de un invierno medianamente lluvioso, corre solitaria en su doble salida del muro, rumorosa y queda sin que nadie le haga caso, dejando escapar todo su caudal, después de pasar por la sucia alberca en busca del arroyo que se cuela entre la doble hilera de chopos.
¡Y…aaa, oveja! –se oye gritar desde muy lejos.
El pueblecito de Tordelpalo (torre del palo en su origen) viene a caer justamente detrás, en la otra cara del leve montículo rocoso que culmina con el depósito de las aguas. En el casillo de las eras se lamenta el cordero hambriento, acabado de nacer. Todavía no he visto a nadie. Tampoco sé si en Tordelpalo hay habitantes o no los hay, supongo que sí, y que en cualquier caso será una cantidad exigua y de sedimento, al contada población que se resistió a marchar cuando la desbandada de los años sesenta, y procuró aguantar como pudo agarrada al terreno; siempre con el juego a favor de su proximidad a Molina.
A la caída del depósito de las aguas coloreada de amarillo ocre, destaca la espadaña y el campanario de la iglesia, con su torre rematada en cruz en el otro extremo. Más abajo las casas, hundidas algunas y cerradas otras, donde el pueblo vivió y donde habitarán aún las pocas personas que hayan podido quedar.
Tordelpalo presenta desde las eras la estampa de un pueblo oscurecido por el paso de los años, serio y venerable, que a mí se me antoja moribundo y a punto de extinción. Lo recorro poco después de extremo a extremo sin cruzarme con una sola alma. Antes de subir hasta el otero que le sirve de cúpula, me detengo ante las ruinas de una vivienda en cuyo interior han crecido los zarzales y las ortigas entre los cascotes. Frente a ella hay una cuerda con ropa de colorines secándose al sol. Desde el depósito de las aguas se ven pasar los coches que vienen y van por la carretera de Teruel. Más lejos se divisan con relativa claridad, difuminados por la fuerza del calor, los picachos roquedos de la Sierra de Caldereros, donde se mantiene empingorotado el castillo de Zafra. En otra dirección, ahora mirando al poniente, las torres del castillo de Molina en su vertiente como final a los trigales y a las barbecheras.
El pueblo sestea en silencio. En una de las pocas viviendas habitadas de Tordelpalo está el indicador de “Teléfonos”. Me sale a recibir una joven muy atenta, pero de conversación medida. No sé cómo se llama. Uno piensa que a veces tampoco hay razones para hablar más de lo imprescindible. La chiquita de la casa debe pensar igual.
- Hola, buenas tardes. ¿Podría hacer una llamada?
- No, porque aquí no es.
- Como está el anuncio…
- Sí, pero no es aquí. Es allá bajo, por donde está el transformador de la luz, en una casa que está pintada de blanco.
- Gracias.
- De nada.
Junto a la caseta del transformador, donde entran y salen los cables del tendido eléctrico, hay un carro de varas viejísimo en esqueleto. Cuando llamo a la casa pintada de blanco, me abre la puerta un señor, que por la hora y el aspecto parece no haber terminado de comer.
- Por favor, ¿puedo usar el teléfono?
- Sí señor.
La cabina del teléfono público está instala en el portal de la casa. En el fondo de la cabina han colocado varias estampas de la Inmaculada de Murilla y una fotografía de revista piadosa donde un sacerdote de color da la Comunión a varios negritos de país de misión. Cuando comienzo a hablar por el aparato, los dueños de la casa y las tres jovencitas que en ese momento están en el comedor se callan para no molestar.
- ¿Cuánto le debo?
- Diez pesetas.
- ¿No le importaría decirme dónde vive el señor alcalde?
- El alcalde soy yo.
- Pues tanto gusto. Deseaba ver la iglesia. Si usted tuviese la amabilidad de acompañarme…
Sí señor; cuando terminemos de comer estoy a punto.
El cementerio de Tordelpalo, por cuyos aledaños me salgo a pasear para hacer tiempo, tiene una piedra dintel sobre la puerta con una inscripción fácilmente legible. Por debajo de la calavera y de las dos tibias cruzadas que simbolizan la muerte, se puede leer: “NEMINI PARCO. COMO TE VES YO ME VI, COMO ME VES TE VERÁS, SI RUEGAS A DIOS POR MÍ, EN EL CIELO LO HALLARÁS. AÑO DE 1868”. La leyenda está grabada, como por la fecha se puede apreciar, en plena flor del romanticismo. El contenido tampoco da lugar a la duda.
Cuando me divisan de lejos las tres jovencitas que antes vi en casa del alcalde, asomado por la abertura superior que queda en la puerta del cementerio, se ríen como locas. Luego me vuelvo a pasear pueblo arriba, anotando en mi cartera impresiones de soledad y de silencio. En un corralón de las primeras casas se mueven alborotadas al verme pasar las ovejas y los corderillos del aprisco. En la olma moribunda de junto a la torre rasca la chicharra. Dos gatos descansan a la sombra tumbados sobre la hierba fresca junto a la puerta de una casa que hace rincón. Cuando los gatos me sienten llegar huyen despavoridos. No lejos de allí, por encima de la puerta de otra vivienda deshabitada, hay colgadas un par de ruedas hechas de palitroques, de esas que emplean como soporte para montar en las fiestas las bengalas luminosas y los petardos de la pirotécnia. Cuando no me ve nadie, les hago girar con el dedo y se quedan dando vueltas en la pared. Al volver de una esquina me cruza un chico que me dice “¡hola!”. Al rato vuelvo a llamar a la puerta del alcalde.
- Muy bien. Ya estoy a punto. Cuando usted quiera.
El alcalde se llama Félix Herranz. Trae en la mano una llave de hierro que no pesará menos de medio kilo.
- Por lo que sé usted es alcalde pedáneo, ya que el pueblo está incorporado al ayuntamiento de Molina ¿No es así?
- Sí señor: aquí es que somos muy pocos. Unos trece o catorce habitantes nada más.
- El vivir tan cerca de Molina será una ventaja importante para ustedes.
- Pues sí señor; ya lo creo que lo es. A Molina se llega en un momento. Para cualquier cosa que necesitamos siempre se echa mano a bajar a Molina. Son cuatro pasos como aquel que dice.
La iglesia es igual que le pueblos: pequeña y sin demasiadas ostentaciones. La puerta de entrada que cubre el típico techadillo nos pone en contacto al pasar con una nave chiquita, adornada con un retablo mayor en el presbiterio y otros dos laterales: el primero dedicado a la Asunción de la Virgen, y los dos menores al Santísimo Cristo y a Nuestra Señora del Rosario respectivamente. La fiesta, en cambio, se ha trasladado desde la octava del Corpus que lo fue antes, a San Roque, el día 16 de agosto.
- Sí; hubo que cambiarla de fecha para que hubiera más gente.
El retablo mayor es de transición entre el estilo renacentista ya en decadencia y el inminente barroco de mediados del siglo XVII; en cualquier caso recargadísimo de formas, y con excesiva imaginería sin valor aparente. El piso, como corresponde a lugares que han de atravesar inviernos crudos, es de tosca tarima centenaria. Alguitas de las tablas de la tarima se ven marcadas con el número correspondiente al de la sepultura que cubren. El alcalde tampoco sabe explicármelo mejor.
- Pues no; yo no puedo decirle lo que significa el número ese.
Mirado un poco el panorama exterior desde el pretil de la iglesia, de cara a la loma que dicen del Majano, Félix Herranz me cuenta que Tordelpalo es un pueblo tranquilo, demasiado tranquilo, que hace poco se presentó por allí un francés, y forzando candados y cerraduras de las casas de los veraneantes, sacó lo poco o mucho que encontró por allí.
- Nada, cosa de nada. Algún radiocaset y unas cuantas latillas de sardinas. Lo vio mi chico y le cortó el paso cuando se iba, antes de que llegase a la carretera. Lo dejó todo en el suelo metido en una bolsa. Se dio cuenta a la Guardia Civil, lo detuvieron y lo tuvieron que soltar otra vez. Era un francés así jovenzazo.
No hay tampoco mucho más que decir, ni que saber supongo, acerca de este pequeño lugar del Señorío, donde una docena de personas, trabajadoras y amables, viven en paz gastando, como se gasta una vela, el hilo de su existencia. Tengo idea de que a pesar de todo Tordelpalo es un pueblo antiguo, de que aquí nació en el siglo XVI Fray Miguel de Tordelpalo, venerable religioso tan virtuoso en vida como olvidado cuatro siglos después de su muerte.
Tordelpalo se convierte al caer de la tarde en pueblo de inimaginables encantos y de lánguidas despedidas. Es posible que hayan sido pocos los que han vivido, desde el altozano en donde queda el depósito de las aguas, la experiencia de una puesta de sol bajo un cielo cárdeno y encendido, allá por donde apunta la torre de Aragón en el castillo de Molina. El espectáculo resulta verdaderamente inenarrable. Luego le espera al viajero la otra experiencia más conocida, la de volver a casa, que desde aquí y ya con la tarde de caída, toma cierto carácter de expedición.

(N.A. Mayo, 1987)

3 comentarios:

Nieves dijo...

Nieves es un nick.
Me ha parecido excepcional que alguien se acuerde de estos lugares. Hasta nosotros mismo nos hemos olvidado de nuestras raíces. Nuestra infancia y la vida de nuestros padres siempre estará marcada por este pueblo.
¿hay alguien más que haya leído este reportaje?
Muchas gracias por esta iniciativa

Mariano dijo...

Emocionado ... Es el pueblo de mi padre

maritere dijo...

el pueblo donde me llevaron siendo recien nacida y el pueblo de mi infancia,mi ultimo recuerdo de la noche y el primero de la mañana son para tordelpalo