jueves, 26 de noviembre de 2009

UCEDA



Por los anchos altiplanos de Villaseca, de Las Casas, de El Cubillo y del propio Uceda, y más todavía por los campos con los que ya a estas alturas del año se comienzan a teñir de verde las vegas del Jarama, parece como si se dejase notar en las tierras desde lo infinito la mano amiga del Santo Patrón de los labrado­res, San Isidro Labrador, que en vida honró con su presencia estas hazas prometedoras, y a quien toda la España campesina, ocho siglos después de su muerte, venera y celebra con festejos su memoria cada 15 de mayo, a punto ya de que los campos de mies comiencen a cambiar su color.
La villa de Uceda aparece por aquí, en los confines de la Provincia, limitando con los valles extensísimos de la Comunidad de Madrid que se abren delante de los ojos al otro lado del río. Sobre la plancha general de los tejados, apenas comienza a verse de cerca el casco urbano, destaca la monumental fábrica de la nueva iglesia en la Calle Mayor, con su alta torre de cuatro cuerpos como señal, coronada con sencillo chapitel de materia color de plomo.
Dos ancianos toman el sol sentados sobre un banco que hay junto a los soportales, en la Calle Mayor esquina con la Calle del Norte. Hoy, lo mismo que en anteriores ocasiones que de tarde en tarde he venido aprovechando para venir a Uceda, elijo como centro de operaciones el inicio de la costanilla que baja hasta la primitiva iglesia de la Varga, al pie del transformador. Desde allí todo coge a mano, el pueblo por una parte, y por la otra el soberbio mirador hacia las tierras del Jarama que brindan al espectador los muros traseros del camposanto.
Un rebaño de ovejas con varios cientos de cabezas en tropel, pasa a mi lado con dirección al campo por el camino de Torremo­cha; al rato es otro de cabras el que sale por el mismo lugar en número tal vez mayor. Las viejas ruinas de la que hace siglos fuese la iglesia de Uceda, son una de esas reliquias del arte medieval que nunca me cansé de ver. Desde hace muchos años están dedicadas a cementerio de la villa. Si en Atienza los cuerpos de los difuntos esperan el sonido final de la trompetería al fin del mundo bajo el altivo roquedal de su castillo, aquí en Uceda lo hacen a la sombra del triple ábside de su primitiva iglesia, bajo los arcos de leve ojiva de lo que en otro tiempo fuese la nave central y sus dos naves laterales. El recinto, todo él, está sembrado de lápidas, de cruces y de epitafios, en el más profundo silencio. Y por detrás, fuera ya del campo sagrado, las tierras y los pueblos.
Son todo campos de Madrid los que se alcanzan a ver desde la magnífica atalaya que mira a las tierras bajas. Como fondo los cerrucos grises e improductivos, y al pie la vega verde y fecunda por la que bajan desde las sierras vecinas las aguas del Jarama; y por medio de los campos, a más o menos distancia de donde estamos, los blancos caseríos de los pueblos y villas de más allá, que, como la propia Uceda, son historia y recuerdo tantos de ellos: Patones, Torremo­cha, Torrelaguna... Junto a nosotros, las piedras desmoronadas del castillo, apenas señal. En Torrela­guna nacieron San Isidro Labrador y el Cardenal Cisneros; en tierras de Uceda la venerable esposa del Patrón de Madrid, Santa María de la Cabeza. La memoria hacia el ilustre purpurado de la Orden Franciscana, regente por compromiso que fue de las Españas, queda escrito a perpetuidad sobre la pared de una casa del pueblo, junto a la plaza, como pie a un escudo de piedra antiquísimo que la gente ha querido conservar como testimonio en lugar bien visible: «Esta histórica villa al genio de la raza latina, el Cardenal Fray Francisco Ximénez de Cisneros, famoso arcipreste de Uceda.»
La Calle Mayor se estira a lo largo del pueblo. En la Plaza Mayor, ahora a la sombra porque el sol oblicuo del invierno se estrella al caer contra la fachada de la iglesia, unos chiquillos se pasean en bicicleta junto a la Cruz de los Caídos. En la Calle Mayor se pueden contar, por lo menos, cuatro bares sin salir de la misma acera, a saber: "Bar Rafael", "Bar Cape". "Bar los Luises" y "Bar antigua Casa Pepe". Entro a tomar un vaso de cerveza a uno de ellos. Junto al mostrador hay tres hombres discutiendo sobre si en el Polo Norte duran seis meses los días y seis meses las noches. Uno de ellos parece no estar de acuerdo con la opinión de los otros dos; dice que es imposible que un hombre pueda pasar seis meses trabajando y seis meses durmiendo. La discusión muere por sí sola.
Es bonito sacar, aunque sólo sea con la palabra, el retrato instantáneo de un tiempo y un lugar, que luego resulta agradable traer en la memoria cuando han pasado los años; pero en Uceda son la historia y el arte los protagonistas, junto al recuerdo más o menos feliz de las muchas figuras del pasado que en él dejaron su huella. De todo ello se hablará a partir de aquí.

(N.A. Abril, 1982)