sábado, 14 de noviembre de 2009

TORDESILOS


En lo más alto de la espadaña de la iglesia de Tordesilos, mirando hacia el importante caserío mo1inés con los brazos abiertos, las gentes de otro tiempo colocaron una estatua del Sagrado Corazón. La verdad es que ni entro ni salgo en si el detalle es bonito o no lo es, si la sagrada imagen debió tomar como peana en donde apoyar sus plantas el pináculo de la espadaña o si hubiera sido mejor un monolito exprofeso sobre el cerro, como lo hay en Pastrana o en Sacedón. De lo que no hay duda es que el detalle a vista de ojos foráneos resulta favorablemente original.
Llego al pie de las laderas en las que descansa el antiguo lugar a unas horas verdaderamente intempestivas. Son las dos y media en punto de la tarde. El sol, presente con todo lo largo y ancho del cielo para él, sacude de plano sobre la superficie árida de las tie­rras vecinas y, cuando por una de aquellas se alza una leve bufadi­lla de viento de levante con aromas a campo, la piel del caminante recibe de súbito una lujuriosa sensación de bienestar, de ilimitado de­leite, de éxtasis indefinible con la paz que regala la distancia en estos altillos casi anónimos del Señorío, tan al alcance de la mano.
Tordesilos, a doscientos kilómetros de distancia de la capital de provincia, es pueblo al que es preciso decidirse a salir después de habérselo pensado con suficiente reposo. A estas horas, los hombres y las ca­sas en las que viven los hombres juegan a sestear. Dejo el coche, sofocado lo mismo que yo lo estoy del camino, a la sombra de una casona dada de cal junto a la carretera, en cuyo frente hay un letrero desvaído que dice “Teleclub”. Luego me marcho pueblo arriba por una callejuela de cemento que tiene a los bordes dos paredones de piedra cubriendo carrera.
Aún no he pasado de hecho a Tordesilos y tengo la impresión de que estoy en un pueblo grande. A mitad de la cuesta me encuentro con una fuente inmensa, un monumento de sillería rodena que tiene dos caños, abrevadero largo y barandal de forja. Uno piensa, sin tenérse­las todas consigo, que en cuanto al aspecto exterior se refiere y entre las que lleva vistas, es ésta la fuente más bella que Conoce.
- ¿Cómo es posible, señora, una fuente tan bonita y que no eche ni gota de agua?
- Pues no le sé decir, mire. Tengo entendido que si es porque hay una fuga. Andan a ver si encuentran el motivo.
- No será, digo yo, por causa de la sequía. El invierno y la primavera aún se portaron medianamente bien, ¿no?
- Aquí no ha llovido lo que debía, ni ha nevado tampoco. Por la sequía no es. Nuestra fuente no se ha visto seca nunca.
La anciana sube la cuesta con dificultad y se marcha, después de haberse tomado un respiro, por detrás del jardinillo. El jardinillo de la fuente tiene alrededor unos cuantos bancos en los que nadie se sienta y se ve comido por la hierba. Al rato me marcho también yo por el mismo camino, siguiendo a distancia a la mujer. Subo como somnámbulo, soportando toda la fuerza del sol sobre la espalda. En algunos de los dinteles de las casas se ven grabados emblemas y signos piadosos que hablan, en el silencio de las calles y de los siglos, del fervor popular de aquellas gentes que de alguna manera fueron raíz o rama madre del Tordesilos de hoy, tan apagado y dormido.
La inercia viajera, y un poco también empujado por la apetencia 1ógica de lo sorprendente, me dirijo a lo más alto en busca de la portada de la iglesia. Es, como esperaba, merecedora de una visita. Un arco sencillo entre columnas estriadas que sostienen el carac­terístico triángulo neoclásico, trabajado todo ello en arenisca resistente de rojizos tonos como encendido por los rayos del sol. La seve­ra portona preserva sus maderas con una espesa capa de pintura marrón. Al pie del campanario queda al descubierto un paisaje agrio, evo­cador y emotivo. Abajo se ven los pairones que delimitan desde anti­guo el vecindario, la ermita solitaria, la carretera silenciosa y los cercados huertecillos, y se oye como muy lejos el ladrido de los perros y el roce sutil, casi inapreciable, del viento en la espadaña. Por el saliente se asoman a distancia los picos recomidos de Sierra Menera, en la divisoria, más o menos, de los reinos históricos de Aragón y Castilla.
Un muchacho me acompaña hasta los locales del actual teleclub. Es una casona alzada de nueva planta con piedra viva, hecha a conciencia. A la sombra del soportal hay una placa en la que se puede leer: “Aquí nació el 2 de octubre de 1916 el Excmo. Sr. D. Alfredo Teófilo Sánchez Bella, Minis­tro de Información y Turismo. El pueblo de Tordesilos se honra con de­dicar esta, lápida a su ilustre hijo en señal de reconocimiento y afec­to - 4 de junio de 1977”. El muchacho me informa de que ese señor na­ció aquí y donó su antigua casa para levantar el teleclub.
-¿Suele venir al pueblo con alguna frecuencia?
- No. Ha venido alguna vez, pero poco.
Ya dentro del teleclub se ve que las instalaciones fueron construi­das y equipadas con cierta suntuosidad, y que tuvieron su momento de esplendor a la sombra del hijo ilustre. Montse acaba de abrir el esta­blecimiento a la hora del café. El teleclub de Tordesilos funciona, según me cuentan, durante algunas horas del día. En la televisión hay un grupo­ de danzantes bailando unos aires goyescos del viejo Madrid. Cuando hemos cogido cierta amistad, Manuel Vázquez, el chaval que se vino conmigo, me cuenta que de un tiempo esta parte se nota cierta inquietud por hacerle al pueblo revivir.
- Queremos preparar aquí mismo un centro social polivalente para que la gente se distraiga. Lo promueve el ayuntamiento y participa todo el pueblo. Esperamos que pueda funcionar antes de verano.
- ¿Y en qué consistirá, más o menos?
- Pues habrá proyecciones, películas, teatro hecho por actores de la localidad, biblioteca que ya la tenemos pero que hay que ampliar, y qué se yo cuántas cosas más se pueden hacer. A ver si la Junta de Comunidades nos quiere dar algún dinerillo, que es de lo que peor anda­mos, y nos podremos meter con ello en seguida.
La biblioteca tiene hoy unos mil volúmenes en total, procedentes en su mayoría del antiguo teleclub, y otros muchos donados por el Mi­nisterio de Información en tiempos de Sánchez Bella. Sobre temas pro­vinciales y literatura autóctona la carencia es prácticamente total.
- Cuando mejor funciona la biblioteca es en verano. Los estudian­tes tiran de ellos. En otro tiempo, nada.
- De lo que me he dado cuenta es de que siendo sábado, y una hora in­mejorable para jugar la partida, no se ve a nadie en el bar.
- Pues así es siempre. La gente aquí no sale al bar. Prefiere irse al campo, y de café y eso, nada.
Un documento colgado de la pared da cuenta de los pormenores habido y por haber en lo referente a las fiestas patronales del año pasado.
En Tordesilos son fiestas locales en San Antonio, y para el día de la Asunción, del 13 al 17 de agosto.
- Se pone el pueblo muy animado para la fiesta. Se traen vaquillas, se hace baile, cucañas, concurso de jotas, fútbol. La fiesta de agosto, sobre todo, es buena.
- ¿Qué número de habitantes tiene el pueblo a diario?
- De hecho seremos unas 150 personas. La gente se ha ido lejos del pueblo: a Zaragoza, a Barcelona, a Valencia, Madrid…
En las calles de nuevo, advierto al tratar con los vecinos de Tor­desilos que son gente trabajadora, activa, más amiga del campo que del lugar, salvo la juventud, naturalmente, que entiende la vida de manera diferente.
El señor Matías mira al cielo desde el altillo que hay por detrás de la fuente. Un aguilucho planea solitario en el azul limpísimo que cubre la villa. El señor Matías me advierte que es un buitre de esos dañinos que se comen las reses, y que estará venteando si hay alguna oveja muerta a la vista.
- Aquí, ganao mucho; ovejas más bien.
- Y buena vega, ¿verdad?
- Sí; a ésta le decimos del Pairón de San Antonio. Los tractores se lo tragan todo en cuatro días.
Otro vecino y dos señoras más acuden por allí cuando andamos en estas. No recuerdo cómo pero la conversación se nos fue acerca de la familia de los Sánchez Bella, excepcional para un pueblo, sobre la que puntualiza don Teodoro Pérez.
- El padre era de aquí, un agricultor como los demás, y la madre era de Ródenas, ahí cerca, ya en lo de Teruel. En Tordesilos nació el Alfredo, que es el que era ministro y tiene tres años menos que yo; y el Ismael apuesto que también nació aquí, que es rector o no se qué de la Universidad de Navarra. Luego se fueron a vivir al Puerto de Sagun­to y allí debieron de nacer los otros dos, don Florencio que es sacerdote y otra hermana que se llama Aurora.
- Pues, qué interesante, ya ve. Yo conozco a un canónigo de Sigüenza que se llama don Pablo José y también es de aquí. Y que canta muy bien, por cierto.
- Ah, sí. Ese también dicen que vale mucho.
- Vamos, que es un pueblo de gente lista y nade más.
- Mire, el agüica del pozo y el aire sano. Estamos a mil trescien­tos cuarenta y cinco metros de altura por encima del nivel del mar.
- Si no estoy mal informado, los arroyos de la zona conducen el agua a dos mares distintos, ¿como es eso?
- Es cierto. La parte esa del saliente hacia abajo desagua en el Mediterráneo, y lo de atrás tiende ya hacia el río Tajo. Parece men­tira.
La despejada cobertura del páramo que hallamos al llegar se entur­bia a eso de la media tarde. Luego cuajaría el temporal y las lluvias se harían interminables a mediados de mayo. Pese a todo, no se si ma­nará o no la fuente monumental de Tordesilos. La vuelta hay que tomar­la con tiempo. Una tarde viajera en la que uno no tiene otra cosa que hacer que bogar por la provincia, recorriéndola entera de levante a poniente y dejando el sol, como casi siempre, al pisar el asfalto del otro mundo, del mundo en que vivimos, nunca mejor que el que dejamos atrás, en el cruce de Alcolea.

(N.A. Junio, 1985)