jueves, 12 de noviembre de 2009

TORDELLOSO


Las buenas gentes de Tordelloso colocan las botellas del gas sobre una piedra, al lado de la carretera, para que cuando llega el camión del recambio no pase de largo.
Hoy hace calor en Tordelloso. Desde el pueblo casi se puede coger con la mano el torreón del castillo de Atienza sobre las rocas al otro lado del cerro del Padrastro, y las torres de Santa María del Rey y del Salvador, las dos al pie de la peña casi en dirección poniente.
Me consta que el pueblo al que acabo de llegar es uno de los más pequeños y menos poblados de toda la serranía atencina. A cuatro pasos del pueblo queda en la carretera de Ayllón el empalme que lleva a Miedes, y la divisoria de Sierra de Pela, ruda y fría por la que cabalgó el Cid. Si el viajero sigue desde Tordelloso carretera adelante, llegará a Campisábalos, a los Condemios, a Galve y Cantalojas quizás, antes de entrar en las provincias de Segovia, o de Soria quizás.
Todavía no he visto a nadie en Tordelloso. Estoy sentado a la sombra de una casa grande que hay frente a la fuente pública. La fuente tiene ajustada al caño una goma de más de cien metros que se lleva el agua a los bebederos de ganado de un vecino del pueblo. La fuente, por lo que se ve, desde que el vecino en cuestión se la adjudicó como propia, dejó de ser pública. Es una fuente mural, hermosa, de pilón corrido, construía tal como consta en el año 1953. Para tomar una fotografía, quito la goma que se lleva el agua y la vuelvo a colocar después. El líquido parece como si al salir agradeciera la acción del desconocido.
Muy cerca de la fuente queda la iglesia parroquial, de mampostería tal vez del siglo XVIII y espadaña triangular al poniente con traza románica. El campanario tiene dos campanas que, como las de aquella catedral de la fábula, tan sólo sonarán algún solemne día. A la sombra del tejadillo de la iglesia, estirado sobre el escalón, duerme plácidamente un perro pacífico y piadoso. La mañana, siempre con la Villa Realenga como fondo, es de una indecible luminosidad. En torno al pueblo, las colinas rodenas y los campos rasurados de rastrojo. Lejos, más al sur y al oeste, montañas y montañas por las que uno se ha perdido en más de una ocasión.
- Buenos días, señora Paca.
- Buenos días tenga usted.
- No se quejarán por falta de tranquilidad en Tordelloso.
- No señor, aquí vivimos muy tranquilos, y sin contaminaciones de esas que hay en las capitales.
- Algunas casas hundidas parece que se ven.
- Sí claro; está todo muy abandonado, demasiado abandonado. En este año han arreglado tres casas; algunas las han hecho nuevas, pero hay otras tantas o más hundidas, sí señor.
Al preguntar a la señora Paca Esteban por las fiestas del pueblo, me pone al corriente puntual y detalladamente. Me dice que como patrón tienen a Santo Domingo.
- ¿A cuál de ellos?
- A Santo Domingo de Guzmán, el fundador del Santo Rosario.
- Que celebrarán en agosto, supongo.
- Antiguamente sí. Se celebró el día 4 de agosto toda la vida. Como pillaba en tiempo de siega, la pasaron a primeros de septiembre. De todas formas nos juntamos muy poquitos para celebrar la fiesta.
- Claro, si es que en el pueblo sólo son cuatro de ellos.
- También tiene usted razón. En invierno quedan para el caso tres o cuatro casas abiertas nada más. Yo también me marcho a Madrid con los hijos.
- ¿Ah, sí?
- Sí señor. Tengo 86 años y he tenido siete hijos. Todos me viven, gracias a Dios, y todos están en Madrid. Cuando el tiempo cambie un poco me marcharé con ellos.
Doña Paca Esteban lleva cuarenta años encargada de atender y de conservar en orden las cosas de la iglesia. Me invita la buena mujer a que entre a verla y acepto gustoso.
- No sé si valdré abrir.
- Si no puede, yo el ayudaré, no se preocupe.
La iglesia es suficiente para lo que el pueblo fue, y más que suficiente para lo que es ahora. Tiene una única nave, blanqueada y limpia. El retablo es pequeño, abarrocado, policromado. Pese a su antigüedad, de muy poco valor artístico.
- Aquel del altar mayor es Santo Domingo, nuestro Patrón.
- ¿Y cómo es que lleva un perro? Yo creo que el del perro es San Roque.
- No señor. Ese perro es de Santo Domingo, de toda la vida. El de San Roque será otro. No tiene nada que ver.
- También lleva un rosario, naturalmente.
- Claro, y un libro. Lo que no lleva ahora es el bastón. No sé adónde estará. El perro llevaba antes una vela en la boca.
Me fijo en el baldaquino que guarda en su interior una imagen pequeña del Niño de la Bola, en el coro y en el largo pendón que sacan en las procesiones.
- ¡Cuántas veces lo llevaría mi pobre marido, que el Señor lo haya perdonado!
- ¿Y esta imagen de quién es, señora Paca?
- Esa es Santa Águeda. Era una mujer muy guapa. Se enamoró de ella un rey, pero ella se dejó matar para no manchar su virginidad. El rey mandó que le presentaran los pechos de la Santa en una bandeja. Ahí los ve usted.
- Todo muy bonito, sí señora. Todo menos alguna gotera que deberán arreglar.
- Una noche nos robaron un cuadro de la sacristía.
- ¿Adonde fue a parar?
- Vaya usted a saber. Tenía unas imágenes así como morunas. Era muy hermoso. Estoy segura de que si lo viera otra vez los sabría reconocer. Por la mañana amaneció abierta la puerta de la iglesia, y nadie sabemos nada.
Dejo luego la iglesia, a la señora Paca, y al pueblo de Tordelloso, porque veo, no lejos, unas cuantas cruces entre los cardos y el matorral como a unos ciento cincuenta metros de las casas, en pleno campo. Desgraciadamente para mí, y un poco también para la dignidad de la especie humana, y en cualquier caso para el pueblo de Tordelloso, mi suposición resultó ser cierta: era el cementerio. Sin paredones, sin piedras que fuesen señal de que antes lo hubo; liso, a pie llano, con cuatro trincherillas alrededor como si hubiera habido intención de cimentar alguna vez, queda el pequeño recuadro del camposanto, al antojo de perros y de alimañas, al descubierto, resguardado por las malezas que crecen y se reproducen entre las sepulturas de los muertos. “Francisco Delgado Andrés. 3-10-1976, a los 88 años. Tu esposa e hijos no te olvidan”, dice sobre la superficie blanca de una cruz. “María de la Esperanza amor Casas, de tres meses de edad” está escrito en la carteleta de otra cruz pintada de negro. Uno que ignora la causa, nota como que se le ha quedado helada la piel. No hay derecho. El hombre, pobre o rico, vivo o muerto, por el simple hecho de ser hombre debería estar un poco por encima de tanta desatención, debieran estar este tipo de desatenciones con la dignidad humana penadas por la ley. Me subo hasta el pueblo apesadumbrado, triste, pensando que entre tanto despilfarro no haya en el mundo medios materiales para levantar alrededor del pequeño cementerio las cuatro paredes que los muertos de Tordelloso merecen, como los de todas partes.
Las paredes de las casas suelen ser de piedra arenisca y guijarro. Algunas tienen la techumbre cubierta de piedras de pizarra traídas de fuera. Aquí me salen al paso los bancos bipersonales de la vieja escuela del pueblo hechos un montón. Los pupitres de las escuelas pueblerinas, testigos mudos de tantos aconteceres memorables de la infancia, me merecen todo el cariño. En algunos de los cajones arrancados de la mesa de profesor, hay un libro antiguo que se titula “Anuario del Maestro”, dedicado a la legislación profesional, y que publicó en su día el letrado D. Victoriano F. Ascarza. Otro de lectura se titula “Cosas y hechos”, de Félix Martí Alpera, publicado en Madrid en 1934. Un par de estufas metálicas, las tapas de un Registro Escolar, algunas vestiduras litúrgicas envejecidas, todo medio cubierto de tierra, que merecería, cuando menos, el respeto de quemarse allí en donde están, en las orillas del pueblo.
En el barrio de arriba hay una señora lavando sobre el suelo en una pila blanca de las de cocina. La mujer me mira fijamente.
- Buenos días señora. Tienen el pueblo un poco abandonado.
- Sí hijo, No hay gente y el pueblo está muy mal, hijo.
- Todo será pasable si no hay otro remedio -me dirán después-, menos lo del teléfono. Tampoco hay teléfono en Tordelloso, para salir de un apuro si suena la alarma de las urgencias.
- Me limitaré a contarlo todo como es -les he dicho. Quédense tranquilos por cuanto a ese asunto.
La señora Paca, y ahora también la señora Alejandra, anciana y mujer de bien como su convecina, han tomado su puesto de observación mañanera, sentadas a la sombra sobre un poyo de piedra. En Tordelloso ya no queda casi nadie. Los jóvenes y los menos jóvenes dejaron el pueblo atraídos por la golosina de la ciudad, la defraudadora ciudad de los ruidos y de las contaminaciones, de los miedos y de las inseguridades.
Con la tan temida peña en otro tiempo del castillo de Atienza a nuestro lado, se me ocurre preguntar sin esperar respuesta si no nos habremos dejado llevar hacia el extremo opuesto del péndulo que marcaron los sistemas medievales de entender la vida, caducos hoy e inadmisibles, como lo serán los nuestros dentro de algunas centurias. En tanto la mañana se fue y es el momento de regresar a casa. La cara buena de la moneda, la pureza en el ambiente y la calma, se quedan aquí como legado de eternidad para estos campos a los que prometo volver dentro de poco. Son en su fondo la raíz del alma castellana, a la que uno, a pesar de los pesares, se siente ligado incondicionalmente.

(N.A. Octubre, 1987)