martes, 3 de noviembre de 2009

SOLANILLOS DEL EXTREMO


Alcancé solanillos por un camino de tierra que parte con dirección al mediodía desde las choperas en la veguilla de La Olmeda. El sendero asciende en medio de aquella quietud rizándose entre la fraga y lo chaparrales, entre una selva tupida plantas olorosas por terrenos de espejillo, de yeso en cristales que desde lejos centellean al sol, salpicando de lucecitas la superficie gredosa de los alcores en la envidiable claridad de la mañana de otoño.
No por falta de carretera, que buena la hay desde Cifuentes, llegué por esta vereda, ni a falta tampoco de información, que la tenía personal del propio alcalde. Me hice presente en aquellos parajes inhóspitos por el simple placer de contemplar el campo de la Alcarria desde un ángulo nuevo, desde un imaginado mirador que de antemano se me antojó apasionante. Luego lo fue así. Jamás recuerdo haber visto conjugados en un azul grisáceo tan sublime los campos yermos, donde por todo ver uno va descubriendo repartidas por los ribazos las pequeñas escuadras de olivar, luciendo al sol su puñado de ejemplares raquíticos, alineados en cuartelillo diminutos y rectiformes. En un lugar del camino, llevando siempre como fondo las Tetas de Viana, bajo una cadena blanquecina de nubes que surcaban a su altura la porción más azul del cielo alcarreño, se comienza a divisar el pueblo en el rellano, solitario, extendido alrededor de su torre gigante.
Una pintada sobre la piedra vieja nos da la bienvenida antes de girar hacia la plaza. La Plaza Mayor de Solanillos sorprende por su desproporcionada dimensión, por su luz ambiciosa, por su silencio, que preside con majestad, sostenida por enormes contrafuertes, la fábrica de la iglesia. A los pies de sus propios muros, un portalejo de entrada cuya antigua techumbre descansa sobre tres columnas que salen a la plaza. Más allá de las acacias hay hombres sentados al sol bajo una reja sobre el escalón de una sólida casona de labradores.
José Cortijo, el actual alcalde de Solanillos, se acercó a saludarme apenas bajé del coche. Con el alcalde como introductor en el ser y en el quehacer de la vida del pueblo, uno anda con la tranquilidad de de una contestación segura, de una opinión autorizada al tiempo de querer saber. El hablar con alcaldes, aquí como en Sebastopol, lleva siempre consigo cierto riesgo que conviene saber evitar, poderle despojar delicadamente de la cascarilla oficial que le da el cargo y van endureciendo las exigencias del municipio, e ir sacando a la luz, poco a poco, el hombre capaz, paternal y generalmente amable, de quien ha visto caer sobre sus hombros la responsabilidad de un pueblo, quien sabe si cargado de problemas.
- ¡Ah! Pues aquí también los hay. Si le empezara a contar no tendría fin la lista.
- ¿Queda mucha gente?
- Aún se mantiene. Somos unas ciento veinte personas. Claro que muchos se fueron a Madrid, a Guadalajara…
Estas cosas me las contaba el alcalde bajando por las callejuelas extramuros, dando cara ya a la vega del Pozo.
- Todo esto fueron fincas de azafrán. Ahora está perdido.
- ¿Qué río es el que pasa por la vega?
- Ninguno. Aunque está un poco en hondo, como el término está a bastante altura es secano, igual que lo demás.
La fuente de Solanillos tiene tres caras, un muro central de sillería envejecida por los inevitables efectos de la intemperie, y otro a cada lado haciendo ángulo con aquel. Dos hilillos de agua vierten día y noche en sendos pilones de piedra, que de seguir así acabarán por secarse. La fuente dieciochesca está situada en un descansillo leve de la ladera del Pozo. Es un lugar romántico, olvidado, en cuyo entorno quizá no falte la leyenda o el idilio de la época más legendaria e idílica de nuestra historia. Las hierbas que nadie pisa salen de entre las losas del pavimento favorecidas por la humedad.
- Creo que la fuente guarda alguna relación con Carlos III.
- Es que la debieron hacer por entonces. Antiguamente este camino de arriba se llamaba de Carlos III, que iba desde Brihuega hasta Trillo. Es el mismo que viene desde La Olmeda. Los mayores cuentan que en tiempos las mujeres que venían a lavar sacaban agua a los viajeros de los coches de caballos.
- ¿Siempre mana tan poca?
- No; mana poca porque no llueve. Hace años que viene cayendo menos, pero éste casi nada. Antiguamente el pueblo se servía de aquí.
Las cuevas miran hacia la puesta del sol en la costanilla del pozo. Las bodegas de la alcarria son las que durante siglos se encargaron de hacer y de conservar los buenos mostos de la tierra. Ahora lo corriente es importar la uva y pisar el vino en sus jaraíces, fermentarlo en garrafones de cristal, y almacenar durante varias cosechas el rico zumo en ese frescor perdurable de la cueva.
- Aquí todavía se gasta la uva del pueblo. Hay poca, pero la cosa aún da para el gasto.
- ¿Sale buen vino en el cristal?
- Hombre, en las tinajas de barro fermenta mejor, pero los que hacen poco emplean las garrafas. Total, para diez o quince arrobas, en estos cacharros va bien.
Entramos a probar el vino añejo a la primera bodega que encontramos abierta. Patricio y Cipriano Molina andaban en aquel momento de limpieza con los garrafones en plena fermentación.
- Acérquese. ¿No ve cómo se oye fermentar? Estamos limpiando los chorros de madre que arroja por la boca.
- ¿Cuánto hace que pusieron el mosto?
- El mismo día del Pilar. Aprovechamos el puente y…¡Hala! Cada vez que venimos nos vamos llevando un poco para el gasto.
En las mañanas de este veranillo sin fin, las gallinas cacarean aburridas buscando una sombra en la calle del Sol. La ermita de la Soledad se deja ver allá por las eras junto a la carretera de Henche. Solanillos tiene, aparte de la ermita de la Soledad, la de Santa Bárbara por el camino de Cifuentes. Las casillas del ganado sostienen sus paredones ásperos sobre la roca en la calle del Moral. En la Cruz Alta, el panorama nos muestra el Solanillos del confort y de las cómodas casas de recreo, el barrio alegre y veraniego de los fines de semana, con las bodegas subterráneas otra vez al alcance de la mano y los pequeños huertos de col en el hondo de las Carrasquillas. A nuestros pies se ven algunos agujeros extendidos por el suelo, cubiertos cada uno con su losa correspondiente de piedra plana.
. Por estos agujeros es por donde se echa la uva en las cuevas para pisar.
El poyo de la plaza es como siempre la sede de reuniones, donde los jubilados y gentes de paz se dan cita mañana y tarde seguramente que desde que el pueblo es pueblo.
- Sí, señor. En verano nos vamos a los poyos de las acacias, y por la tarde aquí. En este sitio nunca falta alguien, menos cuando nieva o a deshora, claro está.
- ¿Qué hace usted?
- Estoy atando escobas. A esto se le llama oreja de liebre. Antes las usábamos mucho para barrer en las eras. Es una planta que no se da en todas partes. Yo me acuerdo de ver a los de Cifuentes, Masegoso y toda esa parte, venir aquí a comprar.
Ajeno totalmente a la simpática tertulia de la plaza, hay un hombre que lee ensimismado leyendo una novela del oeste. Se llama Faustino, don Faustino García, y lleva sobre sus carnes cansadas una de las historias más curiosas de toda la Alcarria.
- ¿Qué lee el hombre?
- Lo de siempre: los pistoleros. Menos el tiempo de dormir me paso todo el día leyendo. Una novela diaria, y a veces dos
- ¿De donde saca tanto material?
- Me las trae un nieto de Madrid en cajones, y cuando las leo las cambia otra vez.
- ¿Es usted de aquí?
- No señor; yo soy de Ruguilla. El pueblo de la miel y de los intelectuales. Sí señor.
- ¡Ah, claro!
- A ver. ¿De dónde era don Francisco Layna? ¿Y don Juan Francisco Yela? ¿Y don Galo Recuero? ¿Y don Manuel Serrano Sanz…? Sí hombre, es que el agua de las higueras es muy buena para el entendimiento. Yo en cambio, mire, he sido herrero toda la vida.
-¿Y cómo ahora le da por leer tanto?
- Qué se yo. Fui a la escuela hasta los ocho años. Después me pusieron de zagal de perro con un pastor muy viejo, y ya entonces me leía todos los papeles que encontraba por el suelo. Luego ya me fui a París.
- No me diga.
- sí hombre, me fui a los dieciocho años. Trabajé en la Rue Trousau, a cuatro pasos de la Bastilla. Hasta que aprendí el francés lo pasé muy mal. Después me vine otra vez a hacer la mili, me eché aquí una novia de mentirijillas, y aún me dura. Por ahí dentro anda.
- Pues mire qué bien. Que le dure mucho.
Ya he perdido la memoria. La perdí cuando la guerra. Con la lectura me entretengo ¿sabe? Estos del poyo hablan, y yo a lo mío. Si hubiera una riña aquí en la plaza, a mí que no me pregunten, que no me entero.
La zona, apartada un poco de los caminos habituales por los que hasta hoy habían venido transcurriendo mis andanzas guadalajareñas, era para mí algo novedoso. Creo modestamente que por no estar enclavado en las rutas turísticas ni literarias de la Alcarria, Solanillos del Extremo es un pueblo a medias por descubrir, un pueblo virgen, donde uno se encontró a gusto sin reserva alguna; un lugarcillo entrañable donde encontró conversación amena y amistad suficiente como para salir de allí, con la sonrisa a flor de labios y con alegría, con una alegría íntima, callada, como perdida en los últimos rinconcillos del corazón.

(N.A. Noviembre, 1981)