lunes, 9 de noviembre de 2009

TEROLEJA


Después de setenta viajes, o tal vez algunos más, a los diferentes lugares y lugarejos del dilatado Señorío Molinés, entra a estas tierras con cierta porque soy consciente de que mis visitas con finalidad periodística vislumbran más pronto o mas tarde su final. Todo en la vida, también lo que más cuesta, halla a la larga su término. A pesar de todo, el hecho de mantener en la memoria la idea de que por lo menos una vez más tengo que volver, me llena de optimismo.
Una señora de Ventosa me advierte que es posible que ni en Terraza ni en Teroleja encuentre a nadie, que en el primero hay solamente un vecino y en el segundo dos. Paso, no obstante, al caserío de Terraza y, en efecto, no veo a nadie. Los perros guardianes, cuatro enormes y feroces de la especie, ni siquiera permiten que me baje del coche. Saco como puedo una fotografía de la fuente pública y me voy a probar fortuna al pueblo siguiente, a Teroleja, dos o tres kilómetros más adelante buscando siempre la carretera de Tierzo.
Para subir a Teroleja se burla ya de entrada un pronunciado desnivel y alguna curva que me sitúa de inmediato en el centro mismo de la plaza del pueblo. Teroleja ocupa el lomo de un alto preserrano, y está rodeado de veguillas y de campos bajos que dan paso a paisajes serenos y solitarios de un claro bosquedal, campos que configuran una interesante porción de las tierras, quizá, más íntimas y menos conocidas de la provincia.
Con el aviso previo de que en Teroleja, tirando de largo, lo más que podré encontrar serán dos familias, entro despacito, descaradamente observador, fijándome con detalle en lo que por allí podría haber. Encuentro al pueblo un poco abandonado, como suele ocurrir en los lugares sin habitar donde en seguida se hecha en falta el aliento humano que da vida a los sitios en los que la gente está. Las calles, y sobre todo la pequeña plazuela del lugar, dan a entender por la muestra de los excrementos que en Teroleja existe por lo menos ganado lanar. Al momento lo compruebo por mí mismo: una oveja recién parida en las terreras lejanas que ha debido de pasar la noche en el campo acompañada de su cría, y media docena de reses de buena talla tras la portezuela de un casillo que ocupa el bajo de la vieja escuela del pueblo.
José Luis Herranz, un muchacho que a la vez es el alcalde de Teroleja, sube desde su casa de junto a la fuente hasta la plaza al notar mi presencia. José Luis Herranz viene abrigado. Cuando llega hasta mi altura no es él quien toma la iniciativa para entrar en conversación, prefiere que sea yo quien lo haga.
- ¿Cómo era el pueblo antes de la emigración?
- Pues el número exacto de habitantes no lo sé; pero andaría muy cerca de los doscientos.
- ¿Por qué se fueron?
- Qué sé yo. Habría que preguntárselo a ellos. No les iría muy bien aquí cuando decidieron marcharse. Se conoce que la cosa no daba para todos. Encontraron trabajo en la capital y abandonaron el pueblo. Otros se tuvieron que ir a vivir con los hijos a medida que se iban jubilando. La misma historia de todos estos pueblos.
- Una historia demasiado triste.
- Sí, claro. Cada uno se ha planteado la vida a su manera y hay que respetar la opinión de todos.
- Dices que sois solamente dos vecinos.
- Sí, mi familia y otra más. La otra familia son ya mayores. Nosotros tenemos algo de ganado.
Teroleja, a pesar de su casi completa despoblación, es uno de esos pueblos considerados administrativamente como entidad local menor, lo que de alguna manera significa no tener que depender de nadie. Como en asunto de gustos y en modos de convivir nunca llueve al gusto de todos, prefiero reservarme lo que opino por cuanto a ese tipo de asuntos.
- Bueno, eso es como todo. Tiene sus ventajas y tiene sus inconvenientes. La mayor ventaja es que te administras lo tuyo, aunque eso lleva consigo que los gastos también corran por tu cuenta. Pero yo creo que el no depender de nadie siempre es bueno, por lo menos esa es mi opinión –explica el alcalde.
Le indico que me gustaría subir hasta las peñas que hay por donde el depósito de las aguas, y el enseguida se dispone a acompañarme. La visión desde arriba, después de haber contemplado de paso las formas románicas de la solitaria iglesia del pueblo, es una visión con cierto olor y sabor a un pasado remoto. Abajo queda la veguilla que aquí conocen por el Arroyo de la Fuente. Lejos, la villa de Corduente, con los muros en equilibrio del castillo de Santiuste un poco más al norte.
- En este sitio casi siempre hace frío. Hasta en pleno verano suele soplar un poco de aire fresco. Como queda en alto y ligeramente orientado al norte, se libra muy bien del calor.
- Sería estupendo el sitio para aventar con horca –le digo.
- Sí; yo mal me acuerdo, porque hace más de veinte años que no se han vuelto a usar las eras, pero el sitio no era malo para todos aquellos trabajos.
- Oye, las piedras de allá en frente, por donde los pinos, tienen el aspecto de haber sido algo.
- Aquello fue un pueblo. Por allí hay restos de muros y de cimientos. Era un pueblo de cuando los moros que se llamaba El Bejar. Hace ya mucho que desapareció.
- ¿Cómo llamáis a este sitio que estamos?
- a esto se le llama el Alto de la Torre. Aquí al lado tenemos el depósito de las aguas y el antiguo transformador de la luz.
Desde las peñas del Alto de la Torre se ven los tejados ocres de las casas en suave descenso hasta las tierras bajas de la vega sin llegar a ellas. Mucho más allá, ahora en dirección saliente, la cinta de carretera que tantas veces usé para llegar a Terzaga, a Megina, a checa y a Orea, en este instante para mí casi irreconocible. Restos de casas con cimientos clavados en la roca, yerbajos y soledad vamos dejando al bajar detrás de nuestros pasos. En las tierras aradas del vallejo escarban las simientes terminadas de tirar una bandada de palomas.
- ¡Cada vez hace más frío!
- Sí; seguro que pronto nieva. De momento no, porque para que nieve tiene que cambiar el solano de la parte de Molina; pero tampoco tardará mucho.
De pronto suena por todo el pueblo el claxon de una furgoneta. El pitido restalla estridente transportado por el viento frío.
- Es el panadero. Viene a traer el pan una vez por semana.
- Con tan poco público no le compensará venir.
- Ahora no, pero cuando llega el verano le compensa bastante. Que vaya lo uno por lo otro.
En el barrio de abajo hay una fuente sobre un monolito apoyado en el muro. La fuente pública de Teroleja, pequeña, solitaria y un poco romántica como el pueblo es, mira a los descampados boscosos del mediodía desde el año 1904 en que se construyó.
- Antes -me dice el alcalde- estaba aquí en medio de la calle, pero estorbaba un poco al paso de los tractores y la tuvimos que mover unos metros.
La señora Pilar, que es la madre de José Luis, compra barras de pan al panadero de Molina que las va sacando una por una, calentitas aún, de los canastos que lleva en la furgoneta. Luego se pone el panadero a conversar con el alcalde, momento que aprovecho para tomar la foto que ilustra este trabajo con la imagen más optimista del pueblo como fondo.
Nos acercamos por fin hasta la iglesia. La señora Pilar nos ha pro­porcionado la llave y vamos despacito, como queriendo gozar de los calores inexistentes del sol de las doce y media. La mañana, pese a su extremada luminosidad, es de esas mañanas pueblerinas que invitan a recogerse en la solanilla de las casas o a pegarse de espaldas en las portonas que enmarcan los arcos románicos de las viejas iglesias, que casi ­siempre miran al sol. La de Teroleja es una de esas iglesias entrañables de nuestros pueblos, con portada de finales del siglo XII, modillones diferentes bajo el alero, espadaña mocha al poniente con dos campanas, y un atrio acorralado con arco del XVIII para pasar, que dan al rústico con­junto un encanto la mar de original.
- Un poco sucio está todo, ¿verdad?
- Sí, esto es de las ovejas.
- Ya. Si pusierais una puerta empalizada en el arco no pasarían aquí.
- Pues sí, algo habrá que hacer­
La iglesia es recogida, muy chiquita en su interior. Guarda los moldes de su origen románico adaptada, no mucho, a las necesidades de posteriores siglos. Un arco de los llamados de triunfo separa la nave del presbiterio. En la nave me llaman la atención las tablas viejas del pa­vimento y el sencillo artesonado, descolorido y burlador de siglos. Los retablos son tres: el de la Asunción de la Virgen, otro dedicado a la Sagrada Familia, y un tercero de antiquísimo barroco que guarda la ima­gen de un Cristo descascarillado y sin valor aparente. Sobre un añal se ven unas cuantas velas dobladas, con los pabilos mirando al suelo por el calor de julio.
La barbacana del atrio es un estupendo mirador para contemplar al amparo de los vientos las sabinillas y las encinas del Puntal de la Mu­ñeca, las tierras escarchadas de los vallejos donde a uno le parece imposible que se puedan criar los productos de los que viven los hombres, por lo menos con la generosidad que fuera de desear.
- No, desde luego esto es un poco pobre. No es como la Campiña de Guadalajara, ni mucho menos -puntualiza José Luis.
La Historia y las viejas crónicas del Señorío son parcas en noti­cias que señalen como protagonista al hoy agonizante poblado de Teroleja. Por lo que a mí se refiere, debo confesar abiertamente que me gustó, que quisiera volver en otra época del año y que lo espero hacer sin dar demasiado tiempo a que sea tarde.
En las inmediaciones del caserío, cuando lo dejo, anda emparejada la perdiz, burlando por entre las piedras de la linde la mirada aguda del azor que planeando mansa y parsimoniosamente acecha desde los cie­los, mientras que en el viejo reloj de arena de las tierras de Molina se aprietan para caer los últimos granos. La tarde apunta fría, hirien­do sin piedad la piel de los pastores y de los campesinos que faenan por estos alrededores.

(N.A. Enero, 1988)