domingo, 22 de noviembre de 2009

TORTONDA


La villa de Alcolea sirve como de costumbre de núcleo divisorio por el que el caminante suele detenerse, igual que en cada viaje, para poner en orden la brújula de sus apetencias. La desviación que me ha de llevar a Tortonda nace exactamente aquí, en la misma carretera general de Barcelona a su paso por Alcolea del Pinar. En el indicador sólo se anun­cia Villaverde del Ducado, mínimo lugarejo recostado en la ladera al que de inmediato nos ha de aproximar la estrecha pista de asfalto que corre, de banda en banda, por mitad de zopeteros descarnados y pe­dregosos, a cuyas márgenes se da la encina menuda y el carrasquillo agreste. El celaje, como los tiempos mandan, aparece turbio y el ambiente helador.
La carreterilla por donde voy corre tierra adentro, la quietud de los campos conmueve en estas soledades de fingido páramo. No hay ser vivo, salvo las plantas y algún pájaro perdido entre la maleza, que se mueva. Los charcos de las últimas lluvias y los balsones son una masa de hielo enroquecido. Después una curva, y como fondo Tortonda, pueblo gris aplomado, del color de sus campos. Tortonda se precede por una chopera deshojada y las copas muertas de los olmos surgen por en­cima de las casas, como penachos marañosos de algún mítico general en derrota. La iglesia se muestra en la distancia monumental, y el pueblo, antes de haber llegado a él, se advierte desparramado y suelto, con las consabidas naves para almacén en las afueras encapuchadas con placas de uralita.
Hago la entrada a Tortonda lentamente, cuidadosamente, mantenien­do al cruzar la dirección sujeta entre los ventisqueros de nieve vieja, apelmazada y cenizosa, que todavía no se ha podido derretir. Ya más de cerca, la torre de la iglesia se ve almenada como los torreones de los castillos, y en su cara norte las románicas arcadas de la galería que más tarde me acercaré a otear desde su misma planta.
Ahora la plaza, amplísima, abierta al mediodía a las breves lla­nuras de las eras. Una fuente de sillar, de concepción reciente, alza sobre el canto del muro una antigua vertedera de tiro. El detalle pue­de servir al mismo tiempo como motivo de ornamentación y como homenaje al sufrido labrador de antaño, que regó los campos de sudor agarrado al puño de la esteva. Dos troncos descomunales de olmo, el uno desmo­chado y el otro con todas sus ramas secas, toman parte del tremendo maremagnum que es la plaza de la fuente, donde hay, además, en sitio destacado, un casillo de aperos y mucho solar que para poco sirve. Las re­cias casonas del pasado muestran su balconaje roído y sus piedras la­bradas alrededor.
- No se quejarán ustedes por falta de terreno en la plaza.
-No señor; aquí hay bastante anchura.
- Qué fuente más original tienen, ¿no le parece?
- Sí, se hizo el verano pasado. Son piedras de aquellas de antes, de las que había en los poyos de las casas.
Basilio Rojo me ha dicho que todo aquello, más que la plaza es co­mo si dijéramos la Calle Real, que la plaza está más hacia la iglesia. Una anciana sale al momento de su casa. La casa donde vive la anciana tiene marcada sobre la clave del dintel la fecha de 1907.
- Oye Basilio, ¿quién es este señor?
- El de la “Nueva Alcarria” que viene por los pueblos.
- Ah, pues muy bien. Tiene usted que poner que el agua que tenemos no es buena, que en verano se revuelve con otra y sabe a cieno.
- Puede estar segura de que lo diré ¿Cómo se llama usted?
- Me llamo Teodora Huerta. Digo yo que si no conocerá usted por ca­sualidad a un sobrino mío que vive en Guadalajara. Se llama Jacobito.
- No señora. Así por ese nombre no lo conozco. A lo mejor de vista sí sé quién puede ser.
- Trabaja en el Instituto de Previsión, donde llevan la cosa de los viejos. A mi sobrino lo conoce mucha gente.
- Pues no lo sé, de verdad. Lo siento, pero no caigo en este momento.
La anciana es una mujer adorable, que sabe mucho. A uno, para qué decir, le gusta encontrarse con hombres y con mujeres como doña Teodora, que vacían con gusto el saco de sus saberes sobre el oído de quien los quiera escuchar y, en casos como éste, para que no desapa­rezcan irremisiblemente alguna vez sin haber dejado constancia. Mi nue­va amiga me aconseja que no me vaya de allí sin haber visto la iglesia.
- Descuide, que no me marcharé sin echarle un vistazo. Por fuera ya me lo he propuesto, por dentro, si sale la ocasión también lo haré. Basilio lamenta no poderme acompañar él en persona, pero asegura que cualquiera del pueblo lo puede hacer, que no me preocupe.
- Es que, resulta que aquí detrás han matado el cerdo en casa de un vecino y seguramente que ya me están esperando para almorzar. Si no, yo mismo hubiera ido.
- Mire usted -corta doña Teodora. De aquí era nacido don Julián Bermejo, que fue el confesor de la reina doña María Cristina y del rey don Alfonso XII. En un cuadro muy hermoso que hay en la iglesia está su retrato.
- ¿También lo enterraron aquí?
- No, eso no. Lo enterraron en el cementerio de San Isidro de Madrid el año 1906.
- Eso es tener muy buena memoria.
- Ahí está; y luego, a lo mejor no me acuerdo de donde pongo las tijeras.
- Sí, claro. A veces pasa eso.
- Otro señor de aquí fue don Victoriano Ciruelos.
- ¿También confesor de reyes?
- No. Ese fue el mejor abogado que ha tenido la provincia entera. También está en la iglesia en un cuadro. Hubo en su familia un milagro muy importante, y allí en el cuadro se ve la cama donde ocurrió con la enferma y todo. Una cama de aquellas de las de antes.
- Ah, pues es muy interesante lo que me cuenta, ya ve.
- Don Victoriano Ciruelos regaló dos altares. Allí están. Le costa­ron diez pesetas cada uno.
- Qué tiempos, ¿verdad usted?
- Eso digo yo. Pero ya debe hacer más de cien años.
La mujer se alegra mucho cuando saco a colación que, el malogrado ex ministro don Gregorio López Bravo, tuvo algo que ver -no sé si por razones de origen- con el pueblo de Tortonda. La buena señora se deshace en afectos.
- Sí señor. La madre de don Gregorio y yo éramos como hermanas. Se llamaba doña Consuelo Bravo y aquí la teníamos como de la familia. Era hija de un señor que había estado aquí de sacristán. Ella era maestra. La mandaron a Cortes de maestra en el primer pueblo que le dieron.
-¿Solía venir alguna vez por aquí don Gregorio?
- De joven sí que venía algunas veces para la fiesta. Luego ya no. Este pueblo le tiene muchas cosas que agradecer de cuando fue Ministro de Industria. La luz para el pueblo nos la puso sin tener que pagar una pe­rra. Era muy bueno. Aquí a don Gregorio se le quería mucho. ¡Pobrecito! Dónde fue también a encontrar la muerte.
Cuenta Tortonda en la actualidad con quince casas abiertas y cua­renta personas de hecho. David, un chiquito madrileño que apenas se apartó de mí desde que nos encontramos en la Calle Real, fue el dó­cil acompañante que me llevó hasta la fuente, primero, y a casa de Asunción, la telefonista, después, para que nos dejara la llave y ver de ­pasada la maravilla de su iglesia. Al chaval no me quita ojo. Observa entusiasmado lo que hago. Las notas que voy tomando en el blok le in­teresan sobre todo. David, no es caso demasiado corriente, me ha pare­cido un chico con visión de futuro, con esperanza que no es poco.
-¿Te gustaría ser periodista?
- Mucho, sí señor.
- Hay que estudiar, ¿sabes?
- Ya lo sé. ¿Cuánto?
- Pues qué te diré. Como para todas las cosas. Un poquito más de lo justo. Lo demás, si eres listo, ya lo pondrá el oficio.
La fuente vieja viene a caer en las afueras, hacia la parte baja de una praderilla solitaria que hay junto a la chopera. Entre las hierbas ateridas y los terrones de la tierra helada picotean las gallinas. Los dos caños de la fuente vierten en un piloncillo con forma de media luna. El sobrante se recoge después en las albercas del lavadero. Sobre el frontal de la fuente está escrita la fecha de su construcción: 1927
- Los olmos se han secado, pero aquí en la pradera se está muy bien en verano.
- ¿Te gusta venir al pueblo?
- Sí que me gusta; pero ahora no. Hoy mismo no hay más chico que yo, y me aburro.
Algunas casas de Tortonda reflejan en su envejecida estructura y en la piedra travesaña de sus dinteles un pasado inequívoco de grande­za. La villa en sí, aparece hoy como una augusta señora en decadencia, donde la fuerza vitalizadora de la juventud se marchó sin dejar rastro, y el final se prevé lentamente, inevitablemente.
Ahora subimos por una descarnada costanilla hasta la iglesia. David entra en la casa de Teléfonos donde vive el alcalde. El alcalde pedáneo de Tortonda está fuera de casa en este momento; se llama Juan Ángel Bueno, y su hermana Asunción. La señora Encarnación, la madre, anda atareada atizando la cocina de leña. En el cuarto se está a gusto, calentito. Asunción me invita a tomar una copa de anís y saca una bandeja de pas­tas. A uno le conmueve, hay veces que hasta le llega a emocionar tanta amabilidad para los tiempos que corren; piensa que el mayor tesoro de nuestros pueblos es el corazón de su gente. Luego nos acercamos los tres hasta la iglesia. Las columnas emparejadas del pórtico y los capi­teles foliados muestran la señal de haber permanecido ocultos durante mucho tiempo, hasta que alguien con buen criterio se aventuró a sacarlos a la luz de nuevo. La huella octogenaria de las piedras me hace pensar en lo mucho que han cambiado los tiempos, y no siempre para bien. Al menos, por cuanto se refiere a los pueblos semidesiertos como Tortonda, donde, por postrera misericordia, tienen una gran paz, una tranquilidad extrema que casi nadie desea.
- Los arcos los hizo descubrir el señor cura, don Alberto.
- Pues fue un acierto. Así están mejor.
- Antes se encerraba ahí el marute del pueblo.
- ¿Y eso que es?
- El macho cabrío.
Al poniente está la sencilla portada barroca que da acceso al interior de la iglesia. Bajo las almenas destacan en el muro los dos vanos del campanario con los cabezales de metal reciente.
- No sé si se lo habrán dicho ya, pero la iglesia está muy bien.
La primera impresión en el interior de la iglesia es la de grandiosidad y orden. Tiene una sola nave, y crucero bajo cúpula en hemisfe­rio donde se reparten los altares. Los muros y la bóveda se ven pinta­dos con extraordinaria pulcritud.
- Estos bancos se pusieron para San Pedro. Don Alberto se preocupa mucho por la iglesia, y bien que se nota.
A nuestro lado, apenas entrar, están los dos cuadros de los que me habló la señora Teodora: el de don Julián, confesor de reyes, y el del ilustre abogado don Victoriano Ciruelos, a manera de exvotos.
- Don Julián Bermejo era tío del abuelo de David.
Buen dorado el del retablo mayor. En sus huecos correspondientes se ven las imágenes de la Concepción, de San Pedro, y de un santo con hábito de fraile que las buenas gentes del lugar aseguran ser San Pa­blo de Tarso. Un curioso portasagrario de madera dorada tiene pintadas en su interior tres caras de Cristo, una junto a otra, con cuatro ojos para las tres. Anoto el detalle como curioso e interesante.
El retablo renacentista de San Miguel, donde una vieja talla mues­tra al Arcángel dominando bajo sus pies al maligno, tiene seis medio­rrelieves de gran valor. Representan escenas de la vida de Cristo y de su Pasión. El retablo del Santo Cristo, con antigua y patética imagen, es de cuidado estilo barroco. Bajo el altar se ven lápidas mortuorias con epitafios de difícil lectura.
- Aún tenemos el púlpito. Mírelo usted.
- Eso está bien. Es lástima que algunos curas en otras iglesias no lo hayan querido conservar.
- El San Lorenzo lo regaló uno que vive en Madrid y se llama Lorenzo. Hay una ermita de este santo y otra de San Roque.
Por la escalerilla de caracol, Asunción y David me suben después hasta el balcón del coro. En los coros de las iglesias de pueblo se está muy bien, se ve todo con meridiano dominio, y el panorama –más aún en las fiestas mayores- adquiere una especial solemnidad.
- Aquí le decimos la tribuna. Antes subíamos la gente joven a cantar la misa. Ahora, como no hay nadie... Para San Pedro, esto se pone que no se cabe.
Tortonda, escondido y casi anónimo lugar perteneciente al antiguo partido de Sigüenza, posa cara al mejor tiempo como oprimido por una capa de hielo. El invierno ha sido crudo, y como pieza importante de las tierras de Guadalajara con la que para todo será preciso contar, con­gelada en prevención de posibles corrupciones, ¡sabia virtud!, aguarda paciente su hora.

(N.A. Febrero, 1987)