domingo, 29 de noviembre de 2009

VALDEARENAS


Dejando a un lado su conmovedora quietud escondidos en el silencio del valle, los pueblos del Badiel cuentan con la característica común de la amabilidad, de la hospitalidad como norma de conducta, y de la apertura de corazón. Uno ha descubierto que en los pueblos del Badiel se encuentra como en su propia casa, que cada viaje, y nunca por propio mérito propio sino por la amable condición de sus gentes, fue dejando tras de sí una estela de amigos que le abrieron de par en par las puertas de sus hogares, y le enseñaron además, con la castellana sencillez de los hombres del campo, los más bellos rincones de su alma, curtida al aire y al sol de muchas décadas, en amigable coloquio a la sombra de cualquier acacia.
Valdearenas está abierto como una flor adulta a la media tarde del fin de semana. La Plaza Mayor de tierra y canto pone ante los ojos del visitante la estampa monumental de su fuente en forma de copa, y como fondo sobre un ligero altozano, los paredones derruidos de su iglesia de la Asunción. Una señora me encamina desde la plaza a la casa de don Germán en la Calle real. Don Germán Muñoz Felipe es un hombre del campo, padre político de mi amigo José Antonio Merino. Don Germán, hombre de conversación corta por naturaleza, me hablo desde la cátedra de sus muchos años con cierto tono de nostálgica serenidad.
- No queda casi nadie; el personal se ha debido marchar del pueblo huyendo del campo y de los olivos. En tiempos tuvimos tres molinos aceiteros, y hubo años en los que se llegó a coger un millón de kilos de aceituna. Ahora, ya lo tiene usted a la vista, casi nada.
- Y para colmo, la fuente vacía ¿verdad?
- Claro; no ve que el año viene muy seco. Cuando llueva, seguro que echará otra vez. En esta plaza se jugaba a los bolos cuando yo era chico, y en la de abajo se tiraba a la barra.
Se conservan en Valdearenas, hundidas unas y en pie la mayor parte, viejas viviendas cuya pared de adobe muestra con crudeza la cara descarnada por las lluvias, que uno tras otro los inviernos fueron lamiendo su estructura elemental de tierra y paja. Desde la calle de la Fuente se divisan lejos, alumbrados por el sol de la tarde, el chapitel de la torre y los tejados de Muduex en la misma vega.
- Cuando la guerra estaba el frente por estos cerros, y los del pueblo nos tuvimos que ir de aquí, cada uno por donde pudo. Yo me fui a Jadraque. El pueblo lo arrasaron casi todo con los bombardeos. Mucho de lo que se ve hundido es de entonces.
La antigua iglesia del pueblo, la verdadera iglesia de Valdearenas no es otra cosa que un montón de piedras labradas, cuerpos de columnas derruidos, epitafios y escudos de familia tirados en desorden entre las hierbas y los cardos.
- Ya hará veinte años que tuvimos que abandonarla. Había una abertura en el techo y decían que corría peligro. Yo no sé si correría peligro o no. Luego pasó lo que pasó, y ya ve cómo está todo. Para el pueblo, desde luego fue una mala acción. Y que la iban a levantar otra vez, ¡ya, ya! Mire qué camino lleva.
- ¿Dónde celebran misa ahora?
- Ahora nos dicen misa en un salón de la plaza.
En ruinas también y adosado a las de la iglesia está el viejo cementerio. Tan sólo le separa del templo hundido un grueso muro que mi amigo Germán consigue cruzar de un salto con relativa facilidad. Las lagartijas asoman al último sol sus cabecitas puntiagudas por los agujeros de la pared que daba a la sacristía. En el suelo, muchas de ellas escondidas entre la maleza, las lápidas mortuorias que recuerdan los nombres y las fechas precisas de aquellos que se encontraron ya con la menos discutible de las realidades humanas: la realidad de la muerte.
- Aquí están enterrados mis padres, y mi hermana que murió bien joven.
- ¿Cuándo estrenaron el cementerio nuevo?
- Yo creo que podrá hacer unos quince años.
Casi a las puestas del sol desde las tapias del cementerio se saborea la paz; la tranquilidad de la tarde, plena de sensaciones sedantes, toma allí cuerpo y espíritu. El pueblo queda abajo, sobre la margen izquierda del Badiel, con su vega teñida de girasol, encajada entre el Picarón y la Cuesta del Monte. Al poniente, en provocativo contraluz con un ocaso color de sangre, el cerro y las recortadas viviendas de la villa de Hita.
- A este cerro le llamamos La Tala. Hay dos cuevas en las que se pueden meter muy bien cuatrocientas cabezas de ganao. Antes sacábamos por allí mucha greda. Luego, toda esta parte del Picarón y el Marañal lo repoblaron de pinos. Lo que no sé es cuántos habrán podido agarrar.
La de las Procesiones es una callejuela sin pavimentar, que parte desde los muros de la iglesia pueblo abajo. Hay un señor sentado sobre el escalón de entrada a una vieja mansión que se adorna con una parra espesa por encima de la puerta principal. El hombre se cubre con una gorra de visera, y por lo que pude comprobar después, se trataba de don Ramón Ayuso, un señor simpático, abierto y con ganas de conversación.
- Pues hombre, ahí donde usted las ve, las uvas de la parra casi nunca llegan a colmo. Cuando van empezando a madurar se las comen las avispas.
- Buena casa, ¿verdad?
- Esta es de familia ilustre. Nosotros descendemos de los Pasuti, de la casa de los Duques del Infantado. Mi abuela, la madre de mi padre, se llamaba Fernanda Pasuti García, que yo llegué a conocer en esta misma casa donde estamos sentados usted y yo. La casa está hecha en 1816.
- Ah, pues sí que es interesante, ya ve.
- Y mi hermano Diego tiene dedicada la plaza donde está el frontón. Mi hermano Diego es franciscano y está en Madrid, en la iglesia de Medinaceli. Se pasó dieciocho años en Venezuela, y también nació en esta casa. Ahora se llama el Padre Diego de Valdearenas. Él hace por el pueblo lo que puede, y la gente aquí lo quiere mucho.
- ¿En qué se distraen ustedes?
- En nada. La fiesta es para San Roque, y traen música de esa de los conjuntos y las trompetas. Antiguamente era éste uno de los pocos pueblos de por aquí que tenían toros, y ahora es el único que no tiene. Sólo guardar dinero, y guardar. Se van a morir con el dinero encima. No sé para qué.
De semejante factura y época posiblemente de la de don Ramón, son frecuentes en Valdearenas las casonas de ladrillo visto, revocadas con cal y arena, que consiguieron soportar la dura prueba de los bombardeos. En una de ellas encontramos el bar, el único bar que hay en el pueblo. Un establecimiento reducido, acogedor, muy limpio, donde no falta de nada, donde hay de todo para matar la sed de las tardes inclementes del verano o poner coto a la crudeza impía de las mañanas de invierno.
- No hay más bares que éste, y gracias.
En un cartel bien visible, colocado por encima del mostrador, Alejandro ha puesto con letras claras el anuncio de la vedette del establecimiento, de la especialidad de la casa: “Chorizo de pueblo, 30 pesetas”.
- ¿El kilo?
- No, el kilo no: la tajada. Pase usted ahí adentro, al comedor, a ver qué le parece. La gente echa ahí su partida, y así no nos molestamos unos a otros. Está bien ¿verdad usted?
- Hombre, que si está. A mí me gusta mucho. Ya puede estar contenta la clientela.
- Invierno encendemos la estufa ¿sabe?
El frontón de pelota, que en Valdearenas suelen jugar con paleta, y no con la mano como debería ser, es en este momento el escenario de una partida de dobles que la gente sigue con entusiasmo. Las dos parejas de la cancha, una del pueblo y otra de Muduex, sudan las camisetas a placer con las últimas luces de la tarde. La iglesia actual es un salón alargado, espacioso, con bancos ordenados y suficientes para todo el pueblo. Una nave recogida en religioso silencio, que el pueblo agradece al Padre Diego de Valdearenas y que está situada, esperamos que de modo provisional, en la placita que lleva su nombre.
La caída de la tarde es una bendición entre los sauces y los chalés del Sobrante. Unas señoras me sacan a ver viejas fotos, añosas panorámicas de su pueblo con la chopera del Badiel antes de la concentración. Sube vega arriba una ligera brisa que no logra inquietar siquiera a una mulilla negra que come solitaria en un rastrojo de Las Herrenes. A la salida, las niñas juegan en corro a las prendas y dan palmadas bajo el oscuro soportal de la ermita, junto al cruce de caminos.

(N.A. Octubre, 1981)