viernes, 20 de noviembre de 2009

TORREMOCHUELA


Parece ser que cronistas y recopiladores de datos, excepción hecha de aquellos más especializados, se olvidaron de Torremochuela tal vez por su vieja condición de mínimo caserío perdido allá en los planos meridionales de la paramera molinesa. Uno, consciente de haber recorrido en días áridos de cualquier estación del año los caminos que enmarañan la nobilísima geografía guadalajareña, acude a Torremochuela como a tierra inexplorada y virginal de buena mañana.
El frío de aquellos descampados próximos a Prados Redondos apunta helador con el primer de un día de invierno. El viento cortante de poniente invita, en tanto que la mañana abre, a no salir del coche para nada. Los terrones húmedos de campo marrón restallan a la luz de las diez, ocultando, sin atreverse a echar fuera, los tallos de la semilla que la tierra de labor guarda en sus entrañas. El pueblo, de color ocre y sin vegetación alguna que le de sombra, surge algo más lejos como fondo, manchita de piedra caliza en tono marfil, recibiendo sobre su osamenta el impacto de la climatología. Más acá se ve un pastor con varios cientos de reses de lanar careando los rebrotes de una rastrojera.
La señal cercana de una excavación arqueológica sobre el altillo junto a la carretera, me hace salir de la comodidad y tirarme al campo. El viento frío impide subir más aprisa. Algo hay allí, pero muy poco. Un fragmento de muro al descubierto y varias catas más en distintos lugares del altiplano cubiertos con plásticos. Pienso que los trabajos de investigación arqueológica se debieron suspender por falta de presupuesto.
Torremochuela, ya próxima, queda en primer plano de un fondo de sabinas que recubre por detrás las vertientes yermas del mediodía. Ahora llama la atención el paso tropelludo de un tractor girando en la barbechera. U gavilán albino, blanco como el brillo de la plata, salta de la cuneta y va a meterse entre los matorrales de un alcor empujado por el viento. El pueblo está subido encima de un otero, expuesto a todos los vientos y a todos los soles de la paramera. Nada más llegar me recibe la fuente pública -una de ellas, porque hay más- con abrevadero protegido con empalizada para que las ovejas vayan a beber sin peligro. En el pico alto del frontal figura la fecha 1937. De vez en cuando, los frescos resoplidos que llegan del poniente arrastran el sonido de las campanillas del ganado. El sol asoma y se vuelve a esconder, como jugando con los hombres, por detrás de las nubes frías.
La copa desnuda de un olmo por encima de las casas del pueblo, me indica al instante por donde encontrar la Plaza Mayor. Efectivamente, se trata de un olmo concejil de tremenda envergadura, bicentenario seguramente, en el centro de una explanada de hierba rodeada de casas a cierta distancia. En la plaza de Torremochuela, aparte del olmo moribundo, se ve alguna que otra vivienda interesante con arco adovelado, un frontón de pelota para los veraneantes pintado de verde, la espadaña mocha de la torre de la iglesia, de piedra vista sobre el altillo, y un pairón dedicado a la Virgen del Pilar, que los del pueblo le llaman por tradición La Torreta, situado a la salida junto a un camino que parte hacia el levante. Otras casas de la plaza son pajares antiguos con una puerta grande, y viviendas sin habitar.
Junto al olmo, el viento fuerte de la mañana está acabando de deshojar a un castaño joven. Las hojas amarillas vuelan zumbando hacia las paredes de las casas. Miro y remiro la serenísima quietud y el silencio del pueblo desde el triple escalón que sirve de peana al viejo olmo. No se oye a la gente porque no debe de haberla, ni a los pájaros que esconde el frío, solo el viento cortante silba racheado en el ramaje entonando al chocar el himno amargo de la desolación, que tantas y tantas veces me ha tocado escuchar.
La iglesia está alzada sobre una leve costanilla por encima de la plaza. Subo por unos escalones de piedra entre los que crece apretada la hierba sin que haya nadie que la pise. El campanario, de plana espadaña, tiene dos vanos con una campana en cada uno. La portada de la iglesia es sencilla, sin apenas nada que reseñar como no sean los tiestos, todavía en flor, de las caléndulas.
Desde la esquina del ábside, el pueblo se advierte pequeño, recoleto y despoblado. Uno piensa en que la desertización paulatina de algunas zonas del Señorío ha llegado a extremos de verdadera alarma. “Casa Consistorial del Ayuntamiento” está escrito en el azulejo que hay sobre el quicio de una puerta vieja que cierra a un caserón en ruinas. La puerta se asegura con un firlacho de cuerda atado a los goznes.
Por el mirador de las orillas se deja ver, cubierto de escarcha sobre los ribazos sombríos, el mismo campo por donde vine. No muy lejos aparece el chapitel de la torre de Prados, el pueblo de los fósiles y de la Santa Espina; más allá, siempre en dirección norte, las oscuras crestas de la sierra de Caldereros. A mis pies, en la veguilla de bajo la fuente, los chopos desnudos se mimbrean en un suave balanceo gris de invierno bien entrado. Un perro color canelo pasa como huido, corriendo por delante de mí. Hasta el momento es la única señal de vida que he visto en Torremochuela, pueblo hermoso, eminentemente rural y campesino, agónico hasta el día que Dios quiera.
- Pues sí, eso es; eso mismo que usted dice.
- Hasta ahora no he visto a nadie, sólo a usted.
- Sí, claro. Es que sólo somos tres familias.
- Pues he visto un rebaño antes de llegar.
- Sí, pero no es de aquí. Es de un pueblo de Teruel que le dicen Santa Eulalia, allá por detrás de esas sierras. Hay otro hatajo además de ese. El otro tampoco es de aquí, es de Alcoroches.
Las palabras de don Jesús Martínez Muñoz, pronunciadas con un poco de pena, y otro poco con esa filosofía que imprime en el carácter de las personas el peso de los años, tienen mucho que meditar. Son un reflejo real de la tremenda situación por la que atraviesan tantos pueblos nuestros, sobre todo los pueblos molineses de esta cuenca del Gallo.
- No sé si en la plaza se habrá fijado usted, pero se nos muere el olmo. Lo trataron y movió con fuerza; pero luego no le volvieron a hacer caso, y se nos muere. Dicen que es el tercero más grande la provincia de Guadalajara. No sé si entre cuatro lo podrán abarcar. Ahora, si quiere usted, podemos bajar a verlo.
- Desde aquí arriba todavía parece más grande. Es enorme.
- Pues yo oí contar a mi padre que el 22 de mayo, que era la fiesta de Torrecuadrada, le cayó una nevada encima que lo desgajó. Yo aún no había nacido, y no se crea que soy de ayer, que nací en el año 13.
A falta de otros y mejores temas de los que hablar, don Jesús Martínez Muñoz recuenta que en guerra se juntó con uno de Soria que se llamaba lo mismo que él.
- Igual, sí señor. El nombre y los dos apellidos igual que yo. También fue casualidad. Después me enteré de que en Calatayud había otro.
-Antes de llegar al pueblo he visto junto a la carretera las excavaciones de algún poblado antiguo ¿Usted sabe qué sería aquello?
- Ah, sí; aquello ya pertenece al término de Prados. Dicen que andan buscando la piel del toro que lleva envueltas todas las riquezas de un rey moro. Qué sé yo si eso será verdad, o son cuentos de los de Prados.
La versión sobre el tema de mi amigo de Torremochuela es pintoresca; pero no original. La misma historia de la piel del toro la he vuelto a escuchar en algún otro sitio, a bastante distancia de allí sin salir del Señorío de Molina. Días después he tenido ocasión de conocer la verdad de aquellas excavaciones, según información algo más acorde del profesor Valiente Malla, quien me contó que se trata de un poblado celtibérico conocido con el nombre de Los Viriegos, cuyas obras de investigación , muy bien llevadas por cierto, se han tenido que abandonar momentáneamente por falta de medios económicos.
- Oiga, yo creo que cada vez hace aquí más frío.
- Sí, mira la veleta. Se nos ha vuelto del Moncayo.
Don Jesús Martínez Muñoz me habla con verdadera devoción, ahora desde su mismo pie, del olmo de la plaza. El viejo ejemplar está hueco por dentro. La corteza, seca ya y arrugada, ha ido cerrando poco a poco la oquedad interior.
- Pues ahí dentro nos metíamos en mis tiempos tres o cuatro chavales juntos. Me da mucha pena verlo seco. Yo hubiera preferido que se hubiesen muerto todos los chopos del término, antes que ver así al olmo de la plaza. No lo puedo remediar.
- La fiesta mayor supongo que la tendrán en mejor tiempo.
- Bueno, la fiesta debería ser el 24 de septiembre, el día de las Mercedes. Aquí le decimos la Virgen de la Esperanza; pero desde hace años se viene celebrando el primer domingo de agosto.
- ¿Cómo les dicen a ustedes los de los pueblos vecinos, porque torremochuelanos no será?
- No, que va. Nos dicen mochuelos.
- ¡Caramba! Y ustedes se aguantan…
- A ver, qué quiere que le hagamos. Por aquí cada uno tiene su nombre.
- ¿Sabe que al pasar me ha gustado el terreno para cultivo?
- Sí, tenemos buen campo. Un poco frío, pero rinde más que el de los pueblos de alrededor. Hay mucho blanquizal, pero es buena tierra.
Al instante nos guarecimos los dos en la solana que hace, frente al pairón de la Virgen del Pilar, una de las casas de las orillas. Por las antiguas eras de trillar se ven, pudriéndose a la intemperie, las viejas aventadoras fuera de uso. Los pajares ocupan en todas ellas uno de los esquinazos de las eras.
- Aquí siempre hemos sido pocos –dice Jesús. Cuando más sesenta familias. En Pradilla todavía están peor. Es un pueblo vecino en el que no queda nadie. Si acaso el pastor, que nunca estará en el pueblo.
Al saliente y al mediodía vemos los parajes más o menos distantes que marcan en aquella dirección la línea del horizonte. Se les conoce por las Majadillas, el Puntal, las Parideras, según que con la vista te desvíes colina abajo. En la ladera se cría el bosque agrio de rebollos y carrascales, que viene hasta las orillas casi de Torremochuela.
El pasar de las horas, ya casi en el centro del día, no ha conseguido suavizar el ambiente crudo de la mañana. Las tierras de Molina esperan de un momento a otro la primera nevada. A los agricultores del páramo no parece inquietarles demasiado.

(N.A. Diciembre, 1987)