miércoles, 11 de noviembre de 2009

TOBILLOS


Las cruces blancas del cementerio un poco a la caída y los tejados rojizos de Mazarete se acaban de lavar. Ha estado lloviendo casi toda la noche. Mazarete fue siempre para mi uso la puerta de entra y de salida al Señorío molinés. De siempre suelo bajar las cuestas enrevesadas de Mazarete aminorando en lo que puedo la velocidad. Da la impresión de que al pueblecito alguien lo dejó allí como olvidado, perdido en el fondo del valle, puesto exclusivamente para adornar.
La verdad es que desde que sa1í de casa sigo con el tiempo gris y amenazador. Antes, al cruzar Maranchón, el cielo perdió la paciencia y se puso a llover de manera pertinaz. To­billos, visto desde la bajada de Mazarete, queda medio escondido tras la loma en vertiente que hay en línea recta a dos kilómetros, poco más, en la misma dirección por la que apunta la chimenea de la resinera. Las nubes viajeras, y las nieblas pegajosas sobre todo, se agarran a eso de las diez sobre las laderas boscosas en donde amoña la sabina joven.
Cerca ya del empalme, pasan salpicando las charcas los automóviles que en dirección opuesta a la mía vienen desde Molina. Los coches cir­culan con los pilotos encendidos debido a la escasa visibilidad. Subo hasta Tobillos por un estrecho carril de asfalto que acaba en cuesta. So­bre la cuneta a mi derecha hay un viejo furgón pasando el invierno al amparo de las lluvias y de los vientos, despedazado y chatarroso. Es uno de esos furgones pintados de blanco que suelen emplear los panaderos pa­ra repartir por los pueblos su producto. Como no es demasiado tarde aún y e1 tiempo es francamente desapacible, me gustaría que Tobillos hubiera empezado a despertar, aunque mucho me tamo que, con el día en tales condiciones, los lugareños tampoco tendrán demasiadas prisas por salir a la calle.
De una casa salen disparados cinco chiquillos que se van corriendo en fila hasta otra casa que queda al final de la calle. El ambiente ge­neral del pueblo, las calles, los tejados, las tierras y los árboles, las casas en ruinas y las que no lo están, los cerros de los Yesares, el Paguillo, las Albercas, el Carrascal, y los ánimos del pueblo ador­milado, se van viendo uno por uno, sin excepción, empapados como la esponja. El viento, que suena al chocar contra las ventanas cerradas del automóvil, menea delante mismo de donde yo estoy las ramas desnudas de las acacias. No apetece salir. A la altura de la fuente hay un coche color marfil con matrícula de Valencia. La emigración de loa años sesenta apuntó en toda la comarca hacia Barcelona, Zaragoza, Valencia, Madrid y Guadalajara capital. Las matrículas de los automóviles que vienen a los pueblos durante el fin de semana, apenas si salen del abanico de esas contadas posibilidades. Los niños vuelven corriendo bien abrigaditos y se meten en la primera casa en la que les había visto salir.
Llamo en la puerta de una casona grande que hay junto a la fuente La casa tiene cierto aire oficial y debe de estar completamente abandonada. He tenido que subir unas cuantas escaleras, pero al llamar repe­tidamente a la puerta no me responde nadie. A través del cristal de la ventana veo un papel desteñido que dice: “Médico de guardia este fin de semana Dr. D. Alberto Mora. Ciruelos. Tfno. 838060, 838050”.
- ¡Niños! ¿Vive alguien aquí?
Tobillos tiene una fuente muy bonita. Es una fuente rumorosa de doble caño, con monolito de piedra labrada acabado en punta y abrevade­ro al respaldo que, hoy por hoy, ignoro si se suele emplear para algo. Los chorros de la fuente suenan sin parar por la calle con su ritmo monótono.
Intentando no marrar el golpe como en la puerta anterior, llamo a la casa de la que había visto salir a los cinco niños. Al momento sale a abrir una señora de mediana edad. La mujer me diría después que se llama María Pilar Utrilla.
- Perdone usted, ¿no vivirá el alcalde aquí por casualidad?
- El alcalde está en este momento con el ganado -me dice.
Cuando a doña Pilar le explico, más o menos, el motivo de mi viaje a Tobillos, la mujer me acompaña diligente a una casa que haya la en­trada del pueblo donde, según ella, debe de haber ocho o diez personas que están de matanza.
- Ah, pues mire usted qué bien -le digo. Eso quiere decir que, por lo menos, son una docena de personas en el pueblo todavía.
- Somos más de treinta. Entre viejos y chicos aún hay gente aquí. No lo sé por qué, pero en este pueblo aún hemos ido aguantando un poquito.
- Y viviendo del campo, naturalmente.
- Sí, aquí somos del campo. Algún jornal se va sacando también del ICONA. Antes se solía vivir también de la resinera, pero desde que se la llevaron a la Nava del Marqués, se quedaron todos estos pueblos en blanco. Fue una cosa muy mala para nosotros eso de que se llevaran la resinera. Había otra ahí abajo, en Anquela, y también lleva qué sé yo el tiempo cerrada.
Aurelio sale a la calle con una carretilla carga de escombros. Au­relio, y su mujer, doña Vicenta Gutiérrez, me conocen por la fotografía que cada semana aparece en el periódico. Aurelio y doña Vicenta llevan a sus hijos, me han dicho, a las escuelas de Maranchón, y a la chica mayor la llevan a Molina. En la casa de Pedro Alba cuelga el cochino abierto en canal de una escalera que tiene apoyada en la pared de una estancia oscura a modo de cochera. La verdad es que con tantas mujeres y hombres uno no acaba de enterarse del todo sobre quién es quién dentro de la casa. El, matarife, sin duda, es el propio Pedro Alba.
- Será usted el único que sepa matar cochinos en el pueblo.
- No. Yo mato algunos. El Faustino también. Yo este año creo que voy a matar seis.
- Difícil misión.
- No es difícil.
- Peligroso.
- Tampoco. Hay que tener precaución, eso sí. Puede morder, escaparse el gancho o el cuchillo, pero para eso está el cuidado.
Me explica doña Vicenta que en el pueblo só1amente crían cochino en cuatro casas, pero que matan más de cuatro; que siempre les toca preparar alguno para los hijos que viven fuera.
- Pues éste parece muy bueno. Trece arrobas, por lo menos.
- No lo sabemos nosotros por arrobas. Ha dado en la romana 155 kilos, con sangre y todo.
- ¿Cuánto tiempo deben tenerlo colgado ahí?
- Unas veinticuatro horas. Dicen que la carne es luego mejor cuando se la deja orear un poco.
El cerdo en canal está muy limpio. Cuando le toco la piel noto que ya se está quedando frío. Pedro Alba me cuenta que en otros sitios se socarra con fuego, pero que ellos no.
- No señor. Aquí se limpia y se pela con agua hirviendo, y luego a base de raspar.
- Buena manteca. ¿Para qué la usan?
- Pues qué sé yo, para muchas cosas. Para hacer las morcillas y los mantecados que luego están muy ricos.
- ¿Todos los que se juntan para la matanza son de la familia?
- No. Somos todos del pueblo. Nos juntamos y nos ayudamos, eso sí.
- A la vista de los bajos que tiene el pueblo alrededor, parece que el campo no debe de ser malo.
- Malo no es. Al campo de aquí lo que le pasa es que lo mata el frío. Rinde poco porque el clima no le acompaña.
- ¿En qué se distraen ustedes cuando hay poco que hacer?
- En nada. En estar al pie de la lumbre. No tenemos bar ni nada. Los jóvenes cuando se aburren se bajan hasta Mazarete al bar. Cuando ponen el fútbol en el segundo canal, los que lo quieren ver tienen que irse también a Mazarete. Aquí nos se ve la segunda cadena.
Las dos o tres señoras de la reunión me acompañan a ver la iglesia y el consultorio médico, que según me han dicho está en las antiguas escuelas. Por el camino, bajo la llovizna invernal, que no molesta, pero cala, me dicen que su fiesta mayor ha sido siempre el día de San Juan, el día 24 de junio, pero que ahora la han trasladado al tercer domingo de agosto para que haya más gente. Grabado sobre el dintel de arenisca de una casa vieja, me detengo a leer un texto con los anagramas de Jesús y de María y la fecha correspondiente al año 1673. Las piedras de las jambas están desgastadas de tanto afilar las hachas y los cuchillos.
- ¿No se ha dado usted cuenta de que en el empalme de la carretera no tenemos caseta de esas que han puesto en otros sitios para aguardar al coche de línea?
- Sí, me he dado cuenta de que no había.
- Y teléfonos particulares tampoco nos quieren poner, porque dicen que somos pocos.
- Pero teléfono público sí que tienen.
- Público sí.
Las gotas finas de la lluvia se van convirtiendo en copos antes de caer. Por los aledaños de la iglesia andan unas cuantas gallinas y algún pato escarbando en la hierba.
La iglesia de Tobillos fue en su origen románica, pero no lo parece después de los retoques. Lo recuerdan los canecillo que hay por debajo de la cornisa, un poco la espadaña, y sobre todo la arcada en medio punto que hay oculta dentro del portal cerrado. Del mismo estilo es el arco interior que separa el presbiterio del resto de la nave.
- No vale mucho la iglesia, ¿verdad usted?
- Qué quiere usted que le diga.
- Ese santo que hay en el altar mayor es San Juan, nuestro patrón.
- Será más bien San ruanillo. Ahí es muy pequeño todavía.
- Pues San Juan le decimos nosotros.
Los otros dos retablos laterales, pequeños también y con poco arte que hay en los muros de la nave, están dedicados a la Virgen del Rosario, al obispo San Blas, y a un Cristo en talla poco afortunada del siglo XVIII. Dos pinturas en bastante mal estado representan a María Magdalena y la Resurrección del Señor.
- Ese palo largo que apoya en el coro es el pendón que sacamos en la procesión el día de la fiesta.
- Me lo imagino. Demasiado pendón para los mozos de ahora.
Me acerco un instante hasta el mirador que hay por debajo del campanario. El viento frío con mezcla de aguanieve sacude sobre las tapias y las cruces del camposanto unido a la iglesia. Desde las Peñas de la Torre se ve Mazarete a poco más de un tiro de piedra. Ha comenzado a nevar.
- En este tiempo ya se sabe.
Entramos de pasada en el consultorio médico que ocupa la sala de clase de la que antes fue la escuela de niños. Es la misma casona en la que llamé al llegar sin que me contestara nadie. Después de verlo me ha dado un poco de vergüenza. Eso no debería ser así. La camilla y la vitrina del instrumental clínico se reparten el tamo de polvo con un montón de libros que hay apilados en un rincón. El suelo de madera está levantado, con cazadas de tierra metidas entre las rendijas.
- ¿Para qué son todas estas sillas?
- Las usan los hombres algunos días que vienen a echar la partida.
La puerta pintada de verde y la ventana que da a la calle amenazan con caer de puro viejas.
- No hay quien arregle nada, mire usted. Nos han dicho que van a hacer un consultorio nuevo; ya veremos cuando. Siempre que hay que arreglar algo lo tenemos que sacar a escote de entre los vecinos.
El pueblo de Tobillos tiene en realidad una sola calle, la de la Fuente. A las señoras que me acompañan y a mí nos esperan para tomar algo de la matanza en la casa de Pedro Alba. En el comedor, donde todo está tan bien dispuesto, hay una estufa de leña encendida que nos devuelve a la vida por minutos. Comemos, sin prisa, chichotas de torrezno en trozos pequeños, otras de magro acabado de freír, y filetillos de hígado con una salsa que está riquísima. En la tertulia, uno les advierte que la gente en el medio rural suele ser por lo general demasiado confiada, que en los tiempos que corremos resulta demasiado comprometido el ser así. Se nos unen a la reunión otros dos hombres más, Felipe y Fermín. La bota del vino tinto pasa de acá para allá repartiendo alegrías en su medida justa. El tiempo ha mejorado un poco a la hora del medio día. En Tobillos cuentan, seguros y largos, los minutos en el reloj de su vida.

(N.A. Enero, 1988)

1 comentario:

Alex dijo...

Tobillos histórico pueblo muy ganadero antes de la guerra , sobre todo por las ferias de mulas de Maranchon o en Molina de Aragón,gracias a Teodoro Sacristán (el Moro) fué un pueblo muy próspero con la ganadería y la agricultura,se trajo la electricidad a la población y las primeras conducciones de agua , aparte de la fuente Susa ,y la primera fuente de la plaza mayor,gracias al maestro , misionero pedagógico Don Carlos Olivier Lopez ,natural de Guadalajara hijo de Don Aurelio Olivier , alcalde y uno de los fundadores con Marañon y el Obispo de Urita de las primeras misiones pedagógicas a las Hurdes que invitaron al Rey Alfonso XIII,a lomos de una mula,este hijo de este insigne personaje, Don Carlos Olivier Lopez desempeño una envidiable muestra de vocación del magisterio, este se casó con ,Doña Josefina Sacristán ,inspectora de corte "Amador" ,hija , una de los cinco hijos , 3 chicas y 2 chicos,del ganadero Teodoro Sacristán,fué tambien por muchos años maestro del pueblo ,planto la encina hermosa delante de la escuela,y ajardinó la calle principal con hermosos arbolillos, ahora la pequeña escuelita está convertida en bar del ayuntamiento, se le murió un hijo muy pequeño "Carlitos" enterrado tras la iglesia de San Juan ,por esa razón es la fiesta mayor, para San Juan.Arriba al final del pueblo se erguían, las heras tenían un hermosa terraza con cerámicas de terracota circular tal cual una hera , donde cada año se trillaba , con los maderos ,planos como trineo con piedras y cristales empotrados en su bajo,se extiende ,con vistas al mar de trigales y a la resinera de Mazarete,mirando hacia allí, a la izqierda , el joven maestro mirando el cielo indicaba a sus alumnos donde esta posicionada la Osa Manor, La Mayor, o de día les daba clase de gimnasia, o se hiban camino al pinar y les hiba enseñando las peculiaridades del terreno , su composición,recogíamos arcilla con la que hacíamos mapas por su indicación en relieve, con sus montañas al detalle depresiones y rios ,entra hojas de libros aplastábamos las plantas que recogían , las semillas y fósiles y pequeños cristales y caracolas en cajitas de cerillas,montones de albumes de cromos de chocolatinas ,un valioso libro entre mis recuerdos "El mundo en la mano"facil en esa latitud a poco de escavar encontravamos por la situación que había tenido bajo el mar aquellas tierras,nuetros pequeños grandes tesoros,etc..la verdad es que en pocos pueblos se puede admirar más claramente el firmamento,si recordar ,e inspirar,con los brazos bien en cruz ,pero la vida se hiba tranformando poco a poco y de ahí partió dejando a Doña Fuencisla,otra maestra,y con su joven esposa recien casados se fueron hacia Anquela del Ducado,y mas tarde hacia Alcocer , donde tambien impartió clases , años más tarde en 1943 se dirigió a Malgrat de Mar , último pueblo de la provincia de Barcelona subiendo hacia Gerona por el litoral catalán, hizo una hermosa y laboriosa labor en esa población tambien, y tambien poco reconocida,hasta entrados los 60, despues fué a Sabadell , al grupo escolar Sallares y Plá ,y juvilado despues de más de 50 años de magisterio y en Democracia se estableció en Castellar del Valles , donde murió casi con 95 años de edad en su casa de la urbanización de Airesol "D".vellos recuerdos de mi maestro, al que tuve la suerte de tener y tratar , al que jamás le vi un reproche en sus labios, ni una palabra mal sonante , paciente y muy culto,amante de la naturaleza,al que siempre tuvo un momento para enseñar, para aconsejar ,y para ilustrar.Don Carlos merece tener una plaza una calle , una placa en recuerdo de quien tanto hizo sin interes alguno por Tobillos .
En memoria de nuestros mayores de los que se partieron el alma por nosotros y por lo que somos ahora