martes, 3 de noviembre de 2009

SOMOLINOS


Andando por aquella sierra piensa el visitante que pueden ser sus caminos los menos conocidos de la provincia, y es hasta posible que no se equivoque. La muda soledad del páramo se había hecho luz a nuestro paso en una mañana casi glacial. De las tierras vecinas de Soria entra un vientecillo que a buen seguro ni siquiera han debido notar, embutidas en su jersey de lana blanca, las ovejas que pacen por aquellos contornos. En el barranco, entre el ramaje desnudo de las choperas que lo rodean, los tejados rojizos de Albendiego, el pueblo rival, y en lo más alto, recortada en su mitad como un despo­jo de la noche fría, los restos de la media luna de enero pegada sobre la cobertura azul en los cielos limpios de la sierra.
Uno siente auténtica veneración por todos los pueblos de la zona; por los pueblos y por la extraordinaria condición de aquellas buenas gentes, que, en número cada vez menor, continúan amarradas de raíz a las tierras de Atienza.
A falta de algo que valga la pena, el disparo de un cazador mata el frío en los bermejales cercanos a la carretera. Hay un viejo sen­tado al abrigo del terraplén; un señor simpático que saluda garrote en alto a todo el que va de paso.
- Pues ya ve usted, aquí tomando una miaja el solecillo.
- ¿Qué es aquello que se ve allá abajo?
Eso se llama una piscifactoría. Se crían las truchas en unas balsas de cemento que han hecho. Lo de aquí arriba es una fábrica de arena.
- Aquí se debe vivir bien, creo yo.
- ¡Mia!, aquí se vive como en un pueblo. En verano esto está mucho bien. Ahora no, porque la gente con los fríos no acude; pero de mayo en adelante, esto es como el Paraíso Terrenal o mejor.
El pueblo de Somolinos aparece descolgado en la solana de una vertiente de peñascos y tierras blancas por cuyo fondo corren las aguas nacientes del Bornova. La carretera de Aranda, que es en Somolinos su calle Mayor, sorprende al visitante con edificios que aun conser­van en su fachada el empaque y la solidez de la arquitectura españo­la de los años veinte, en lamentable desconcierto con la pobre impresión de los barrios bajos.
Me habría gustado entrar con gran cuidado en la historia del pueblo aunque sólo hubiera sido en la vida del Somolinos de los últi­mos dos siglos. Pienso que las cuatro casas que se recuestan al pie del cerro de la Cocinilla, debieron ser en época todavía reciente, mora­da de una generación inquieta de la que hoy nada más queda el recuerdo y un puñado exiguo de hombres y de mujeres que ni siquiera lo llegaron a conocer.
- No señor, aquí nadie se acuerda de eso; solamente lo que hemos oído. Dicen que en el pueblo hubo diez o doce batanes para fabricar paños, una fundición de plata, una fábrica de sillas y otra de cal­deras de cobre. Yo he oído hablar también de una fabrica de papel, y luego la de luz, que la hemos visto todos funcionar, y la de harinas.
- Sería mucho más grande el pueblo, supongo. Por lo menos en número de habitantes.
- Más que ahora sí, claro; pero no demasiado grande. Cuando más ha­brá tenido serian trescientas personas.
- ¿Y hoy, cuántos quedan?
- Hoy, yo creo que no llegamos a setenta, contando al cura.
- ¿De qué se vive en Somolinos?
- Pues, casi de milagro. La mayoría somos viejos. Hay para el caso tres o cuatro vecinos que viven del campo y del ganado, y otros pocos van tirando con eso de las truchas y de la arena.
Estuve con don Antonio Elvira de conversación en un despacho conti­guo al que pasa visita el médico de Condemios, en la casa parroquial. Don Antonio, el juez de Somolinos, no es de allí, sino de Ujados, otro pequeño lugar de la comarca por el camino de Miedes.
- Sí, yo soy de Ujados; pero ya llevo aquí veintisiete años.
- Tendrán ustedes sus buenos sitios donde pasar el rato.
- De eso no falta. Yo no voy mucho, pero la gente se reúne en la ta­berna, y aún queda la costumbre de juntarnos en la puerta de la igle­sia después de la misa de los domingos.
- ¿Es buena gente la de Somolinos?
- Sí hombre, de eso lo que usted quiera. Nos llaman polvoristas.
- ¿Por qué?
- Pues no lo sé. Será porque antes habría muchos cazadores. Y a los de Albendiego les dicen maragatos.
- ¿Qué tal se entienden con los de Albendiego?
- Bien, hombre. Entre la gente no hay discusiones ni roces ni nada; pero lo que no se ha conseguido es que se case uno de aquí con una de Albendiego, o al revés. Fíjese que hubo un cura que regalaba una col­cha nueva a la primera pareja de novios que se casaran, uno de cada sitio, claro, y se murió el hombre de viejo y la colcha se quedó sin regalar. En ese aspecto no hay acuerdo. Hay mucha diferencia entre la gente de aquí y la de allí. Eso no quiere decir que sean malos, no, pero somos muy distintos.
La novedad más destacable de Somolinos es la laguna, que viene a caer a escasa distancia del pueblo con dirección al nacimiento del río, carretera arriba. En compañía de don Santiago, el cura, y del señor Elvira, uno encuentra el camino de la laguna cargado de interés a pe­sar de los hielos. Don Santiago es un sacerdote joven que se dedica a su misión en la sierra por entero y un guía ocasional inmejorable para los amigos que pudieran aparecer sin previo aviso cualquier mañana de invierno.
- En este caserón vive uno de Madrid que se dedica a la cría de ani­males. Lo que más tiene ahora son perros.
- ¿Y vive de eso?
- Pues no sé exactamente si vive de eso o no; lo que sí es cierto es que lo entiende bastante bien. Los lleva a exposiciones hasta en el extranjero y deben tener mucha aceptación. Son de una raza pura que le dicen Montaña del Pirineo y parece ser que valen bastante.
Muy cerca ya de la laguna está todo cuanto se conserva de las anti­guas fábricas: algunos retazos de arco y de pared, una chimenea al pie del cerro, piedras labradas entre la hierba, y la mirada indiferente de los pura raza que dormitan acurrucados al sol en un rinconcito del corral en donde viven.
La laguna de Somolinos es enorme, ligeramente ovalada con maleza alrededor de la que cuelgan agujas y bolitas de hielo: Un hallazgo que uno no tiene por menos que celebrar.
- Parece que no, pero hay sitios con más de veinte metros de pro­fundidad.
- Y habrá quien lo use en verano como piscina, claro.
- Sí, hay quien se baña aquí, pero, debido a la profundidad que tiene, enseguida empiezan a aparecer las capas frías y es muy peligrosa.
En el pueblo, la gente no se explica el porqué de la ausencia ca­si total de pesca en las aguas de la laguna. A don Antonio Elvira es­te fenómeno le ha quitado el sueño en más de una ocasión.
- Pues sí es verdad. Parece mentira que naciendo el Bornova, a medio kilómetro y con estas aguas tan claras, no se vea por aquí ni una mala trucha. Sólo salen pececillos de vez en cuando, de esos corrientes que no crecen.
- ¿Emplean para algo el agua?
- Antes se empleaba para la central que estaba ahí debajo y que llevaba luz a más de diez pueblos de la comarca. Ahora, ni aun para regar, porque las huertecillas del Prao Concejo no las regamos nunca, y mire, en los tres o cuatro meses de verano siempre dan un poquito de todo. Es una tierra muy suelta que se trabaja muy bien y, ya digo, sin regarla nunca.
Pascual Oliva acaba de dejar la moto a la puerta de su casa en la carretera. La casa de Pascual Oliva es como fonda y un poquito de bar. Pascual es el último vecino que se casó en el pueblo, hace casi diecisiete años. Es trabajador de la fábrica de arena, una especie de can­tera inagotable que lleva en Somolinos mucho tiempo de explotación.
- ¿Cuánto, exactamente?
- Yo creo que ya va para veinte años. Lo que pasa es que antes tra­bajaba casi todo el pueblo, y ahora, somos sólo cuatro.
- ¿Qué tiene de particular esa arena?
- Tiene de particular que resiste temperaturas muy elevadas y se usa para refractarios, o sea, para cosa de fundición y todo eso.
- ¿Adónde se llevan el producto?
- Se lleva a Asturias, a Madrid, y donde más a Sagunto. Es arena molida con algo de cuarzo y arcilla que preparamos aquí. Pueden mo­lerse muy bien hasta cien toneladas diarias si hubiera demanda sufi­ciente; lo que pasa es que ahora hay mucha competencia.
- ¿Son también de por aquí la arcilla y el cuarzo?
- No; la arcilla la traemos de Alcañiz y el cuarzo de Taracena. Cuando en Somolinos el sol se coloca por encima del cerro de Ma­teote, es bien pasada la hora del medio día. La gente, a esa hora, se sienta al sol a la puerta de su casa con la vista puesta en el curio­so que entra y que sale fisgándolo todo por las callejas más escondi­das y por los rincones deshabitados. Desde el pueblo, sin otra misión que contemplar lo que tiene cerca, uno siente que se anonada, que se hace insignificante y ruin ante el soberbio espectáculo de los cerros poblados de encinas hasta lo más alto.

(N.A. Febrero, 1981)