sábado, 28 de noviembre de 2009

UTANDE


Volver de nuevo a la vega del Badiel es siempre un motivo de sa­tisfacción que debe celebrarse. El panorama que aquel valle ofrece desde los primeros virajes del camino en lo alto del cerro Carrame­dio, es de los espectáculos más agradables a los ojos con los que uno se ha podido encontrar en sus tres años de correrías sin interrupción por las tierras de Guadalajara. Río abajo se vienen sucediendo los pequeños grupos urbanos en mitad de la hondonada que dejaron, entre unas y otras, las altiplanicies de las dos Alcarrias. Montoncillos de viviendas sedimentarias parecen anonadarse ante la presencia in­gente de laderas marcadas de regatos, de cárcavas que las aguas de muchos siglos fueron arañando en las paredes de las tierras vecinas: Valdearenas, el de los olivares, perdido entre la bruma de la maña­na; Muduex, espectacular al fondo de la hoya, deja contar a vista de águila cada una de sus seis plazuelas detrás del chapitel pira­midal de su iglesia; y Utande, la vieja Villa desconocida para mi, desde la que parece que se abre la vega.
Hay un pastor a la orilla de la carretera. El pastor tiene todo el peso de su cuerpo apoyado sobre una vara recia de madera de olivo. Las ovejas carean mientras tanto entre la broza seca de la ribera y bajan a beber en las aguas del regato.
- Buenos días. Oiga: ¿por donde se entra al pueblo?
- ¿A Utande? Eso es muy fácil. Siga usted un poco más y coja un ramal que sale a la derecha.
El pueblo se nos muestra a caballo de una loma rodeada de maci­zas elevaciones; cerros limpios, surcados por tiras horizontales que hicieron las máquinas de la repoblación. Los campos oscuros, alternando con las hazas de rastrojera sin levantar, ocupan las tierras bajas de la vega por donde discurre casi seco el río Badiel.
A Utande se entra por un camino estrecho y poco cuidado que pasa lamiendo los muros de una viaja casona, de la que sólo quedan los ojos de algún ventanuco por el que se cuela el azul puro de la mañana, y un balcón de forja agarrado a las piedras, todo un símbolo, desde el que a buen seguro los hombres y las mujeres que en su día ocupasen la ruinosa mansión, hubieron de sentir el olor y la fres­cura de las huertas, y contemplar -paradisíaca visión cada tarde- el divino espectáculo de las puestas del sol valle arriba.
- Quedamos ya muy pocas personas. Algunos vienen para el fin de semana; pero se ha ido ya mucha gente.
- ¿De qué se vive aquí?
- Del campo. A ver de qué, si no. Pero este año, nada. No ve que no llueve. A estas alturas sin sembrar siquiera, y los que han sembrado algo, para qué.
- ¿Cómo llaman a ese cerro?
- A ese le decimos La Rastra. El de enfrente es La Raya.
La mujer estaba echando un vistazo hasta la Huerta Grande por el callejón que sale desde su casa en la Plazuela de D. Pedro. Doña Aurora me hablaba con preocupación del tremendo problema de la se­quía.
- El río baja que da pena, y las huertas ya ve usted.
Utande es un pueblecito de labradores, pequeño, donde los vie­jos tienen reservados sus asientos de piedra al abrigo de la solana. Los asientos de la solana son en los pueblos casi siempre testigos mudos de las mismas conversaciones, de similares inquietudes, depósitos sempiternos de soledad compartida al margen de la vida que corre desbocada para terminar allí al fin y a la postre.
- Ahora le llamamos la Solana de la Mina, pero yo me acuerdo que antes le decían del Tío Ramonías. Eso cuando yo era chico, que ya venían aquí los viejos a tomar el sol.
El Tío Luis y el Tío Mateo tienen media historia de su vida en común. Cuando el tiempo lo permite, los dos suelen frecuentar la solana de la Mina; los dos sirvieron en África el año del desastre, y los dos -solo es suposición-, deben andar hablando de tú a este si­glo decadente, aunque, mirándolo bien, yo apostaría por el Tío Luis si hubiera que sacar a primera vista al más joven de mis amigos.
- Y se equivocaba usted. El Mateo va con el siglo, pero yo soy de un año antes. No se crea que somos de ayer. Que le cuente de cuando lo de África, en el veintidós, que eso es muy divertido.
- Sí hombre. Lo pasamos muy mal. Nos cogió allí el desastre del Barranco del Lobo y todo aquello. Más de tres años nos chupamos de mili. Yo fumaba igual que los moros, y me gustaba mucho el té moru­no. Sí, hombre. Ya no lo he vuelto a probar más.
Nos sorprendió en plena conversación el claxon insistente de la furgoneta del panadero. El pan de Jadraque llega hasta Utande tres días por semana. Cuando viene el panadero, el pueblo se tira a la calle en cuestión de segundos.
- Bueno amigo, lo primero es lo primero. Que usted lo pase bien. Qué remedio; habrá que ir a por el pan.
En la plaza me ladra un perrillo que sale dispa­rado por la puerta de la taberna. El perrucho se tranquiliza al fin y vuelve a enfadarse, ahora con el reloj municipal que da las doce del medio día desde el artístico carillón en que está instalado so­bre la fachada principal del ayuntamiento. Utande tiene una plaza cuadrada, muy bonita, con su olmo y su fuente redonda, como deben ser las plazas. Junto a la vivienda antañona y medio carcomida con ar­co de piedra vieja, se ven las casas encaladas de factura reciente. La plaza está vacía. Sopla un vientecillo fresco que abre en abani­co el chorro de la fuente antes de caer al estanque.
Con la gentileza de sus pocos años, unos muchachos de Utande me acompañaron por las calles del pueblo. Jesús Lamparero y su amigo Luis no viven en realidad en el lugar de origen de su familia habi­tualmente. Eso sí, uno y otro son incondicionales del fin de semana y, de hecho, deben contarse entre la juventud activa como unos más.
- Yo vivo en Guadalajara y éste en Madrid; pero venimos todas las semanas. Somos también del grupo de danzantes.
Preferí tocar el tema con los hombres que tomaban el sol en un rinconcito pintoresco, muy acogedor, bajo una pared desde donde se domina en el hoyo la Huerta Grande, y se ve, recortado en el horizonte sobre una colina, el pueblo de Gajanejos, allí por tierras que dan a la carretera general.
- Sí señor. Aquí hemos tenido danzantes toda la vida. Bailan el día de San Acacio, el 22 de junio. Lo que pasa es que, como ensayan po­co, no puede ser. ¿No ha oído usted hablar de San Acacio?
- No señor, ya ve. Nunca.
- Era general romano, y luego fue mártir. Se le apareció un án­gel una vez. Por eso va un ángel con los danzantes.
- ¿Ah, sí?
- Y un demonio, y el Gracioso, y ocho danzantes, así con trajes de colores y pañuelos y cintas. Van muy bien. Una vez ganaron un premio en Guadalajara. Todos estos mocetes son danzantes. Ahora, yo creo que a estos se les dan mejor los cubalibres que los paludillos.
- ¿Qué son los paludillos?
- Eso es lo que se canta aquí cuando los danzantes:

Los paludillos son,
los paludillos madre,
los paludillos son,
que vuelan por el aire .

La tertulia con el señor Mariano, el señor Alfonso y el señor Diego, fue simultánea y un poco informal, recibiendo en el poyo la luz fuerte de un sol sin calor que en Utande tiene su sede al medio día encima mismo del Cerro de La Rastra. La ribera del Badiel, esté­ril, aletargada, olvidada en manos de los cuatro viejos del lugar que, cuando pueden, más por nostalgia que por fuerza, bajan a tra­bajar en ratos perdidos cuando el buen tiempo.
- Así es. Ahora los viejos nos encargamos de ellas. Ya ve usted lo que podremos hacer entre todos. Los jóvenes al tractor, que es más rentable y más cómodo.
Utande, sólo allí, preservado por la propia naturaleza de los influjos más directos del mundanal ruido, es como un cofrecito sin profanar de antiguas reminiscencias. Ya de regreso, uno se esfuer­za sin conseguirlo por hilvanar los versos que le acaban de decir sus amigos del pueblo, y que corresponden, parece ser, al diálogo del Gracioso con los danzantes el día de la función. Un aconteci­miento popular esperado con la devoción y con el cariño de los viejos ritos, sacado a la luz desde la entraña de su propia raza con música de laudes y sonar de palillos a los pies de la imagen del mártir San Acacio en tiempo inmemorial. Sírvanos como despedida y como homenaje también a este Utande que yo he conocido, hospitalario y abierto.

Bendito sea el Señor
Y aquí, este noble auditorio,
Dios quiera que no se mezcle
con nosotros el Demonio.
Porque quiero daros hoy
un gran enorme festejo,
y llenar bien la barriga
de perdices y conejos,
en tanto que van llegando
toditos mis compañeros.
Yo me iré echando un traguito
y a dormir, que tengo sueño.


(N.A. Enero, 1982)