viernes, 20 de noviembre de 2009

TORREMOCHA DEL PINAR


El pueblo aparece a poca distancia de la carretera que nos lleva desde Alcolea a Molina siguiendo un ramal estrecho y pobremente as­faltado que corre entre campos de sabina y de matorral. Las sabinas, abundantes en varias zonas de la provincia, son árboles grises, tristes, de hoja permanente cuyas ramas emplea la gente del pueblo como ali­mento óptimo para el ganado en las temporadas largas del invierno. Torremocha del Pinar se asienta en una leve hondonada a la sombra de su vega que circundan algunas colinas limpias de vegetación y pe­queñas parcelas de cereal en espiga. Al otro lado se contempla espesa la capa verde del pinar que le da nombre.
El pueblo tiene una plaza hermosa, despejada; una plaza rectan­gular que se abre con el olmo de la iglesia, continúa por la farola y la fachada elegante del Ayuntamiento y termina en seco con el juego de pelota. Desde los escalones en círculo que dan la vuelta alrededor del olmo de la plaza se divisa, no muy lejos de allí, el Cerro de la Torre, con su vieja cruz de madera sobre la misma cima. Bajo el olmo, que, como todos los de las plazas, regala una sombra oscura y reconfortable en las mañanas del verano, están sentados tres hombres y una mujer.
-Siéntese usted con nosotros, si tiene calor, que aquí hay sitio para todos.
A lo largo de la pared de la iglesia ha tendido su establecimiento "El Maño", vendedor ambulante de tejidos y confecciones de calidad, que, según pude saber, es de Bello, en la provincia de Teruel, se llama Cayetano y tiene aversión a la clase periodística y similares, a los que de broma o de veras califica de gente liante y poco formal. Allá él. La Maña, su mujer, que se llama Lucía, es bastante más correcta, tiene menos escrúpulos y contesta a quien le pregunta con ama­bilidad.
-¿Vienen mucho por aquí?
-Sí, señor. Venimos casi todas las semanas.
-¿Qué tal es el pueblo para la venta?
-No es malo. Pero como las cosas van tan caras con eso del pe­tróleo, la gente se lo piensa antes de comprar.
-¿Cuál es la pieza más cara que llevan?
-Pues mire: lo más caro son unas colchas de Lagartera hechas a mano que valen 20.000 pesetas.
-¿Y lo más barato?
-Lo más barato son unos pañuelicos de mano que cuestan diez duros.
-¿Suelen vender muchas colchas lagarteranas?
-Pues, sí señor; sí que se van vendiendo algunas.
Desde la plaza hasta las calles que van camino de la vega se baja por unas escaleras protegidas con barandilla de hierro. Al lado mismo, aprovechando el respaldo del frontón de pelota, hay un edificio nuevo hecho de piedra vista que es propiedad del Ayuntamiento. El edificio tiene en su parte alta un salón espacioso con mostrador que emplean en el pueblo como centro de diversión cuando llega la fiesta. En la parte baja se pensó poner panadería, pero lo cierto es que allí está, sin que hasta el momento se le haya dado ninguna aplicación práctica.
-¿Cuántos habitantes tendrá ahora el pueblo?
-Este pueblo puede tener ahora unas doscientas personas.
Era un hombre más bien bajito y entrado en edad. Don Federico Sanz, que pasó ya los ochenta, tiene una salud exquisita y se deshace en atenciones con el que llega de fuera. Con don Federico me puse a charlar a la sombra del manzano y de las acacias que hay en la plazuela de la fuente vieja.
-Pues mire: aquí se vive mayormente de la resina y de la madera. El Ayuntamiento da muchos jornales y la gente va viviendo.
-Jornales en el pinar, claro.
-Sí, en el pinar. Y hasta en invierno también dan jornales para quitar nieve.
-¿Suele dar dinero la resina?
-Aquí, lo que más. Ahora llevamos una época que no tiran de la resina, pero antes había años que entraban en el pueblo hasta tres y cuatro millones de pesetas.
- ¿Y de la madera?
-De la madera, también. Yo creo que cada año se vendrán cortando más de cinco mil pinos.
La Fuente Vieja echa dos chorros de agua muy fría, donde a la gente le gusta beber.
-Pues no crea; que aquí viene gente de fuera a llevarse garrafas. Está muy buena, ¿verdad, usted?
-Sí que está rica, sí. ¿Y qué es lo que suelen cultivar en la vega?
-Ahí, de huerta, nada. Sólo cereal, porque no hay agua para regar. Si plantamos cuatro cosuchas en las huertas de abajo tiene que ser sa­cando el agua con un caldero, y así no se puede trabajar la huerta.
-¿Emplean todavía el abrevadero de la fuente?
-Sí. Aún quedan una quincena de mulas para el trabajo y aquí se les da de beber. Muchos les dan de beber en casa o en el campo, pero casi siempre aquí. Son unos animales que pronto se irán acabando; ya casi no se ven. Mire: esas son las escuelas. Antes teníamos dos que están casi nuevas, pero los chicos se los llevan a Molina.
- ¿A dónde va esa carretera de la vega?
-Esa va a Zaorejas y toda esa parte.
Don Federico Sanz tiene en su casa un cuadro en el comedor con las fotografías de sus seis hijos. Tres de ellos son guardas forestales; otro es conductor en Francia, exactamente en el santuario de Lourdes, y una hija que vive en el pueblo. Doña Felipa, su señora, es una mujer feliz que pasa las horas pensando en sus hijos y en sus nietos, espe­rando, naturalmente, la hora de tenerlos cerca.
-¿Habrá sitios muy bonitos en el pinar?
-Tenemos una ermita con casa para comer y todo, y allí está la Virgen de Montesinos. Se va el 25 de abril y la víspera de la Ascen­sión. Con el aire del pinar y aquel campo se pasa muy bien.
El ayuntamiento de Torremocha es, tanto el edificio en sí como su Secretaría, uno de los más limpios y ordenados que conozco. En el ayuntamiento se puede atender al público desde unas ventanillas de cristal que dan al pequeño pasillo de espera.
-Aunque no hay necesidad, porque aquí grandes aglomeraciones de gente no hay nunca.
-¿Cuántas secretarías, además de ésta, lleva usted, don Demetrio?
-Además de ésta que es mi residencia oficial, atiendo también las secretarías de Selas y Anquela del Ducado, que forman la agrupación completa.
Don Demetrio Teófilo Gutiérrez, secretario de Torremocha, es un hombre muy amable al que debo agradecer todas sus atenciones en los pocos minutos que pude estar con él. Cuando salí del pueblo, Ca­yetano, el vendedor ambulante, ya había recogido el negocio y se mar­chaba al bar, por allí cerca. Era casi la hora de sonar la sirena, que es el sistema original de saber en el pueblo cuándo es el momento exacto del medio día, y que en Torremocha suele sonar en verano a las dos en punto de la tarde. Me acompañó en el coche mi amigo don Federico hasta la salida del pueblo, que, aunque pequeño, puede tener sus complicaciones urbanísticas que uno debe evitar, y para ello nada mejor que poner los medios; unos medios que, por lo menos allí, me fueron servidos en todo momento.

(N.A. Agosto, 1980)