sábado, 7 de noviembre de 2009

TARAVILLA


Muy cerca de Taravilla, cuando las horas de camino ininterrumpido desde que salí de casa son ya casi tres, las vacas de cría que hay en mi­tad de la carretera me impiden el paso momentáneamente. Van casi un centenar entre las reses madres y los ternerillos. Julio, el pastor, es un hombre paciente que tampoco pierde la tranquilidad por abreviar­me la espera, y aguanta lo mismo que yo hago, a que todos los animales del hatajo, uno detrás de otro, atraviesen cachazudos el camino por su propio pie.
- Van todas las del pueblo, por lo que veo.
- Sí, aquí van todas. Somos dos dueños, otro y yo.
Lejano sí que está; pero Taravilla es un hermoso pueblo de veraneo. Al en­trar a él veo a tres ancianos que pasan la mañana de conversación ba­jo un olmo viejísimo que hay frente a la pared encalada de la iglesia. Dejo descansar el coche a la sombra del campanario y me marcho por las afueras buscando el respiro de los aires serranos que ayudan a re­cuperarse en nada de tiempo después de tantos kilómetros de camino. Acabo de llegar a un parque infantil que tiene contigua una plaza de toros construida con vigas de cemento. Aunque la hierba crece abundantemente en el redondel, la plaza de toros me ha parecido muy original y muy bo­nita. Las ramas de un chopo que sombrea el parque se sacuden a eso de las doce al soplo de un viento serrano, que dado el momento se me an­toja aliviador y oportuno.
- Ahí se está bien.
- Si señor, aquí se está lo que se dice a gusto.
Poco más adelante, por el canino del camposanto, hay una fuente de sillar con dos siglos probablemente de antigüedad. La fuente mana den­tro de una hornacina cubierta y sombreada, antes de que las aguas pa­sen a la primera de las tres albercas del abrevadero, donde viven y navegan a placer los renacuajos de agua dulce en plena metamorfosis.
Los ancianos que hay ahora bajo el olmo en la plaza de la iglesia son exactamente seis. Para entrar en conversación me han dicho que el cerro pedregoso que guarda al pueblo por el mediodía es el Cerro de San Mamés, donde antiguamente estaba la ermita del santo patrón de Taravilla.
- Ahora si sube usted no verá nada más que ruinas. El santo se bajaba en tiempos el día 17 de agosto que es su fiesta mayor, y se volvía a subir una semana más tarde. Al no haber ermita, ahora pasa la vida en la igle­sia.
- Mucha fiesta parece, para lo que se estilaba antes.
- Si hombre. Que si San Mamés, San Mamesillo, San Mamesete, y no sé cuántas historias más, nos pegábamos ocho días de fiesta.
Los viejos más viejos de Taravilla son el Tío Félix, que ya soporta las ochenta y siete primaveras sobre sus espaldas y recuerda ha­ber visto siempre igual al olmo de la plaza; y el Tío Francisco, el Campanero, con dos años menos que su convecino, pero que por secreto indescubrible y por misteriosas artes en las que solamente él es ca­paz de entrar y salir, tiene asegurada su vida hasta los 107 años, de momento.
- Eso está bien dicho, si señor: de momento. Luego, según vea yo si la cosa me va bien, puedo renovar el contrato por los años que a mí me de la gana.
- Pues qué raro ¿Y eso cómo es?
- Eso va todo bajo secreto. Yo tengo un contrato internaciona1 y reconocido para vivir ciento siete años. El Félix me anda preguntando qué es lo que hay que hacer, pero no se lo digo. Que estudie.
El famoso olmo de la plaza de Taravilla tiene un tronco voluminoso, forrado de arrugas y de montones de corteza sin orden ni concierto. Por dentro está hueco y alberga otro olmillo incipiente que crece lozano en las mismas entrañas del abuelo donde se les ocurrió plantarlo. Los viejos del escalón me lo cuentan admirados porque la cosa no deja de te­ner su gracia.
- Pues dice usted, unas cincuenta personas seremos a diario. Se pueden contar rápido -me ha explicado uno de los contertulios que empieza con el recuento, casa por casa, hasta que al final desiste.
El reloj de la torre da la hora. Los hombres del corrillo miran al suyo para comprobar si van exactos. Uno piensa que harán lo mismo a todas las horas de todos los días. Las mujeres aguardan turno fren­te a nosotros detrás de la furgoneta de un carnicero de Alcoroches.
- De todo eso estamos bien servidos. No nos podemos quejar. La gen­te se ve que tiene ganas de vender; y furgonetas no faltan.
Taravilla, por lo que veo al recorrer de pasada sus calles, es un pueblo antiguo, sano y muy limpio, al que acompañan cada verano unas condiciones climatológicas excelentes. Un pueblo que se me antoja car­gado de historias olvidadas y de leyendas que borró el tiempo. Desde las laderas del Cerro de San Mamés se ven todos los tejados de las casas de Tara­villa, rojizos de tierra fuerte a nuestros pies, tapizando el mosaico pueblerino con lucidos contrastes del verde de los cercados, de las hierbas de los huertos, del ramaje medio silvestre de los endrinos y de las zarzamoras que tomaron como suyas las ruinas extramuros. La voz del abuelo Francisco y de sus contertulios sube desde la plaza hasta donde yo estoy refiriendo batallitas de juventud mil veces contadas. Más allá el milagro indescriptible de las sierras y de los pinares, por donde rugen las aguas del tajo saltando en to­rronteras, o se asienta a reposar en legendarias lagunas de montaña que convierten el mundo en paraíso, y que uno desearía respetase el hom­bre en su natural esencia hasta el final de los tiempos, como ya des­de el principio lo fue.
- Pues si quiere, sí que se puede bajar en coche hasta la laguna. Son nueve kilómetros, pero en coche se baja bien.
Es la escueta contestación a mi pregunta de parte de doña Benita, la señora del bar y esposa de Filomeno Escalera, el alcalde, cuya hija Rosario me ha servido una cerveza en el mostrador sin decir palabra. La madre parece más comunicativa.
- La laguna es de aquí, de Taravilla. Téngalo bien claro.
- Así lo entiendo yo también, señora. No he bajado nunca a verla, pe­ro, que yo sepa, la laguna siempre ha sido de Taravilla. En Peñalén re­cuerdo que me hablaron de ella, y no creo que deje hoy pasar el día sin acercarme.
- Bueno, pero yo se lo diga porque los de Peralejos dijeron en una ocasión que era suya, y a eso no hay derecho. Nos sabe mal, ya ve us­ted, que digan que la laguna no es de aquí.
El bar es amplio, fresquito en verano y muy aseado. A la gente se le atiende con prontitud. Estando en el bar de doña Benita no apetece, ni para bien ni para mal, salir a la calle.
- Pues ese que viene ahí es mi marido. Si tiene tiempo, el mismo le puede acompañar hasta la laguna.
Filomeno Escalera, alcalde actual de Taravilla, es un hombre aten­tísimo, un hombre de los que suelen pensar lo que van a decir antes de abrir la boca, costumbre que por peco usada no deja de ser encomiable. Filome1o Escalera entra a su establecimiento de la plaza de la iglesia acompañado de un torerillo zaragozano con el que, por lo visto, andan en ajustes pensando en las fiestas patronales de San Mamés. El to­rero en ciernes es un muchacho espigadote y carifino al que no le falta estampa, mientras que el valor, como en los alistamientos a filas, se le supone.
- Bien, pues si está dispuesto -me dice el alcalde-, yo mismo le puedo acompañar hasta la laguna. Es un paseo, pero si no la ha visto ninguna vez merece la pena.
Salimos en expedición el alcalde y yo con la siempre agradable compañía de Rosario, su hija menor, y de Beatriz, una veraneante jovencita, muy mona, madrileña ella, que aprovechó la oportunidad vivir in situ, como los demás, uno de los espectáculos naturales más bellos que puedan verse como regalo de la Creación, no sólo en la provincia de Guadalajara, sino en toda la España central.
Al poco de dejar atrás las últimas viviendas de Taravilla con di­rección a las cunas del Tajo, enfilamos de cara al poniente un cerruco arisco y espectacular, coronado por plataforma rocosa al que, según tradición no desligada de la historia de Castilla más primitiva, los habi­tantes de aquellas sierras suelen conocer por la Muela del Conde. El alcalde, con mejor voluntad que rigor histórico, me lo intenta explicar.
- Arriba del todo quedan restos de la vivienda del conde don Julián. Dicen, que si la reina doña Blanca tiró todas sus joyas a la laguna. Eso, cualquiera lo sabe.
La tradición por una parte y la realidad histórica por otra, sue­len coincidir en ciertos detalles, como el de la reina que arrojó to­das sus joyas a la laguna, si bien la 1ógica de los acontecimientos sitúa a doña Florinda, hija del Conde don Julián -no a doña Blanca- como la excelsa dama que llevó a cabo semejante hecho, antes de que su -tesoro personal de metales preciosos y de pedrerías pasase a poder del mahometano invasor, allá en tiempos remotísimos, cuando la agonía de los visigodos era patente a principios del siglo octavo. También se habla de aquellos paraísos pinariegos, donde el Cabrillas se junta con el padre Tajo, de haber sido sitio de solaz para los obispos de dos ciudades romanas desaparecidas y ahora en proceso de excavación: Segóbriga y Ercávica, ambas en la actual provincia de Cuenca, que en tiempos de la dominación romana y aun posteriores, contaron con sus respectivas sedes episcopales.
- Mire allá abajo, a nuestra derecha se ve en el barranco la casca­da que hace el río al caer. El agua del Tajo desde aquí parece espuma. Aparece la laguna de Taravilla inmediatamente después. Se ve encajada en el centro de una caldera enorme que dejan las montañas ocupando su fondo. Puede medir de extremo a extremo trescientos metros, y es ovalada, de aguas tranquilas y limpias en las que con la calma de los atardeceres deberán reflejarse los montes y los pinos, las crestas peñascosas de las cimas y el cielo azul como en un espejo. Uno tiene la experiencia de que, siempre que se encontró metido en un alarde de la Naturale­za como este sin par de la laguna de Taravilla, el corazón parece que se le para, calla la boca, y funcionan hasta el límite la vista y la imaginación. De vez en cuando, colándonos entre las espadarlas del re­guero y los sargatillos, el alcalde me explica nuevos detalles.
- No hace mucho había pececillos que subían en bandadas, y muchos cangrejos. Más abajo hay como una playa artificial en el río. Vienen campamentos de chicos todos los veranos.
Mientras tanto que vamos oteando en los imprevisibles saltos de agua que hay por las inmediaciones de la laguna, contemplando admirados la chorrera de cristal liquido que se embalsa pacífico después de cada salto, para escurrirse luego entre sombras y ramaje hacia el río Tajo que brama más allá como un ternerillo lechón al fondo de tan bravo escenario.
Con toda la fuerza de las dos de la tarde en este mes de julio, caluroso y sofocante en otras latitudes, regresamos de nuevo a Taravilla. El exceso de luz del medio día dejó al pueblo limpio como un jaspe. No se ve un alma por las calles del pueblo. Todo en la sierra, también las montañas y las gentes, parecen estar a estas horas dormidos, sosegados y en paz.

(N.A. Agosto, 1986)