domingo, 15 de noviembre de 2009

TORIJA


La mañana, que con su rigor no hacía sino corresponder a un in­vierno recién estrenado, había amanecido fría, muy fría. Como per­didas en lontananza se alcanzan a ver nevadas las cumbres de la sierra; y aquí, por donde ahora voy camino de Torija, en las siempre abiertas portonas de la Alcarria donde las gentes vienen y van des­de Aragón a Castilla, los terraplenes de la repoblación y las to­rronteras del terreno monte abajo, toman con el sol de enero mati­ces impresionistas, etéreos. Todo aparece envuelto en una luminosi­dad indefinible que va absorbiendo como un papel secante el paisaje, que confunde en el horizonte el gélido azul de la mañana con los bermejales y los ocres huraños que la capital tiene como tierras ve­cinas.
Torija, escondido tras los restos de muralla y las piedras reto­cadas de su castillo, está a mitad de mañana sin salir del letargo del último sueño. Al cruzar por sus calles, apenas se advierte se­ñal alguna de habitabilidad. En un cruce de caminos se ve solitaria la picota, alzada en pie sobre su peana de sillería. Un comerciante de tejidos acaba de llegar a la plaza. El vendedor está sacando del voluminoso carruaje con que se gana la vida, cajas de cartón de di­ferentes tamaños: cajas grandes con mantas aterciopeladas de colorines; cajas más pequeñas conteniendo cubrecamas adornados con arabescos y florituras verdes, azules y rosas; cajitas de pañuelos y de ropa interior, que una joven va colocando apiladas ordenadamente bajo los soportales. Las mujeres pasan de tarde en tarde sin hablar, arropadas en sus chalinas de lana.
El comerciante se marchó a dar la vuelta por el pueblo pregonan­do sus productos con un potente aparato de megafonía. La plaza con­tinúa sola. Por debajo de los arcos ha salido a barrer una señora con cara de frío. La mujer me oye, pero no me ve detrás de las co­lumnas.
- Ah, si señor; dispense usted. Eso es el ayuntamiento.
- Un poco abandonado, ¿no le parece?
- Lo quieren hacer nuevo ahora. La cosa es que dijeron que iban a arreglar la plaza cuando acabasen el castillo, pero, que ni el cas­tillo saben todavía qué hacer con él ni arregla la plaza.
- Pues, qué quiere usted que le diga. Yo creo que es difícil en­contrar una plaza tan elegante y tan bonita como ésta.
- Ya lo creo. El castillo le hace mucho. Y en el sitio que está. Cualquiera sabe los cientos de fotografías que le harán los extranjeros desde la carretera. Se murió Rodríguez de la Fuente, que pinchaba un poco para eso de la cetrería, y se acabó todo.
El ayuntamiento es un caserón recio de piedra labrada al que precede un jardinillo yermo y olvidado como el edificio municipal. So­bre la pared del ayuntamiento hay una lápida de mármol blanco en memoria de todos los grandes que, directamente o no, algo tuvieron que ver con la villa y con su castillo: “A los Caballeros Templa­rios. A Felipe V. A D. Juan de Austria a cuyas órdenes luchó Cer­vantes. Al Paso Honroso, y a Dª Juana, sobrina del Cardenal Cisne­ros, que han inmortalizado esta histórica villa de Torija”. La verdad es que, tal y como está escrito, uno se va sin entender del todo aquello del Paso Honroso, y, por itinerario inverso al que ha­bía tomado el comerciante de tejidos, se cuela también entre los rincones solitarios de Torija.
Sólo por uno de sus cuatro caños, la fuente de la plaza va de­jando escurrir un hilillo tenue que se congela antes de llegar al fondo del pilón sin agua. La iglesia tiene una torre esbelta, cuadrada, de piedra limpia. Desde la solanilla de la iglesia se ven los muros del castillo y las tierras empapadas del Villar, alimentando con la humedad de las últimas lluvias los ternascos de tri­go que, por fin, vieron la luz. Las so1anillas recónditas de los pueblos se han hecho para que alguien las goce. Hay un hombre resguardado del viento en un rincón, junto a la pared, mirando al campo. Nuestro hombre perdió con los años el buen oír de su juventud ya lejana. Se pega al forastero, que debe hacer un esfuerzo para que su nuevo amigo, don Valentín, le comprenda.
- Sí señor: Valentín Sargüero Camarillo, para servirle.
- Que digo que me gusta mucho el pueblo. Que tienen una plaza muy bonita, y muy elegante.
- Y porque no ha subido usted al pico del castillo. Desde allí dicen que se ve todo. Se va subiendo por una escalera de caracol has­ta lo alto de la torre. Yo tengo setenta y seis años y aún no he subido ninguna vez.
Torija tiene una segunda placetuela detrás de la iglesia. Es un lugar romántico, por donde corren aires castellanos de la España de la decadencia. La placetuela de la Iglesia tiene forma de triángu­lo, enmarcada con rústicos soportales, cuyas columnas de madera vieja sostienen habitaciones venerables donde nadie vive. En el fron­tal de una de estas añosas mansiones que entornan la plaza, se ve un cuadro artesanal hecho de azulejos representando a Santa María.
- Esa es la Virgen del Amparo, la Patrona de aquí.
Buscando el solecillo que se colaba por entre las columnas del soportal, mi amigo, el tío Valentín Sargüero, se puso a desatar su saquito donde guarda las nostalgias, las saudades, los hermosos re­cuerdos que, en sus largas horas de soledad cada día, se entretie­ne en rumiar como un escape gratuito para vivirlo de nuevo.
- Vivo solo, ¿sabe? Mi mujer se murió hace cuatro años. Cuando entro a mi casa todas las cosas me la recuerdan. Está todo como cuando ella vivía. Tengo una hija que viene a arreglarme la casa, pero no es igual.
- ¿Y por qué no se entretiene usted en algo? Los recuerdos van bien cuando no se abusa de ellos.
- Si llevo trabajando desde los nueve años. No hemos tenido que ir pocas veces a Guadalajara andando, y en mula. Los labradores de ahora no saben lo que es trabajar. Con mis años, aun bajo a tres kilómetros de aquí a cuidar el chalet de unos señores que viven fuera. Procuro entretenerme, pero se acuerda uno de las cosas. Eso no se puede evitar.
Uno duda si puede haber en Torija otro personaje más pintoresco que Valeria. Valeriano Díaz es alguacil y lo encontré conduciendo una carretilla por la placetuela de la Iglesia. El es, y solo él, el dueño de medio pueblo, por lo menos el actual señor de su casti­llo. Valeria es un hombre pequeño, de pocas carnes, se cubre con gorrilla de visera y tiene cara de listo.
- Aquí soy yo el que más manda. Yo mando a los vecinos y a mí me mandan mis superiores. Si quiere le enseño el castillo. Viene mucha gente a verlo. Yo se lo enseño a todo el mundo.
El cicerone oficial de la villa de Torija, Valeria, me va contando a su modo la histeria del pueblo.
- ¿Ha visto lo que pone ahí en la pared del ayuntamiento?
- Sí señor. Se ve que por aquí pasó gente gorda. Ya lo creo.
- Esos que pone ahí en la lápida son los que reinaron en el casti­llo. Era de la duquesa de Alba y lo vo1ó El Empecinado. El castillo es del sig1o XIV, y ahora pertenece a la Diputación Provincial. Tie­ne buena estampa, ¿verdad usted? Mire lo que dice el refrán:

El castillo de Torija
es de piedra y pesa mucho,
quien lo quiera comprobar
que suba y lo coja a pulso.

- La cosa es que hará frío arriba, ¿no?
- Claro que hará, pero subiendo se entra en calor.
Por las escaleras de caracol recién construidas subimos en comi­sión hasta lo más alto. El tío Valentín, que vive por primera vez esta experiencia, comenzó en seguida a quedarse atrás.
- Al Valentín se le pone cuesta arriba. Hay ciento quince escaleras hasta que lleguemos. De aquí se cayó uno abajo y no se mató. Ve usted: ese era el patio de caballos, y más allá había un pozo. Cuando conseguimos por fin la explanada de baldosa que hay en lo más alto de la torre del homenaje, una banda de palomas comenzó a volar en torno al castillo. Son cientos de palomas sin dueño que anidan en los agujeros. El panorama es desde allí un espectáculo incalifica­ble de tierras llanas que hubimos de contemplar soportando el azote continuo de los vientos helados del norte.
- Aquellos de allá abajo son los picos de Taracena, y este de aquí el Valle de Torija. Esa es la general. De pueblos no se ve más que Trijueque y el cerro de Hita, y un poquito que se quiere asomar Al­deanueva. Mire, la fábrica de harinas y el silo. Dicen que hay un subterráneo que va a parar a Fuentes; cualquiera sabe. ¿A que no sabe usted cómo se llaman estos agujeros?
- Pues no sé, pero deben ser aspilleras o algo parecido.
- Ni hablar. Se llaman matacanes. Por aquí tiraban a los enemigos flechas y aceite hirviendo, y piedras también.
- ¡Caray! Pues se necesita ser un poco salvajes.
- De todo. Por aquí tiraban de todo, menos jamones, de todo.
El descenso hasta la plaza es más rápido, y más frío. Valeria, que ha cumplido con su misión como es debido, acaba recordando al forastero aquello de dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios.
- Ahora me tiene usted que dar una propinilla, o me invita a algo calentito en casa de La Morena, como quiera.
Con Valeriano Díaz, el simpático alguacil de Torija, acabamos to­mando café con leche en un barecillo de la calle Mayor. Luego vimos al alcalde, don Ángel Aldeanueva, en su casa donde tienen las oficinas de Correos. El alcalde nos hab1ó de un pueblo sufrido, de gentes buenas y pacíficas a las que no les gusta meterse en lo que no les importa, que no es mala virtud, y que uno, después del viaje, considera de justicia agregar además una buena dosis de cortesía y de amabilidad en aquellos hombres y mujeres que en nada desdicen, ni mucho menos, del carácter general en las gentes de esta tierra nuestra.

(N.A. Enereo, 1982)