martes, 24 de noviembre de 2009

TRAID


Pasadas tres horas de viaje sin descanso desde la capital, los pinares de Terzaga se suavizan en recogida vega al cruzar por Pi­nilla. Vuelven de pronto los ribazos adustos de chaparral y sabi­na para dar vista no muy tarde al pueblo de Traid; un lugar donde manda la fragosidad y las tierras vírgenes.
El viajero, que salió de su casa con las primeras luces, se encuentra con que llegó a su destino demasiado pronto. El sol inunda con una inmensa calma los bajos molineses. Queda el pueblo como hundi­do en un repliegue. Al pasar por una de las primeras calles me sa­le al encuentro una señora muy dispuesta y me dice que si soy yo por casualidad el médico. Le digo que no y continúo calle abajo buscando una sombra para dejar el coche.
He hallado cobijo al pie de una olma maternal donde caigo muy a gusto. Desde mi butacón de cemento a la sombra de la olma se ven los tejados marrones de las casas en las orillas, el chato campanario de la torre y un cabezo peñascoso por detrás en cuya cima abre sus brazos a los cuatro vientos una cruz de palo. Los vencejos bu­llen en singular algarabía por encima de las viviendas extramu­ros. Un gallo canta en la barda de un corral próximo y el reloj municipal da las diez a nuestra espalda.
- Perdone que le haya interrumpido antes. Es que avisé al médico que viene de otro pueblo y lo estamos esperando aún.
La señora pasa con una cesta en la mano hacia la Plaza del Frontón, donde hace unos instantes plantó sus reales un frutero ambu­lante. La mujer se explica con un marcado acento valenciano.
- Por lo que oigo, usted no es de aquí, señora.
- Soy valenciana, señor; de Manises, la ciudad de la cerámica. Mi marido es de aquí. Está jubilado y nos venimos todos los años desde abril hasta noviembre.
- Pues es una lástima que no esté su marido para que se hubiera venido conmigo a dar una vuelta por el pueblo.
- También le hubiera gustado a él, ya lo creo. Es medio poeta y muy aficionado a la caza; se llama Zoilo Usero. Bien tempranito se levantó y se fue a tapar cabos de zorra.
- ¿Y eso qué es?
- Pues tapan las bocas, y las crías que están dentro se mueren. Son unos bichos muy dañinos.
Lo que me acababa de decir doña Mercedes fue sólo un avance de lo que luego descubrí. En Traid, amigo lector, donde la gente todavía ríe, son los hombres poetas y cazadores de pura casta.
- Pero no se preocupe. Si no tiene quién le acompañe, yo le pre­paro uno en seguida, el más mozo del pueblo. ¡Santiago..!
Y apareció Santiago, el Borlilla, al sol mañanero de una esqui­na en la Plaza de la Fuente. Es un hombre de corta estatura, de largo humor como la gente sana, alguacil, setentón y soltero.
- Bueno, pues si no tiene inconveniente y se quiere venir con­migo seguro que haremos buenas migas.
- Sí señor; lo que usted quiera. Si yo no tengo otra cosa que hacer.
- Buen pueblo debió de ser éste, ¿no?
- Bueno. Aquí hubo siempre gente muy lista y muy famosa. El más tonto del pueblo es el que ahora va con usted.
- ¡No me diga! Pues no lo parece.
- Sí le digo, sí. Aquí mismamente vivió un señor que se llamaba el tío Pablo Lorente Samper, El Romo, que un día le habló la zorra Aquel señor hacía poesías y todo. Si nos veía hablar a usted y a mí, enseguida hacía una poesía, pero sin pensarlo. Era muy listo.
- ¿Y qué le dijo la zorra?
- Le dijo:

Cuando se muera el Tío Pablo
gran fiesta celebraremos,
zorros, garduñas y gatos,
águilas, buhos y cuervos,
y la señora urraca
que también la invitaremos.

- Pues qué mal lo quería, ¿no le parece?
- Muy mal. ¿No ve que se pasaba la vida cazando? Luego le contes­tó él.
- ¿Ah, sí?
- Hombre, claro, y le puso la cosa fea:

Te estás burlando de mí
porque soy un bisabuelo,
mas no debes de olvidar
que tengo escopeta y perro.

- ¿Usted conoció a ese señor?
- ¿Cómo no lo voy a conocer? Aquel chalé negro es de un nieto suyo.
Por las afueras del Picorzo está la ermita de la Soledad. Como escalón de entrada hay una lápida sepulcral de un cura que murió en ­1875. Dentro se ven por el ventanillo unas cuantas imágenes con la de la Virgen vestida de negro en el retablo frontal.
A la vuelta, subiendo la leve costanilla que nos devolverá hasta al pueblo, vemos en el lleco de La Llanilla una mula negra que mordis­quea aburrida la hierba de los baldíos.
- Aquí estaba la plaza donde antiguamente se metían las vacas y luego se toreaban, una por una, en el trinquete. El mozo más valiente se tiraba a ella con un saco de paja delante, hasta que conseguía sujetarla de los cuernos.
-¿Vacas bravas?
- Eran vacas del campo, pero algunas arremetían bien. Las hacían bravas aunque no quisieran.
-¿Qué tal se vive en Traid, Santiago?
- Aquí lo que más da es el campo. Un buen oruga que preparara la tierra, sería lo mejor.
Pero uno de los motivos que me llevaron a Traid fue el conocer in situ el famoso cuadro de San Francisco que, según la tradición, sudó abundantemente el día en que los austriacos entraron en Molina, el l de noviembre de 1705, y cuyo documento de fidelidad relacionado con el hecho, parece ser que se encuentra, o al menos lo estuvo antes, en la Biblioteca Nacional. Pues bien, la cosa fue sencilla, pero no tan­to como yo creí, puesto que encontrar en Traid la llave de la igle­sia lleva implícito buscar de acá para allá, de casa en casa, hasta que por fin aparece. Toda aquella operación de búsqueda fue la causa por la que después tuve ocasión de conocer a dos señoras que luego nos acompañaron con absoluto desinterés: doña Sagrario, simpatiquísima, que es la esposa de Domiciano Usero, el alcalde, y doña. María San­tos, sacristana y con un envidiable buen humor. Santiago, el Borlilla, puntualizó.
- A la María, nada de señora, es señorita.
- Ah, pues mira qué bien. ¿Y qué hacen los dos, solterones así?
- No, eso no puede ser. Ese es mucho más viejo que yo.
Antes de entrar en la iglesia., los cuatro que formábamos la comitiva nos colocamos en el minador que tiene al respaldo para ver, con toda la diafanidad de la mañana, el grandioso espectáculo de la Ve­ga.
- ¿Cómo le llaman ustedes..?
-Aquí se le dice El Valle. El camino que va por mitad es el del pueblo de Otillas.
- Y los cerros de allá arribuchas -dice Santiago- son los de Hombrados y toda esa parte.
- Lo que resulta curioso es el peñasco que tenemos detrás.
- Pues sí. Si se sube a él verá unas vistas mejores aún.
En un sillar de la esquina me enseñan la fecha grabada en que se supone se acabó la construcción de la iglesia. Dice: 1714.
- La verdadera fiesta de Traid es el 17 de septiembre,”La impre­sión de las llagas de San Francisco”, aunque ahora se celebra el 12 de agosto. El 14 nos comemos los toros, por aquí donde estamos ahora.
La iglesia en su exterior, aparte de la garbosa espadaña y el romántico atrio que precede a la puerta de entrada, no tiene demasia­do interés. La verja del camposanto la tenemos al fondo en el mismo atrio, orlada por la inscripción "Lo que hoy soy yo, mañana serás tú". A su través refulgen las cruces blancas y los lirios, solita­rios y fríos igual que la muerte, al pie del peñón del Castillo.
Por dentro tiene el templo, si no valor material por cuanto a lo que podemos ver, sí originalidad y riqueza evocadora. Se completa con una nave central y dos capillas, una a cada lado del crucero. Sagrario, Santiago y María, quieren contarme a la vez la historia de una imagen de San Isidro que hay colocada sobre la repisa de un retablo en la capilla de la derecha.
- Antiguamente no se celebraba en el pueblo, pero hizo un milagro el día quince de mayo de no sé que año, y desde entonces se celebra.
- Resulta que había un albañil en una obra y estaba comentando con los otros por qué no se celebraría en Traid San Isidro.
- La cosa es que se desplomó la obra y a ninguno le pasó nada. Entonces, uno de ellos que se llamaba Miguel Sabio y era un poco car­pintero, hizo ese santo y desde entonces es fiesta.
El famoso cuadro de San Francisco, al que ya nos hemos referido, está en la capilla del lado opuesto, guardada por una fuerte reja y en cuyo retablo de un cargadísimo barroco, se puede ver como único motivo el milagroso lienzo, en el que está representado el santo de Asís orando de rodillas delante de una cruz, de un libro y de una cala­vera, mientras que la llaga del costado le traspasa con asombrosa crudeza las ropas del hábito. Las medidas aproximadas pueden ser de un metro de base por uno y medio de alto.
- Dicen que ha sudado en dos ocasiones, por lo menos. Si se fija bien, se nota como si la pintura hubiese estado mojada.
- Lo importante, creo yo no es que sudase o dejara de sudar, sino que Traid tiene un buen intercesor y no deben desaprovecharlo. Así que, amigo Santiago, todos los días a rezarle un poquito a San Francisco, ya lo sabe.
Mi amigo se ruborizó. No esperaba que el forastero le iba a salir por ahí. Luego se fue por los Cerros de Úbeda contándome una historia la más de curiosa, acerca del día en el que su maestro le preguntó el credo.
- La cosa es que no me lo sabía. Entonces, los chicos que estaban más cerca me lo quisieron decir, pero tan bajito los puñeteros, que yo no entendí más que la mitad. ¿Quién hizo el Credo?, el maestro otra vez; y yo: los sapos. Decir aquello y se me vino la tormenta de palos encima con la vara que gastaba el ilustre profesor. Si yo llego a decir :los Apóstoles, pues no me había pasado nada.
- Claro; pero eso había que haberlo estudiado antes.
- Ahí está el asunto. A los chicos del pueblo yo se lo he contado siempre, para que no les pasara lo que a mí:

Al Borlilla de mi pueblo,
por no saber las lecciones,
el ilustre profesor
le arreaba pa1izones.

-¡Vamos, que también es usted poeta!
- Nada, ni hablar, eso sólo. ¡Qué quiere que sepa hacer yo! Para lo que es don Juan, con doña María basta.
Cuando, pasado un mes de mi viaje a Traid recuerdo estas cosas, vuelvo a creer que la paz es posible, y la alegría, y el entendimiento también, y la amistad, y el bagaje todo de circunstancias que ha­cen la vida francamente hermosa; pero que este infeliz mundillo nuestro se lo dejó arrebatar a cambio de nada. Ahí queda Traid, en el Bajo Señorío, un puñado de hombres y de mujeres que conservan todavía el añoso brebaje de la convivencia, que uno tuvo la suerte compartir con ellos en el transcurso de una mañana que se me hizo fugaz.

(N.A. Agosto, 1984)