viernes, 6 de noviembre de 2009

TAMAJÓN


Para llegar al pueblo hay que echar, por carreteras mediocres, una hora de camino desde la capital de provincia. Siempre en dirección norte, y antes de adentrarse en las primeras estribaciones serias de la sierra, aparece Tamajón, reposando en la solana al pie de los cerros de Valdelapuerta. No corresponde la antigua villa a lo que en alguna otra ocasión hayamos podido considerar como imperio gris de la piedra de pizarra, no; en Tamajón, las viviendas se hicieron de acuerdo con la arquitectura rústica de los grandes pueblos de Castilla, pero más rús­tica en esta ocasión y más señorial.
Forman el pueblo tres calles, que entrecruzadas por pequeñas trave­sías, se estiran con dirección a la iglesia que aparece en las orillas, a caballo de un ligero altozano. En la calle del Medio, junto a la plazo­leta de los soportales, se apean de un autocar seis montañeros, recobran ánimos en una taberna próxima y, mochila al hombro, parten camino de la sierra.
El interior del palacio mendocino está hueco y crece la maleza entre los escombros y los trozos de columna que debieron sobrar después de la reconstrucción. La fachada renacentista se ha vuelto a levantar apro­vechando los mismos sillares y formas del anterior, pero con distribución diferente. En lugar destacado del muro, como un gran medallón de piedra, el escudo de los Mendoza.
-¿Usted qué cree? ¿Que esto se verá hecho alguna vez?
Aquel señor de la boina, que sostenía con cierta habilidad el ciga­rrillo en la boca mientras hablaba, me contó que era intención del pue­blo hacer su ayuntamiento aprovechando el frontal del palacio, pero que ya se podía mover el alcalde o el pueblo se iba abajo.
-Ya estamos sin cuartel; cuando se empeñen, estaremos sin escue­la, y así, a seguir tirando ¿Qué le parece?
El alcalde de Tamajón es un hombre que, a poco que se le trate, se le ve activo, inteligente y muy cordial. Si el preocuparse con exceso de su pueblo fuera un vicio, tal defecto lo acusa Manuel Esteban de la Morena; si no lo es, uno piensa que a Tamajón le esperan días de luz a la sombra de su joven alcalde.
-Yo no sé exactamente el origen de este pueblo; lo que sí consta es que aquí estuvo enclavada la ciudad de Tamalla, serían los primeros siglos de nuestra Era; luego fue Tamallón y, después, Tamajón. Debió ser una gran ciudad con mucha vida en aquel entonces. Existen ruinas de un convento y de una fábrica de cristal procedentes de época poste­rior a la antigua Tamalla. La fábrica de cristal cayó luego en la pica­resca y comenzó a tirar en sus sótanos moneda falsa, y ésa, con alguna otra más, sería la causa de que el rey Felipe II decidiera al final que no se construyese aquí lo que hoy es El Escorial, pues en principio parece ser que estaba previsto construir aquí el real monasterio.
-Y de la antigua Tamalla, ¿se sabe algo?
-No. Tan sólo queda escrita en alguna parte la anécdota de que en aquellos tiempos hubo un concurso de belleza entre mujeres de aquí y otras de Granada. Ganaron nuestras jóvenes, tanto por su belleza como por las joyas que lucían; unas joyas hechas aquí con piedras y metales preciosos del Arroyo de las Damas, que pasa junto al pueblo. En Tamajón viven hoy unas trescientas personas que se dedican a los trabajos del campo, a la ganadería y al peonaje. Cuenta la villa con panadería, farmacia, un supermercado y una tienda, de donde se suelen abastecer los pueblos de la comarca. Hay médico y una escuela mixta.
-Las obras han hecho durante los últimos años que la agricultura vaya a menos, y eso, a mi entender, ha sido perjudicial para el pueblo. La gente prefiere el jornal a los trabajos del campo.
-¿Cuáles son, actualmente, los grandes problemas del municipio?
-Hay problemas de todo tipo, pero uno de ellos puede ser el que vuelva al pueblo la Guardia Civil; en esto estamos todos de acuerdo. Tamajón quiere a los guardias y desea tenerlos aquí como amigos y convecinos, no como enemigos que vienen de vez en cuando a vigilar. El problema de los guardias no lo dejaremos hasta conseguir que vuel­van. Otra noble aspiración es la de restaurar todo lo nuestro, en espe­cial el palacio mendocino para instalación del ayuntamiento, y, luego, la iglesia. Nuestra iglesia, aunque parece bien conservada, puede irse abajo cualquier día por falta de seguridad en los cimientos, pues cuan­do la guerra se utilizó como refugio y está minado todo el suelo. Siempre al lado de Manuel Esteban, fui recorriendo las calles del pueblo. Me habló de las morcillas de Tamajón como bocado exquisito y de la inauguración todavía reciente del Centro Médico, un deseado servicio para los vecinos que ya es realidad. En una esquina de las úl­timas casas conocí al señor Fidel, que dentro de un mes cumple los 91 y aún se encuentra con fuerzas para subir a la cima del Ocejón.
- Yo, si usted quiere, empezamos ahora mismo, que, a mis despa­cios, claro que llego.
-¿Cómo era Tamajón hace ochenta años?
- ¡Anda!, pues cuando yo era chico se pasaba mucha hambre. Un año llevaron de casa en casa un hueso de carne de cerdo para que lo tuvieran diez minutos cociendo en cada puchero. Se llamaba el hueso sustanciero. A mí, de chico, me obligó a pedir, y ya de mayor me metí a molinero y con eso he seguido siempre.
-¿Qué costumbres recuerda usted, señor Fidel?
-Yo recuerdo las rondas de mozos de antes. Aquí se juntaban algunas noches doce o quince instrumentos de cuerda por las calles y, luego, todos a beber en la taberna. Muchos se marchaban sin pagar porque no tenían, y nos alumbrábamos con varas de gamones que se tostaban entre la ceniza de la lumbre y luego servían para lucir.
-¿Prefiere usted la vida de ahora?
-Ahora se vive mejor y todo el mundo tiene para comer. Yo me acuerdo que antes tenían las mujeres con una libra de aceite para diez días y, cuando se terminaba, ponían el cacharro a calentar para que gotease. ¡Ya ve usted cómo andaban las cosas!
Las fiestas de Tamajón fueron siempre el segundo domingo de sep­tiembre, pero por conveniencia y acuerdo de los vecinos se trasladó al tercer domingo del mes de agosto. No obstante, la romería de la Virgen se sigue haciendo en la primera fecha.
-La romería es para los hijos de Tamajón y para muchos de los pueblos cercanos un acontecimiento. La pradera se pone a tope y la gente disfruta ese día. Si le parece, nos podemos acercar en un mo­mento hasta la ermita.
Por el camino, que en coche no es más de tres minutos, el alcalde me contó que las puertas de la ermita están siempre abiertas de par en par, y toda una serie de leyendas en torno que él asegura como ve­rídicas.
-Sí, sí. Quien ha intentado dejarse las puertas cerradas ha tenido que volver a abrirlas. Dicen que una fuerza extraña les impide andar un paso y no hay más remedio que hacerlo así. Ningún hijo de Tama­jón ni nadie que sepamos las ha cerrado nunca, a no ser quedándose allí sin marcharse.
-Pero eso se prestará al robo, ¿no?
-Sí. El cura dice que de vez en cuando roban el cepillo, pero eso no es lo que nos preocupa, ni lo que nos duele. Lo peor es que los cuatro desaprensivos que también andan por aquí, como por todas partes, ellos y ellas, han hecho de la ermita su dormitorio. Algunas ma­ñanas, cuando el cura se va a decir misa a los pueblos de la sierra, se le ha ocurrido entrar y ha visto una o dos parejas, les dice buenos días y se va, claro, por miedo.
-¿Y qué piensan hacer?
-Sí, hay que hacer algo; a esto hay que darle una solución urgente. En Tamajón no estamos dispuestos a que se siga profanando el santuario de nuestra Patrona. Vamos a poner una verja interior, de manera que se pueda ver a la Virgen sin entrar dentro y fijar las puertas para que tampoco se puedan cerrar, pues todos estos huéspedes, naturalmente, las cierran de noche para que no les pase el frío.
La hornacina donde se encuentra la bella imagen de la Madre de Dios sobre un enebro; la ermita grande y evocadora con sus puertas siempre abiertas a la oración y al silencio de los fieles; la brisa pura de la pradera plagada de arbustos, son datos que siempre permanecen frescos en la memoria de quien descubre aquello sin esperarlo. Al re­greso de Tamajón, cualquiera que vaya, volverá, estoy seguro, con un balance positivo de recuerdos que, no sé por qué, no son sino un nuevo proyecto de visita en la mente de cada uno.

(N.A. Marzo, 1980)