domingo, 15 de noviembre de 2009

TORRE DEL BURGO


Tan alarmantemente seco como lo fue en otra hora, el tiempo atmosférico nos ha sorprendido con un turbión de agua helada cuando estamos ascendiendo la empinada costanilla por la que se llega a Torre del Burgo. Acabamos de dejar atrás la carretera de Soria. Desde el solitario mirador donde se remoja un tronco que a la gente sirve de asiento una vez terminada la cuesta, apenas si es posible distinguir, malamente, las formas geométricas del Cerro de Hita, y la Muela, y el Colmillo de Alarilla en un segundo plano. Más allá quedan, ocultos tras la cortina gris de la mañana, los picos de la Sierra, aquellos que en circunstancias más favorables se dejarían reconocer desde aquí como vaporosos nubarrones de un azul montuno, dibujando en la lejanía las líneas caprichosas de la Sierra.
Bajo la lluvia fina del fin de semana el pueblo se adormece al ritmo que le marcan las canales. Las calles se ven atajadas a trechos por vallas de hierro en las esquinas, salvaguarda del reciente arreglo del pavimento. En la plaza de arriba la iglesia parroquial, al viento de poniente su airosa espadaña, cierra los confines del pueblo habitado dando larga vista a las tierras marrones, empapadas como sopas, del Vallejo. Contemplo el panorama invernal de los campos desde el interior de mi vehículo en marcha. Almacenes graneros en los alrededores, eras vacantes que son reposo temporero de maquinarias agrícolas en paro; el cementerio detrás apuntando con su solitario ciprés la línea recta que coincide allá lejos con la torre de Cañizar.
Torre del Burgo es pueblo de original asiento en lo alto de una loma que mira hacia el valle del Badiel; de casas blancas y de otras muy antiguas de color tierra, al que precede y sirve de peana el alegre barrio de la carretera, donde es preciso bajar y luego subir haciendo un esfuerzo.
- Pues eso que dice usted, como si fuera otro barrio, pero son para el caso cuatro vecinos los que viven allí.
El pueblo es subsidiario de Hita según la historia, el verdadero burgo al que se refiere su nombre, siempre al alcance de los ojos bordeando la falda de su cerro vega arriba. En la otra plaza, en la de abajo, está el ayuntamiento, versión puesta al día de un caserón antiguo, con una interesante arcada de piedra vista y un balcón corrido que cubre casi en su longitud total el frente del edificio. Sobre la pared hay colgada una especie de vitrina con papeles escritos, en el que se informa al público acerca de los asuntos municipales de interés general para el vecindario. La población actual de Torre del Burgo, según saqué en consecuencia, debe rondar muy de cerca la redonda cifra de las cien personas.
- Treinta casas abiertas de continuo escasamente. No hay más.
En el centro de la plaza hay una farola con cuatro brazos colocada encima de un monolito, en cuyo pie se ve un grifo cerrado y un diminuto piloncillo sin más agua en su interior que la que mansamente le va cayendo del cielo.
- Señora, por favor. ¿Dónde vive el señor alcalde?
- Abajo, en las casas de la carretera. No tiene pierde. En frente del herrero. Una casa que tiene como dos ranas de piedra muy grandes en la puerta.
Al bajar la pendiente se ve por encima de los olmos desnudos el turbio espectáculo de las tierras de labrantío de al otro lado de la carretera, surcadas por hileras de olivos hacia la hondonada de Alarilla, campo, como bien conocido es, de experimentación para los hombres-pájaro, aquellos solitarios del aire que juegan, cuando el cielo es azul, a mirar las alcarrias desde la altura, lo mismo que las águilas, a la sombra de su alerón de tela de colores. Aquí la carretera, los chalés, la ermita de la Fuente Santa, y un enorme caserón de piedra en obras que siempre he conocido sin acabar.
La señora del alcalde me dice que su marido no está en el pueblo, pero que si lo que deseo es ver la ermita me dejará las llaves una señora que vive frente a su casa, al cruzar la carretera.
Es un hombre amigable y con deseos de agradar el que ahora me acompaña. Se llama Ángel Abad, y me ha dicho que no tiene otra cosa que hacer, que a él le gusta y a su señora también llevar a la gente a ver la ermita.
- Vienen muchos. Cuando llega la fiesta de Sopetrán se llena el pueblo de gente.
- ¿Y esa casona en obras, que siempre está igual?
- No sé. Era un convento. Yo creo que querían dejarlo para cosa benéfica de los niños de San Rafael. Lo que hay por debajo era un hostal, por dentro es precioso.
- ¿Quién vive allí?
- Nadie. Lo hizo un señor muy mayor que se llama don Pablo Salvador. Ha sido uno de los mejores arquitectos que se conocen. El hombre tiene ya más de ochenta años y casi no viene.
Al poco de cruzar el puentecillo sobre el Badiel en la carretera de Humanes, hay antes de llegar a la ermita una fuentecilla moderna con escultura de niño, que según mi acompañante tiene un agua privilegiada y muy meritoria.
- No apetece mucho con el frío, pero beba toda la que quiera. Este chorro sale de doscientos cincuenta metros de profundidad. No la encontrará mejor.
- ¿Cómo es posible?
- Pues resulta, que aquí estuvieron haciendo sondeos para ver si sacaban uranio y no debió salir, pero ya ve que fuente nos dejaron; es divina, se llevan agua de aquí a todas partes; hay quien no bebe otra cosa. Ya pueden ser los garbanzos duros y malos, que no se preocupe, si se cuecen con esta agua se le deshacen. Para la cosa del riñón dicen que va muy bien.
Estando junto a la fuente se acerco hasta nosotros doña Carmen Sánchez, la señora del alcalde, quien después me acompañaría por torre del Burgo hasta que salí de allí.
- Toda esta parte de abajo es muy bonita en verano. Ahora no. La Virgen de Sopetrán la tenemos en la iglesia. La que hay aquí es una milagrosa que se puso en su lugar.
La ermita de la Fuente Santa no es grande. Se levantó a mediados del siglo XVI, acogiendo en su interior el pozo donde cuenta la tradición que en los años mil la Virgen María bautizó con sus propias manos al infante moro Ali Maimón, poniéndole el nombre de Pedro o Petrán. En su exterior destacan los maravillosos ventanales tabicados gotico-renacentistas, y los contrafuertes que dan fuerza a las esquinas. Se pasa a la ermita bajando unos escalones sobre los que se abrió en su día la puerta de entrada. En el interior hay exvotos y algunos escritos colgados por las paredes, una imagen de la Virgen en su hornacina, y en el centro el pozo vallado con reja al que se puede bajar por cinco escalones que acaban en la superficie del agua, donde es costumbre bañar a los niños que padecen hernia u otro tipo de dolencias de similar índole.
Enmarcado sobre el muro del fondo hay un escrito que recuerda al visitante el hecho sobrenatural, ya referido, del bautismo del moro Maimón, al que sigue el no menos milagros acontecer ocurrido con el vecino de Torre del Burgo don Venancio Ángel Jiménez del Río, el cual se vio libre de un tumor canceroso vuelto a reproducir después de haber bebido agua de la Fuente Santa el 31 de marzo de 1961, que le subió su hijo tras informarle de lo incurable de su mal y hacerle la siguiente reflexión: “Bebe padre, que es la única que te puede curar”. El enfermo volvió al cirujano dos años, el 21 de diciembre de 1963, cuando aquel había olvidado su caso dándolo por difunto: “Esto es caso único. Está usted curado”. Entre una y otra fecha todo un proceso inexplicable que solo comprende él, don Venancio, enfermo ahora de gravedad en su casa de la plaza, pero no por el mal del que le libró la Señora, sino por sus noventa años cumplidos que a nadie perdonan.
- Está muy mal el pobre. No sé si podrá usted hablar con él. Mientras pudo estuvo bajando a diario a dar gracias.
- ¿Hay algún día concreto para bañar a los niños?
- Sí; se hace el día 7 de septiembre por la tarde y el 8 por la mañana, que es el día de la fiesta.
Don Ángel Abad se quedó en su casa junto a la carretera, y fue doña Carmen la que subió conmigo al pueblo para que viese las obras de la iglesia, recontraída después del hundimiento de la cubierta del presbiterio en la noche del 14 de diciembre de 1982.
- No quedó nada. Los santos rotos, el retablo se hizo pedazos, el artesonado deshecho… Sólo se salvó la Virgen de Sopetrán, que la teníamos aquí en la sacristía. La han restauraron hace poco y ha quedado muy bien.
Tienen a la imagen cubierta toda ella con una sábana blanca en espera de que las obras concluyan y pueda ocupar otra vez su puesto en sitio preferente por detrás del altar. Es una talla policroma de singular belleza y de factura relativamente reciente, si bien, la devoción a la imagen en toda la comarca es más de centenaria.
- Claro, es que la antigua despareció cuando la guerra. Esta la sacaron de una fotografía, y es casi igual.
A la salida, siempre como fondo las tierras mojadas de la Alcarria Alta, ha vuelto a insistir la precipitación. Con doña Carmen, y con Enrique, el muchacho que vino con la llave, regresé aprisa hasta la segunda plaza, la del ayuntamiento, sin encontrar una sola alma por las calles. En la esquina me ladra tímido un perro antes de salir, mientras que la lluvia fina hace brillar los barrotes de las rejas por toda la plaza. Torre del Burgo es pueblo de pródiga y hermosa rejería.

(N.A. Enero, 1984)