jueves, 5 de noviembre de 2009

SOTODOSOS


Desde que dejamos atrás la carretera de Saelices y de Hortezuela, el camino hasta Sotodosos es una cinta blanca que el automovi­lista debe cruzar pisando la nieve, palmo a palmo. Al pie de la cuesta de San Blas abre la ermita de la Vega las puertas de Sotodo­sos, que se vislumbra más allá del mustio ramaje de las choperas. Hacemos un alto y nos frotamos las manos a la altura del santuario de la Patrona, a cuyo amparo duermen hasta el día de la resurrec­ción los muertos de Sotodosos. En este mismo lugar dicen que se apareció la Virgen a un pastor y en su memoria se levantó la ermita. ­Para llegar a la Plaza Mayor desde Alcolea hemos visto vedijeras de nieve, ventisqueros apelmazados en las cunetas, pinos que las cu­chillas de los resineros dejaron sin sangre, gargantas pedregosas en las inmediaciones de Luzaga, campos de sementera y de barbecho, y al final, esta plaza inmensa de Sotodosos sin más ornato que un olmo seco alzado sobre triple escalón en redondo, frío y soledad. Un anciano con atavío de pana tomada pasa ahora delante de mí portando una carretilla de estiércol. Desde dentro del automóvil veo descol­garse, sin fuerza apenas, los copos que se deshacen al contacto con el suelo. Al momento pasa una señora arropada en su chal de lana negra y se cuela por la calle que sube hacia las eras de la Terrera, ­por donde queda el depósito de las aguas. Me mira un señor desde la portona de una cochera y decido dejar mi refugio sobre cuatro rue­das, y que se ha quedado frío en los pocos minutos que hace que se paró el mo­tor.
- Buenos días.
- Buenos, por decir algo.
- Qué solo está el pueblo, ¿verdad?
- Ya lo creo. Con estos hielos se lo piensa uno antes de salir.
- Se les murió el olmo.
- Los años, que no perdonan. También, creo yo, que se debieron dañar las raíces cuando el arreglo de las calles.
- Poca gente, según se ve.
- Poca. A cien no llegamos.
Las calles de Sotodosos rezuman en su soledad un cierto señorío, viejo e impreciso. Callejones solitarios de piedra caliza en silen­cio, donde alguna inscripción piadosa o escudo sobre los dinteles habla al caminante de tiempos pretéritos, mejores o peores, vaya usted a saber, en los que el pueblo funcionó al compás que le marca­ron viejos hidalgos, ya en la otra vida sin pena ni gloria.
Ahora tengo delante de mí el deprimente espectáculo de la torre hundida. De lo poco que se mantiene en pie, como señal en los fragmentos de lienzo, se deduce que debió sostener una bella portada del diecisiete, vistosas arcadas de acceso tapiadas hoy de hormigón y ladrillo, y un artístico caracol helicoidal de piedra rodena para su­bir al campanario. Las naves y el resto de la iglesia parece que se salvaron íntegramente, quedando en condiciones perfectas para el culto.
- Fue un desastre. Primero se cayó una campana y se hizo polvo; luego, toda la torre se vino abajo.
- ¿Hace mucho tiempo que eso ocurrió?
- No se exactamente. Puede que vaya para los diez años.
Era el mismo señor de la plaza, Andrés Vigil, que bajaba con una pala al hombro en dirección a los huertos del Charcazo, en el hon­do, por detrás de la iglesia.
- Y ese escudo de la pared, ¿qué le parece? Lo miran mucho los que vienen de fuera.
El escudo franquea una casona separada del pretil por la callejuela que baja hacia los huertos. Sobre el arco que cubre la entrada se ­ve la magnífica pieza heráldica orlada por la leyenda: “Juan Antonio Vigil de Quiñones y Morales. Año 1749”. Los aleros ennegrecidos son de la época y en la casona no vive nadie. Se deduce que pudo conse­guirla para su uso algún adinerado del siglo XVIII, que debió ser en reali­dad el siglo más floreciente de Sotodosos.
Me refugio ahora, empujado un poco por la necesidad y otro poco por el frío, en el bajo abandonado de las antiguas escuelas. Se ve que, extinguida la población infantil y sin otra utilidad aparente, el viejo centro educacional -pienso que de recuerdos gratísimos para tantos- , se ha visto arrasado en cuatro días por la marabunta sin control de la gente de poca ley; su piso de tarima levantado, puertas y ventanas en estado de ruina, las pizarras y las paredes embadurnadas con brochazos de pintura, y los techos amenazando caer cualquier noche de este mismo invierno. En uno de los encerados halló soporte, en mitad de aquel desorden, uno de los más bellos poemas de García Lorca.
Brama al chocar con las esquinas por donde andamos de vuelta a la plaza el resuello constante de la vega. Hay un momento en el que se deja ver abajo la recoleta fábrica de la ermita de la Soledad. A la vista de algunos viejos edificios quiero recordar la antigüedad del suelo que piso. En Sotodosos, si no en Sotoca, le sorprendió la muerte a finales de verano de 1213 al obispo de Sigüenza San Martín de Finojosa, de camino desde el monasterio de Óvila a Santa María de Huerta, donde fue abad.
Ha salido el sol durante un instante. La piedra se ilumina fugaz­mente para esconderse unos minutos más tarde. En la casa de Teléfonos, ya casi en las afueras del pueblo, al otro lado de la Plaza Mayor, es­tán haciendo obra en el portal. El albañil es un hombre joven, agrada­ble de trato, que brinda al forastero cobijo y conversación.
- Pero...¿Quién le manda salir de casa con estas temperaturas?
- Y que lo diga. Cuando me he querido dar cuenta ya no tenía reme­dio. Ya estaba aquí.
- Yo también vivo en Guadalajara.
- ¿Y se viene a trabajar a Sotodosos?
- Es que éste es mi pueblo.
- Ah, claro.
- Bueno, si le digo la verdad yo no nací aquí, pero tengo casa y todo. De aquí es mi padre y mi hermano. A mi hermano seguro que lo conoce. Es sacerdote y está en el colegio de San José de Guadalajara.
- Pues, no caigo ahora, pero seguro que si.
- Se llama Epifanio Herranz Palazuelos.
- Sí que lo conozco. Nunca he hablado con él, pero lo veo muchas veces. Ha hecho un libro sobre las rutas marianas de la provincia.
- Ese es.
- Pues, por lo que hace me parece un señor estupendo.
En una habitación contigua, que es comedor, cocina, recepción y oficina de teléfono, encuentro cogida al auricular a doña Juliana Guerrero, la dueña de la casa.
- Poco trabajo, ¿no?
- Aún hay, aún. La Riba da muchas llamadas.
- Eso quiere decir que la centralita es comarcal.
- Sí; por aquí pasan también Saelices y La Riba. El trabajo es boni­to y se adapta a nuestras edades. Somos mayores y esto todavía lo po­demos hacer bien.
- Lo peor será cuando les molesten a media noche.
- No molestan. Como no sea por motivos muy urgentes de médicos o cosas de gravedad, no suele llamar nadie después de la diez. Los abonados, esos sí que pueden hacerlo. ¿Qué le parece el pueblo?
- Me parece bien. Un poco frío. Y sin un pequeño bar siquiera en donde recogerse, ya ve.
- Eso es verdad. Nosotros hemos tenido el bar durante diecisiete años, pero lo tuvimos que dejar por la edad. Da demasiado quehacer y utilidad poca. Había que atender a todo el que venía de fuera, y yo he trabajado en ello más que una negra: médicos, maestros, obreros… Lo primero a mi casa de patrona.
- Y a los más jóvenes, seguro que no les interesa.
- Nada. Dicen que si dejara igual que cuando las fiestas, que sí.
-¿Para cuando celebran la fiesta del patrón?
- Es patrona: la Virgen de la Vega; el domingo anterior a San Juan. Ese día acuden aquí todos los que viven fuera y se pone esto que no se cabe. Tenemos banda de música y todo. Luego están el Rosario y San Blas, que ya no se celebran.
Entre todo aquel maremagnum de cosas que la señora Juliana tiene como adorno y como instrumental de trabajo en la salita donde ha te­nido a bien invitarnos a unas pastas caseras y a una copa de coñac, hay una de aquellas capillitas portátiles, tan entrañables, que la devoción popular de nuestros antepasados solía llevar periódicamente a presidir sus hogares durante unos días. Es la triple imagen de la Sagrada Familia. huésped de honor hasta que, por riguroso turno entre el vecindario, se llevaba después a cualquier otra casa, en un ciclo ininterrumpido que en no pocos lugares de la provincia ha llegado hasta hoy.
- Como somos pocos, la podemos tener más tiempo con nosotros. Algu­nas veces se pasa un mes en cada casa; otras una semana, depende.
Ajeno a nuestra conversación, un perrillo canelo dormita junto a las patas de la mesa. En el portal, el veterinario, abrigado con pasamontañas, habla de caza con el señor Andrés, el marido de la se­ñora Juliana, que es a su vez teniente de alcalde del ayuntamiento. Al cabo de un rato le dice su esposa que vaya a pedir la llave y me acompañe a ver la iglesia por dentro. El señor Andrés es un marido obediente y puntual.
Ya estamos allí. A consecuencia del hundimiento de la torre se entra a la iglesia por una puertecita lateral de circunstancias que cubre un leve tejadillo haciendo ángulo. Como contraposición al desolador panorama externo, el templo ofrece por dentro un aspecto encan­tador, limpio, digno y respetable. Destaca al fondo un retablo con dorados excelentes, recargado de adornos y que preside una talla de la Asunción de la Virgen. La única nave lateral tiene como remate otro retablillo menor dedicado a Nuestra Señora del Rosario, bajo cobertura de relieves, adecentado debidamente y pintado como el resto de la iglesia en época no lejana.
- Sí señor; ha quedado muy bien. Nos hemos gastado mil1ón y medio de pesetas, só1o en retejar y en pintura. Todo a base de donativos de la gente del pueblo. Cada cual dio lo que buenamente pudo. La pena es que la torre esté como está.
Todo el piso de la nave central está dividido en departamentos rectangulares, todos iguales, contorneados por listones de madera vieja que llevan su número correspondiente marcado sobre uno de los lados. El út1mo coincide con la parte posterior de la nave, próximo a la pila bautismal, y tiene el 75 como número de serie.
- Son sepulturas. Antes, cada familia tenía la suya y se ponían siempre en ese sitio. Toda la parte del atrio, donde están las pie­dras, tengo oído a los antiguos que era el cementerio.
El adiós a Sotodosos nos depara todavía un alto obligado a la salida del pueblo. No me había dado cuenta al entrar, pero ahí están, llenos a rebosar, los tres caños que arrancan del muro de sillería de una fuente dos veces centenaria, cuyo sobrante aprovecharon las mujeres de otro tiempo, y a veces siguen aprovechando las de hoy, para lavar sus ropas en las cercanas albercas del lavadero. La carretera después de unas horas está, afortunadamente, limpia para el regreso.
(N.A. Febrero, 1985)